El maná de cada día, 21.11.13

Jueves de la 33ª semana del Tiempo Ordinario

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Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios

Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios


PRIMERA LECTURA: 1 Macabeos 2, 15-29

En aquellos días, los funcionarios reales encargados de hacer apostatar por la fuerza llegaron a Modín, para que la gente ofreciese sacrificios, y muchos israelitas acudieron a ellos.

Matatías se reunió con sus hijos, y los funcionarios del rey le dijeron: «Eres un personaje ilustre, un hombre importante en este pueblo, y estás respaldado por tus hijos y parientes.

Adelántate el primero, haz lo que manda el rey, como lo han hecho todas las naciones, y los mismos judíos, y los que han quedado en Jerusalén. Tú y tus hijos recibiréis el título de grandes del reino, os premiarán con oro y plata y muchos regalos.»

Pero Matatías respondió en voz alta: «Aunque todos los súbditos en los dominios del rey le obedezcan, apostatando de la religión de sus padres, y aunque prefieran cumplir sus órdenes, yo, mis hijos y mis parientes viviremos según la alianza de nuestros padres.

El cielo nos libre de abandonar la ley y nuestras costumbres. No obedeceremos las órdenes del rey, desviándonos de nuestra religión a derecha ni a izquierda.»

Nada más decirlo, se adelantó un judío, a la vista de todos, dispuesto a sacrificar sobre el ara de Modín, como lo mandaba el rey. Al verlo, Matatías se indignó, tembló de cólera y en un arrebato de ira santa corrió a degollar a aquel hombre sobre el ara.

Y entonces mismo mató al funcionario real, que obligaba a sacrificar, y derribó el ara. Lleno de celo por la ley, hizo lo que Fineés a Zimrí, hijo de Salu.

Luego empezó a gritar a voz en cuello por la ciudad: «El que sienta celo por la ley y quiera mantener la alianza, ¡que me siga!»

Después se echó al monte con sus hijos, dejando en el pueblo cuanto tenía. Por entonces, muchos bajaron al desierto para instalarse allí, porque deseaban vivir según derecho y justicia.


SALMO 49, 1-2.5-6.14-15

Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

El Dios de los dioses, el Señor, habla: convoca la tierra de oriente a occidente. Desde Sión, la hermosa, Dios resplandece.

«Congregadme a mis fieles, que sellaron mi pacto con un sacrificio.» Proclame el cielo su justicia; Dios en persona va a juzgar.

«Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza, cumple tus votos al Altísimo e invócame el día del peligro: yo te libraré, y tú me darás gloria.»


Aclamación antes del Evangelio: Sal 94, 8ab

No endurezcáis vuestro corazón; escuchad la voz del Señor.


EVANGELIO: Lucas 19, 41-44

En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando:

«¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos. Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida.»


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ESPÍRITU SANTO, QUE NOS SOSTIENES
CON EL DON DE FORTALEZA

“No estéis tristes: la alegría de Yahvéh es vuestra fortaleza” (Ne 8, 10). La fortaleza está muy vinculada a la alegría; pero no a la nuestra, sino a la que nace de Dios. ¿Cómo sonreirá Dios? El Todopoderoso, el Siempre fuerte, el Omnipotente… ¡sonríe!

Resulta fascinante descubrir que los poderes fácticos del mundo suelen mostrar el lado oscuro de la amenaza, la opresión y la tiranía, mientras que Dios, auténtico Señor de la Historia, muestra el rostro de su misericordia infinita, verdadera imagen de la alegría. ¡He ahí la fuerza de Dios!

El don de la Fortaleza nos asegura contra el temor que pueden producirnos las dificultades, los peligros, los trabajos que se nos presentan en la vida y en la entrega a Dios.

Es una disposición habitual del Espíritu, que nos empuja de forma constante a realizar cosas extraordinarias, acometer empresas difíciles, soportar los trabajos más duros, sufrir lo que sea necesario, con tal de buscar sólo la gloria y el amor de Dios.

El alma que no se fía de sí misma acude a esa Fortaleza de Dios, que es el Espíritu Santo, cuando se ve asaltada por tentaciones, trabajos y desolaciones que superan su ánimo.

Creemos ser más fuertes cuando tenemos más seguridades del mundo, pero, es entonces cuando más esclavos somos, no de las circunstancias, sino de nuestros caprichos.

¿Dónde radicó la fuerza de Cristo en la Cruz? En aquella petición honda y sincera al Padre: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).

Es el Espíritu Santo el que nos adentra en la dinámica del actuar divino y, de esa manera, pase lo que pase, nada ni nadie podrá arrebatarnos la fuerza de Dios que impulsará cada una de nuestras acciones.

Lañas diarias www.mater-dei.es

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One Response to El maná de cada día, 21.11.13

  1. FRANCISCO JOSÉ AUDIJE PACHECO dice:

    Hoy, Jesús, aparece triste en el Evangelio. La tristeza es un rasgo muy humano. La vida de los hombres se compone de drama y comedia, o de una mezcla de los dos. Entre los cristianos se dice mucho eso de la alegría de sentirnos hijos de Dios, como si por ser cristianos tuviéramos la obligación o el don de estar siempre alegres. Seguir a Cristo, sin duda, es una satisfacción y un orgullo. En este sentido se puede decir que somos alegres, pero el cristiano no es o no debería ser de hierro. El cristiano debería ser y lo es, en la mayoría de los casos, un ser sensible, emotivo, que siente el sufrimiento de los demás, que se conmueve ante la desgracia ajena, que le da pena el mal y el pecado que reina en el mundo. Jesús, a pesar de ser Dios, también era hombre, como nosotros, y, aunque en algunos pasajes del Evangelio da la impresión de ser tan genial y poderoso en sus enseñanzas y en su defensa, como un ser sobrehumano, como un “superman”, en otros pasajes, como el de hoy, se muestra humanamente débil. Jesús sufrió ante la maldad de los hombres, pero, a pesar de eso, no se reveló contra nadie, no maldijo a nadie, sino que continuó amando humildemente y sacrificó su vida por amor a los pecadores, a todos los pecadores, también a los que le hicieron padecer gravemente. Otro rasgo muy humano de Jesús era su carácter. A veces se enfadaba y se enfrentaba a los que le provocaban. De esta manera, Jesús hablaba en clave humana, se hacía comprender por sus semejantes. No es que se dejara llevar por la ira o el odio, sino que daba a entender la seriedad de su mensaje, imprimía respeto a lo que decía y hacía. Porque los hombres entendemos así las cosas. Si no van revestidas de una cierta dosis de autoridad y gravedad, no le damos importancia, tomamos a los demás por “el pito del sereno”. Pero estos rasgos plenamente humanos de Jesús, con los que nos identificamos, si se quedaran en mera sensiblería, no servirían para nada, nuestro cristianismo sería una estafa. Estos sentimientos nos deben mover a actuar, nos deben mover a luchar por lo que creemos, que es lo que también hizo Jesús, cuando recorría Israel con sus apóstoles anunciando la llegada del reino de Dios, y cuando denunciaba los errores y el pecado de los hombres de su tiempo, que siguen siendo los mismos en nuestros días.

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