Os conviene que yo me vaya: Dar paso a la profecía

junio 10, 2014

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Rvdo. P. Cristo Rey Paredes, ofm

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“OS CONVIENE QUE YO ME VAYA”: o ¿resistencia anti-Pentecostés?

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Escrito por José Cristo Rey G. Paredes.

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Celebrar Pentecostés puede y debe ser más revolucionario de lo que pensamos. No es solo una fiesta litúrgica. Abrir las puertas al Espíritu es muy desestabilizador.

En Pentecostés siempre ocurre algo para quienes son sensibles a los movimientos del Espíritu Santo.

Pentecostés es terremoto, viento fuerte, llamaradas de fuego, sonido ensordecedor. No es un ritual de bendición del “statu quo”.

Pentecostés se anticipó cuando Benedicto XVI reconoció humildemente “os conviene que yo me vaya” y dejó espacio para una nueva actuación del Espíritu Santo.

Pentecostés se anticipa cuando en unas elecciones europeas se hace más evidente la lucha entre quienes dicen: ”os conviene que sigamos gobernando” o las alternativas políticas que luchan por una Europa de las no-exclusiones, de la comunión de los diferentes.

Tanto en el ámbito político, como eclesial, como religioso, vemos personas que se mantienen en sus cargos de poder -estirando al máximo las normas del derecho- y bloquean la venida del Espíritu renovador.

Son los siniestros personajes del anti-Pentecostés, aunque probablemente ”no sepan lo que hacen”, aunque estén haciendo muy dura la vida en este planeta, en esta nación, en esta iglesia, o en esta congregación.

El humilde Jesús

Jesús no dijo “os conviene que yo me quede”, ni tampoco “me conviene irme”. El humilde Jesús dejó su “ego” de lado. Era consciente de haber cumplido su servicio y que había llegado el momento de crear espacio para el siguiente, es decir, para el Espíritu Santo.

Jesús no dijo “os conviene que yo me vaya para que venga mi vicario, Pedro”, o “… para que mi Iglesia continúe mi misión”.

Jesús presenta el futuro inmediato como el futuro del Espíritu Santo. De la misión del Espíritu surgirá la Iglesia y cada uno de sus carismas y ministerios.

Por otra parte, Jesús no dijo las palabras “conviene que yo me vaya” para evitar problemas, para recluirse en un pacífico retiro; su último servicio consistió en entregar su Cuerpo y su Sangre por todos.

La última fase de su misión no consistió en esperar para recibir “medallas”, actos de reconocimiento y agradecimiento por la obra realizada, sino que ”fue crucificado entre dos ladrones”.

Cuando Jesús nos entregó su Espíritu, éste penetró en el corazón y el cuerpo de quienes esperaban en oración el cumplimiento de la Promesa. Jesús sabía que su misión no necesitaba reconocimientos, sino penetrar profundamente en el mundo y en el corazón de la gente.

Y esto sería posible si su Espíritu se derramaba sobre mujeres y hombres, ancianos y jóvenes, sobre toda carne.

“Os conviene que siga por más tiempo”

La Iglesia necesita más movilidad interior, más alternativas, más libertad de pensamiento.

Hemos de acabar con las teologías que justifican la permanencia excesiva en puestos de mando o poder, que justifican repetir con un cierto fundamentalismo el pasado para responder a las nuevas preguntas del presente y, por tanto, mantienen a quienes esto enseñan y evitan el cambio de paradigma que el Espíritu nos pide.

Hay quienes se muestran muy humildes cuando reciben un cargo e incluso se confiesan “indignos”, pero cuando llega el momento de retirarse retuercen su humildad diciendo “os conviene que yo siga todavía más tiempo… asumiré esta cruz hasta el final”.

Sin darse cuenta, tal vez, cierran las puertas al Espíritu para que pueda elegir a otra persona “indigna” como ocurrió con ellos o ellas para continuar con nuevo impulso su renovación del mundo.

El Papa Francisco acaba de hablar de que así como hay tantos obispos eméritos, pueda también haber “papas eméritos”. Lo mismo se dirá de “párrocos eméritos”, de “superiores/as generales eméritos”.

El Espíritu Santo no se somete a la dictadura de las fechas. Aunque nuestras normas digan que un cargo ha de durar seis años y pueda ser prolongado por otros seis, eso no quiere decir que haya que recompensar a quien lo ha hecho bien en los primeros seis años con otros seis, ni siquiera que haya que cumplir, por lo menos seis años.

Apenas habían pasado tres años y Jesús ya dijo “os conviene que yo me vaya” y, además, el evangelista nos dice que la tristeza se apoderó de los discípulos. Jesús confiaba totalmente en el Abbá y en la misión del Espíritu Santo.

Cuando los poderes se perpetúan en las manos de determinadas personas y de sus clanes de amigos o amigas, cuando se crean lobbies de poder para dominar a “los otros”, la corrupción emerge, los malos espíritus rigen a los grupos.

Ya sabemos que los malos espíritus siempre aparecen como “ángeles de luz” y es muy difícil discernir que lo son. Mucha gente los confunde. Cuando llegan los verdaderos ángeles, entonces reconocen el error.

Hacer posibles nuevos Pentecostés

No habrá Pentecostés en las Iglesias locales, en los movimientos eclesiales, en los institutos religiosos o de vida consagrada, si se le impide al Espíritu venir, aparecer, soplar como quiera, donde quiera y por el tiempo que quiera.

Necesitamos todos entrar en serios procesos de discernimiento de espíritus, discernimientos comunitarios, que nos lleven a descubrir “la verdad del otro”, a adorar en el otro, el diferente, “el Dios que me falta a mí”.

Hay personas que se han vuelto sordas a la voz de Dios que nos habla en los diferentes, ciegas ante la luz que el Espíritu desprende a través de quienes no son como yo. Sin discernimiento de espíritus y del Espíritu bloqueamos todos los caminos de futuro.

El Papa Francisco nos dice frecuentemente que pidamos y oremos mucho por él. Yo creo que llega el momento en que “hemos de dar muchas gracias por él”. Está siendo dócil al Espíritu y, por eso, los dóciles a otros espíritus se encuentran tan descolocados.

También hemos de dar gracias por quienes en la sociedad luchan contra las castas que de una u otra forma se imponen a las comunidades humanas y las esclavizan, por quienes confían en que puede cambiar la realidad social y política.

Y hemos de dar gracias por esas personas ejemplares dentro de la Iglesia que se atienen a los plazos del Espíritu y después se diluyen como la buena sal, como la luz. Esas personas sí que son “sal de la tierra” y “luz del mundo”.

Llega Pentecostés y de seguro que algo ocurrirá. El Espíritu Santo es mucho más poderoso de lo que imaginamos. La cuestión es, ¿dónde y para quiénes esto acontecerá?

Con María y la comunidad del cenáculo oremos y dejémonos sorprender.

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http://www.vidareligiosa.es/index.php?option=com_content&view=article&id=765%3Aos-conviene-que-yo-me-vaya-o-iresistencia-anti-pentecostes&catid=2%3Aarticulos&Itemid=3

 


El maná de cada día, 10.6.14

junio 10, 2014

Martes de la 10ª semana del Tiempo Ordinario

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Si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?



PRIMERA LECTURA: 1 Reyes 17, 7-16

En aquellos días, se secó el torrente donde se había escondido Elías, porque no había llovido en la región.

Entonces el Señor dirigió la palabra a Elías: «Anda, vete a Sarepta de Fenicia a vivir allí; yo mandaré a una viuda que te dé la comida.»

Elías se puso en camino hacia Sarepta, y, al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda que recogía leña.

La llamó y le dijo: «Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba.»

Mientras iba a buscarla, le gritó: «Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan.»

Respondió ella: «Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos.»

Respondió Elías: «No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: “La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra.”»

Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías.


SALMO 4

Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro.

Escúchame cuando te invoco, Dios, defensor mío; tú que en el aprieto me diste anchura, ten piedad de mí y escucha mi oración. Y vosotros, ¿hasta cuándo ultrajaréis mi honor, amaréis la falsedad y buscaréis el engaño?

Sabedlo: el Señor hizo milagros en mi favor, y el Señor me escuchará cuando lo invoque. Temblad y no pequéis, reflexionad en el silencio de vuestro lecho.

Hay muchos que dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha, si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?» Pero tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 5, 16

Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo


EVANGELIO: Mateo 5, 13-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.

Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.»


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SAL DE LA TIERRA Y LUZ DEL MUNDO

San Juan Crisóstomo
Homilías sobre el evangelio de san Mateo 15, 6.7

Vosotros sois la sal de la tierra. Es como si les dijera: «El mensaje que se os comunica no va destinado a vosotros solos, sino que habéis de transmitirlo a todo el mundo. Porque no os envío a dos ciudades, ni a diez, ni a veinte; ni tan siquiera os envío a toda una nación, como en otro tiempo a los profetas, sino a la tierra, al mar y a todo el mundo, y a un mundo por cierto muy mal dispuesto».

Porque, al decir: Vosotros sois la sal de la tierra, enseña que todos los hombres han perdido su sabor y están corrompidos por el pecado. Por ello, exige sobre todo de sus discípulos aquellas virtudes que son más necesarias y útiles para el cuidado de los demás.

En efecto, la mansedumbre, la moderación, la misericordia, la justicia son unas virtudes que no quedan limitadas al provecho propio del que las posee, sino que son como unas fuentes insignes que manan también en provecho de los demás.

Lo mismo podemos afirmar de la pureza de corazón, del amor a la paz y a la verdad, ya que el que posee estas cualidades las hace redundar en utilidad de todos.

«No penséis –viene a decir– que el combate al que se os llama es de poca importancia y que la causa que se os encomienda es exigua: Vosotros sois la sal de la tierra».

¿Significa esto que ellos restablecieron lo que estaba podrido? En modo alguno. De nada sirve echar sal a lo que ya está podrido. Su labor no fue ésta; lo que ellos hicieron fue echar sal y conservar, así, lo que el Señor había antes renovado y liberado de la fetidez, encomendándoselo después a ellos.

Porque liberar de la fetidez del pecado fue obra del poder de Cristo; pero el no recaer en aquella fetidez era obra de la diligencia y esfuerzo de sus discípulos.

¿Te das cuenta de cómo va enseñando gradualmente que éstos son superiores a los profetas? No dice, en efecto, que hayan de ser maestros de Palestina, sino de todo el orbe.

«No os extrañe, pues –viene a decirles–, si, dejando ahora de lado a los demás, os hablo a vosotros solos y os enfrento a tan grandes peligros. Considerad a cuántas y cuán grandes ciudades, pueblos, naciones os he de enviar en calidad de maestros.

Por esto, no quiero que seáis vosotros solos prudentes, sino que hagáis también prudentes a los demás. Y muy grande ha de ser la prudencia de aquellos que son responsables de la salvación de los demás, y muy grande ha de ser su virtud, para que puedan comunicarla a los otros. Si no es así, ni tan siquiera podréis bastaros a vosotros mismos.

«En efecto, si los otros han perdido el sabor, pueden recuperarlo por vuestro ministerio; pero, si sois vosotros los que os tornáis insípidos, arrastraréis también a los demás con vuestra perdición.

Por esto, cuanto más importante es el asunto que se os encomienda, más grande debe ser vuestra solicitud». Y así, añade: Si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

Para que no teman lanzarse al combate, al oír aquellas palabras: Cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo, les dice de modo equivalente: «Si no estáis dispuestos a tales cosas, en vano habéis sido elegidos. Lo que hay que temer no es el mal que digan contra vosotros, sino la simulación de vuestra parte; entonces sí que perderíais vuestro sabor y seríais pisoteados.

Pero, si no cejáis en presentar el mensaje con toda su austeridad, si después oís hablar mal de vosotros, alegraos. Porque lo propio de la sal es morder y escocer a los que llevan una vida de molicie.

«Por tanto, estas maledicencias son inevitables y en nada os perjudicarán, antes serán prueba de vuestra firmeza. Mas si, por temor a ellas, cedéis en la vehemencia conveniente, peor será vuestro sufrimiento, ya que entonces todos hablarán mal de vosotros y todos os despreciarán; en esto consiste el ser pisoteado por la gente».

A continuación, propone una comparación más elevada: Vosotros sois la luz del mundo. De nuevo se refiere al mundo, no a una sola nación ni a veinte ciudades, sino al orbe entero; luz que, como la sal de que ha hablado antes, hay que entenderla en sentido espiritual, luz más excelente que los rayos de este sol que nos ilumina.

Habla primero de la sal, luego de la luz, para que entendamos el gran provecho que se sigue de una predicación austera, de unas enseñanzas tan exigentes. Esta predicación, en efecto, es como si nos atara, impidiendo nuestra dispersión, y nos abre los ojos al enseñarnos el camino de la virtud. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín.

Con estas palabras, insiste el Señor en la perfección de vida que han de llevar sus discípulos y en la vigilancia que han de tener sobre su propia conducta, ya que ella está a la vista de todos, y el palenque en que se desarrolla su combate es el mundo entero.


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