Charlie Hebdo: lloramos a los que no nos hacían reír…

enero 9, 2015

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Charlie
Charlie Hebdo: un semanario satírico que ha ridiculizado muchas veces también a los católicos, a los sacerdotes, a los obispos y aun al papa

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Condenamos la masacre, nosotros los católicos, a quienes también ridiculizábais

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Por su gran interés, ofrecemos en español este artículo aparecido hoy en Padreblog, influyente página de opinión llevada por varios sacerdotes franceses, ante la tragedia del Charlie Hebdo: un semanario satírico que ha ridiculizado muchas veces también a los católicos.

A los que nos rodean, queremos manifestar nuestro dolor y nuestra compasión por las víctimas –más conocidas o menos– del bárbaro atentado del 7 de enero. Como compatriotas, como sacerdotes, como creyentes, estamos al lado de quienes han sido asesinados y de sus seres queridos.

Pues nada, absolutamente nada, puede justificar que periodistas y dibujantes hayan sido asesinados.

Lloramos a estas víctimas, lloramos a los policías abatidos por haber querido protegerles, lloramos con todas las familias en duelo… A la redacción de Charlie-Hebdo, objetivo principal de los terroristas, les decimos: “estamos a vuestro lado, pues más allá de nuestras divergencias y de las afrentas del pasado, somos hermanos en humanidad, aunque hagan falta a veces dramas para recordarlo…”.

Seamos francos: ¡es verdad que hemos sido a menudo irritados por Charlie-Hebdo, nosotros sacerdotes y fieles católicos! Incluso a veces, sus caricaturas nos han herido en nuestra fe. Teníamos la impresión de que probaban un placer maligno en provocar, ensuciar o denigrar lo que es sagrado a nuestros ojos, sin ser los “fanáticos” a los que ellos querían atacar.

Tuvimos la ocasión de expresar la pena de la mayor parte de los creyentes ante estas viñetas, difíciles para nosotros de ver.

Pero a día de hoy lloramos a aquellos que no nos hacían gracia, “pues más allá de nuestras divergencias y de las afrentas del pasado, somos hermanos en humanidad, aunque hagan falta a veces dramas para recordarlo…”.

El Papa y los obispos –¡muchas veces caricaturizados!– han hablado de su emoción y de su horror ante lo que sucedió la mañana del 7 de enero. Este fanatismo que ha cosido a balazos a los periodistas y policías persigue igualmente a nuestros hermanos cristianos de Oriente…

Allí también los musulmanes están siendo objetivo suyo. Este fanatismo acerca sin quererlo a quienes quieren afrontarlo y que aman la libertad. Nos fuerza a volver a encontrar lo que tenemos en común. Pues es Francia lo que se ataca, a través de sus policías y periodistas.

¡Sin duda, no todas las víctimas eran pilares de iglesia!… Y sin embargo, en los próximos días, vamos a ofrecer lo que tenemos más bello, los cristianos: oraciones por ellos, sus colegas y sus familias. Por no hablar de los heridos. Las campanas de nuestras iglesias han sonado a difunto. Ha sido nuestra modesta manera de compartir el dolor de todo un país unido por una vez.

En misa, en estos días, en la carta de san Juan, se lee esta afirmación: “Dios es amor”. Quienes matan en nombre de Dios, comenten la peor de las profanaciones. No respetar la vida –incluso la de los que nos ofenden– es una enorme blasfemia.

Francia encontrará los valores morales y espirituales para afrontar esta barbarie. El genio aumenta en la hora de la prueba. Será el milagro que estos fanáticos van a lograr, a pesar de sí mismos: que Francia se una en torno a lo mejor de sí misma…

“Pues más allá de nuestras divergencias y de las afrentas del pasado, somos hermanos en humanidad, aunque hagan falta a veces dramas para recordarlo…”.

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http://www.aleteia.org/es/internacional/articulo/charlie-hebdo-lloramos-a-los-que-no-nos-hacian-reir-5300171868995584


El maná de cada día, 9.1.15

enero 9, 2015

Viernes 9 enero 2015. Feria después de Epifanía

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ios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo

Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo



PRIMERA LECTURA: 1 Juan 5, 5-13

¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?

Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo.

No sólo con agua, sino con agua y con sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.

Porque tres son los testigos: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres están de acuerdo.

Si aceptamos el testimonio humano, más fuerza tiene el testimonio de Dios.

Éste es el testimonio de Dios, un testimonio acerca de su Hijo.

El que cree en el Hijo de Dios tiene dentro el testimonio.

Quien no cree a Dios le hace mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo.

Y éste es el testimonio: Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo.

Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.

Os he escrito estas cosas a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que os deis cuenta de que tenéis vida eterna.


SALMO 147,12-13.14-15.19-20

Glorifica al Señor, Jerusalén.

Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.

Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz.

Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 4, 23

Jesús proclamaba el Evangelio del reino, curando las dolencias del pueblo.



EVANGELIO: Lucas 5, 12-16

Una vez, estando Jesús en un pueblo, se presentó un hombre lleno de lepra; al ver a Jesús cayó rostro a tierra y le suplicó: «Señor, si quieres puedes limpiarme.»

Y Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio.» Y en seguida le dejó la lepra.

Jesús le recomendó que no lo dijera a nadie, y añadió: «Ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés para que les conste.»

Se hablaba de él cada vez más, y acudía mucha gente a oírle y a que los curara de sus enfermedades. Pero él solía retirarse a despoblado para orar.
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CIERRA EL PARAGUAS

Cuando llueve, llueve para todos, pero sólo se moja el que no abre su paraguas. Así es también la acción de la gracia: disponible para todos, pero eficaz en aquel que sabe y quiere poner los medios.

Dios no niega a nadie sus dones; somos nosotros quienes ponemos obstáculos a la acción de Dios. Y, para anestesiar cualquier remordimiento de conciencia, disfrazamos esos obstáculos de buenas excusas y piadosos motivos, muy razonables y justos, que, además, intentamos explicar buenamente a los demás.

No te engañes: Dios no te hará santo si tú no quieres; no te cambiará el corazón si tú no le dejas; nunca forzará tu libertad si tú no se la entregas. Tampoco un padre obliga a su hijo a amarle.

Has de querer cambiar tus defectos de carácter, tu pereza para las cosas de Dios, tu inconstancia para el compromiso, tu falta de voluntad para cumplir tus propósitos, tu indolencia para acabar con tus faltas de omisión, tu negligencia y desgana para orar. Cierra todos esos paraguas con los que ahogas la vida divina en tu alma, porque, si quieres, puedes.

Piensa que muchos contemporáneos oyeron hablar de Jesús, le vieron pasar a su lado, le escucharon en alguna de aquellas predicaciones e incluso vieron algunos de sus milagros. Y, sin embargo, sabemos por los evangelios que sólo unos pocos dejaron todo para seguirle y sólo fueron curados aquellos que se lo pidieron.

Empéñate a fondo en vivir con coherencia y seriedad tu vida cristiana si no quieres reducir tu cristianismo a un manual de buenas costumbres o a un formal protocolo social. Déjate empapar, a través de los sacramentos, de la abundancia y la plenitud de ese Dios que tanto desea entrar en tu alma. Verás con que suavidad y eficacia se va realizando en tu vida esa obra grandiosa de tu conversión interior.

Mater Dei

Recuerda con agradecimiento tu Bautismo

Nos acostumbramos con tanta facilidad a los dones de Dios que podemos llegar a olvidar que vivimos en ellos y de ellos. Nos llegan de forma tan habitual, tan sencilla, tan imperceptible, que nuestra mirada superficial nos hace creer que, en realidad, no son tan reales como decimos. Continuamente estamos respirando sin que nos paremos a considerar la importancia que tiene para nuestra vida un acto tan mecánico y sencillo como es inspirar el aire exterior en nuestros pulmones. Algo así pasa con nuestro bautismo, sin el que el alma ni siquiera podría respirar la vida divina de Dios.

Piensa que, por tu bautismo, fuiste arrancado del reino y del poder del maligno y consagrado para siempre a Dios, fuiste hecho hijo en el Hijo, fuiste consagrado como templo del Espíritu Santo, fuiste hecho sacerdote y liturgo para ofrecer a Dios el culto de tu propia vida, fuiste unido como miembro a la cabeza en un cuerpo místico que es la Iglesia Madre, fuiste sentado a la mesa de los hijos para participar en el banquete de esta vida divina que corre por las venas de tu alma. Piensa que el mayor de todos los males o el mayor cúmulo de desgracias, tragedias y condenaciones que pudieran acaecerte en tu vida es muy poco, o incluso nada, en comparación con el mal infinitamente más grave del que te salva el bautismo.

Aviva, con delicada gratitud y veneración, la gracia de ese insondable misterio de Dios que te comunicó tu bautismo y cuya huella indeleble nada ni nadie te pueden quitar. Aviva esa presencia activa y viva del Espíritu Santo que recibiste en el bautismo y cuyos dinamismos van imprimiendo en ti, de forma cada vez más nítida y transparente, la imagen, el rostro, la forma de ese Cristo en quien fuiste sepultado y crucificado una vez para siempre.

Tu bautismo es un don, pero también una tarea. Vive ese don con la responsabilidad grave de quien guarda en sus manos un talento único y precioso. Vive tu bautismo con coherencia y unidad de vida, para que en ella irradies la belleza y el atractivo de esa gracia bautismal que tanto te asemeja a tu Dios.


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