El maná de cada día, 18.1.15

Domingo II del Tiempo Ordinario, Ciclo B

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18 de enero de 2015

Inicio del Octavario de oración por la unidad de los cristianos

Habla, Señor, que tu siervo escucha

Habla, Señor, que tu siervo escucha



Antífona de entrada: Sal 65, 4

Que se postre ante ti, oh Dios, la tierra entera; que toquen en tu honor; que toquen para tu nombre, oh Altísimo.


Oración colecta

Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo, y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 1 Samuel 3, 3b-10. 19

En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy.»

Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.»

Respondió Elí: «No te he llamado; vuelve a acostarte.»

Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel.

Él se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.»

Respondió Elí: «No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte.»

Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor.

Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.»

Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel: «Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha.”»

Samuel fue y se acostó en su sitio.

El Señor se presentó y le llamó como antes: «¡Samuel, Samuel!»

Él respondió: «Habla, que tu siervo te escucha.»

Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.


SALMO 39, 2.4ab.7.8-9.10

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito; me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio.

Entonces yo digo: «Aquí estoy –como está escrito en mi libro– para hacer tu voluntad.» Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas.

He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios; Señor, tú lo sabes.


SEGUNDA LECTURA: 1 Corintios 6, 13c-15a.17-20

El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor, para el cuerpo. Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros.

¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor es un espíritu con él.

Huid de la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica peca en su propio cuerpo. ¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Él habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios.

No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!


Aclamación antes del Evangelio: Jn 1, 41. 17b

Hemos encontrado al Mesías, que es Cristo; la gracia y la verdad vinieron por medio de él.


EVANGELIO: Juan 1, 35-42

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.»

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús.

Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?»

Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?»

Él les dijo: «Venid y lo veréis.»

Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).»

Y lo llevó a Jesús.

Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»


Antífona de comunión: 1Jn 4, 16

Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.


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Glorificad a Dios en vuestro cuerpo
P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

El pasaje del Evangelio nos permite asistir a la formación del primer núcleo de discípulos, del que se desarrollará primero el colegio de los apóstoles y a continuación toda la comunidad cristiana. Juan está aún a orillas del Jordán junto a dos de sus discípulos cuando ve pasar a Jesús y no se retiene de gritar de nuevo: «¡He ahí el Cordero de Dios!».

Los dos discípulos comprenden y, dejando para siembre al Bautista, se ponen a seguir a Jesús. Viendo que le siguen, Jesús se vuelve y pregunta: «¿Qué buscáis?». Le responden, para romper el hielo: «Maestro, ¿dónde vives?». «Venid y lo veréis», les contesta. Fueron, lo vieron y aquel día se quedaron con él. Ese momento pasó a ser para ellos tan decisivo en sus vidas que recuerdan hasta la hora en que ocurrió: eran cerca de las cuatro de la tarde.

En la segunda lectura, San Pablo ilustra un rasgo que debe caracterizar la vida del discípulo de Cristo: la pureza. «El cuerpo –dice entre otras cosas– no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo… Glorificad, por tanto, a Dios con vuestro cuerpo». Tratándose de un tema tan oído y vital para nuestra sociedad actual vale la pena dedicarle la atención.

Tal vez quienes son capaces de entender mejor el tema de la pureza son precisamente los verdaderos enamorados. El sexo se hace «impuro» cuando reduce al otro (o al propio cuerpo) a objeto, a cosa, pero esto es algo que un verdadero amor rechazará realizar.

Muchos de los excesos en marcha en este campo tienen algo de artificial, se deben a imposición externa dictada por razones comerciales y de consumo. No es, como se quiere hacer creer, «evolución espontánea de las costumbres», es evolución guiada, impuesta.

Una de las excusas que contribuyen más a favorecer el pecado de impureza en la mentalidad común y a descargarlo de toda responsabilidad es que, total, no hace mal a nadie, no vulnera los derechos ni la libertad de los demás, excepto, se dice, que se trate de estupro o violación.

Pero no es verdad que el pecado de impureza acabe en quien lo comete. Todo abuso, dondequiera y por quienquiera que sea cometido, contamina el ambiente moral del hombre, produce una erosión de los valores y crea la que Pablo define «la ley del pecado» y de la que ilustra el terrible poder de arrastrar a los hombres a la ruina (Cf. Romanos, 7, 14 ss).

La primera víctima de todo ello son precisamente los jóvenes. Fenómenos tan reprobados, como la explotación de menores, el estupro y la pedofilia, pero también ciertas atrocidades cometidas no sobre menores, sino por menores, no nacen de la nada.

Son, al menos en parte, el resultado del clima de exasperada excitación en el que vivimos y en el que los más frágiles sucumben. No era fácil, una vez que se puso en marcha, detener la avalancha de lodo que tiempo atrás se abatió sobre Sarno y otras poblaciones de Campania, destruyéndolas [la tragedia, cerca de Nápoles, ocurrió en mayo de 1998, dejando más de un centenar de muertos, cerca de 200 desaparecidos y numerosos damnificados. Ndr].

Era necesario evitar la tala de árboles y otros daños ambientales que hicieron inevitable el corrimiento de tierra. Lo mismo vale para ciertas tragedias de fondo sexual: destruidas las defensas naturales, aquellas se hacen inevitables.

Pero hoy ya no basta con una pureza hecha de miedos, tabúes, prohibiciones, de fuga recíproca entre el hombre y la mujer, como si cada uno de ellos fuera, siempre y necesariamente, una insidia para el otro y un enemigo potencial, en vez de, como dice la Biblia, «una ayuda».

Es necesario hacer hincapié en defensas ya no externas, sino internas, basadas en convicciones personales. Se debe cultivar la pureza por sí misma, por el valor positivo que representa para la persona, y no sólo por los apuros de salud o de buen nombre a los que expone su trasgresión.

La pureza asegura lo más precioso que existe en el mundo: la posibilidad de acercarse a Dios. «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Cf. Mt 5, 8. Ndr), dijo Jesús. No le verán sólo un día, tras la muerte, sino ya ahora: en la belleza de lo creado, de un rostro, de una obra de arte; le verán en sus propios corazones.

http://www.homiletica.org


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SERVICIO DE ORACIÓN
O MINISTERIO DE INTERCESIÓN – 143

1. Macarena
2. Julián
3. Carmen
4. Rebeca
5. Chela
6. Ana M.
7. Ali y Cipri
8. Susana
9. Julia R.
10. Anita
11. Jaime
12. Jesús
13. Ángel
14. Marcela
15. Carlos
16. María del Valle y Luis
17. Gerardo (hijo; cambio de actitudes; conversión…)

18. Edu, Mónica y Alba

19. Dorian Jesús

20. Samuel y Manuel

21. Mónica

22. + Rubén

23. + Julia A.

24. + Esteban

25. En favor de cuantos se encomienden a nuestras oraciones, por vivos y difuntos.

One Response to El maná de cada día, 18.1.15

  1. FRANCISCO JOSÉ AUDIJE PACHECO dice:

    Quizás los sentidos corporales más importantes que poseemos, porque son los que más nos ayudan en el conocimiento, son el oído y la vista. El Señor nos habla hoy de la escucha de su voluntad y de ver donde vive. Pero, en ambos casos, como podemos leer, se requiere un esfuerzo por nuestra parte, el cual consiste, primero, en la voluntad, en el deseo de conocer al Señor. Hay que saber lo que queremos, pero no basta con eso, además, hay que buscar eso que queremos, andar por los caminos, sortear dificultades y problemas, porque los caminos de Dios no son coser y cantar, no nos engañemos. En los caminos y en la búsqueda de Dios, se aprende sufriendo, porque la conversión no es solo aceptar de palabra o con meros gestos humanos, que se es cristiano. Para convertirse hay que sufrir una metamorfosis en el alma, es como un proceso de cambio y transformación, a costa de nuestro esfuerzo y sacrificio, aunque el Señor nos ayude también, con la presencia y apoyo de nuestra comunidad cristiana, que le representan. Lo más difícil de esa metamorfosis, puede que sea el dominio de nuestro cuerpo, el saber encauzar las pasiones instintivas, de manera que nos sirvan para hacer el bien a los demás y a mí mismo, porque el que dedica su cuerpo y su alma a hacer el bien a los demás, se lo hace a sí mismo indirectamente, de una manera mucho más intensa que si solo mira por el bien propio. Y esto puede parecer mentira si miramos poco más allá de nuestras narices, pero si alzamos la vista y aguzamos el oído, podremos comprobar la verdad de lo que nos dice Cristo. No creas que por renunciar a los placeres que te pide tu cuerpo, como el que específicamente nos señala hoy San Pablo, la fornicación, estás perdiendo oportunidades, o estás dejando escapar el disfrute de la vida. Si te reprimes por amor, es decir, por consideración a otra u otras personas, estarás haciéndoles un gran bien, porque estarás entregándoles el don del amor con el que Dios te bendice y bendice a tus seres queridos a través de ti y del sacrificio que tú haces en su favor. Y obtendrás tu premio, porque te devolverán por partida doble ese amor que tú das, de la misma manera que ocurre al contrario. A veces oímos decir: “A vivir, que son dos días”. Pues caes en el error con esta filosofía. Efectivamente, la vida terrenal es corta, pero si crees en Dios, tienes que confiar en que el amor es eterno, y, por tanto, continúa en el otro mundo, que es el mundo del amor, para el cual estamos preparándonos en este mundo pasajero, igual que nos preparamos para ir a una fiesta. Renunciar al materialismo, no es renunciar a la felicidad, es ver y escuchar al Señor, para poner orden en nuestra vida.

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