El maná de cada día, 28.8.14

San Agustín, Nuestro Padre, obispo y doctor de la Iglesia

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¡Felicidades a la familia agustino-recoleta y a todas las comunidades agustinianas del mundo. Seamos lo que somos por gracia: Hijos del gran Agustín!

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Claudio Coello. Triunfo de San Agustín. Óleo sobre lienzo. 1664. Museo del Prado. Madrid

Claudio Coello. Triunfo de San Agustín. 1664. Museo del Prado. Madrid

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Antífona de entrada: Re 4, 29.31c

Dios le concedió sabiduría e inteligencia muy grandes y un corazón dilatado; su nombre se extendió por todos los pueblos.


Oración colecta

Renueva, Señor, en tu Iglesia el espíritu que infundiste en san Agustín, obispo, y así también nosotros, sedientos de la verdadera sabiduría nunca cesemos de buscarte, fuente viva de amor eterno. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Hechos de los Apóstoles 2, 42-47

Después del día de Pentecostés, los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida en común, en la fracción del pan y en las oraciones.

Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén.

Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.

A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.


SALMO 83, 2-6.11

Dichosos los que viven en tu casa, Señor.

¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma se consume y anhela
los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo.

Hasta el gorrión ha encontrado una casa; la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío.

Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre. Dichosos los que encuentran en ti su fuerza al preparar su peregrinación.

Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa, y prefiero el umbral de la casa de Dios
a vivir con los malvados.


SEGUNDA LECTURA: 2 Timoteo 4, 1-8

Querido hermano: Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir.

Porque vendrá un tiempo en que la gente no soportará la doctrina sana, sino que, para halagarse el oído, se rodearán de maestros a la medida de sus deseos y, apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas.

Tú estate siempre alerta; soporta lo adverso, cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu ministerio.

Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.

Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida.


Secuencia (Ad libitum)

De un abismo de tinieblas
brota una luz esplendente
que hoy para el mundo fulgura.

Agustín, el que había sido
presa del error, es dado
como un honor a la Iglesia.

A la llamada divina,
abraza la fe, y se acerca
a la fuente del bautismo.

Con elocuencia combate,
y en sus escritos condena
sus pasados extravíos.

Confirma la fe; modela
las costumbres; su palabra
destruye el error y el vicio.

Enmudece Fortunato,
deden Manes y Donato
al fulgor de su palabra.

Aquel mundo en decadencia,
ebrio de opiniones vanas
y turgente de herejías,

Fruto abundante comienza
a producir, cuando esparce
la fe, Agustín, por el orbe.

Según norma de los fieles
de Jerusalén, ajusta
la vida del monacato.

Pues sus hermanos vivían
en común, sin nada propio
que considerasen suyo.

Para salvación del hombre
él cultivó de por vida
las virtudes: murió anciano,
y reposó con sus padres.

Nada dejó en testamento
quien nada propio tenía,
pues los bienes reputaba
comunes con sus hermanos.

Salve, modelo de sabios,
de Cristo luz, voz celeste,
pregonero de la vida,
lumbrera de los doctores.

Los que Padre te proclaman,
teniéndote como guía,
consigan la vida eterna
en la gloria de los santos.
Amén.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 10, 14

Yo soy el Buen Pastor, que conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí.


EVANGELIO: Juan 10, 7-18

En aquel tiempo dijo Jesús: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí, se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.

Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.

Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

Por eso me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre ».


Antífona de comunión: 1 Cor 10, 17

El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.


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¡OH ETERNA VERDAD, VERDADERA CARIDAD Y CARA ETERNIDAD!

Del libro de las Confesiones de san Agustín, obispo

Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste.

Entré, y vi con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable; no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y clara que fuese y que lo llenara todo con su magnitud.

Se trataba de una luz completamente distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre el agua o como el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto, ya que ella fue quien me hizo, y yo estaba en lo más bajo, porque fui hech­o por ella. La conoce el que conoce la verdad.

¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche. Y, cuando te conocí por vez primera, fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era aún capaz de verlo.

Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta de la gran distancia que me separaba de ti, por la gran desemejanza que hay entre tú y yo, como si oyera tu voz que me decía desde arriba:

«Soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí».

Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, el que está por encima de todo, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía:

Yo soy el camino de la verdad, y la vida, y el que mezcla aquel alimento, que yo no podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría por la que creaste todas las cosas.

¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste.

Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de tí aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían.

Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.


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SERVICIO DE ORACIÓN

O MINISTERIO DE INTERCESIÓN – 57

1. Macarena
2. Julián
3. Carmen
4. Rebeca
5. Chela
6. Ana M.
7. Ali y Cipri
8. Susana
9. Julia R.
10. Anita
11. Jaime
12. Jesús
13. Ángel
14. Marcela
15. Carlos
16. María del Valle y Luis
17. Edu y Mónica

18. + Rubén

19. + Julia A.

20. En favor de cuantos se encomienden a nuestras oraciones, por vivos y difuntos.

3 Responses to El maná de cada día, 28.8.14

  1. FRANCISCO JOSÉ AUDIJE PACHECO dice:

    Hay gente muy preparada y capacitada para hablar en profundidad de San Agustín, porque el legado de nuestro padre no es algo para tomar a la ligera, sino para estudiarlo y meditarlo durante muchos años. Lo que yo puedo decir de San Agustín, por lo que he tenido la suerte de aprender de él, es que, aun siendo una mente privilegiada y bendecida por Dios, en su vida humana encontramos a una persona muy cercana a la gente normal y a la gente sencilla. San Agustín fue un hombre de su época, ni mejor ni peor que era costumbre ser entonces. Tuvo dos periodos en su vida, perfectamente diferenciados. San Agustín fue un hombre en crecimiento. Pasó una época de cercanía al pecado y a los vicios de su época, particularmente se dejó arrastrar por una vida sexual promiscua y desordenada. Posteriormente, sosegó un poco el desorden, y se fue a vivir con una mujer de manera, digamos, estable, pero sin compromiso formal alguno. Durante esta época, descubrió su gran valor intelectual, que le sumió en el orgullo de creerse superior, y, por tanto, de merecer aquellas cosas que él consideraba más difíciles de entender, pues consideraba que la verdad solo estaba al alcance de los sabios. Diversas experiencias que tuvo, le hicieron recapacitar a cerca de que podía estar equivocado. Tuvo la suerte de encontrar dos maestros católicos, que le ayudaron a darse cuenta de que, efectivamente, había estado en el error: su santa madre, Mónica de Tagaste, y el obispo de Milán, San Ambrosio. Agustín descubrió que necesitaba a Dios en su vida, pero, como tantos de nosotros, estaba encerrado en la cárcel de los placeres del mundo. Estaba atado con una cadena de grueso acero, a la concupiscencia sexual, y, aunque deseaba desde su corazón, servir por entero a Cristo, estas cadenas le privaban de libertad para dar el paso. Agustín tuvo que luchar y padecer para deshacerse de las cadenas, y, al final, como ocurre siempre que Dios ve nuestro esfuerzo, su Santa Palabra partió esas fuertes cadenas, liberándole al servicio de la Iglesia, que, en aquellos momentos concretos, necesitaba de sus valores intelectuales y humanos, que desarrolló luchando contra el mal. Gracias a la gracia de Agustín de Hipona, la Iglesia de entonces y la de todos los tiempos, ha salido victoriosa del pecado en innumerables ocasiones. Hoy día, ante la enorme carestía de vocaciones, mirar el ejemplo de nuestro padre, puede ser una bendición para muchos jóvenes, que se encuentren vacíos o despistados, y busquen un sentido auténtico para su vida.

  2. ¡FELICIDADES PADRE ISMAEL OJEDA!

    Agustín, el último de los Padres de la edad de oro, un monstruo, comparable a Tertuliano por su forma de hablar y por su alta formación jurídica y a Cipriano por su alma pastoral; que poseia una finura de espíritu unido a un orgullo muy alto por pertenecer a aquella Iglesia de Africa que ya habia dado tantos doctores y mártires…Este romano de Africa, vive en Cartago, en Roma y en Milán la inquietud de saber que los bárbaros están invadiendo el país. Él vio la caída de Roma bajo los golpes de los visigodos de Alarico.

    Agustín era de Tagaste, la Argelia de hoy. Su familia de la burguesía media, era propietaria de tierras; pero no tenía dinero porque el Imperio los ahogaba con impuestos. Agustín no podía seguir sus estudios a no ser con la ayuda de un mecenas que le concede una beca; esto le produjo una herida en su amor propio que dejó huella en su espíritu y en su sensibilidad.

    Su padre no era cristiano y permanecerá pagano hasta la víspera de su muerte.Tiene un carácter irascible que hace sufrir a su esposa. La madre, Mónica,es una ferviente cristiana,pero como es burguesa, le prohibe a su hijo que se case con la madre de Adeodato, por la diferencia de clase. Le busca una mujer de condición noble, pero en vano.

    En Milán, llora, con el corazón hecho pedazos por las contradicciones: abre la Epístola de San Pablo y oye a un niño que canta: ” Nada de comilonas y borracheras…” Él buscaba a Dios, pero Dios lo buscó primero …¡QUÉ TARDE TE HE AMADO, OH BELLEZA SIEMPRE ANTIGUA Y SIEMPRE NUEVA! ¡Ah! Estabas dentro de mí y yo estaba fuera,,,

    Agustín, el Hombre vencido por Dios.

    Podría hablar mucho más, de su Obra.; es uno de los Padres que estudié con más interés porque su vida es toda ella muy amena e interesante.

  3. ismaelojeda dice:

    Gracias, María José, por tus buenos deseos y por tu comentario sobre la vida, proceso de conversión y la personalidad de Agustín. Es una mina que nunca se acaba de conocer y explotar. Es muy difícil no admirar a san Agustín, no hacerse discípulo. Un abrazo y que Dios te bendiga, p. Ismael

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