Las cuatro razones por las que la gente deja de ir a la Iglesia

noviembre 7, 2013

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Según el libro «Por qué ya nadie quiere ir a la iglesia»

www.religionenlibertad.com

Hablar y sentirse escuchado

Hablar y sentirse escuchado

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En ReL no conocemos ningún estudio en España que haya preguntado a un número importante de personas “por qué dejó usted de ir a la iglesia”.

Mucha gente da por supuesto que muchos católicos dejan la práctica religiosa porque la moral cristiana (especialmente la moral sexual) les parece muy exigente.

Pero analizar estudios de este tipo en Estados Unidos, aunque se desarrollen en ámbitos protestantes, puede servir para dar algunas orientaciones antropológicas que indican que hay otras causas más profundas.

Tom y Joani Schultz, autores hace unos años de un libro sobre lo malos que son los sermones en las iglesias (“Why Nobody Learns Much of Anything in Church Anymore”, es decir, “Por qué casi nadie aprende ya nada en la iglesia”), acaban de publicar otro titulado “Por qué ya nadie quiere ir a la iglesia” (“Why Nobody Wants to Go to Church Anymore).

Se basan en varios estudios y en ambientes protestantes -a veces conservadores, a veces liberales-, y observan razones logísticas y sociales (los deportes de los niños son el domingo, los hábitos de ocio, etc…).

Pero al final destacan cuatro causas “de fondo” para dejar la iglesia, que pueden aplicarse con bastante fundamento también a la realidad católica.

Las causas profundas son estas cuatro:


1) Muchos sienten que en las iglesias otras personas les juzgan; o piensan que les van a juzgar, y no quieren sentir que les juzgan

No se trata tanto de que realmente haya muchos “metomentodos” o entremetidos juzgando a los demás en las parroquias, como de que los alejados lo sientan así, o lo teman.

La solución eclesial eficaz, dicen los autores, ha de ser la insistencia en que la Iglesia acoge y acepta a todos tal como llegan, en su estado actual, independientemente de que la Iglesia y Dios no estén de acuerdo con todo lo que hacen.

Dicho de otra forma: hay que repetir lo de “acogemos a cada pecador ya, tal como viene; más adelante, juntos iremos tratando su pecado”. Se requiere, dicen, una “hospitalidad radical”.


2) La gente reclama el derecho a hablar y ser escuchada; sienten que en la iglesia sólo habla el cura o pastor y que nadie les escucha

En el Occidente actual, todo el mundo está acostumbrado a opinar de todo: los vendedores de cualquier tienda escuchan con sonrisas todo lo que quiera decir su cliente; en el colegio hay debates y desde niño cualquier alumno interviene para decir al profesor lo primero que se le ocurre; los periódicos en Internet están llenos de comentarios de gente que en realidad no han estudiado ni conocen los temas que comentan…

El resultado es que estas personas llegan a la iglesia, sea a una misa católica o a un culto protestante, y allí no tienen nada que decir. No hay ningún momento para que hablen, se expresen.

De hecho, en algunas publicaciones protestantes se señala que los católicos lo tienen algo mejor: al menos en misa los católicos recitan respuestas, rezan en voz alta, etc…

En muchos cultos protestantes (sobre todo los no carismáticos) deben limitarse a escuchar al pastor y cantar himnos, por lo que en cuanto se cambian las canciones o se usan cantos difíciles, no hay nada que hacer. (Los varones suelen quejarse de que las canciones son cada vez más agudas, sólo para mujeres, por ejemplo).

El caso es que los sociólogos detectan que la gente quiere hablar de sus sentimientos religiosos, formular sus preguntas y dudas, sentirse escuchados, que no se desdeñen sus dudas con un “no me moleste usted” o “búsquelo en el catecismo” o “no necesita usted saberlo”…

Por supuesto, eso no puede hacerse en una misa. Así que la Iglesia debe ofrecer otros espacios, el espacio en que la gente habla y se siente escuchada.

¿Puede cada párroco escuchar a sus 2.000 ó 3.000 ó 30.000 parroquianos con esa escucha atenta, dejándoles hablar? Es evidente que no.

Por lo tanto, la respuesta ha de pasar por crear grupos pequeños de laicos, donde todos pueden hablar y todos se sienten escuchados.

El éxito de métodos como Cursos Alpha, Células de Evangelización Parroquial, grupos carismáticos, el Camino Neocatecumenal, los grupos scouts (adolescentes y adultos), etc… tiene que ver con esto: el grupo donde se puede hablar y sentirse escuchado.


3) Mucha gente se aleja de la iglesia, o no se acerca a ella, porque piensa que “los cristianos son unos hipócritas”

Por supuesto, los hipócritas son “los otros”. “Yo” nunca soy hipócrita. Lo cierto es que los cristianos nunca serán suficientemente virtuosos para los exigentísimos estándares de los “alejados”.

No importa cuánto bien hagan los cristianos de su parroquia o entorno; el alejado caza-hipócritas siempre encontrará algún cristiano que no es suficientemente bueno para él y “además va de cristiano”.

Y si no encuentra alguien así en su entorno, lo encuentra en los medios de comunicación: un cura estafador, un religioso que cometió un crimen… O en el pasado. “No voy a misa porque hace cinco siglos la Inquisición, Galileo, etc, etc…”

La mejor estrategia para la Iglesia es la de siempre del cristianismo: repetir que “esta no es una casa para perfectos, sino un hospital para enfermos”.

Eso implica admitir esas “enfermedades”: si hay pecado, se dice, se admite y se combate de forma realista.

Y la Iglesia ha de fomentar además la humildad, y la visibilización de esta humildad. El Papa Francisco da “imagen de humildad” a muchas personas alejadas, y eso les atrae.

Por supuesto, la “imagen de humildad” es buena, pero la “verdadera humildad” también lo es… aunque no esté claro que ésta siempre se vea.


4) Muchas personas se alejan de las iglesias porque creen que Dios está “distante”, “o muerto”, o “es irrelevante”; muchos dicen “no noto a Dios”

Mucha gente que no va a la Iglesia sí que cree en Dios, pero no se trata con Él, no significa nada. En entornos católicos, son incontables los casos de personas que dicen: “iba a misa pero no me decía nada”, o “las monjas en mi colegio eran encantadoras, pero a Dios nunca lo he visto, ni tratado”.

La respuesta aquí es el kerigma, el anuncio fuerte de que “Cristo ha resucitado, te salva de la muerte y del pecado y cambia tu vida”, o bien que “Dios te ama y te perdona, de forma personal, a ti”.

Cursillos de Cristiandad, Cursos Alpha, el Camino Neocatecumenal, el seminario de las Siete Semanas de la Renovación Carismática, los Talleres de Vida y Oración y otras iniciativas de kerigma consiguen suscitar a menudo ese “encuentro personal con un Cristo vivo” que tantas personas han experimentado.

Cuando alguien dice “creo en Dios, pero no es relevante en mi vida” no quiere que le respondan “claro que es relevante: exige una moral elevada que deberías practicar”; eso no le atrae ni le cambia.

Por el contrario, necesita que le digan: “claro que es relevante, haz la prueba, abre tu corazón y pide a Dios que venga a tu vida, déjate transformar por Él, porque Él te ama y quiere estar contigo y cambiarlo todo”.

Hay algunas personas que quizá se asustan al pensar en un Dios cercano: “si le abro la puerta a Dios, entrará demasiado y se quedará como un ‘okupa’ en mi casa”.

Pero son pocas comparadas con las que piensan: “Dios no tiene nada que ver con mi vida y mi casa, y no creo que Él piense mucho en mí; yo tampoco pienso mucho en Él”. Por eso, un encuentro personal es la clave.

En ese sentido, la Nueva Evangelización insiste, como definía Juan Pablo II, con “nuevos métodos, nuevo lenguaje, nuevo ardor”.


El maná de cada día, 7.11.13

noviembre 7, 2013

Jueves de la 31ª semana del Tiempo Ordinario

Tenemos un Pastor que nunca nos da por perdidos



PRIMERA LECTURA: Romanos 14, 7-12

Ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo: si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos.

Por lo tanto, ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor. Porque Cristo murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos.

Pero tú, ¿por qué juzgas mal a tu hermano? ¿Por qué lo deprecias?

Todos vamos a comparecer ante el tribunal de Dios, como dice la Escritura: Juro por mí mismo, dice el Señor, que todos doblarán la rodilla ante mí y todos reconocerán públicamente que yo soy Dios.

En resumen, cada uno de nosotros tendrá que dar cuenta de sí mismo a Dios.


SALMO 26

El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar?

Lo único que pido, lo único que busco es vivir en la casa del Señor toda mi vida, para disfrutar las bondades del Señor y estar continuamente en su presencia.

Espero ver la bondad del Señor en esta misma vida. Ármate de valor y fortaleza y confía en el Señor.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 11, 28

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré -dice el Señor.


EVANGELIO: Lucas 15, 1-10

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

Jesús les dijo esta parábola: «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.”

Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.”

Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»


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VALORAR LA CONFESIÓN

Qué sacramento tan desconocido, porque desconocidos son el perdón y la misericordia de Dios. ¿Por qué no aprovechamos más este arrollador canal de gracia? ¿Sólo porque nos cuesta examinar la conciencia y acusarnos de nuestros pecados?

Además de ayudarnos en la práctica de la humildad, conocer nuestros pecados y hacer firme propósito de no volver a consentir una mínima caída en ellos nos hace dar pasos de gigante en nuestro camino de santidad.

¿Te cuesta, quizá, acusarte de tus pecados ante un sacerdote? Aviva tu fe en la acción de Dios a través de sus medios humanos y, sobre todo, a través del poder de la Iglesia.

¿Crees que hay algún otro poder que, siendo meramente humano, sea capaz de proporcionarte, con real eficacia, siquiera una brizna de consuelo y de perdón, o de embellecer tu alma como lo hace la gracia en la confesión?

No esperes a tener pecados mortales para acercarte al corazón misericordioso de Cristo. Tampoco vayas retrasando tu confesión porque sólo tienes faltas y pecados leves.

Acércate con frecuencia a recibir, además del perdón, la gracia de este sacramento sin la que no podemos caminar en nuestra vida espiritual. Porque, en el sacramento de la reconciliación es más lo que se te da –la gracia–, que lo que se te perdona –tus pecados–.

Valora la práctica de la confesión frecuente no sólo porque tu alma necesita ser perdonada sino, sobre todo, porque necesita ser fortalecida y alimentada.

Acércate a Cristo, como aquella mujer que buscaba tocar siquiera la orla de su manto para ser curada de su larga y humillante enfermedad, y te encontrarás, como ella, con esos piadosos ojos de Cristo que miran enternecidos la belleza de tu alma en gracia.

Lañas diarias www.mater-dei.es


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