Feliz año nuevo, feliz día nuevo

enero 3, 2014

 

Año nuevo, un camino que se pierde en el horizonte

 LA VIDA EN PROCESO

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 Ofrecimiento de obras

al comienzo de cada jornada


El año nuevo que nos lo deseamos muy feliz podría quedar reducido a una pura formalidad y palabra hueca, si nos olvidamos de lo concreto: es decir, de los meses, semanas y días de que se compone.

Porque en realidad, es en esos espacios temporales donde se juega la suerte del año. Por tanto, tu nuevo año será lo que sean: tu mes, tu semana y tu día, cada jornada.

El ciclo semanal es muy importante pues cada domingo aparcamos los afanes temporales y, como creyentes, tratamos de acercar el cielo a la tierra.

Ensayamos el talante existencial que allá disfrutaremos: seremos como ángeles, todos iguales ante Dios, nos ocuparemos de alabarlo gozando de su amor y de la compañía de los hermanos.

Pero el ciclo diario es el más determinante para alcanzar la meta: un año nuevo 2014 pleno y feliz. Tu año será lo que vaya siendo cada jornada de este año. El combate se libra en el día a día.

Y la jornada se libra de manera significativa en el comienzo del día. La nueva jornada casi queda determinada en los primeros momentos del día. Si comienzas bien el nuevo día, ya tienes garantizada por lo menos la mitad de la victoria.

El comienzo del día debe ser un momento de diálogo sincero entre Dios y la persona. Se trata de un encuentro de dos voluntades que va a determinar y orientar positivamente toda la jornada.

Tradicionalmente hemos denominado ese momento como ofrecimiento de obras, o del nuevo día. La renovación del diálogo con Dios supone para el creyente recoger todas sus potencialidades y entregarlas o consagrarlas a Dios desde el primer momento, antes de nada.

El ofrecimiento del día supone tomar posesión de nuestro ser y sentir, para orientarlo todo hacia Dios, en ese día concreto. Es como una recreación de nuestra identidad cristiana: renovación de nuestra condición filial hacia el Padre, toma de conciencia de nuestro compromiso con Cristo Salvador y de cercanía con el Espíritu más interior a nosotros que nosotros mismos.

Esta consagración matinal es también la actualización de nuestra vocación. Es un ejercicio que mantiene vivo el primer amor. Pues si la vocación no se actualiza, se petrifica, se vuelve pura rutina y rito; la sal pierde el sabor.

En la vida espiritual no se puede vivir de rentas. En la relación con Dios, como en las relaciones humanas, lo que no se renueva, se pudre. Hay que hacerla siempre nueva, cada día.

Gallo vigilante que anuncia el nuevo día

Por eso decimos que toda vocación es “matinal”: cada mañana hay que estrenar una nueva ilusión por el Dios siempre sorprendente, Dios de vivos y no de muertos. El corazón de la enamorada está siempre en fiesta, no se cansa. Cada jornada deberíamos vivirla como “el día en que actuó el Señor”, fuente de gozo y alegría.

Alguien puede pensar: esto es muy difícil pues supone estar siempre comenzando…

Cierto, es imposible para los humanos, pero posible para Dios. Y además, es lo que más le gusta: que le busquemos sin desmayar. San Agustín decía que si encontraba a Dios alguna vez sería para seguir buscándolo con mayor avidez.

Nosotros, como agustinos recoletos, al comenzar cada día debemos tomar conciencia de que somos buscadores de Dios, que deseamos convertirnos en sal de la tierra y luz del mundo; que debemos ser especialistas en la interioridad, en la práctica de la oración, en la experiencia de Dios.

En fin, que queremos ser gloria de Dios en este día, para que todos cuantos nos vean y traten sean arrastrados hasta Dios.

El ofrecimiento de obras se puede realizar de muchas maneras. Aquí voy a utilizar la conocida “Oración de san Ignacio” como marco referencial para consagrarnos al Dios Uno y Trino, a cuya imagen y semejanza fuimos creados. Si el hombre es hechura de Dios, necesariamente debe llevar impreso un parecido a Dios.

Me fijaré en las facultades superiores del hombre: libertad, memoria, entendimiento y voluntad. La libertad la refiero a Dios, el único Señor. La memoria la relaciono con Dios Padre; el entendimiento lo refiero al Verbo, a Dios Hijo; y la voluntad, a Dios Espíritu.

A continuación comentaré la oración “Tomad, Señor”, aplicada a Dios Uno y Trino. El texto dice:

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer tú me lo diste; a ti, Señor, lo devuelvo. Todo es vuestro. Disponed de mí, Señor, según vuestra santa voluntad. Dadme vuestro amor y vuestra gracia, que eso me basta. Hago ahora el comentario.

“Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad”.– Nuestro Dios es un solo Señor que merece toda nuestra sumisión, adoración y alabanza. En la Biblia se nos manda: “Al Señor tu Dios adorarás, a él solo servirás, con toda tu mente, con todo tu corazón, con todo tu ser”.

Nuestra libertad representa la posibilidad de elegir, de decidir; la libertad nos presenta muchas opciones; ella nos ofrece un abanico de posibilidades.

Pues bien, al consagrarle nuestra libertad, elegimos libremente a Dios como nuestra única opción y, por consiguiente, renunciamos a toda otra posibilidad, a toda aventura fuera de Dios, a todo cuanto pudiéramos imaginar, soñar, tantear, indagar… al margen de Dios o contra Dios.

Reconocemos a Dios como a nuestro único señor y soberano absoluto, y no queremos tener la libertad del libertinaje, sino la libertad de los hijos de Dios; elegimos la total sumisión a Dios como expresión del máximo amor, agradecimiento y fidelidad; paradójicamente, fuente de la mayor libertad, de la mayor felicidad por descansar sólo en Dios.

Después de esta consagración a Dios como único soberano, ahora nos consagramos a Dios Padre, Hijo y Espíritu.

Comunidad divina trinitaria

“Mi memoria”.-

 Tomad, Señor, mi memoria; nos dirigimos a Dios Padre.

Él es la fuente primigenia, el origen de todo, el que toma toda iniciativa, aquel de quien todos hemos recibido gracia tras gracia; el que ha pensando en todo y en todos, el que ha soñado con crearnos y darnos vida en abundancia, el que lo ha dispuesto todo desde el principio, con sabiduría y amor.

A él le consagramos la memoria, la facultad de recordar, para que siempre nos acordemos del plan que Dios Padre ha tenido desde el principio sobre nosotros, es decir, el proyecto que más le gustó sobre cada persona, como ser único.

Para que nosotros no queramos otra cosa fuera de lo que el Padre soñó, le gustó y dispuso.

Entonces, yo, respondiendo a ese amor, quiero que mi memoria me recuerde siempre que el Padre Dios ha pensado desde siempre en mí, que ha hecho proyectos sobre mi vida, que espera mucho de mí, que tiene una gran expectativa e ilusión sobre mi vida.

En fin, que quiere verme plenamente feliz ahora y por siempre junto a él.

Cuando perdemos la memoria sobre Dios, quedamos sin norte y perdemos el sentido de nuestra vida; todo parece sin sentido y como absurdo. Cuando el pueblo judío salió de Egipto el espíritu malo le hacía olvidar los prodigios que Dios había obrado en su favor y entonces comenzaba a quejarse y a renegar de Dios y de Moisés.

Nosotros necesitamos, por tanto, recordar cada mañana lo que el Padre Dios espera de cada uno de nosotros en este día. No hay días grises ni tiempos muertos. Todo está habitado por las expectativas de un Dios que nos ama con pasión desde siempre, y que nunca se cansa de nosotros.

Este recuerdo será un estímulo eficaz de renovación personal y de entusiasmo en el servicio de Dios y de los hermanos que debe vertebrar toda nuestra jornada.

“Mi entendimiento”.-

 Tomad, Señor, mi entendimiento; nos dirigimos a Dios Hijo, al Verbo, a la Palabra. El Verbo es la expresión del amor del Padre, pues el Padre todo lo ha pensado, ideado y creado en él y por él. Nada ha hecho fuera del Verbo.

Él es el arquetipo en el que todo ha sido pensado y creado. Por tanto, todo tiene en él su explicación, la clave de su comprensión, y el sentido de su misterio. Nada es inteligible fuera de La Palabra. Nada ha sido pronunciado fuera de ella.

Entonces nosotros a La Palabra en persona le confiamos nuestra capacidad de entender y comprender, se la consagramos: todo lo que yo quiera saber lo quiero saber en Cristo, quiero entenderlo todo en él.

Podemos rezar: Señor Jesús, yo quiero que tú seas mi única sabiduría, mi único saber y conocer. Te reconozco como la única Palabra que el Padre nos ha dado para conocerlo todo en él.

En ti, Señor Jesús, el Padre nos lo ha dado todo. Ya no tengo necesidad de preguntar ni de buscar nada fuera de ti.

Por tanto, en este día, no quiero saber ni entender nada fuera de ti; renuncio a buscar, “curiosear o a soñar algo” al margen y contra ti, durante esta jornada. Tú eres, Jesús, mi único Señor.

“Mi voluntad”.-

Tomad, Señor, mi voluntad; nos dirigimos al Espíritu Santo. El Espíritu Santo es la comunión en persona. Lo suyo es relacionar y unir a los demás poseyéndolos de alguna manera: en este caso al Padre y al Hijo.

Por tanto, el Espíritu es la fuerza que mueve al Padre a engendrar y a proyectarse en el Hijo. Y es la energía que impulsa al Hijo a volverse al Padre en obediencia y glorificación.

Por eso decimos que es el Espíritu del Padre y del Hijo: Espíritu de paternidad y Espíritu de filiación. De esta manera viene a ser el abrazo del Padre y del Hijo, la comunicación entre ambos que florece en comunión íntima.

El Espíritu crea la comunidad trinitaria, es puro don. Más que la simpatía de Dios es la empatía de Dios: la interpenetración de las tres divinas personas formando una sola e inefable comunión de vida, libertad y amor.

El Espíritu representa la consolación, la parte afectiva de Dios. El descanso en el amor.

Por eso, al Espíritu le consagramos, desde el comienzo de este nuevo día, nuestra afectividad y la voluntad, nuestra capacidad de sentir y de experimentar.

Deseamos gozar hoy con las cosas de Dios, experimentar cuán bueno es el Señor. No querer encontrar consuelo ni felicidad al margen de Dios: no querer gozarse, durante este día, en nada que no sea el Espíritu de Dios.

No agradarme en nada que esté al margen de Dios o contra él. Que no me contente con ser bueno en mi corazón, sino que me guste parecerlo.

Que encuentre mi reposo en las realidades del Espíritu. Quiero experimentar hoy lo que dice el salmista: ”Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

Resumiendo esta interpretación y comentario, ahora podríamos parafrasear la oración original de la siguiente manera:

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, de manera que te esté plenamente sometido, adorándote como a mi único Señor.

Tomad mi memoria, para acordarme siempre de ti, Padre bueno, que tanto esperas de mí.

Tomad mi entendimiento, Señor Jesús, para que te conozca cada vez mejor y tenga por basura cualquiera otra sabiduría fuera de ti.

Tomad, Espíritu Santo, mi voluntad, para que me complazca solamente en las cosas de Dios, para que pueda experimentar lo bueno que es el Señor; para que no encuentre gusto alguno ni en el error ni en el pecado.

La oración continúa: “Todo cuanto soy y poseo tú me lo diste, Señor; a ti lo devuelvo. Todo es vuestro. Disponed de mí, Señor, según vuestra santa voluntad. Dadme vuestro amor y vuestra gracia que esto me basta”.

Con Carlos de Foucauld concluimos: haz de mí, Señor, lo que quieras; sea lo que sea, te doy gracias. Porque de ti nada malo me puede venir. Te lo ofrezco todo, con ilimitada confianza, porque tú eres mi Padre.

En esta última parte de la oración queremos expresar la consagración de toda la persona integralmente tomada: incluyendo las distintas dimensiones, estratos o áreas de nuestra personalidad: el mundo inconsciente, la realidad afectiva y emocional, y el ámbito de la sensibilidad o de los sentidos.

La unión con Dios que acontece en el santuario de la conciencia del creyente a través de las potencias superiores, memoria, entendimiento y voluntad, se proyecta hacia el exterior por los sentimientos y los sentidos, y a la vez es “afectada” por las impresiones y los estímulos que nos llegan de fuera.

Por tanto, la conversión del corazón y la consiguiente vida en el Espíritu, para que sean verdaderas, estables y plenas, deben involucrar necesariamente los sentidos; es decir, toda la persona.

Por eso, ahora le consagramos a Dios los sentidos por los que nos ponemos en contacto con las cosas y con los hermanos: queremos llenarlo todo con la luz divina.

Que durante este nuevo día nuestros ojos trasmitan la mirada de Dios, que nuestras palabras sean creadoras como las de Dios, que todas nuestras acciones hablen “de Dios” porque nosotros estamos hablando “a Dios”, orando en medio de su creación.

A la vez pedimos que todo cuanto nos llegue de fuera lo recibamos como un don divino. Cuanto palpemos en este día, incluida la contrariedad, sea todo sentido como una caricia de Dios, porque él lo dispone todo para nuestro bien. Nada nos podrá entonces separar del amor de Dios.

Así seremos capaces de ver a Dios en todos los acontecimientos, pues todo lo veremos como habitado por su presencia misteriosa. Nuestros sentidos nos harán permeables a la presencia y a la acción siempre creadora de Dios.

Concluimos…

diciendo que toda nuestra persona quedaría consagrada a Dios desde el comienzo del día. Este ejercicio refuerza necesariamente la conciencia de la inhabitación de la Santísima Trinidad en lo más nuclear de nuestra personalidad.

También podríamos ejercitarnos en actos de fe, esperanza y caridad, que son las virtudes teologales que nos relacionan directamente con Dios. Pero esto lo dejamos para otra ocasión.

Que lo dicho nos sirva para comenzar este nuevo año siendo nuevos nosotros mismos haciendo de cada día un día realmente nuevo en el que actúe el Señor.

Así labraremos, jornada a jornada, el feliz año nuevo 2014 que nos hemos deseado todos: Año de gracia y de bendición del Señor. Amén.

 

 


Papa Francisco: “Nunca más violencia y división en las familias”

enero 3, 2014
El Papa Francisco durante el Ángelus del 29 de diciembre de 2013

Tres palabras que el Papa recomienda a las familias: por favor, perdón y gracias.

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Ángelus del 29-12-2013

Vatican Insider/Andrés Beltramo Álvarez

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Es la oración de Francisco. De su puño y letra. En la misma implora que nunca más exista violencia, cerrazón y divisiones en las familias.

El Papa decidió pronunciarla hoy, fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret, para pedir por la próxima asamblea del Sínodo de los Obispos que analizará justamente el tema de la pastoral familiar. Y en su reflexión dominical subrayó que Jesús “quiso tener madre y padre”.

Ante una Plaza de San Pedro abarrotada de fieles y desde la ventana de su estudio privado, en el Palacio Apostólico del Vaticano, Jorge Mario Bergoglio sumó al rezo del Ángelus su oración por las familias.

Pero antes habló sobre la fiesta litúrgica de este domingo, que recuerda la “vía dolorosa” del exilio de José, María y Jesús en Egipto, donde experimentaron las condiciones dramáticas de los refugiados, marcadas por el miedo, la incertidumbre y las incomodidades.

“Por desgracia, en nuestros días, millones de familias pueden reconocerse en esta triste realidad. Casi todos los días la televisión y los periódicos dan noticias de refugiados que huyen del hambre, de la guerra, de otros peligros graves, en busca de seguridad y de una vida digna para sí y para las propias familias”, exclamó.

“En tierras alejadas incluso cuando encuentran trabajo, no siempre los refugiados y los inmigrantes encuentran acogida verdadera, respeto, aprecio por los valores que llevan. Sus legítimas expectativas chocan con situaciones complicadas y dificultades que parecen a veces insuperables”, agregó.

Instó a todos a pensar en el drama de aquellos migrantes que son víctimas del rechazo y de la explotación, pero también en los “exiliados” dentro de las mismas familias como los ancianos que a veces son tratados como presencias molestas. Y apuntó: “un signo para saber cómo está una familia es ver cómo se les trata a los niños y a los ancianos”.

Según el Papa, Cristo quiso pertenecer a una familia con dificultades para que ninguno se sienta excluido de la cercanía de Dios. La fuga a Egipto muestra que Dios está ahí donde el hombre está en peligro, sufre, escapa, experimenta el rechazo y el abandono, pero está también donde el hombre sueña, espera volver a la patria en plena libertad, proyecta, elige para la vida la dignidad suya y la de sus familiares.

Recordó las tres palabras que él recomienda siempre usar para que una familia pueda salir adelante: por favor, perdón y gracias.

“Este día nuestra mirada sobre la santa familia se deja atraer también de la simpleza de la vida que ella conduce a Nazaret. Es un ejemplo que hace mucho bien a nuestras familias, las ayuda a volverse cada vez más comunidades de amor y de reconciliación, en las cuales se experimenta la ternura, la ayuda y el perdón recíproco”, añadió.

Luego de rezar el Ángelus pronunció su oración en la cual solicitó la ayuda de la Santa Familia de Nazaret para que todas las familias sean “lugar de comunión y cenáculo de oración”, y para que “nunca más haya en las familias episodios de violencia, de cerrazón y división;
 que quien haya sido herido o escandalizado sea pronto consolado y curado”.

“Que el próximo Sínodo de los Obispos
 haga tomar conciencia a todos
 del carácter sagrado e inviolable de la familia, de su belleza en el proyecto de Dios. Jesús, María y José,
 escuchad, acoged nuestra súplica”, imploró.

Concluyó con un saludo especial a las basílicas de la Anunciación en Nazaret, de la Sagrada Familia en Barcelona y de la Santa Casa de Loreto, conectadas vía satélite para especiales jornadas de oración por el Sínodo. Bendición que extendió a una manifestación multitudinaria en Madrid.


El maná de cada día, 3.1.14

enero 3, 2014

Viernes 3 de enero 2014. El Santo Nombre de Jesús

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Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo


Antífona de entrada: Flp 2, 10-11

Al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el Cielo, en la Tierra y en el Abismo-, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.


Oración colecta

Oh Dios que fundaste la salvación del género humano en la encarnación de tu Palabra, concede a tu pueblo la misericordia que implora, para que todos sepan que no ha de ser invocado otro Nombre que el de tu Unigénito. Él, que vive y reino contigo.


PRIMERA LECTURA: 1 Juan 2, 29;3,1-6

Si sabéis que él es justo, reconoced que todo el que obra la justicia ha nacido de él. Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos.

Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro. Todo el que comete pecado quebranta también la ley, pues el pecado es quebrantamiento de la ley. Y sabéis que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado. Todo el que permanece en él no peca. Todo el que peca no le ha visto ni conocido.


SALMO 97, 1.3cd-4.5-6

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad.

Tañed la cítara para el Señor suenen los instrumentos: con clarines y al son de trompetas aclamad al Rey y Señor.


Aclamación antes del Evangelio: Jn 1, 14. 12b

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. A cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios.


EVANGELIO: Juan 1, 29-34

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.” Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua para que sea manifestado a Israel.»

Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.” Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»


Antífona de comunión: Hch 4, 12

Bajo el cielo no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos.

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“Le pusieron por nombre Jesús” (Lc 2,21)

En el principio de la creación, sólo Adán recibió de Dios el mandato de poner nombre a todo lo creado, “para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera” (Gn 2,19).

Ni siquiera los ángeles creados pudieron participar de este privilegio divino. Era algo que Dios tenía reservado para el hombre, a quien quiso desde siempre entregar el gobierno de su creación, haciéndolo dueño y señor de las criaturas que están por debajo de él.

Era algo propio del hombre, no de ángeles, porque el Verbo creador, Dueño y Señor de todo, había de hacerse hombre como nosotros y no ángel.

Sólo María recibió de Dios el nombre que había de poner a su Hijo. Impresiona que Dios se inclinase así ante esta Mujer y sólo a Ella diera el privilegio único de poner nombre al Verbo de Dios.

El señorío no está ya en el gobierno de las cosas sino en tener a Dios, en esa maternidad divina y virginal que pone nombre humano al Verbo. Y, cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron el nombre de Jesús, el mismo que les había entregado el ángel.

Según el evangelio de Mateo el ángel dijo en sueños a José: “No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo  de los pecados”

¡Cómo sonaría aquel nombre en labios de María, Madre y señora del mismo Dios! ¡Cómo resonaría el eco de ese nombre humano del Verbo en el corazón del Padre eterno! ¡Cómo ha de sonar en tus labios ese dulce nombre de Cristo, que tanto consuelo y suavidad deja en el alma!

Pronúncialo muchas veces a lo largo de tu jornada, en medio de tu trabajo, cuando vas por la calle, mientras hablas con los demás, cuanto te viene el desánimo o el cansancio.

Es la oración del deseo, de quien no sabe dejar de pronunciar el nombre de ese amor que llena su alma.

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(Nota: Las frases en cursiva son añadidas)


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