En la secularizada y cínica China, el profesor Wu apuesta por San Agustín, Santo Tomás, fe y razón

agosto 29, 2013

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Tiuenyue Wu

Tiuenyue Wu

Como cada verano, en Rímini, Italia, se congregaron muchos miles de personas atraídas por las actividades de este encuentro anual que organiza el movimiento católico Comunión y Liberación.

Llenaron el Auditorium para escuchar a Tianyue Wu, docente de filosofía en la más prestigiosa universidad china, la Universidad de Pekín. Tempi.it lo recoge así.

Familia católica, pero él no tenía fe

«Procedo de una familia de tradición católica, pero fue difícil para mí abrazar la religión», cuenta en el Auditorium del Meeting de Rímini Tianyue Wu, docente de filosofía en la más prestigiosa universidad china, la Universidad de Pekín.

«En el colegio nos enseñaban que las religiones son sólo supersticiones, monstruos que pertenecen a un pasado muerto y enterrado», explica Tianyue Wu.

Una sociedad de cinismo y utilitarismo

«La sociedad china es una sociedad totalmente secularizada, en la que está vigente el lema “Carpe diem” y los chinos, debido al gran crecimiento económico unido a un empobrecimiento espiritual, han asumido una actitud cínica y utilitarista».

En un país donde ya los primeros misioneros tuvieron dificultad para «introducir la idea de un Dios transcendente entre gente convencida de que sólo existe la vida en la tierra y nada más», Tianyue explica cómo el «gobierno comunista empeoró la situación, asumiendo el ateísmo como parte esencial de su ideología, expulsando a los misioneros, cerrando iglesias e impidiendo a los sacerdotes que se quedaron el ejercicio de su función».

A pesar del cambio que tuvo lugar tras la muerte de Mao y la reapertura de las iglesias «el clima en China siguió siendo hostil a la religión. Esto representa para un creyente, por una parte, una dificultad y, por otra, una ventaja, porque obliga a interrogarse sobre las razones de la propia fe y a tener una profunda conciencia de sí mismos».

Murió el abuelo… y escuchó las oraciones

Tianyue, que «creció cantando la Internacional» mientras sus padres intentaban transmitirle esa fe «que yo no conseguía entender», cambió hace 14 años «cuando murió mi abuelo y yo, en la iglesia, oí los cantos y las oraciones de los fieles. Finalmente entendí esas palabras y sentí la profunda tranquilidad que sólo Dios, que está siempre conmigo, podía darme».

Tras haber devorado todos los libros cristianos que podía encontrar en la pequeña ciudad en la que había nacido, cercana a la metrópolis de Guangzhou, Tianyue decidió inscribirse en filosofía, «a pesar de que la tradición de mi familia me empujaba hacia la medicina: pero yo pensaba que sanar las almas era tan importante como curar el cuerpo».

Filosofía medieval, católica… para chinos

Convertido ya en docente de filosofía antigua y medieval de la Universidad de Pekín, Tianyue empezó a proponer a sus estudiantes un argumento insólito para los chinos: «Impartía cursos sobre Santo Tomás, San Agustín y Aristóteles. Pero su pensamiento y sus argumentaciones racionales distan mucho de la tradición filosófica china».

No fue una casualidad que los primeros años se presentaran poquísimos estudiantes a sus cursos. Pero si Tianyue insistió fue a causa de una idea muy concreta:

«Creo que la razón y el pensamiento racional, en una sociedad secularizada como es la sociedad china, representan la mejor manera de acercase a la fe. Si hubiera abandonado, utilizando argumentos más de moda, no habría dado la posibilidad a mis estudiantes de descubrir cuán unidas están la fe y la razón. Y hoy son muchos los que frecuentan mis cursos».

“No escondo a nadie mi fe”

Y así, mediante la filosofía, Tianyue lleva hoy su «testimonio de católico a la sociedad»:

«No soy tan ingenuo como para pensar que un enfoque teórico pueda hacer que una persona crea», explica delante de unas dos mil personas, «pero la muy entusiasta insistencia protestante no me convence. No escondo a nadie mi fe, pero no quiero obligar a abrazarla».

«Estoy convencido de que mostrando la racionalidad de la fe, también mediante la lectura de la Summa teológica de Santo Tomás, lanzo una semilla al corazón de mis estudiantes que les ayudará a enfrentarse a una época secularizada como la nuestra, tan llena de desafíos».


El maná de cada día, 29.8.13

agosto 29, 2013

Martirio de San Juan Bautista

San Juan Bautista. El Greco

San Juan Bautista. El Greco



Antífona de entrada: Sal 118, 46-47

Comentaré tus preceptos ante los reyes, Señor, y no me avergonzaré; serán mi delicia tus mandatos, que tanto amo.


Oración colecta

Señor, Dios nuestro, tú has querido que san Juan Bautista fuese el precursor del nacimiento y de la muerte de tu Hijo; concédenos, por tu intercesión, que, así como él murió mártir de la verdad y la justicia, luchemos nosotros valerosamente por la confesión de nuestra fe. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: 1 Tesalonicenses 3, 7-13

Hermanos: En medio de todos nuestros aprietos y luchas, vosotros con vuestra fe nos animáis; ahora respiramos, sabiendo que os mantenéis fieles al Señor.

¿Cómo podremos agradecérselo bastante a Dios? ¡Tanta alegría como gozamos delante de Dios cuando pedimos día y noche veros cara a cara y remediar las deficiencias de vuestra fe!

Que Dios nuestro Padre y nuestro Señor Jesús nos allanen el camino para ir a veros. Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos.

Y que así os fortalezca internamente; para que cuando Jesús nuestro Señor vuelva acompañado de sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios nuestro Padre.


SALMO 89, 3-4.12-13. 14 y 17

Sácianos de tu misericordia, Señor, y estaremos alegres.

Tú reduces al hombre a polvo, diciendo: «Retornad, hijos de Adán.» Mil años en tu presencia son un ayer, son un ayer que pasó, una vela nocturna.

Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos.

Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo. Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.


Aclamación antes del Evangelio: Mt 5, 10

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos, dice el Señor.


EVANGELIO: Marcos 6, 17-29

En aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel, encadenado.

El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano.

Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio; no acababa de conseguirlo, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía. Cuando lo escuchaba, quedaba desconcertado, y lo escuchaba con gusto.

La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.

La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
-«Pídeme lo que quieras, que te lo doy.»

Y le juró:
-«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.»

Ella salió a preguntarle a su madre:
-«¿Qué le pido?»

La madre le contestó:
-«La cabeza de Juan, el Bautista.»

Entró ella en seguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
-«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan, el Bautista.»

El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados, no quiso desairarla. En seguida le mandó a un verdugo que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.

Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo enterraron.


Antífona de comunión: Jn 3, 27. 30

Contestó Juan: Él tiene que crecer y yo tengo que menguar.


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PRECURSOR DEL NACIMIENTO Y DE LA MUERTE DE CRISTO

De las homilías de san Beda el Venerable, presbítero

El santo Precursor del nacimiento, de la predicación y de la muerte del Señor mostró en el momento de la lucha suprema una fortaleza digna de atraer la mirada de Dios, ya que, como dice la Escritura, la gente pensaba que cumplía una pena, pero él esperaba de lleno la inmortalidad.

Con razón celebramos su día natalicio, que él ha solemnizado con su martirio y adornado con el fulgor purpúreo de su sangre; con razón veneramos con gozo espiritual la memoria de aquel que selló con su martirio el testimonio que había dado del Señor.

No debemos poner en duda que san Juan sufrió la cárcel y las cadenas y dio su vida en testimonio de nuestro Redentor, de quien fue precursor, ya que, si bien su perseguidor no lo forzó a que negara a Cristo, sí trató de obligarlo a que callara la verdad; ello es suficiente para afirmar que murió por Cristo.

Cristo, en efecto, dice: Yo soy la verdad; por consiguiente, si Juan derramó su sangre por la verdad, la derramó por Cristo; y él, que precedió a Cristo en su nacimiento, en su predicación y en su bautismo, anunció también con su martirio, anterior al de Cristo, la pasión fuera del Señor.

Este hombre tan eximio terminó, pues, su vida derramando su sangre, después de un largo y penoso cautiverio.

Él, que había evangelizado la libertad de una paz que viene de arriba, fue encarcelado por unos hombres malvados; fue encerrado en la oscuridad de un calabozo aquel que vino a dar testimonio de la luz y a quien Cristo, la luz en persona, dio el título de «lámpara que arde y brilla»; fue bautizado en su propia sangre aquel a quien fue dado bautizar al Redentor del mundo, oír la voz del Padre que resonaba sobre Cristo y ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él.

Mas, a él, todos aquellos tormentos temporales no le resultaban penosos, sino más bien leves y agradables, ya que los sufría por causa de la verdad y sabía que habían de merecerle un premio y un gozo sin fin.

La muerte –que de todas maneras había de acaecerle por ley natural– era para él algo apetecible, teniendo en cuenta que la sufría por la confesión del nombre de Cristo y que con ella alcanzaría la palma de la vida eterna. Bien dice el Apóstol: A vosotros se os ha concedido la gracia de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él.

El mismo Apóstol explica, en otro lugar, por qué sea un don el hecho de sufrir por Cristo: Los su­frimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.


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