Las claves para no criticar a los demás: autoeducación y desapego

diciembre 3, 2014
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¿Cuántas cosas de las que hago las hago por amor a Dios?

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Por conseguir el reconocimiento y la admiración de todos, estamos dispuestos a lo que sea, a veces incluso a renunciar al amor, al respeto

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P. Carlos Padilla/Aleteia.org

Queremos ser mejores. Queremos autoeducarnos en las manos de María. Decía la madre Teresa de Calcuta: “Quien dedica su tiempo a mejorarse a sí mismo, no tiene tiempo para criticar a los demás”.

Ahondamos en nuestra vida interior y así vamos mejorando. Somos morada del Dios vivo, del Dios personal que nos ama y así no caemos en esa crítica de los demás que tanto mal nos hace.

Como decía san Pablo, “Nos pasábamos la vida fastidiando y comidos de envidia, éramos insoportables y nos odiábamos unos a otros” Tito 3, 1-7. No queremos ser así. Queremos ahondar, profundizar en nuestro mundo interior. Ese mundo tantas veces temido y desconocido.

Y al ahondar así en nuestra vida podremos entonces ahondar y acercarnos al misterio de los otros, sin caer en la crítica. Porque en el alma del otro, también habita Dios. Allí en lo más hondo se esconde su verdad.

Debo descalzarme ante la puerta de su alma igual que Dios se descalza para entrar en la mía.

Jesús sabía mirar así el interior del alma de las personas, su propia alma, con su lupa. No se dejaba impresionar por las categorías humanas, por la fachada superficial, miraba el alma del otro, la del publicano, la de la samaritana, la de la mujer adúltera, la del Buen ladrón arrepentido, la de Pedro que lloraba.

Su mirada no se quedaba nunca en lo de fuera, en la apariencia. Iba más adentro. Así pudo devolver la dignidad a muchos que pensaban que Dios no quería nada con ellos. Porque eso era mentira.

Dios sí que quiere habitar en todos. Ojalá podamos consagrar siempre nuestro corazón a Dios, pertenecerle a Él por entero. Hasta lo más profundo. Con nuestros sentimientos y pensamientos, con nuestra vida y las personas que hay en él, con sus valles y sus montes, sus heridas y sus ríos.

Tenemos mucha necesidad de ser valorados y reconocidos en nuestra verdad. Hace poco decía un deportista: «Quiero ser el mejor de siempre». Y yo pensaba, ¡qué curioso que alguien quiera ser el mejor de toda la historia en algo!

Pero luego comprendí que lo cierto es que mucha gente quiere ser la mejor en lo que hace, la mejor de toda la historia. No es entonces tan curioso.

El deseo de valer es una fuerza muy poderosa en el alma. Es una pulsión que nos lleva a luchar, a darlo todo, a veces pasando por encima de otros, sin respetar su camino, su vida.

Es tan fuerte el deseo de valer, de demostrar que valemos y que hacemos las cosas bien, incluso mejor que otros, que podemos perder la perspectiva y dejar de valorar otras cosas más importantes en la vida.

Por conseguir el reconocimiento y la admiración de todos, estamos dispuestos a lo que sea. A veces incluso a renunciar al amor, al respeto, a la amistad, a la solidaridad, a la misericordia.

Es tan fuerte el deseo de ser reconocidos y tomados en cuenta que la vida luego puede pasarnos factura. Ese deseo puede aislarnos, puede herir a otros, puede herirnos en lo más hondo.

Y al final, ¿para qué tanto esfuerzo? ¿De qué nos sirve si nos acabamos quedando solos? No sé, ¿es la vanidad la que nos impulsa a ello? ¿Es el orgullo? Puede ser. En definitiva toda esa lucha tiene que ver con un apego a veces excesivo al propio yo.

Decía el Padre José Kentenich: «Generalmente estamos asidos al propio yo mucho más fuertemente de lo que sospechamos. El Señor quiere usarnos como instrumentos. Debemos estar desasidos de nosotros mismos».

Por eso también en el plano religioso podemos dejarnos llevar por nuestro deseo de valer, por el deseo de ser más. Queremos ser los más santos, los más apostólicos, los más religiosos, los que mejor rezan, los más profundos, los mejores cristianos.

Queremos incluso un lugar mejor en el cielo para toda la eternidad. El mejor lugar. Describía así el Padre Kentenich el estado en el que nos encontramos cuando no hemos tenido una verdadera conversión:

“Exteriormente son personas o sacerdotes que trabajan enormemente, que no son indolentes, no se inclinan a satisfacer los sentidos, sino hombres espirituales; pueden trabajar día y noche, remover la tierra, de manera que se piensa que pronto podrían ser canonizados.

Pero aquí se trata sólo de la actitud exterior. Lo que hacen, aun más allá de la medida de lo corriente, es realizado, en general, a fin de ganar fama. El hombre está todavía en su propio punto central. En primer plano está el yo, la adoración del yo, la glorificación del yo”.

No sé. Es duro vernos reflejados en esta descripción. Es triste ver por qué tonterías nos afanamos tantas veces. Nuestro yo está en el centro. Hacemos todo movidos por el culto al yo. Estamos lejos de esa verdadera conversión que anhelamos.

Queremos ser los mejores, los primeros, los recordados. Queremos darlo todo porque somos generosos, pero nos buscamos al hacerlo. Creemos que con nosotros todo va a cambiar, va a ser mejor. Dios estará orgulloso de nuestros méritos.

Buscamos ser recordados eternamente. Soñamos con ser el mejor médico, el mejor pintor, el mejor compositor, el mejor santo. La vida es efímera y vuela. Y nosotros estamos obsesionados con hacer historia.

Apegados enfermizamente a ese yo que busca cada vez más espacio, que no se conforma con nada, porque nada satisface del todo el deseo de plenitud. Es el ansia de valer y ser reconocidos. El yo puesto en un primer plano, no Cristo.

A veces me pregunto cuántas cosas de las que hago las hago por amor a Dios o a mí mismo. ¿Cómo se puede superar ese deseo de figurar, de estar en el centro, de ser los primeros?

Dios nos tiene que trabajar. Tiene que cambiar lo que aún no le pertenece, tiene que convertir el corazón.

No es tan sencillo porque nuestro corazón se rebela. Es duro como el mármol. Sueña con los primeros puestos, con la fama y el éxito. Quiere hacer y valer. Ser más y tener más.

Vivimos esa tensión entre nuestro apego al yo y el deseo de abandonarnos totalmente en las manos de Dios.


El maná de cada día, 3.12.14

diciembre 3, 2014

Miércoles de la 1ª semana de Adviento

Quinto día de la novena a la Inmaculada Concepción
 

El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna

Mirad que llega el Señor para salvar a su pueblo

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PRIMERA LECTURA: Isaías 25, 6-10a

Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país. Lo ha dicho el Señor.

Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte.»


SALMO 22, 1-3a.3b-4.5.6

Habitaré en la casa del Señor por años sin término.

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.


Aclamación antes del Evangelio

Mirad que llega el Señor para salvar a su pueblo; dichosos los que están preparados para salir a su encuentro.


EVANGELIO: Mateo 15, 29-37

En aquel tiempo, Jesús, bordeando el lago de Galilea, subió al monte y se sentó en él. Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies, y él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y dieron gloria al Dios de Israel.

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da lástima de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que se desmayen en el camino.»

Los discípulos le preguntaron: «¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?»

Jesús les preguntó: «¿Cuántos panes tenéis?» Ellos contestaron: «Siete y unos pocos peces.»

Él mandó que la gente se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete cestas llenas.

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3 de Diciembre

San Francisco Javier, presbítero

Nació en el castillo de Javier (Navarra) el año 1506. Cuando estudiaba en París, se unió al grupo de san Ignacio. Fue ordenado sacerdote en Roma el año 1537, y se dedicó a obras de caridad. El año 1541 marchó al Oriente. Evangelizó incansablemente la India y el Japón durante diez años, y convirtió muchos a la fe. Murió el año 1552 en la isla de Sanchón Sancián, a las puertas de China.

¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!
De las cartas de san Francisco Javier, presbítero, a san Ignacio

Venimos por lugares de cristianos que ahora habrá ocho años que se hicieron cristianos. En estos lugares no habitan portugueses, por ser la tierra muy estéril extremo y paupérrima. Los cristianos de estos lugares, por no haber quien les enseñe en nuestra fe, no saben más de ella que decir que son cristianos. No tienen quien les diga misa, ni menos quien los enseñe el Credo, Pater póster, Ave María, ni los mandamientos.

En estos lugares, cuando llegaba, bautizaba a todos los muchachos que no eran bautizados; de manera que bauticé una grande multitud de infantes que no sabían distinguir la mano derecha de la izquierda. Cuando lle­gaba en los lugares, no me dejaban los muchachos ni rezar mi Oficio, ni comer, ni dormir, sino que los enseña­se algunas oraciones. Entonces comencé a conocer por qué de los tales es el reino de los cielos.

Como tan santa petición no podía sino impíamente negarla, comenzando por la confesión del Padre, Hijo y Espíritu Santo, por el Credo, Pater noster, Ave María, así los enseñaba. Conocí en ellos grandes ingenios; y, si hu­biese quien los enseñase en la santa fe, tengo por muy cierto que serían buenos cristianos.

Muchos cristianos se dejan de hacer, en estas partes, por no haber personas que en tan pías y santas cosas se ocupen. Muchas veces me mueven pensamientos de ir a los estudios de esas partes, dando voces, como hombre que tiene perdido el juicio, y principalmente a la universi­dad de París, diciendo en Sorbona a los que tienen más le­tras que voluntad, para disponerse a fructificar con ellas: «¡Cuántas ánimas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos!»

Y así como van estudiando en letras, si estudiasen en la cuenta que Dios, nuestro Señor, les demandará de ellas, y del talento que les tiene dado, muchos de ellos se move­rían, tomando medios y ejercicios espirituales para cono­cer y sentir dentro de sus ánimas la voluntad divina, con­formándose más con ella que con sus propias afecciones, diciendo: ·Aquí estoy, Señor, ¿qué debo hacer? Envíame adonde quieras; y, si conviene, aun a los indios. »

Oración

Señor y Dios nuestro, tú has querido que numerosas naciones llegaran al conocimiento de tu nombre por la predicación de san Francisco Javier; infúndenos su celo generoso por la propagación de la fe, y haz que tu Iglesia encuentre su gozo en evangelizar a todos los pueblos. Por nuestro Señor Jesucristo.

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NOVENA A LA INMACULADA CONCEPCIÓN

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DÍA QUINTO

La maternidad divina de María


He aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. (Mateo 2,9-1)

Oración

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies las plegarias que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!.


Reflexión

El Cardenal James Gibbons, Arzobispo de Baltimore entre 1877 y 1921, explicó a sus fieles por qué los católicos honran con gozo a María como la Madre de Dios:

Cuando llamamos a la Santísima Virgen la Madre de Dios, afirmamos nuestra fe en dos verdades: primero, que su Hijo, Jesucristo, es verdadero hombre, o ella no sería madre. En segundo lugar, que Él es verdadero Dios, o ella no sería la Madre de Dios. En otras palabras, afirmamos que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, la Palabra de Dios, que en su naturaleza divina fue engendrado por el Padre desde toda la eternidad, es consustancial con Él. En la plenitud de los tiempos, fue nuevamente engendrado y nació de la Virgen, asumiendo así, desde el seno de María, una naturaleza humana de la misma sustancia que la de ella.

Pero podría argumentarse que la Bienaventurada Virgen no es Madre de la Divinidad. Ella no tuvo ni hubiera podido tener participación en la generación de la Palabra de Dios ya que esa generación es eterna; la maternidad de María se limita a lo temporal. Él es el Creador; ella es Su creatura. Se la podría figurar, si se quiere, como la Madre del hombre Jesús o incluso de la naturaleza humana del Hijo de Dios, pero no como la Madre de Dios.

A esta objeción responderé mediante una pregunta. ¿Tuvo la madre de cada uno de nosotros alguna participación en la producción de nuestra alma? ¿No es esa parte más noble de nuestro ser la obra de Dios y sólo Dios? Y sin embargo, ¿alguien osaría llamar por un segundo a su madre “la madre de mi cuerpo” en lugar de “mi madre”?

La comparación nos enseña que los términos padre e hijo, madre e hijo se refieren a las personas y no a las partes o elementos que constituyen a las personas. Nadie se refiere a su madre como “la madre de mi cuerpo” o “la madre de mi alma”; sino, y con toda propiedad, “mi madre”, la madre de este ser que vive y respira, piensa y actúa, único en mi personalidad y sin embargo, una unidad de un alma creada directamente por Dios y un cuerpo material que deriva directamente del vientre materno.

De igual manera, tanto cuanto se refleja el sublime misterio de la Encarnación en el orden natural, la Santísima Virgen, cubierta bajo la sombra del Altísimo, al comunicar a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad una verdadera naturaleza humana de la misma sustancia que la suya propia, como hace toda madre, se constituyó verdadera y realmente en Su Madre.

Es en este sentido que el título de Madre de Dios, negado por Nestorio, le fue reivindicado por el Concilio General de Éfeso en el año 431; en este sentido y en ningún otro es que la Iglesia le ha otorgado ese título.

Oración

Dios, Padre nuestro Todopoderoso, al hacerse hombre, tu Hijo reveló la bondad y la santidad de la concepción, el embarazo y el nacimiento humanos. Con amor tierno de madre, la Virgen María concibió a tu Hijo eterno, lo llevó debajo de su corazón y lo dio a luz. Ninguna intervención tuya en la historia humana ilustra más acabadamente la grandeza y la dignidad de la mujer que la Encarnación.

Que María ayude a todos a creer que el hombre que ella dio a luz, Jesucristo, es verdaderamente tu Hijo eterno hecho hombre. Que ayude a todos a apreciar la maravilla de la concepción, el embarazo y el parto. Que todas las mujeres de nuestra sociedad se acojan bajo el abrazo maternal de María. Ayúdalas a comprender que sus hijos son creados por ti en el momento de la concepción y te pertenecen en esta vida y en la otra.

Padre, protege a todas las mujeres de los ataques a su fecundidad de madres. Guárdalas de quienes las atacan y violentan su dignidad mediante la promoción de la anticoncepción, la esterilización y el aborto. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


V. Oh María, sin pecado concebida.
R. Ruega por nosotros que recurrimos a Ti.
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SERVICIO DE ORACIÓN
O MINISTERIO DE INTERCESIÓN – 135

1. Macarena
2. Julián
3. Carmen
4. Rebeca
5. Chela
6. Ana M.
7. Ali y Cipri
8. Susana
9. Julia R.
10. Anita
11. Jaime
12. Jesús
13. Ángel
14. Marcela
15. Carlos
16. María del Valle y Luis
17. Gerardo (hijo; cambio de actitudes; conversión…)

18. Edu, Mónica y Alba

19. Dorian Jesús

20. Samuel y Manuel

21. Mónica

22. + Rubén

23. + Julia A.

24. + Esteban

25. En favor de cuantos se encomienden a nuestras oraciones, por vivos y difuntos.

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