Papa Francisco: Es necesario renovarse constantemente

septiembre 1, 2014

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Papa en audiencia

El Papa Francisco saluda a la multitud en la Plaza San Pedro

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Francisco en el ángelus: es triste encontrarse cristianos aguados

En la introducción a la oración mariana, el Santo Padre da las claves para no ser cristianos mundanos: Evangelio, Eucaristía y oración

Por Redacción

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CIUDAD DEL VATICANO, 31 de agosto de 2014 (Zenit.org) – El santo padre Francisco se ha asomado a la ventana del Palacio Apostólico, como cada domingo, para rezar el ángelus con los fieles reunidos en la plaza de San Pedro.

Estas son las palabras del Papa antes de la oración mariana:

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

En el itinerario dominical con el Evangelio de Mateo, llegamos hoy al punto crucial en el que Jesús, después de haber verificado que Pedro y los otros once habían creído en Él como Mesías e Hijo de Dios “empezó a explicarles que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho…, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día”.

Es un momento crítico en el que emerge el contraste entre la forma de pensar de Jesús y la de los discípulos. Pedro, de hecho, se siente en el deber de regañar al Maestro, porque no puede atribuir al Mesías un final así de innoble.

Entonces Jesús, a su vez, regaña duramente a Pedro, le marcó la línea, porque no piensa “según Dios, sino según los hombres” y sin darse cuenta hace la parte de Satanás, el tentador.

Sobre este punto insiste, en la liturgia de este domingo, también el apóstol Pablo, el cual, escribiendo a los cristianos de Roma, les dice:

“No os ajustéis a este mundo, no vayáis con los esquemas de este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es voluntad de Dios”.

De hecho, nosotros los cristianos vivimos en el mundo, plenamente insertados en la realidad social y cultural de nuestro tiempo, y es justo así; pero esto lleva el riesgo de que nos convirtamos en “mundanos”, el riesgo de que “la sal pierda sabor”, como diría Jesús, es decir que el cristiano se “agüe”, pierda la carga de la novedad que le viene del Señor y del Espíritu Santo.

Sin embargo debería ser al contrario: cuando en los cristianos permanece viva la fuerza del Evangelio, ésta puede transformar “los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida (Paolo VI, Exort. ap. Evangelii nuntiandi, 19)”.

Es triste encontrarse cristianos aguados. Que parecen el vino aguado. Y no se sabe si son cristianos o mundanos. Como el vino aguado no se sabe si es vino o agua. Es triste esto. Es triste encontrarse cristianos que no son ya sal de la tierra.

Y sabemos que cuando la sal pierde el sabor, ya no sirve para nada. Su sal ha perdido el sabor porque se han entregado al espíritu del mundo. Es decir, se han convertido en mundanos.

Por eso es necesario renovarse continuamente aprovechando la savia del Evangelio. ¿Y cómo puedo poner esto en práctica? Ante todo leyendo y meditando el Evangelio cada día, de modo que la palabra de Jesús esté siempre presente en nuestra vida.

Recordad: os ayudará llevar siempre un Evangelio con vosotros, un pequeño Evangelio, en el bolsillo, en el bolso. Y leer durante el día un pasaje. Pero siempre con el Evangelio, porque es llevar la palabra de Jesús. Y poder leerla.

Además, participando en la misa dominical, donde encontramos al Señor en la comunidad, escuchamos su Palabra y recibimos la Eucaristía que nos une a Él y entre nosotros; y después son muy importantes para la renovación espiritual los días de retiro y de ejercicios espirituales.

Evangelio, Eucaristía, oración. No lo olvidéis. Evangelio, Eucaristía, oración. Gracias a estos dones del Señor podemos ajustarnos no al mundo, sino a Cristo, y seguirlo sobre su camino, el camino del “perder la propia vida” para encontrarla.

“Perderla” en el sentido de donarla, ofrecerla por amor y en el amor -y esto conlleva el sacrificio, también la cruz- para recibirla nuevamente purificada, liberada del egoísmo y de la hipoteca de la muerte, llena de eternidad.

La Virgen María nos precede siempre en este camino; dejémonos guiar y acompañar por ella.


El maná de cada día, 1.9.14

septiembre 1, 2014

Lunes de la 22ª semana del Tiempo Ordinario


El Espíritu del Señor está sobre mí

El Espíritu del Señor está sobre mí



PRIMERA LECTURA: 1 Corintios 2, 1-5

Yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado.

Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.


SALMO 118, 97.98.99.100.101.102

¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

¡Cuánto amo tu voluntad!: todo el día estoy meditando.

Tu mandato me hace más sabio que mis enemigos, siempre me acompaña.

Soy más docto que todos mis maestros, porque medito tus preceptos.

Soy más sagaz que los ancianos, porque cumplo tus leyes.

Aparto mi pie de toda senda mala, para guardar tu palabra.

No me aparto de tus mandamientos, porque tú me has instruido.


Aclamación antes del Evangelio: Lc 4, 18

El Espíritu del Señor está sobre mí; me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres.


EVANGELIO: Lucas 4, 16-30

En aquel tiempo, fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura.

Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor.»

Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»

Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»

Y Jesús les dijo: «Sin duda me recitaréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún.»

Y añadió: «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Elíseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.»

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.


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ÉL ES EL ÚNICO QUE OTORGA ESTA LIBERACIÓN

San Agustín, Sermón 134,3-4.6

Escucharon lo que debían, pero no lo pusieron en práctica. ¿Qué escucharon? Lo que dije: La verdad os hará libres (Jn 8,32). Os fijasteis sólo en que no sois esclavos de ningún hombre y dijisteis: Nunca hemos sido esclavos de nadie.

Todo hombre, el judío y el griego, el rico y el pobre, el público y el privado, el emperador y el mendigo, todo el que comete pecado es esclavo del pecado (ib., 34). Todo, dice, el que comete pecado es esclavo del pecado.

Si los hombres reconocieran su esclavitud, verían de dónde les llega la libertad. Un hombre libre cae cautivo en poder de los bárbaros y de libre se convierte en esclavo.

Lo oye otro hombre compasivo, considera que tiene dinero suficiente, se constituye en redentor, se encamina a los bárbaros, les entrega el dinero y rescata al hombre. En verdad, le devolvió la libertad, sólo si le libró de la maldad.

Pero ¿quién puede esto? ¿Puede un hombre librar de la iniquidad a otro hombre? Aquel que era esclavo de los bárbaros fue rescatado por su redentor.

Grande es la diferencia entre el redentor y el redimido; con todo, es posible que uno y otro sean esclavos al servicio de la matrona iniquidad. Pregunto al redimido: «¿Tienes pecado?». -«Lo tengo», responde. Pregunto ahora al redentor: «¿Tienes pecado?». -«Lo tengo», responde.

Entonces, ni tú has de jactarte de haber sido redimido, ni tú has de envanecerte del título de redentor: Huid ambos al verdadero libertador. De quienes viven bajo el pecado es poco decir que son esclavos; también se les llama muertos. Lo que teme el hombre que le cause la cautividad, ya se lo ha causado la iniquidad.

Por el hecho que den la impresión de que viven, ¿se equivocó quien dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos? (Mt 8, 22). Así, pues, todos están muertos bajo el pecado; son esclavos muertos: muertos en cuanto esclavos y esclavos en cuanto muertos.

¿Quién, pues, libra de la muerte y de la esclavitud, sino el libre entre los muertos? ¿Quién es el libre entre los muertos, sino el que está sin pecado entre los pecadores? He aquí que viene el príncipe del mundo -dice nuestro mismo Redentor, nuestro Libertador-, he aquí que viene el príncipe del mundo y nada hallará en mí (Jn 14, 30).

Tiene sujetos a los que engañó, a los que sedujo, a aquellos a los que persuadió el pecado y la muerte; pero en mí no hallará nada. Ven, Señor; ven, Redentor, ven; reconózcate el cautivo, huya de ti el cautivador; sé tú mi libertador.

Me halló perdido aquel en quien el diablo no halló nada de lo que él hace. El príncipe de este mundo halló en él carne; pero ¿qué carne? La carne mortal, que podía apresar, crucificar y dar muerte. Te equivocas, ¡oh seductor!, el Redentor no se engaña; te equivocas.

Ves en el Señor la carne mortal, pero no carne de pecado, sino la semejanza de la carne de pecado. Pues Dios envió a su Hijo en la semejanza de la carne de pecado.

Carne verdadera, carne mortal, pero no carne de pecado. Dios envió a su Hijo en la semejanza de la carne de pecado, para condenar con el pecado el pecado en la carne. Dios envió a su Hijo en la semejanza de la carne de pecado: carne, pero no carne de pecado, sino en la semejanza de la carne de pecado.

¿Con qué finalidad? Para condenar con el pecado que no existía en él el pecado en la carne, a fin de que se cumpla la justicia de la Ley en nosotros que no caminamos según la carne, sino según el espíritu (Rom 8, 3-4)…

¿Qué significa, pues, ¡oh cautivador mío!, ese necio regocijo, porque mi libertador tuvo carne mortal? Examina si tuvo pecado; aprésale si hallaste en él algo tuyo. La Palabra se hizo carne (Jn 1, 14).

La Palabra es creadora, la carne criatura. ¿Qué tienes en ella que sea tuyo, enemigo? La Palabra es Dios, el alma humana es criatura, la carne del hombre es criatura y la carne mortal de Dios es criatura. Busca allí el pecado. Mas ¿para qué buscarlo? Habla la verdad: Vendrá el príncipe de este mundo y nada hallará en mí.

No es que no haya hallado la carne; no ha hallado nada suyo, es decir, ningún pecado. Engañaste a los inocentes y los hiciste culpables. Diste muerte al inocente; hiciste perecer a quien no debías, devuelve a los que tenías sujetos. ¿Por qué exultaste momentáneamente al hallar en Cristo la carne mortal?

Era una trampa para ti: fuiste capturado en el mismo lugar en que hallaste tu gozo. Donde te llenaste de gozo por haber hallado algo, allí te dueles ahora por haber perdido lo que habías adquirido.

Por tanto, hermanos, puesto que creemos en Cristo, permanezcamos en su palabra. Pues si permanecemos en su palabra, somos en verdad discípulos suyos. No sólo son discípulos suyos aquellos doce, sino todos los que permanecen en su palabra. Y conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres, es decir, Cristo el Hijo de Dios que dijo: Yo soy la verdad (Jn 14, 6).

Nos hará libres, es decir, nos liberará no de los bárbaros, sino del diablo; no de la cautividad corporal, sino de la iniquidad del alma. Él es el único que otorga esta liberación. Que nadie se considere libre, para no permanecer esclavo. Nuestra alma no permanecerá en la esclavitud, puesto que cada día se nos perdonan nuestras deudas.

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SERVICIO DE ORACIÓN

O MINISTERIO DE INTERCESIÓN – 61

1. Macarena
2. Julián
3. Carmen
4. Rebeca
5. Chela
6. Ana M.
7. Ali y Cipri
8. Susana
9. Julia R.
10. Anita
11. Jaime
12. Jesús
13. Ángel
14. Marcela
15. Carlos
16. María del Valle y Luis
17. Gerardo

18. Edu y Mónica

19. + Rubén

20. + Julia A.

21. En favor de cuantos se encomienden a nuestras oraciones, por vivos y difuntos.


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