El maná de cada día, 30.8.13

Viernes de la 21ª semana del Tiempo Ordinario

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Debemos mantener encendidas las lámparas de la fe, de la esperanza y de la caridad

Debemos tener encendidas las lámparas de la fe, de la esperanza y de la caridad



PRIMERA LECTURA: 1 Tesalonicenses 4, 1-8

Hermanos, por Cristo Jesús os rogamos y exhortamos: Habéis aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios; pues proceded así y seguid adelante. Ya conocéis las instrucciones que os dimos, en nombre del Señor Jesús.

Esto quiere Dios de vosotros: una vida sagrada, que os apartéis del desenfreno, que sepa cada cual controlar su propio cuerpo santa y respetuosamente, sin dejarse arrastrar por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios.

Y que en este asunto nadie ofenda a su hermano ni se aproveche con engaño, porque el Señor venga todo esto, como ya os dijimos y aseguramos.

Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino sagrada. Por consiguiente, el que desprecia este mandato no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os ha dado su Espíritu Santo.


SALMO 96,1.2b.5-6.10.11-12

Alegraos, justos, con el Señor.

El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. Justicia y derecho sostienen su trono.

Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra; los cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria.

El Señor ama al que aborrece el mal, protege la vida de sus fieles y los libra de los malvados.

Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Alegraos, justos, con el Señor, celebrad su santo nombre.


Aclamación antes del Evangelio: Lc 21, 36

Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para manteneros en pie ante el Hijo del hombre.


EVANGELIO: Mateo 25, 1-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
-«Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas.

Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.

El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!”

Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.”

Pero las sensatas contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.”

Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.

Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: “Señor, señor, ábrenos.”

Pero él respondió: “Os lo aseguro: no os conozco.”

Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»
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ESTAMOS EN EL TIEMPO DE LA ACCIÓN,

EN EL TIEMPO DE HACER RENDIR LOS DONES 

Papa Francisco. Audiencia general del 24 de abril de 2013 (1/2)

En el Credo profesamos que Jesús «de nuevo vendrá en la gloria para juzgar a vivos y muertos». La historia humana comienza con la creación del hombre y la mujer a imagen y semejanza de Dios y concluye con el juicio final de Cristo.

A menudo se olvidan estos dos polos de la historia, y sobre todo la fe en el retorno de Cristo y en el juicio final a veces no es tan clara y firme en el corazón de los cristianos. Jesús, durante la vida pública, se detuvo frecuentemente en la realidad de su última venida.

Hoy desearía reflexionar sobre tres textos evangélicos que nos ayudan a entrar en este misterio: el de las diez vírgenes, el de los talentos y el del juicio final. Los tres forman parte del discurso de Jesús sobre el final de los tiempos, en el Evangelio de san Mateo.

Ante todo recordemos que, con la Ascensión, el Hijo de Dios llevó junto al Padre nuestra humanidad que Él asumió y quiere atraer a todos hacia sí, llamar a todo el mundo para que sea acogido entre los brazos abiertos de Dios, para que, al final de la historia, toda la realidad sea entregada al Padre.

Pero existe este «tiempo inmediato» entre la primera venida de Cristo y la última, que es precisamente el tiempo que estamos viviendo. En este contexto del «tiempo inmediato» se sitúa la parábola de las diez vírgenes (cf. Mt 25, 1-13).

Se trata de diez jóvenes que esperan la llegada del Esposo, pero él tarda y ellas se duermen.

Ante el anuncio imprevisto de que el Esposo está llegando todas se preparan a recibirle, pero mientras cinco de ellas, prudentes, tienen aceite para alimentar sus lámparas; las otras, necias, se quedan con las lámparas apagadas porque no tienen aceite; y mientras lo buscan, llega el Esposo y las vírgenes necias encuentran cerrada la puerta que introduce en la fiesta nupcial.

Llaman con insistencia, pero ya es demasiado tarde; el Esposo responde: no os conozco.

El Esposo es el Señor y el tiempo de espera de su llegada es el tiempo que Él nos da, a todos nosotros, con misericordia y paciencia, antes de su venida final; es un tiempo de vigilancia; tiempo en el que debemos tener encendidas las lámparas de la fe, de la esperanza y de la caridad; tiempo de tener abierto el corazón al bien, a la belleza y a la verdad; tiempo para vivir según Dios, pues no sabemos ni el día ni la hora del retorno de Cristo.

Lo que se nos pide es que estemos preparados al encuentro —preparados para un encuentro, un encuentro bello, el encuentro con Jesús—, que significa saber ver los signos de su presencia, tener viva nuestra fe, con la oración, con los Sacramentos, estar vigilantes para no adormecernos, para no olvidarnos de Dios.

La vida de los cristianos dormidos es una vida triste, no es una vida feliz. El cristiano debe ser feliz, la alegría de Jesús. ¡No nos durmamos!

www.vatican.va

One Response to El maná de cada día, 30.8.13

  1. FRANCISCO JOSÉ AUDIJE PACHECO dice:

    Muchas veces se oye decir: “La vida es muy corta, hay que disfrutarla”. Pero estamos totalmente equivocados. Somos libres, podemos hacer lo que queramos con nuestra vida, pero debemos saber, antes de desperdiciar la vida en placeres y caprichos, que la vida es una oportunidad preciosa para prepararnos para cuando llegue el esposo, para preparar nuestra alma para la muerte, es decir, para la resurrección. La vida de este mundo no se puede comparar con la vida que Cristo nos ofrece, que es, para entendernos, la Vida de verdad, aunque no la podamos captar con nuestros sentidos corporales. En cambio, sí la podemos captar con nuestros sentidos espirituales, y para ello, como dice San Pablo hoy, debemos fomentar lo sagrado, debemos hacer lo que sabemos que le es grato a Dios, alejándonos de las perversiones y egoísmos que el mundo nos presenta. La fe es como una pescadilla que se muerde la cola: se alimenta de obras buenas, y de esa manera va creciendo y fortaleciéndose, haciendo cada vez a nuestro espíritu más digno del reino de Dios, más digno de entrar en la fiesta del esposo. Pero lo que trata de decirnos Jesús hoy, es que la purificación de nuestra alma del materialismo, no se improvisa, es una labor de toda una vida. Labor que consiste en una lucha continua por superar nuestros defectos y debilidades. En esta lucha, nos equivocaremos, pero con la mirada puesta en el Evangelio, rectificaremos una y otra vez, y el Señor nos perdonará una y otra vez, y nos prestará su mano para empujar al pecado, para superar las tormentas, y, al final, cuando nos pidan los ángeles de Dios la cartilla donde están inscritos nuestros méritos, lo que hemos echo con nuestra vida en este mundo, nos reconocerá como hijos suyos, o nos dirá como el esposo: “No os conozco”. Porque los buenos hijos obedecen a sus padres, dedican su infancia a aprender de sus enseñanzas, y, cuando se hacen mayores y alcanzan un porvenir, los padres pueden reconocer en ellos el resultado de lo que les enseñaron cuando eran niños. Entreguemos, pues, nuestra vida a Dios, y no a los placeres fáciles y asequibles con los que somos tentados.

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