Divorciados casados de nuevo: ¿Bendición en lugar de comunión?

noviembre 4, 2014

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La Iglesia quiere acoger con misericordia a las personas que no pueden acercarse a la Comunión

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Patricia Navas González

En algunas misas, en el momento de la Comunión se anuncia la posibilidad, para las personas que no pueden comulgar, de acercarse con los brazos cruzados para recibir una bendición.

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Esta práctica existe desde hace años en numerosas iglesias de distintos países, especialmente anglosajones y escandinavos. Se ha dado también en Jornadas Mundiales de la Juventud y ha sido objeto de pronunciamientos de la archidiócesis de Paderborn (Alemania) y de Milán (Italia), explica monseñor Vitur Huonder.

Este obispo la sugería el pasado mes de marzo como una “prenda de la misericordia de Dios” en su diócesis de Chur, situada en los Alpes suizos. Su propuesta busca la integración, y no la exclusión, como lo han percibido algunos que se han quejado públicamente de la propuesta.

“Una bendición así me pondría, por así decirlo, al descubierto -me confiesa una amiga separada que convive con su nueva pareja al plantearle esa posibilidad- . ¿Cómo aceptarán esto las otras personas que están en misa? Muchas de ellas no aceptan ni siquiera que esté participando en la celebración un divorciado que convive con otra persona…”.

La Comunidad del Cordero usa esta costumbre desde hace años en sus misas, que suelen congregar a mendigos, refugiados, ex toxicómanos, enfermos… pues esta comunidad tiene la misión de ofrecer a los pobres un lugar en la Iglesia.

El Hermanito Juan, sacerdote, la considera muy positiva. “Que no comulguen no quiere decir que no les consideremos como hermanos –afirma, sosteniendo su mirada cordial- . Para que se sientan en comunión, se nos permite hacer un gesto”.

Y continúa: “La Iglesia quiere acoger con misericordia a las personas que no pueden acercarse a la Comunión, evitar que se sientan excluidas y hacer camino con ellas; eso tiene que ser por etapas”.

“Cuando hay personas divorciadas que se han vuelto a casar, han tenido hijos que tienen que asumir y han hecho un camino cristiano, pueden vivir en castidad pero a lo mejor no se encuentran en ese paso… entonces, tras ese gesto, las acogemos mostrándoles que no pueden recibir la Comunión pero reciben la bendición para seguir avanzando en su camino”, añade.

La humildad que promueve en la Iglesia el Papa Francisco -que es el primero en considerarse pecador, e invita a todos a hacer lo mismo y a manifestar misericordia- ayuda a desterrar todo vestigio de desprecio a quien no puede comulgar.

Precisamente la acogida en la Iglesia de las personas divorciadas unidas nuevamente ha sido uno de los temas (quizás el más mediático) de la reciente asamblea extraordinaria del sínodo de los obispos sobre la familia.

El documento de síntesis de este sínodo habla de tratar a la familia con el mismo esquema que el diálogo ecuménico.

En este sentido, si a veces, en las misas en las que participan personas no católicas, el que preside “las invita a acercarse al altar para recibir una bendición y no la Comunión” –como recoge el Instrumentum Laboris del sínodo sobre la Eucaristía-, ¿qué razón podría impedir ofrecerla a católicos que no pueden comulgar?

Este documento vaticano del año 2005 destaca en su punto 87 el parecido entre esta bendición, a las personas que no pueden comulgar, y la distribución del antidoron en el rito bizantino, un pan bendecido pero no consagrado que se reparte en algunas iglesias ortodoxas y de otras confesiones cristianas al final de la celebración.

Según el director del Instituto Superior de Liturgia de Barcelona, Jaume González Padrós, no hay ningún escrito del Magisterio sobre este uso, que “forma parte de una cierta tradición que en Oriente es más antigua, la de procurar que quienes no han podido comer el pan eucarístico puedan recibir una bendición o un pan bendecido”.

Para el liturgista, esta señal de pertenencia y acogimiento puede tener su valor, puede ayudar a mostrar que esas personas no están excomulgadas, a expresar una cierta maternidad eclesial, “como si fuera una caricia de la madre al hijo que está enfermo o no lo está pasando bien”.

“Se buscan maneras para que quien no puede participar en la máxima expresión de la participación eucarística que es la Comunión no se quede sin nada –explica a Aleteia- ; son signos, pequeños gestos con los que la comunidad cristiana dice que quien no puede comulgar continúa siendo miembro de la comunidad, participando de las bendiciones que se reciben de la Iglesia”.

La política inglesa Louise Mensch ha compartido su experiencia este mes en The Spectator: “Soy católica, divorciada y casada de nuevo. Voy a misa cada semana. Cuando mis hijos quieren que les acompañe a recibir la Sagrada Comunión, voy detrás de ellos con los brazos cruzados sobre mi pecho”, explica.

En su situación, cree en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y educa en la fe a sus hijos: “Al más pequeño le entusiasma especialmente ir a recibir la bendición, aunque quiere saber cuándo podrá tener “el pan”. Yo le digo: “cuando entiendas por qué no es ‘el pan’”.

“Nunca me ha venido la idea de presentarme a la comunión, cuando nunca he intentado hacer anular mi primer matrimonio –continúa- . Sé que no soy una buena católica, y llevo una vida que la Iglesia considera adúltera. Sin embargo, permanezco confiada, porque espero en la misericordia de Dios”.

Y concluye: “Guardo la esperanza de que algún día esté en estado de gracia y en condiciones de recibir nuevamente la Sagrada Comunión”.

Aleteia.org


El maná de cada día, 4.11.14

noviembre 4, 2014

Lecturas del Martes de la 31ª semana de Tiempo Ordinario

Los mismo sentimientos de Jesús

Los mismos sentimientos de Jesús



PRIMERA LECTURA: Filipenses 2, 5-11

Hermanos:

Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús.

Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.


SALMO 21, 26b-27. 28-30a. 31-32

El Señor es mi alabanza en la gran asamblea.

Cumpliré mis votos delante de sus fieles. Los desvalidos comerán hasta saciarse, alabarán al Señor los que lo buscan: viva su corazón por siempre.

Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos.

Porque del Señor es el reino, el gobierna a los pueblos. Ante él se postrarán las cenizas de la tumba.

Mi descendencia le servirá, hablarán del Señor a la generación futura, contarán su justicia al pueblo que ha de nacer: todo lo que hizo el Señor.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 11, 28

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré -dice el Señor.


EVANGELIO: Lucas 14, 15-24

En aquel tiempo, uno de los comensales dijo a Jesús: «¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios!»

Jesús le contestó:
«Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó un criado a avisar a los convidados: “Venid, que ya está preparado.”

Pero ellos se excusaron uno tras otro. El primero le dijo: “He comprado un campo y tengo que ir a verlo. Dispénsame, por favor.” Otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor.” Otro dijo: “Me acabo de casar y, naturalmente, no puedo ir.”

El criado volvió a contárselo al amo.

Entonces el dueño de casa, indignado, le dijo al criado: “Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos.”

El criado dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio.”

Entonces el amo le dijo: “Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa.”

Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete.»


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Cristo, sacerdote y víctima
Pío XII. De la carta encíclica Mediator Dei

Cristo es ciertamente sacerdote, pero lo es para nosotros, no para sí mismo, ya que él, en nombre de todo el género humano, presenta al Padre eterno las aspiraciones y sentimientos religiosos de los hombres. Es también víctima, pero lo es igualmente para nosotros, ya que se pone en lugar del hombre pecador.

Por esto, aquella frase del Apóstol: Tened los mismos sentimientos propios de Cristo Jesús exige de todos los cristianos que, en la media de las posibilidades humanas, reproduzcan en su interior las mismas disposiciones que tenía el divino Redentor cuando ofrecía el sacrificio de sí mismo: disposiciones de una humilde sumisión, de adoración a la suprema majestad divina, de honor, alabanza y acción de gracias.

Les exige asimismo que asuman en cierto modo la condición de víctimas, que se nieguen a sí mismos, conforme a las normas del Evangelio, que espontánea y libremente practiquen la penitencia, arrepintiéndose y expiando los pecados.

Exige finalmente que todos, unidos a Cristo, muramos místicamente en la cruz, de modo que podamos hacer nuestra aquella sentencia de san Pablo: Estoy crucificado con Cristo.
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Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran

Compartir el sufrimiento con los demás es algo propiamente cristiano. El desinterés egoísta con el que normalmente «vamos a lo nuestro» resulta algo común en la sociedad actual. Estamos acostumbrados a exigir comportamientos de otros, pero nos cuesta mucho darnos con gratuidad a los demás.

Descubrir que hay gente que sufre a nuestro alrededor nos puede parecer, en ocasiones, una pérdida de tiempo, pues siempre tenemos otras cosas y asuntos más importantes o urgentes que hacer. Se trata, en definitiva, de «ir a lo práctico» y aprovechar al máximo el propio tiempo.

Jesús, sin embargo, puso en práctica algo que llamó la atención de sus contemporáneos: la compasión. Pero no con un compadecerse lejano o abstracto, sino que su compasión, fruto de la misericordia, llegaba a adentrarse en el corazón mismo de aquel que sufría para elevarlo, así, hasta Dios.

Cristo murió en la Cruz porque Dios se compadecía de nuestros pecados, origen de cualquier sufrimiento, dándonos a entender que sólo Él podía curar semejante enfermedad del alma.

Un hijo de Dios, tú y yo, participa de esa muerte redentora de Jesús. Por eso, ante el sufrimiento de otros, nuestro corazón se une a ellos con la misma piedad de Cristo, para hacer vida la bienaventuranza del Evangelio: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”.

Serán dichosos aquellos que soportan el agobio en su vida, porque otros, tú y yo, les acompañaremos en su sufrimiento. Más que realizar una obra de misericordia, se trata de vivir identificados con los mismos sentimientos de Cristo Jesús que, desde la Cruz, intercedió al Padre de Dios para que todos fuéramos perdonados.

¿No es esto motivo para alegrarnos con los que se alegran y llorar con los que lloran?

http://www.mater-dei.es


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SERVICIO DE ORACIÓN
O MINISTERIO DE INTERCESIÓN – 123

1. Macarena
2. Julián
3. Carmen
4. Rebeca
5. Chela
6. Ana M.
7. Ali y Cipri
8. Susana
9. Julia R.
10. Anita
11. Jaime
12. Jesús
13. Ángel
14. Marcela
15. Carlos
16. María del Valle y Luis
17. Gerardo (hijo; cambio de actitudes; conversión…)

18. Edu, Mónica y Alba

19. Dorian Jesús

20. Samuel y Manuel

21. Mónica

22. + Rubén

23. + Julia A.

24. + Esteban

25. En favor de cuantos se encomienden a nuestras oraciones, por vivos y difuntos.

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