¿Cuál es la fuerza de la oración de una madre por un hijo?

octubre 26, 2014

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Santa Mónica: La sangre de su corazón destilaba en lágrinas en sus ojos

Santa Mónica orante: La sangre de su corazón destilada en lágrinas en sus ojos

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San Agustín dijo que las lágrimas de su madre frente al Sagrario eran como “la sangre de su corazón destilado en lágrimas en sus ojos”

Felipe Aquino

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Santa Mónica es el ejemplo claro del poder de la oración de las madres por los hijos. Ella nació en Tagaste (África), en 331, de familia cristiana.

Muy joven, fue dada en matrimonio a un hombre pagano llamado Patricio, de quien tuvo varios hijos, entre ellos Agustín, cuya conversión alcanzó de la misericordia divina con muchas lágrimas y oraciones. Es un modelo perfecto de madre cristiana. Murió en Ostia (Italia) en 387.

Dios estableció una ley: necesitamos pedir la gracia necesaria en nuestra vida, para ser asistidos. Jesús fue enfático: “También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre” (Lc 11, 9-10). Quien no pide no recibe.

Jesús dijo eso después de contar ese caso del vecino que llamó a la puerta de la casa de otro para pedir un poco de pan a medianoche, porque había recibido una visita y estaba sin panes. Como el otro no quiso atenderlo, Jesús dijo: “Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario” (Lc 11, 8).

Ahora bien, ¿qué es lo que nos está queriendo enseñar Jesús con eso?

Que debemos hacer lo mismo con Dios. Importunarlo. Pero, ¿por qué Dios hace eso? Es para saber si de hecho confiamos en Él; si tenemos fe de verdad, como aquella mujer cananea, que no era judía, pero que pidió con insistencia que curara a su hijo endemoniado (Mt 15, 22). Si la gente pide una vez o dos, y no recibe, y no pide más, es porque no confía en Él.

San Agustín enseñó lo siguiente: “Dios no nos mandaría pedir, si no nos quisiera oír. La oración es una llave que nos abre las puertas del cielo. Cuando veas que tu oración no se apartó de ti, puedes estar seguro que la misericordia tampoco se alejó de ti. Los grandes dones exigen un gran deseo puesto que todo lo que se alcanza con facilidad no se aprecia tanto como lo que se desea durante mucho tiempo. Dios no quiere darte enseguida lo que pides, para que aprendas a desear con gran deseo”.

Nadie como él entiende la fuerza de la oración de una madre por su hijo; pues durante veinte años su madre, Santa Mónica, rezó por su conversión, y lo consiguió. Él mismo cuenta eso en su libro “Confesiones”.

Él dijo que su madre iba tres veces al día frente al Sagrario en Hipona, y le pedía a Jesús que su Agustín se volviera “un buen cristiano”. Era todo lo que ella quería, no pedía que él fuera un día sacerdote, obispo, santo, doctor de la Iglesia y uno de los mayores teólogos y filósofos de todos los tiempos.

Pero Dios quería darle más. Quería hacer de Agustín ese gigante de la Iglesia, entonces, ella necesitaba rezar más tiempo y sin desanimarse. Y Santa Mónica no se desanimó, por eso tenemos hoy a ese gigante de la fe. Me pongo a pensar si ella hubiera parado de rezar después de 19 años… No se habría convertido su hijo. Y nosotros no tendríamos el Doctor de la Gracia.

Cuando Agustín dejó África del Norte, y se fue como orador oficial del emperador romano, en Milán, ella fue tras él. Tomó el barco, atravesó el Mediterráneo, y fue a rezar por su hijo. Un día fue a visitar al obispo de Milán y con lágrimas le dijo que no sabía qué más hacer por la conversión de su Agustín, a quien el obispo conocía bien por su fama. Simplemente el obispo le respondió: “Hija mía, es imposible que Dios no convierta al hijo de tantas lágrimas”.

Y sucedió. San Agustín, al oír las predicaciones de San Ambrosio, obispo de Milán, se convirtió; fue bautizado por él, y luego fue ordenado sacerdote, escogido como obispo, y uno de los mayores santos de la Iglesia. Todo porque aquella madre no se cansó de rezar por la conversión de su hijo… ¡veinte años!

San Agustín dice en las “Confesiones” que las lágrimas de su madre frente al Señor en el Sagrario, eran como “la sangre de su corazón destilada en lágrimas en sus ojos”. ¡Qué belleza! ¡Qué fe!

Es exactamente lo que la Iglesia enseña: Que nuestra oración debe ser humilde, confiada y perseverante. Humilde como la del publicano que se daba golpes de pecho y pedía perdón frente al fariseo orgulloso; confiada como la de la madre cananea, y perseverante como la de la madre Mónica. Dios no resiste a las lágrimas y las oraciones de una madre que reza así.

San Agustín resume con estas palabras la vida de su madre: “Cuidó de todos los que vivíamos juntos después de bautizados, como si fuera la madre de todos; y nos sirvió como si fuera la hija de cada uno de nosotros”.

El ejemplo de Santa Mónica quedó grabado de tal manera en la mente de San Agustín que, años más tarde, ciertamente acordándose de su madre, exhortaba: “Buscad con todo cuidado la salvación de los de vuestra casa”.

Ya se dijo de Santa Mónica que fue dos veces madre de Agustín, porque no sólo lo dio a luz, sino que lo rescató para la fe católica y para la vida cristiana.

Así deben ser los padres cristianos: dos veces progenitores de sus hijos, en su vida natural y en su vida en Cristo.

http://www.aleteia.org/es/religion/noticias/cual-es-la-fuerza-de-la-oracion-de-una-madre-por-un-hijo-5789517038485504


El maná de cada día, 26.10.14

octubre 25, 2014

Domingo XXX del Tiempo Ordinario, Ciclo A

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Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo

Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo



Antífona de entrada: Sal 104, 3-4

Que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro.


Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad, y, para conseguir tus promesas, concédenos amar tus preceptos. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Éxodo 22, 20-26

Así dice el Señor:

«No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto.

No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque, si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. Se encenderá mí ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos.

Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, cargándole intereses.

Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mi, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo.»


SALMO 17,2-3a.3bc-4.47.51ab

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.

Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador. Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu Ungido.


SEGUNDA LECTURA: 1 Tesalonicenses 1, 5c-10

Hermanos:

Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros para vuestro bien. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la palabra entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya.

Desde vuestra Iglesia, la palabra del Señor ha resonado no sólo en Macedonia y en Acaya, sino en todas partes.

Vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada, ya que ellos mismos cuentan los detalles de la acogida que nos hicisteis: cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 14, 23

El que me ama guardará mi palabra –dice el Señor–, y mi Padre lo amará, y vendremos a él.


EVANGELIO: Mateo 22, 34-40

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»

Él le dijo:

«”Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.” Este mandamiento es el principal y primero.

El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»


Antífona de comunión: Sal 19, 6

Que podamos celebrar tu victoria y en el nombre de nuestro Dios alzar estandartes.


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AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

“Amarás al prójimo como a ti mismo”. Añadiendo las palabras “como a ti mismo”, Jesús nos ha puesto delante un espejo al que no podemos mentir; nos ha dado una medida infalible para descubrir si amamos o no al prójimo.

Sabemos muy bien, en cada circunstancia, qué significa amarnos a nosotros mismos y qué querríamos que los demás hicieran por nosotros. Jesús no dice, nótese bien: “Lo que el otro te haga, házselo tú a él”. Esto sería aún la ley del talión: “Ojo por ojo, diente por diente”. Dice: lo que tú quisieras que el otro te hiciera házselo tú a él (cf. Mt 7, 12), que es muy distinto.

Jesús consideraba el amor al prójimo como “su mandamiento”, en el que se resume toda la Ley. “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,12).

Muchos identifican el entero cristianismo con el precepto del amor al prójimo, y no están del todo desencaminados. Pero debemos intentar ir un poco más allá de la superficie de las cosas.

Cuando se habla del amor al prójimo el pensamiento va en seguida a las “obras” de caridad, a las cosas que hay que hacer por el prójimo: darle de comer, de beber, visitarlo; es decir, ayudar al prójimo. Pero esto es un efecto del amor, no es aún el amor. Antes de la beneficencia viene la benevolencia; antes que hacer el bien, viene el querer.

La caridad debe ser “sin fingimientos”, es decir, sincera (literalmente, “sin hipocresía”) (Rm 12, 9); si debe amar “verdaderamente de corazón” (1 Pe 1,22).

Se puede de hecho hacer caridad o limosna por muchos motivos que no tienen nada que ver con el amor: por quedar bien, por parecer benefactores, para ganarse el paraíso, incluso por remordimientos de conciencia.

Mucha caridad que hacemos a los países del tercer mundo no está dictada por el amor, sino por el remordimiento. Nos damos cuenta de la diferencia escandalosa que existe entre nosotros y ellos, y nos sentimos en parte responsables de su miseria. ¡Se puede tener poca caridad, también “haciendo caridad”!

Está claro que sería un error fatal contraponer entre sí el amor del corazón y la caridad de los hechos, o refugiarse en las buenas disposiciones interiores hacia los demás, para encontrar una excusa a la propia falta de caridad actual y concreta.

Si encuentras a un pobre hambriento y entumecido de frío, decía Santiago, ¿de qué sirve decir “Pobre, vé, calientate, come algo”, pero no le das nada de lo que necesita? “Hijos míos, añade el evangelista Juan, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad” (1 Jn, 3,18).

No se trata por tanto de subestimar las obras externas de caridad, sino de hacer que éstas tengan su fundamento en un genuino sentimiento de amor y benevolencia.

Esta caridad del corazón o interior es la caridad que todos y siempre podemos ejercer, es universal. No es una caridad que algunos -los ricos y sanos- pueden solamente dar y otros -los pobres y enfermos- pueden solo recibir. Todos podemos hacerla y recibirla. Además es muy concreta.

Se trata de empezar a mirar con nuevos ojos las situaciones y las personas con las que vivimos. ¿Con qué ojos? Es sencillo: los ojos con que quisiéramos que Dios nos mirara a nosotros. Ojos de excusa, de benevolencia, de comprensión, de perdón…

Cuando esto sucede, todas las relaciones cambian. Caen, como por milagro, todos los motivos de prevención y hostilidad que nos impedían amar a cierta persona, y ésta empieza a parecernos por lo que es en realidad: una pobre criatura humana que sufre por sus debilidades y límites, como tú, como todos.

Es como si la máscara que todos los hombres y las cosas llevan puesta en el rostro cayeran, y la persona nos apareciera como lo que es realmente.

http://www.homiletica.org


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SERVICIO DE ORACIÓN
O MINISTERIO DE INTERCESIÓN – 114

1. Macarena
2. Julián
3. Carmen
4. Rebeca
5. Chela
6. Ana M.
7. Ali y Cipri
8. Susana
9. Julia R.
10. Anita
11. Jaime
12. Jesús
13. Ángel
14. Marcela
15. Carlos
16. María del Valle y Luis
17. Gerardo

18. Edu, Mónica y Alba

19. Dorian Jesús

20. + Rubén

21. + Julia A.

22. + Esteban

23. En favor de cuantos se encomienden a nuestras oraciones, por vivos y difuntos.

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El maná de cada día, 25.10.14

octubre 25, 2014

Sábado de la 29ª semana del Tiempo Ordinario

Señor, déjala todavía este año



PRIMERA LECTURA: Efesios 4, 7-16

A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Por eso dice la Escritura: «Subió a lo alto llevando cautivos y dio dones a los hombres.»

El «subió» supone que había bajado a lo profundo de la tierra; y el que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos para llenar el universo.

Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.

Para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina, en la trampa de los hombres, que con astucia conduce al error; sino que, realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo, del cual todo el cuerpo, bien ajustado y unido a través de todo el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte, se procura el crecimiento del cuerpo, para construcción de sí mismo en el amor.


SALMO 121, 1-2.3-4a.4b-5

Vamos alegres a la casa del Señor.

¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta. Allá suben las tribus, las tribus del Señor.

Según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David.


Aclamación antes del Evangelio: Ezequiel 33, 11

No quiero la muerte del malvado -dice el Señor-, sino que cambie de conducta y viva.


EVANGELIO: Lucas 13, 1-9

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.

Jesús les contestó:

«¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo.

Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.»

Y les dijo esta parábola:

«Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.

Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?”

Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas.”»


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UN MISERICORDIOSO INTERCEDE ANTE EL MISERICORDIOSO

San Agustín, Sermón 254, 3-4

Con razón dice también el Señor en el evangelio a propósito de cierto árbol estéril: Hace ya tres años que me acerco a él sin encontrar fruto: lo cortaré para que no estorbe en el campo (Lc 13,7). Intercede el colono; intercede cuando ya el hacha está a punto de caer, para cortar las raíces estériles; intercede el colono como intercedió Moisés ante Dios; intercede el colono diciendo: Señor, déjalo todavía un año; cavaré a su alrededor y le echaré un cesto de estiércol; si da fruto, bien; si no, podrás venir y cortarlo (Lc 13,8-9).

Este árbol es el género humano. El Señor lo visita en la época de los patriarcas: el primer año, por así decir. Lo visitó en la época de la ley y los profetas: el segundo año. He aquí que amanece el tercer año; casi debió ser cortado ya, pero un misericordioso intercede ante el Misericordioso. Se mostró como intercesor quien quería mostrarse misericordioso.

«Déjesele, dijo, todavía este año. Cávese a su alrededor -la fosa es signo de humildad-; échesele un cesto de estiércol, por si da fruto». Más todavía: puesto que una parte da fruto y otra no lo da, vendrá su dueño y la dividirá (Mt 24,51). ¿Qué significa la dividirá? Que ahora los hay buenos y los hay malos, como formando un solo montón, un solo cuerpo.

Por tanto, hermanos míos, como dije, el estiércol en el sitio adecuado da fruto y en el inadecuado llena de porquería el lugar. Hay alguien triste; veo que alguien está triste. Veo el estiércol, busco su lugar. -«Dime, amigo, ¿por qué estás triste?» -«He perdido el dinero». No hay más que un lugar sucio; el fruto será nulo. Escuche al Apóstol: La tristeza mundana causa la muerte (2 Cor 7,10). No sólo es nulo el fruto; también el daño es enorme.

Dígase lo mismo de las restantes cosas que producen gozo mundano, y que es largo enumerar. Veo que otro está triste, gime y llora. Veo gran cantidad de estiércol; también en este caso busco su lugar. Cuando lo vi triste y llorando, advertí también que estaba orando. Triste, con gemidos y llanto, y en oración: me hizo pensar en no sé qué buen augurio; pero todavía busco el lugar.

¿Y si ese que ora y gime con gran llanto pide la muerte para sus enemigos? El motivo es ese; pero está en llanto, oración y súplica. No hay más que un lugar sucio, el fruto será nulo.

Más grave es lo que encontramos en la Escritura. Cuando pide la muerte de su enemigo, viene a parar en la maldición que pesa sobre Judas: Su oración se convierte en pecado (Sal 108,7). Me he fijado de nuevo en otro que gemía, lloraba y oraba. Advierto el estiércol, busco el lugar. Presté oído a su oración, y le escuché decir: Yo he dicho: «Señor, ten compasión de mí; sana mi alma, porque he pecado contra ti» (Sal 40,5).

Gime por sus pecados; reconozco el campo y quedo a la espera del fruto. ¡Gracias a Dios! El estiércol está en buen lugar; no está ahí de más, está produciendo fruto.

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SERVICIO DE ORACIÓN
O MINISTERIO DE INTERCESIÓN – 113

1. Macarena
2. Julián
3. Carmen
4. Rebeca
5. Chela
6. Ana M.
7. Ali y Cipri
8. Susana
9. Julia R.
10. Anita
11. Jaime
12. Jesús
13. Ángel
14. Marcela
15. Carlos
16. María del Valle y Luis
17. Gerardo

18. Edu, Mónica y Alba

19. Dorian Jesús

20. + Rubén

21. + Julia A.

22. + Esteban

23. En favor de cuantos se encomienden a nuestras oraciones, por vivos y difuntos.

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Papa Francisco: El ganador del Sínodo

octubre 24, 2014

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El Papa Francisco en señal de victoria

El Papa Francisco muestra con las manos una señal de victoria

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Artículo de opinión sobre el Sínodo en Roma
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Por José Manuel Vidal

No suele gustar nada en la Iglesia que se hable de revolución (siempre se prefiere el término reforma) ni de izquierdas o derechas (remite a la política) ni de ganadores y perdedores (insinúa eventuales grietas en la sacrosanta comunión eclesial).

Pero, en este caso, hay que proclamar clara y abiertamente que el ganador del Sínodo fue Francisco y, con él, la Iglesia católica.

Ganó el Papa, porque supo poner a la Iglesia en estado de Sínodo (en estado de proceso y de camino). Lo más parecido a la dinámica conciliar. Y sin jugar con ventaja.

Consultando primero a las bases, con el célebre cuestionario remitido a todo el mundo y que muchos obispos y conferencias episcopales boicotearon. Convocando a los padres sinodales en Roma, una vez recibidas las respuestas, para que pudiesen debatirlas con total libertad.

Ganó Francisco, porque consiguió promover en el aula sinodal un clima de transparencia total, de diálogo fraterno y profundo, de debate sincero. Y para eso, invitó, desde el primer momento a “hablar con parresía y a escuchar con humildad”.

Y durante las largas horas de todos los debates, a los que no faltó ni una sola vez, siempre se mantuvo en silencio, escuchando, rezando, pulsando el decir y el sentir del aula.

Ganó Francisco porque hace tan sólo veinte meses sería impensable un Sínodo así. Si alguien nos lo dijese, no nos lo creeríamos. Estamos ya tan acostumbrados a la nueva dinámica reformadora que el Papa imprime a la Iglesia que hasta lo que, hace un tiempo, nos hubiese parecido un milagro, hoy nos suena a normal.

Ganó Francisco porque, según los resultados del Sínodo, está consiguiendo que la nieve de las cumbres se derrita y el agua de la reforma baje hasta el valle de los obispos y de los fieles.

Ganó Francisco, porque los adversarios de la reforma han quedado al descubierto. Primero lanzaban piedras y escondían la mano. Antes del Sínodo, con libros e intervenciones. Durante el Sínodo y después del Sínodo ya atacan al Papa a pecho descubierto.

Lo nunca visto. No se andan con chiquitas los Burke, Müller, De Paolis, Cafarra, Bradmuller, Cafarra o Ruini y Sodano.

El Papa y, con él, toda la Iglesia, ha puesto cara a la oposición. Con nombres y apellidos.

Ganó Francisco, porque sus adversarios, totalmente descolocados trataron incluso de involucrar en su bando al Papa emérito. Pero el anciano y sabio Benedicto les dio con la puerta en las narices y se lo comunicó a Francisco. Y, quizás, de esta forma, abortó lo que se insinuaba como un intento de cisma.

Ganó Francisco, porque se ha demostrado fehacientemente que el sector conservador, que gobernó a la Iglesia durante el largo invierno de 35 años, ha perdido la hegemonía.

Se impone el franciscanismo del sector moderado. La Iglesia se equilibra y vuelve al centro. El péndulo se resitúa. La Iglesia abre las puertas y se convierte en Casa del Padre, en casa de todos y en hospital de campaña.

Ganó Francisco, porque el Sínodo ha funcionado y la nave de la Iglesia ha dejado los muelles y las trincheras, para seguir avanzando mar adentro. Duc in altum. Ya no hay tabúes, ya no hay cuestiones cerradas.

Por el bien de las almas y de los cuerpos, la Iglesia vuelve a conectar con las angustias, las penas y las alegrías de la gente. Renace la atención a los signos de los tiempos.

Ganó el Papa, porque consiguió que la gran mayoría del Sínodo reconociese que el “depósito” de la Iglesia, hasta ahora entendido como el conjunto monolítico de la doctrina, pase a ser entendido como las personas amadas por Dios. Todas las personas, tanto las creyentes como las no creyentes.

Ganó el Papa, porque demostró que la Iglesia necesita una profunda renovación en el ámbito de la moral individual y familiar. El Concilio consiguió esa renovación en el universo de lo social, pero sigue teniendo la asignatura pendiente de la moral familiar.

Como decía el cardenal Martini, en este ámbito “la Iglesia dejó de ser una autoridad de referencia, para convertirse en una caricatura en los medios”. Hay que pasar de la moral del semáforo a la de la brújula.

Ganó el Papa, porque demostró que la verdad de Cristo no es un talento que hay que enterrar, sino un camino abierto en la Historia. Al lado de las víctimas. Como samaritanos.

Ganó el Papa, porque el mundo ha mirado, durante estas semanas, a la Iglesia de nuevo con admiración. Ha sido, sigue siendo, la única institución global que consiguió una reforma profunda en pocos meses y, ahora, da muestras de no temer el debate interno.

La única institución, además, que se sumerge a fondo en la problemática más actual y acuciante de la gente: las penas y las alegrías de las familias. Por eso, el Papa sigue siendo un faro de esperanza y de ejemplo para las demás instituciones globales.

Si la Iglesia lo consiguió, ¿por qué no pueden hacerlo el sistema económico, el sistema financiero, el sistema político y la mismísima ONU?

Ganó la Iglesia porque mostró al mundo, una vez más, la credibilidad evangélica de su Papa y, al mismo tiempo, la credibilidad sinodal-conciliar de su propio cuerpo.

Ganó Francisco y a algunos se les oye de lejos el llanto y el rechinar de dientes.

José Manuel Vidal

http://www.redescristianas.net/2014/10/23/francisco-el-ganador-del-sinodojose-manuel-vidal/

(Los subrayados son de un servidor)


El maná de cada día, 24.10.14

octubre 24, 2014

Viernes de la 29ª semana del Tiempo Ordinario

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Señor, que sepamos discernir tus señales

Señor, que sepamos discernir tus señales



PRIMERA LECTURA: Efesios 4, 1-6

Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados.

Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.

Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.


SALMO 23, 1-2.3-4ab.5-6

Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.


Aclamación antes del Evangelio: Mateo 11, 25

Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del Reino a la gente sencilla.


EVANGELIO: Lucas 12, 54-59

En aquel tiempo, decía Jesús a la gente: «Cuando veis subir una nube por el poniente, decís en seguida: “Chaparrón tenemos”, y así sucede. Cuando sopla el sur, decís: “Va a hacer bochorno”, y lo hace.

Hipócritas: si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que se debe hacer?

Cuando te diriges al tribunal con el que te pone pleito, haz lo posible por llegar a un acuerdo con él, mientras vais de camino; no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y el guardia te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no pagues el último céntimo.»

¡AHORA… O NUNCA!

Ningún minuto de tu tiempo vuelve jamás a repetirse. Pero hay encuentros, conversaciones, llamadas de teléfono, circunstancias y situaciones que, porque sabes que tienen un valor especialmente único, intentas vivir con la mayor intensidad posible y hasta grabarlas en tu memoria para poder recordarlas con detalle.

Cuántas veces te has encontrado con una persona a la que hacía años que no veías, has recibido un correo electrónico de alguien de quien habías perdido el contacto o te han llamado por teléfono después de tanto tiempo, y todo sin que lo hayas previsto ni esperado.

Cómo valoramos, entonces, esos momentos que sabemos puede que no vuelvan a repetirse quizá nunca más. Piensa que, en el orden del bien, todas y cada una de las oportunidades y situaciones son aún más valiosas y únicas.

Quién sabe si la conversión o la entrega a Dios de una persona depende de ese pequeño bien que has hecho en ese momento, no más tarde, o de esa pequeña entrega, esa renuncia, ese detalle que no dejaste pasar.

No desaproveches ninguna ocasión de hacer el bien, porque quizá nunca vuelvas a tener otra oportunidad con esa persona o nunca vuelvan a darse esas circunstancias tan propicias.

Piensa que ese momento, cada momento, es el momento de Dios, no el tuyo, para hacer ese bien concreto que se te presenta delante. Cada persona es única, cada momento es único, la vida es sólo una.

No la llenes de omisiones, de tiempos vacíos, de oportunidades perdidas, porque nunca sabes si el Señor te concederá el siguiente minuto de vida.

www.mater-dei.es

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SERVICIO DE ORACIÓN
O MINISTERIO DE INTERCESIÓN – 112

1. Macarena
2. Julián
3. Carmen
4. Rebeca
5. Chela
6. Ana M.
7. Ali y Cipri
8. Susana
9. Julia R.
10. Anita
11. Jaime
12. Jesús
13. Ángel
14. Marcela
15. Carlos
16. María del Valle y Luis
17. Gerardo

18. Edu, Mónica y Alba

19. Dorian Jesús

20. + Rubén

21. + Julia A.

22. + Esteban

23. En favor de cuantos se encomienden a nuestras oraciones, por vivos y difuntos.


Audiencia del Papa Francisco en la fiesta de San Juan Pablo II

octubre 23, 2014

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Papa Frco. desde papamóvil

El Papa Francisco saluda desde el papamóvil en la Audiencia del 22 de octubre, fiesta de San Pablo II, por primera vez celebrada en la Iglesia

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VATICANO, 22 Oct. 14 / 09:57 am (ACI/EWTN Noticias).- En su catequesis de este miércoles, cuando la Iglesia celebra por primera vez la fiesta de San Juan Pablo II, el Papa Francisco alentó a todos los católicos a vivir realmente como Cuerpo de Cristo, desterrando de la vida los celos y las envidias.

A continuación, el texto completo de la catequesis en castellano, gracias a la traducción de Radio Vaticano.

La Iglesia cuerpo de Cristo

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

Cuando se quiere evidenciar cómo los elementos que componen una realidad están estrechamente unidos los unos a los otros y forman juntos una sola cosa, se usa a menudo la imagen del cuerpo.

A partir del Apóstol Pablo, esta expresión ha sido aplicada a la Iglesia y ha sido reconocida como su característica distintiva más profunda y más bella. Entonces hoy queremos preguntarnos: ¿en qué sentido la Iglesia forma un cuerpo? ¿Y por qué es definida ‘cuerpo de Cristo’?

En el libro de Ezequiel se describe una visión un poco particular, impresionante, pero capaz de infundir confianza y esperanza en nuestros corazones. Dios muestra al profeta una fila de huesos, separados uno del otro y resecos. Un escenario desolador… Imagínense, todo un valle lleno de huesos.

Dios le pide entonces al profeta que invoque sobre ellos al Espíritu. En aquel momento, los huesos se mueven, comienzan a acercarse y a unirse, sobre ellos crecen primero los nervios y luego la carne y se forma así un cuerpo, completo y lleno de vida (cfr. Ez 37, 1-14). ¡Ésta es la Iglesia!

Les encomiendo hoy que, en casa, tomen la Biblia, en el capítulo 37 del profeta Ezequiel, ¡no lo olviden! Y lean esto, ¡es bellísimo! ¡Ésta es la Iglesia!

Es una obra maestra, la obra maestra del Espíritu, el cual infunde en cada uno la vida nueva del Resucitado y nos pone uno al lado del otro, uno al servicio y en apoyo del otro, haciendo así de todos nosotros un cuerpo solo, edificado en la comunión y en el amor.

Pero la Iglesia no es solamente un cuerpo edificado en el Espíritu: ¡la Iglesia es el cuerpo de Cristo! Un poco extraño… pero es así. No se trata simplemente de un modo de decir: ¡lo somos verdaderamente! ¡Es el gran don que recibimos el día de nuestro Bautismo!

En el sacramento del Bautismo, en efecto, Cristo nos hace suyos, recibiéndonos en el corazón del misterio de la cruz, el misterio supremo de su amor por nosotros, para hacernos luego resucitar con Él como nuevas creaturas.

¡Así nace la Iglesia, y así la Iglesia se reconoce cuerpo de Cristo! El Bautismo constituye un verdadero renacimiento, que nos regenera en Cristo, nos hace parte de Él, y nos une íntimamente entre nosotros, como miembros del mismo cuerpo, del cual Él es la cabeza (cfr. Rm 12, 5; 1 Cor 12, 12 – 13).

La que surge, entonces, es una profunda comunión de amor. En este sentido, es iluminador cómo Pablo, exhortando a los esposos a “amar a su mujer como a su propio cuerpo”, afirma: “así hace Cristo por la iglesia, por nosotros que somos los miembros de su cuerpo” (Ef 5, 28-30).

Qué bueno si recordáramos más a menudo lo que somos, lo que ha hecho de nosotros el Señor Jesús: somos su cuerpo, ese cuerpo que nada ni nadie puede arrancar de Él y que Él recubre con toda su pasión y todo su amor, así como un esposo con su esposa.

Este pensamiento, sin embargo, debe hacer surgir en nosotros el deseo de corresponder al Señor y de compartir su amor entre nosotros, como miembros vivos de su mismo cuerpo.

En los tiempos de Pablo, la comunidad de Corinto encontraba muchas dificultades en este sentido, viviendo, como con frecuencia sucede también entre nosotros, la experiencia de las divisiones, de las envidias, de las incomprensiones y de la marginación.

Todas estas cosas no van bien, porque, en lugar de construir y hacer crecer la Iglesia como cuerpo de Cristo, la fracturan en muchos pedazos, la desmiembran. Y esto también sucede en nuestros días.

Pensemos en las comunidades cristianas, en algunas parroquias, pensemos en nuestros barrios: cuántas divisiones, cuántas envidias, cómo se habla mal, cuánta incomprensión y marginación. ¿Y esto qué hace? Nos desmiembra entre nosotros. Es el inicio de la guerra.

La guerra no comienza en el campo de batalla: la guerra, las guerras comienzan en el corazón, con estas incomprensiones, divisiones, envidias, con esta lucha entre los demás.

Y esta comunidad de Corinto era así, pero eran campeones de esto, ¿eh? El Apóstol dio a los Corintios algunos consejos concretos que valen también para nosotros: no ser celosos, sino apreciar en nuestras comunidades los dones y las cualidades de nuestros hermanos.

Pero… los celos: “aquel compró un coche”, y yo siento aquí celos; “éste ganó la lotería”, y celos; “y ése hace bien esto”, otros celos.

Y esto desmiembra, hace mal, ¡no se debe hacer! Porque los celos crecen, crecen y llenan el corazón. Y un corazón celoso, es un corazón ácido, un corazón que en vez de sangre parece que tuviera vinagre. Y un corazón que nunca es feliz, es un corazón que desmiembra a la comunidad. Pero, ¿qué tengo que hacer?

Apreciar, en nuestra comunidad, los dones y las cualidades de los otros, de nuestros hermanos. Cuando me pongo celoso -porque todos nos ponemos, ¿eh? ¡todos, todos somos pecadores, eh!- cuando me pongo celoso decirle al Señor: pero… gracias, Señor, porque has dado esto a aquella persona.

Apreciar las cualidades, y contra las divisiones hacerse cercanos, y participar en el sufrimiento de los últimos y de los más necesitados; expresar la propia gratitud a todos. Decir gracias: el corazón que sabe decir gracias, es un corazón bueno, es un corazón noble. Es un corazón que está contento porque sabe decir gracias.

Me pregunto, todos nosotros, ¿sabemos decir gracias siempre? Y… no siempre, ¿eh? Porque la envidia y los celos nos frenan un poco. Y por último, éste es el consejo que el Apóstol Pablo da a los corintios y que también debemos darnos nosotros, los unos a los otros: no considerarnos superiores a los demás.

¡Cuánta gente se siente superior a los demás! También nosotros tantas veces decimos como aquel fariseo de la parábola: “te agradezco, Señor, porque no soy como aquél, soy superior”. Pero esto es feo, ¡no hacerlo nunca!

Y cuando tienes este pensamiento, recuerda tus pecados, aquellos que nadie conoce, avergüénzate ante Dios y di: “tú, Señor, tú sabes quién es superior, yo cierro la boca”; ¡y esto hace bien! Y siempre en la caridad considerarse miembros los unos de los otros, que viven y se donan en beneficio de todos (cf. 1 Cor 12-14).

Queridos hermanos y hermanas, como el profeta Ezequiel y como el Apóstol Pablo, también nosotros invoquemos al Espíritu Santo, para que su gracia y la abundancia de sus dones nos ayuden a vivir verdaderamente como cuerpo de Cristo, unidos, como familia, pero una familia que es el cuerpo de Cristo, y como signo visible y bello del amor de Cristo. Gracias.


El maná de cada día, 23.10.14

octubre 23, 2014

Jueves de la 29ª semana del Tiempo Ordinario

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Señor, que tu fuego arda en nuestros corazones

Señor, que tu fuego arda en nuestros corazones



PRIMERA LECTURA: Efesios 3, 14-21

Doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, pidiéndole que, de los tesoros de su gloria, os conceda por medio de su Espíritu robusteceros en lo profundo de vuestro ser, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento;

y así, con todos los santos, lograréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano.

Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios. Al que puede hacer mucho más sin comparación de lo que pedimos o concebimos, con ese poder que actúa entre nosotros, a él la gloria de la Iglesia y de Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén.

(NOTA: Los subrayados son de un servidor)

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SALMO 32, 1-2.4-5.11-12.18-19

La misericordia del Señor llena la tierra.

Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas.

Que la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

Pero el plan del Señor subsiste por siempre, los proyectos de su corazón, de edad en edad. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como heredad.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.


ALELUYA: Filipenses 3, 8-9

Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él.


Aclamación antes del Evangelio: Flp 3, 8-9

Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él.


EVANGELIO: Lucas 12, 49-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!

Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.

En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

(NOTA: El subrayado es de un servidor)

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ORACIÓN de la lectio divina (Juan Rubio en Orar y Celebrar)

Señor Jesús, ayúdame a esparcir tu fragancia por donde quiera que vaya. Inunda mi alma con tu Espíritu y Vida. Penetra y posee todo mi ser tan completamente que mi vida solo sea un resplandor de la tuya. Brilla a través de mí y permanece en mí de tal manera que cada persona con la que tenga contacto en este día pueda sentir tu presencia en mi vida. Quédate conmigo y, entonces, podré comenzar a brillar como tú brillas. Amén


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La espada espiritual que separa es más fuerte
que la naturaleza carnal que une

San Agustín, Comentario al salmo 44, 11-12

Cíñete al flanco tu espada, valiente (Sal 44, 4). ¿Qué es tu espada sino tu palabra? Con esa espada derribó a los enemigos, con ella separó al padre del hijo, a la hija de la madre, a la nuera de la suegra.

Son cosas que leemos en el evangelio: No vine a traer la paz, sino la guerra. En una casa habrá cinco personas divididas entre sí, dos contra tres y tres contra dos; es decir, el hijo contra el padre, la hija contra la madre y la nuera contra !a suegra (Mt 10, 34.35; Lc 12, 51.53).

¿Con qué espada se hizo esa división, sino con la que trajo Cristo? En verdad, hermanos, esto nos lo muestran ejemplos de cada día. A un joven le agrada hacerse siervo de Dios, pero le desagrada al padre: están divididos entre sí; uno promete la herencia terrena, el otro ama la celeste; el padre promete una cosa, el hijo elige otra.

No piense el padre que se le ha hecho una injuria. Sólo se le antepone Dios y, con todo, entra en litigio con su hijo que quiere servir a Dios. Pero la espada espiritual que separa es más fuerte que la naturaleza carnal que une.

Lo mismo acontece entre la madre y la hija, y más frecuentemente entre la nuera y la suegra. A veces, en efecto, se da que se hallen en una misma casa la nuera y la suegra, una católica y la otra hereje. Donde se acepta con fortaleza esta espada, no tememos el rebautismo. ¿Pudo separar a la hija de la madre y no va a conseguir separar a la nuera de la suegra?

Se trata de una experiencia común en el género humano el que el hijo esté separado de su padre. Pues en otro tiempo fuimos hijos del diablo. De los que aún son infieles, se ha dicho: Vosotros tenéis por padre al diablo (Jn 8, 44).

Y ¿de dónde procede toda nuestra infidelidad, sino del diablo, su padre? No es que él sea padre porque nos haya creado, sino que nosotros somos hijos suyos por haberle imitado. Ya estáis viendo al hijo separado del padre. Llegó aquella espada; renuncia al diablo; ha hallado otro padre y otra madre.

El diablo, ofreciéndose como objeto de imitación, engendraba para la muerte; los dos nuevos padres que hemos hallado nos engendran para la vida eterna. El hijo está separado del padre. También la hija está separada de la madre: la parte del pueblo judío que creyó en Jesús se separó de la sinagoga. ¿De dónde nació el hijo de Dios según la carne? De aquella sinagoga. Él abandonó a su padre y a su madre y se unió a su mujer para ser dos en una sola carne (Gn 2, 24).

No es invención nuestra; es el Apóstol quien lo atesta al decir: Se trata de un gran misterio, que yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia (Ef 5, 32). En cierta manera abandonó a su padre; no lo abandonó totalmente, como para separarse de él, sino sólo para asumir la carne humana.

¿Cómo lo abandonó? Existiendo en la forma de Dios no consideró objeto de rapiña el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo (Flp 2,6).

¿Cómo abandonó también a su madre? Abandonando al pueblo judío, la sinagoga que se adhería a los ritos antiguos. Dentro del mismo simbolismo caen estas palabras: ¿Quién es mi madre, o mis hermanos? (Mt 12, 48). Él enseñaba dentro, ellos estaban fuera. Mirad si no acontece lo mismo ahora con los judíos. Cristo enseña en la Iglesia, ellos están fuera. ¿Quién es la suegra? La madre del esposo. La madre del esposo, Jesucristo nuestro Señor, es la Sinagoga.

En consecuencia, su esposa es la Iglesia, que procediendo de la gentilidad no aceptó la circuncisión carnal y se separó de su suegra. Cíñete tu espada. Al decir todo esto no hemos hecho otra cosa que hablar de la fuerza de esa espada.

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SERVICIO DE ORACIÓN
O MINISTERIO DE INTERCESIÓN – 111

1. Macarena
2. Julián
3. Carmen
4. Rebeca
5. Chela
6. Ana M.
7. Ali y Cipri
8. Susana
9. Julia R.
10. Anita
11. Jaime
12. Jesús
13. Ángel
14. Marcela
15. Carlos
16. María del Valle y Luis
17. Gerardo

18. Edu, Mónica y Alba

19. Dorian Jesús

20. + Rubén

21. + Julia A.

22. + Esteban

23. En favor de cuantos se encomienden a nuestras oraciones, por vivos y difuntos.


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