Texto completo de la audiencia general del miércoles 17 de diciembre

diciembre 17, 2014

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Sagrada Familia de Nazaret

Sagrada Familia de Nazaret

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El Santo Padre explica en su catequesis que Jesús, Marí­a y José nos ayudan a redescubrir la vocación y la misión de la familia

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Por Redacción

CIUDAD DEL VATICANO, 17 de diciembre de 2014 (Zenit.org) – Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Sínodo de los Obispos sobre la Familia, celebrado recientemente, ha sido la primera etapa de un camino que finalizará el próximo mes de octubre con la celebración de otra Asamblea sobre el tema “Vocación y misión de la familia en la Iglesia y en el mundo”.

La oración y la reflexión que tienen que acompañar este camino involucran a todo el Pueblo de Dios. Quisiera también que las habituales meditaciones de las audiencias de los miércoles formen parte de este camino común.

Por lo tanto, he  decidido reflexionar con vosotros, en este año, precisamente sobre la familia, sobre este gran don que el Señor ha hecho al mundo desde el principio, cuando confirió a Adán y Eva la misión de multiplicarse y llenar la tierra. Aquel don que Jesús ha confirmado y sellado en su Evangelio.

La cercanía de la Navidad enciende sobre el misterio de la familia una gran luz. La encarnación del Hijo de Dios abre un nuevo inicio en la historia universal del hombre y de la mujer. Y este inicio sucede en el seno de una familia, en Nazaret. Jesús nació en una familia.

Él podía venir espectacularmente, o como un guerrero, un emperador… No, no. Viene como un hijo de familia, en una familia. Por eso es importante mirar en el pesebre esta escena tan bella.

Dios ha querido nacer en una familia humana, que ha formado Él mismo. La ha formado en una aldea remota de la periferia del Imperio Romano. No en Roma, no en una gran ciudad, sino en una periferia casi invisible, de hecho, más bien con mala reputación. Lo recuerdan también los Evangelios, casi como una forma de decir: “De Nazaret, ¿puede salir alguna vez algo bueno?”.

Quizás, en muchas partes del mundo, nosotros mismos hablamos todavía así, cuando escuchamos el nombre de algún lugar periférico de una gran ciudad. Pues bien, precisamente de allí, de aquella periferia del gran Imperio, ha comenzado la historia más santa y más buena, ¡la de Jesús entre los hombres! Y allí estaba esta familia.

Jesús ha permanecido en esa periferia por treinta años. El evangelista Lucas resume este periodo así: “vivía sujeto a ellos”, es decir a María y José. Pero uno dice: ¿pero este Dios que viene a salvarnos ha perdido treinta años, allí, en aquella periferia con mala reputación? ¡Ha perdido treinta años! Y Él ha querido esto. El camino de Jesús estaba en esa familia.

“La madre conservaba todas estas cosas en su corazón, y Jesús crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres”. No se habla de milagros o sanaciones, no ha hecho ninguna en aquel tiempo, no se habla de predicaciones, de muchedumbres que acuden; en Nazaret todo parece ocurrir “normalmente”, según las costumbres de una pía y laboriosa familia israelí. Se trabajaba, la madre cocinaba, hacía todas las cosas de la casa, planchaba las camisas… Todas las cosas de las madres.

El padre, carpintero, trabajaba, enseñaba al hijo a trabajar. Treinta años. ‘¡Pero qué desperdicio, padre!’ Pero nunca se sabe… Los caminos de Dios son misteriosos. ¡Pero lo que era importante allí era la familia! Y eso no era un desperdicio, ¿eh? Eran grandes santos. María, la mujer más santa, inmaculada, y José, el hombre más justo. La familia.

Ciertamente estaríamos enternecidos por el relato de cómo Jesús adolescente afrontaba las citas de la comunidad religiosa y los deberes de la vida social; al conocer cómo, cuando era un joven obrero, trabajaba con José; y luego su modo de participar en la escucha de las Escrituras, en la oración de los salmos y en tantas otras costumbres de la vida cotidiana.

Los Evangelios, en su sobriedad, no refieren nada acerca de la adolescencia de Jesús y dejan esta tarea a nuestra afectuosa meditación. El arte, la literatura, la música han recorrido esta vía de la imaginación. Ciertamente, ¡no es difícil imaginar cuánto podrían aprender las madres de los cuidados de María por aquel Hijo! ¡Y cuánto podrían aprovechar los padres del ejemplo de José, hombre justo, que dedicó su vida a sostener y a defender al niño y a la esposa -su familia- en los momentos difíciles!

¡Y no digamos cuánto podrían ser alentados los jóvenes por Jesús adolescente a comprender la necesidad y la belleza de cultivar su vocación más profunda y de soñar a lo grande! Y Jesús ha cultivado en aquellos treinta años su vocación por la cual el Padre lo ha enviado, ¿no? Dios Padre. Jesús jamás en aquel tiempo se ha desalentado, sino que ha crecido en valentía para seguir adelante con su misión.

Cada familia cristiana -como hicieron María y José-  puede antes que nada acoger a Jesús, escucharlo, hablar con Él, custodiarlo, protegerlo, crecer con Él; y así mejorar el mundo. Hagamos espacio en nuestro corazón y en nuestras jornadas al Señor. Así hicieron también María y José, y no fue fácil: ¡cuántas dificultades tuvieron que superar! No era una familia de mentira, no era una familia irreal.

La familia de Nazaret nos compromete a redescubrir la vocación y la misión de la familia, da toda familia. Y como ocurrió en aquellos treinta años en Nazaret, así nos puede suceder también a nosotros: hacer que el amor sea normal y no el odio, hacer que la ayuda mutua sea algo común, no la indiferencia o la enemistad. Entonces, no es casualidad, que “Nazaret” signifique “Aquella que custodia”, como María, que -dice el Evangelio- “conservaba en su corazón todas estas cosas”.

Desde entonces, cada vez que hay una familia que custodia este misterio, aunque esté en la periferia del mundo, el misterio del Hijo de Dios, el misterio de Jesús que viene a salvarnos, está actuando. Y viene para salvar al mundo.

Y ésta es la grande misión de la familia, ¿eh? Hacer sitio a Jesús que viene, recibir a Jesús en la familia, en la persona de los hijos, del marido, de la mujer, de los abuelos, porque Jesús está allí. Acogerlo allí, para que crezca espiritualmente en esa familia. Que el Señor nos dé esta gracia en estos últimos días antes de Navidad. Gracias.

Texto traducido y transcrito del audio por ZENIT


El maná de cada día, 17.12.14

diciembre 17, 2014

17 de Diciembre. Primera feria mayor de Adviento

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Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente

Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente

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Antífona de entrada: Isaías 49, 13

Exulta, cielo; alégrate tierra, porque viene el Señor y se compadecerá de los desamparados.


Oración colecta

Dios, creador y restaurador del hombre, que has querido que tu Hijo, Palabra eterna se encarnase en el seno de María, siempre Virgen; escucha nuestras súplicas, y que Cristo, tu Unigénito, hecho hombre por nosotros, se digne hacernos partícipes de su condición divina. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Génesis 49, 1-2. 8-10

En aquellos días, Jacob llamó a sus hijos y les dijo:

«Reuníos, que os voy a contar lo que os va a suceder en el futuro; agrupaos y escuchadme, hijos de Jacob, oíd a vuestro padre Israel: A ti, Judá, te alabarán tus hermanos, pondrás la mano sobre la cerviz de tus enemigos, se postrarán ante ti los hijos de tu padre.

Judá es un león agazapado, has vuelto de hacer presa, hijo mío; se agacha y se tumba como león o como leona, ¿quién se atreve a desafiarlo?

No se apartará de Judá el cetro, ni el bastón de mando de entre sus rodillas, hasta que venga aquel a quien está reservado, y le rindan homenaje los pueblos.»


SALMO 71, 1-2. 3-4ab. 7-8. 17

Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente.

Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.

Que los montes traigan paz, y los collados justicia; que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre.

Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar amar, del Gran Río al confín de la tierra.

Que su nombre sea eterno, y su fama dure como el sol; que él sea la bendición de todos los pueblos, y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.


Aclamación antes del Evangelio:

Sabiduría del Altísimo, que lo ordenas todo con firmeza y suavidad, ven y muéstranos el camino de la prudencia.


EVANGELIO: Mateo 1, 1-17

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán.

Abrahán engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Farés y a Zará, Farés a Esrón, Esrón a Aram, Aram a Aminadab, Aminadab a Naasón, Naasón a Salmón, Salmón engendró, de Rahab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed a Jesé, Jesé engendró a David, el rey.

David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, Salomón a Roboam, Roboam a Abías, Abías a Asaf, Asaf a Josafat, Josafat a Joram, Joram a Ozías, Ozías a Joatán, Joatán a Acaz, Acaz a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amós, Amós a Josías; Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia.

Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel a Zorobabel, Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliaquín, Eliaquín a Azor, Azor a Sadoc, Sadoc a Aquim, Aquim a Eliud, Eliud a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

Así, las generaciones desde Abrahán a David fueron en total catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta el Mesías, catorce.


Antífona de comunión: Ag 2, 8

Vendrá el deseado de las naciones, y se llenará de gloria el templo del Señor.
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CATORCE GENERACIONES

Mateo sitúa el nacimiento de Cristo al final de una serie de progenitores y ascendientes con los que va describiendo la genealogía de Jesús. “Desde Abraham a David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación de Babilonia, catorce generaciones. Desde la deportación de Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones” (Mt 1,17).

Si el evangelista hubiera tenido que contarnos el origen de Cristo al estilo de las antiguas mitologías, hubiera escrito una genealogía llena de generaciones de dioses, héroes y semidioses. No es el caso de Cristo, de quien sabemos que perteneció a la estirpe de David, fue descendiente de Jacob y nació de María, que era la mujer de José.

Para Mateo es importante recalcar que Jesús era el “hijo de David”, porque el parentesco de sangre con David era necesario para que el pueblo de Israel reconociera a Jesús como el Mesías.

Y, sin embargo, igualmente necesarios eran los demás personajes de esa genealogía para que todos reconociéramos en ese Mesías a alguien de nuestro mismo linaje humano. No hay entre sus antecesores dioses, héroes o semidioses y sí prostitutas, traidores y muchos personajes desconocidos de los que la historia sólo nos dice que pertenecieron a la ascendencia de Cristo.

¿Qué sabemos y quiénes fueron Esrón, Arán, Abiá, Asaf, Salatiel, Aliud o Azor? Y, sin embargo, todos entraban en el plan de Dios, quizá sin ellos saberlo. Ni siquiera el pecado de muchos de ellos impidió que el Verbo se hiciera carne y naciera hecho Niño en un pesebre.

Aquel que quiso pertenecer al real linaje de David quiso también nacer en un pobre establo de Belén. Y aquel que era Dios no quiso renunciar a un linaje humano entreverado de miseria y de pecado.

Y tú ¿por qué no te aceptas como eres? ¿Por qué te empeñas en disimular, esconder o tergiversar la verdad de tu condición de pecador, haciendo creer a otros lo que no eres? ¿Te preocupa más lo que los demás piensen de ti que lo que eres ante Dios y para Dios?

Enamórate de este Dios Niño que pone patas arriba nuestros esquemas, medidas y criterios demasiado humanos. Aquello que no cuenta a los ojos de los hombres es lo que Dios elige para cumplir sus planes. Y hasta los detalles más nimios de tu vida o los acontecimientos más intrascendentes cuentan para Dios.

Piensa que si sólo existieras tú en el mundo sólo por ti el Verbo se habría hecho carne y habría llegado a dar su vida en la Cruz. Dios conduce los hilos y personajes de tu historia, aunque tu vida pase desapercibida y seas para muchos un personaje desconocido que nunca pasó a la historia.

Mater Dei

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Hoy comienza la recta final del Adviento, las ferias mayores que nos llevarán hasta el día de nochebuena.

La liturgia, a partir de la vísperas de hoy, se prepara alabando al Mesías con diferentes títulos expresados en las antífonas del Magníficat de cada feria hasta el día 23.

María, la Inmaculada, es el título solemne de adviento y fuente de muchos otros. Pero en la tradición cristiana, según los lugares, en el adviento se ha invocado a María con otras advocaciones: Virgen de la Esperanza, Virgen de la Expectación, Virgen de la O

Virgen de la Esperanza, por ser la madre que trajo la esperanza al mundo, Jesús. Virgen de la Expectación, porque esperó como madre que naciera su hijo Jesús.Virgen de la O, porque, según algunos, grávida de su hijo, los artistas la representaron en óvalo.

Más probable es que esta denominación de María arranque de la exclamación ¡Oh! con que comienza la antífona magnificat del 17 al 23 de diciembre, canto evangélico que el evangelista Lucas pone en boca de María y se reza a diario en las vísperas.

“¡Oh!” Expresa alegría y asombro en la boca y el corazón del creyente que ora o canta estas antífonas que se abren sucesivamente con ¡Oh Sabiduría! ¡Oh raíz de Jesé! ¡Oh Adonai! ¡Oh sol naciente! ¡Oh llave de David! ¡Oh Rey de reyes! ¡Oh Enmanuel!

Y alegría y asombro fueron los sentimientos que embargaban a María los días anteriores al nacimiento de Jesús, por lo que la Iglesia peregrinante en su oración litúrgica intenta asemejarse a María y provocar en los fieles esos sentimientos marianos.

Las exclamaciones anteriores se encuentran todas en los libros proféticos del Antiguo Testamento; cosa razonable, porque antes del nacimiento de Jesús eran los libros veterotestamentarios los que conocían y con los que oraban los fieles judíos que esperaban al Mesías.

La Iglesia, que litúrgicamente espera la llegada del Mesías, suplica con vivas fórmulas, ya no sólo judías, sino también cristianas, el nacimiento de Jesús.

Desde aquí se os invita a leer la paráfrasis que a cada una de estas antífonas ha realizado José Antonio Ciordia, agustino recoleto, y profesor de Sagrada Escritura durante más de cuarenta años. Su interpretación de cada una de las “O” está encerrada en el molde de diez versos de rima sencilla que invitan a la contemplación y al asombro esperanzado. En estos versos, la teología se ha hecho oración.

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¡Oh Sabiduría!
Saliste de la boca del Excelso
y engendras a tu voz las cosas todas,
ordenas en belleza el universo
y tejes con amor la humana historia.
Levanta en mi interior jardín de flores
con el calor que irradia tu Palabra:
en orden pon el caos de pasiones
que arrastran mi existencia hacia la nada.
Concédeme, Señor, gustar tu ciencia
y hallar en mí sabrosa tu presencia.

¡Oh raíz de Jesé!
Volvió a reverdecer el trono antiguo;
de su raíz brotó la flor más bella:
gimieron consternados los Abismos
y el cielo despertó legión de estrellas.
Pastor de las naciones y los pueblos
Enseña fulgurante, Vara enhiesta:
dirige poderoso hacia tu Reino
a cuantos ya se alegran con tu vuelta.
Estrella tuya soy, lucirte quiero
y ser en ti, jugosa Vid, renuevo.

¡Oh Adonai!
La zarza del Horeb, que en luz y fuego
al siervo Moisés de Dios hablara
se muestra imagen fiel de tu misterio:
de ser calor, espíritu y Palabra.
Voz eres celestial que a todos llama
y fuerza universal que todo eleva
y fuego abrasador que en viva llama
al mundo entero en torno a ti congrega.
Tu voz la nuestra sea, creadora,
y nuestra, la pasión que te devora.

¡Oh sol naciente!
Tú, Luz de Luz y Sol de eterno brillo,
fulgor ardiente que ciegas las Tinieblas
mantén tu curso fiel en el designio
de convertir en luz la obscura tierra.
Pues somos noche y hálito de barro,
cuán densas son las sombras en el alma
y cuántas las caídas en los pasos
si Tú no vienes pronto ¡y nos salvas!
¡Alumbre el resplandor de tu mirada
las niñas de mis ojos fatigadas!

¡Oh llave de David!
Sagrado Cetro,
en donde Dios ejerce sus poderes:
recibes en herencia los misterios
y entregas sus riquezas al que quieres.
Si cierras Tú, cerrados permanecen,
y quedan manifiestos si los abres:
al hombre sin orgullo entrada ofreces
y ocultas su valor al arrogante.
Desata al pecador de su pecado
y da tu libertad al que es esclavo.

¡Oh Rey de reyes!
Oh Rey de reyes, Fin de las edades;
Sillar fundamental del reino nuevo;
que rompes con tu cetro las ruindades
que hicieron enemigos a los pueblos.
Encanto de profetas y de sabios,
Anhelo de las islas más distantes,
que animas con el Soplo de tus labios
al hombre que del barro modelaste:
Renueva en tu poder al hombre viejo
y trae a tu redil a los dispersos.

¡Oh Enmanuel !
Y dijo nuestro Dios: “iré con ellos:
pondré sobre mis hombros su destino,
seré su Hermano, Padre y compañero
y haré su corazón igual al mío!”.
Seremos -como esposos- una carne;
en ellos grabaré mi Testamento;
mis venas llevarán la misma sangre:
tendremos en común el aposento.
Yo con vosotros; id, contadlo presto
¡que soy el Enmanuel, hermano vuestro!

El cielo dio su Rocío;
la tierra rompió su entraña
la Virgen espera un Niño:
¡nacer lo veréis mañana!
“Ven, Señor Jesús”.

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