Desde Brasil a Puglia: una misión permanente

septiembre 2, 2014

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Mons. Filippo Santoro

Mons. Filippo Santoro, Arzobispo de Taranto

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La fuerza del encanto cristiano. (La forza del fascino cristiano. Il contributo di un testimone della Conferenza di Aparecida).

En su último libro, el arzobispo de Taranto, monseñor Filippo Santoro, reflexiona sobre la contribución de la Conferencia de Aparecida del 2007 y sobre los desafíos para el catolicismo latino-americano e italiano

Por Luca Marcolivio

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RIMINI, 30 de agosto de 2014 (Zenit.org) – Transmitir la experiencia de la Conferencia de Aparecida a los fieles de todo el mundo, más allá de los confines de América Latina.

Este es el objetivo del último libro firmado por el arzobispo de Taranto, monseñor Filippo Santoro, con el título La fuerza del encanto cristiano. La contribución de un testimonio de la Conferencia de Aparecida (La forza del fascino cristiano. Il contributo di un testimone della Conferenza di Aparecida).

El volumen recorre y actualiza los aspectos más destacados de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano, que se celebró en 2007, con un rol determinante desempeñado por el entonces arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio.

Al finalizar la presentación del libro, en el Meeteng de Rimini, ZENIT ha entrevistado al autor, que ha delineado los puntos en común y las diferencias entre los desafíos de la evangelización en América Latina (monseñor Santoro, además de haber participado en las sesiones de Aparecida, ha sido misionero en Brasil durante varios años) y en Europa, en particular en Italia.

Excelencia, ¿cómo nació la idea de un libro sobre la conferencia de Aparecida?

–Monseñor Santoro: El libro responde a una exigencia de hacer conocer también en Italia la Conferencia de Aparecida, un evento del que, fuera de América Latina, se sabe poco, al punto que durante un Sínodo, un obispo australiano me preguntó: “Who is Aparecida?”, (¿quién es Aparecida?), como si se tratara de una mujer…

La clave de lectura del libro es precisamente la experiencia de la belleza y del encanto cristiano.

En la Conferencia de Aparecida se afrontan todas las problemáticas de América Latina, sin embargo, como afirmó explícitamente en una intervención el cardenal Bergoglio, esto sucede a partir de la experiencia de la fe, a partir del ser, del corazón y de la mirada de los discípulos misioneros.

En esta perspectiva los pasos indispensables son dados por la formación de los discípulos misioneros, después son propuestas varias opciones entre las cuáles la recuperación y la profundización de la opción preferencial por los pobres.

¿Podremos decir que Aparecida, en virtud del rol determinante jugado por el entonces cardenal Bergoglio, representa una especie de manifiesto programático del pontificado de papa Francisco, que ha iniciado seis años más tarde?

–Monseñor Santoro: El verdadero documento programático del papa Bergoglio es la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, la cual está llena no solo de citas de Aparecida sino del espíritu de Aparecida.

Es un documento lleno de experiencia que el cardenal Bergoglio ha hecho, logrando sintetizar varios elementos y desafíos que, a veces de manera conflictiva, han surgido en Aparecida.

En la redacción, Bergoglio ha unificado los estímulos que venían de la galaxia de la Teología de la Liberación, de las sectas, del fenómeno de la secularización, de la pobreza, de la corrupción, de los derechos humanos, de la dignidad de la persona:

Todo ello se ha puesto en un contexto que coloca en el centro la belleza del ser discípulos de Cristo, personas que han encontrado al Señor, han quedado fascinadas y lo han seguido; por tanto, entran dentro de los problemas con un corazón y una mirada nueva.

Aparecida es sin duda uno de los hilos que llevan el magisterio del Papa que no se queda en un magisterio sectorial o “local”, sino que se propone a toda la Iglesia, ya que profundiza en lo esencial: el amor de Cristo que viene a través de la muerte y resurrección, su misericordia, la cercanía de Dios a nosotros.

¿Cuál es la lección más grande que recibimos de la religiosidad de los pueblos latino-americanos?

–Monseñor Santoro: La primera lección es la de la actualización del Concilio, un objetivo asumido por todas las conferencias del episcopado latino-americano, a partir de Medellín (1968), pasando por Puebla (1979) y Santo Domingo (1992), hasta llegar finalmente a Aparecida.

Esto se ha vivido en un ambiente dominado por la fe católica y de un marcado entusiasmo, pero la expansión de las sectas ha sido como un latigazo, ha interrogado profundamente a los católico sobre qué querían hacer, en particular para las clases más desfavorecidas, donde estaba la Teología de la Liberación pero, finalmente, muchos pobres han terminado en las sectas.

Hay por tanto un interés en mejorar las condiciones humanas y sociales pero sobre todo de proponer de nuevo el anuncio de Cristo en su belleza.

La novedad de la Iglesia latinoamericana se debe a la experiencia que el Espíritu ha suscitado a través de las nuevas comunidades, los movimientos, las comunidad de base (que también se inspiran en parte por la Teología de la Liberación), las comunidades parroquiales, las pequeñas comunidades.

Esta experiencia pone de nuevo la fe en el centro de la existencia, no solo como premisa sino también como dinámica de agregación, de unidad de las personas, de atención a los dramas de la gente.

Esta es la experiencia que hace viva a la Iglesia en América Latina: el encuentro con el Señor vivido en su seguimiento, en la alabanza, en el canto, en la solidaridad.

Y en esta experiencia es posible vivir con intensidad la opción preferencial por los pobres, que en Aparecida no fue vaciada o empobrecida sino intensificada, porque el corazón de Cristo se hace cercano a la gente.

Usted tiene un pasado como misionero en Brasil: ¿en qué medida pervive esa experiencia en su actual ministerio episcopal?

–Monseñor Santoro: Nada más llegar a Taranto, me he encontrado delante desafíos muy grandes. Las lecciones que he recibido en América Latina han sido sobre todo la cercanía a las personas.

Una de las primeras visitas que he hecho en mi diócesis actual ha sido en un hospital, donde he visitado a todos los pacientes; después visité la cárcel donde la directora me hizo ver a 70 detenidos de los 700, pero yo quise visitar todos los sectores individuales, a pesar de que me habían dicho que era peligroso.

Quería saludar uno a uno a todos los rechusos, estrecharles la mano a través de las barras de la cárcel y decirles: “si estáis aquí algo habéis hecho, pero no perdéis la dignidad, la podéis recuperar completamente”.

El aspecto misionero, por tanto, ha sido como un dejar suceder los desafíos pero el corazón es el que comunica la esperanza cristiana, estar cerca de la gente para que experimente a la Iglesia no como un conjunto de doctrinas y de normas, sino como una vida que refleja la belleza de Cristo, que te lleva y ya no te suelta.

¿Cuáles son los puntos de fuerza en la Iglesia italiana?

–Monseñor Santoro: La experiencia italiana es notable en particular desde el punto de vista de la catequesis: el camino catequético hasta ahora cumplido representa una riqueza, no solo para Italia sino también para otros países. Está después la valoración de ciertas realidades unidas a la devoción y religiosidad de la gente.

En Taranto, por ejemplo, yo encuentro una gran religiosidad popular que se sintoniza fuertemente con uno de los capítulos más bellos de Aparecida, que es la piedad popular.

En Italia he encontrado a menudo una agudeza profunda en la fe, sistemática, intensa, que pervive en el mejor nivel de la experiencia de la gente y por tanto de la cercanía a los problemas sentidos y vividos por las personas concretas.


El maná de cada día, 2.9.14

septiembre 2, 2014

Martes de la 22ª semana del Tiempo Ordinario

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Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen



PRIMERA LECTURA: 1 Corintios 2, 10b-16

El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. ¿Quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Pues, lo mismo, lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios. Y nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo, es el Espíritu que viene de Dios, para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos.

Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu, expresando realidades espirituales en términos espirituales.

A nivel humano, uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre de espíritu tiene un criterio para juzgarlo todo, mientras él no está sujeto al juicio de nadie. «¿Quién conoce la mente del Señor para poder instruirlo?» Pues bien, nosotros tenemos la mente de Cristo.


SALMO 144, 8-9. 10-11. 12-13ab. 13cd-14

El Señor es justo en todos sus caminos

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas.

Explicando tus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de tu reinado. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad.

El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan.


Aclamación antes del Evangelio: Lc 7, 16

Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.


EVANGELIO: Lucas 4, 31-37

En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Se quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad.

Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo, y se puso a gritar a voces: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»

Jesús le intimó: «¡Cierra la boca y sal!»

El demonio tiró al hombre por tierra en medio de la gente, pero salió sin hacerle daño. Todos comentaban estupefactos: «¿Qué tiene su palabra?»

Noticias de él iban llegando a todos los lugares de la comarca.
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S.S. Benedicto XVI – Ángelus del domingo 29 de enero de 2012

El Evangelio de este domingo (Mc 1, 21-28) nos presenta a Jesús que, un sábado, predica en la sinagoga de Cafarnaún, la pequeña ciudad sobre el lago de Galilea donde habitaban Pedro y su hermano Andrés. A su enseñanza, que despierta la admiración de la gente, sigue la liberación de «un hombre que tenía un espíritu inmundo» (v. 23), el cual reconoce en Jesús «al santo de Dios», es decir, al Mesías.

En poco tiempo su fama se difunde por toda la región, que él recorre anunciando el reino de Dios y curando a los enfermos de todo tipo: palabra y acción.

San Juan Crisóstomo pone de relieve cómo el Señor «alterna el discurso en beneficio de los oyentes, en un proceso que va de los prodigios a las palabras y pasando de nuevo de la enseñanza de su doctrina a los milagros» (Hom. in Matthæum 25, 1: pg 57, 328).

La palabra que Jesús dirige a los hombres abre inmediatamente el acceso a la voluntad del Padre y a la verdad de sí mismos. En cambio, no sucedía lo mismo con los escribas, que debían esforzarse por interpretar las Sagradas Escrituras con innumerables reflexiones.

Además, a la eficacia de la palabra Jesús unía la de los signos de liberación del mal. San Atanasio observa que «mandar a los demonios y expulsarlos no es obra humana sino divina»; de hecho, el Señor «alejaba de los hombres todas las enfermedades y dolencias.

¿Quién, viendo su poder… hubiera podido aún dudar de que él era el Hijo, la Sabiduría y el Poder de Dios?» (Oratio de Incarnatione Verbi 18.19: pg 25, 128 bc.129 b).

La autoridad divina no es una fuerza de la naturaleza. Es el poder del amor de Dios que crea el universo y, encarnándose en el Hijo unigénito, abajándose a nuestra humanidad, sana al mundo corrompido por el pecado.

Romano Guardini escribe: «Toda la vida de Jesús es una traducción del poder en humildad…, es la soberanía que se abaja a la forma de siervo» (Il Potere, Brescia 1999, pp. 141-142).

A menudo, para el hombre la autoridad significa posesión, poder, dominio, éxito. Para Dios, en cambio, la autoridad significa servicio, humildad, amor; significa entrar en la lógica de Jesús que se inclina para lavar los pies de los discípulos (cf. Jn 13, 5), que busca el verdadero bien del hombre, que cura las heridas, que es capaz de un amor tan grande como para dar la vida, porque es Amor.

En una de sus cartas santa Catalina de Siena escribe: «Es necesario que veamos y conozcamos, en verdad, con la luz de la fe, que Dios es el Amor supremo y eterno, y no puede desear otra cosa que no sea nuestro bien» (Ep. 13 en: Le Lettere, vol. 3, Bolonia 1999, p. 206)

http://www.vatican.va/
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SERVICIO DE ORACIÓN

O MINISTERIO DE INTERCESIÓN – 62

1. Macarena
2. Julián
3. Carmen
4. Rebeca
5. Chela
6. Ana M.
7. Ali y Cipri
8. Susana
9. Julia R.
10. Anita
11. Jaime
12. Jesús
13. Ángel
14. Marcela
15. Carlos
16. María del Valle y Luis
17. Gerardo

18. Edu y Mónica

19. + Rubén

20. + Julia A.

21. En favor de cuantos se encomienden a nuestras oraciones, por vivos y difuntos.


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