Realismo y fe, frente a la enfermedad

junio 12, 2013
Dra. Blanca López Ibor

Dra. Blanca López Ibor

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«Estamos en manos de quien nos creó y nos quiere con locura». La doctora Blanca López Ibor, Jefa de Oncología Pediátrica del hospital Montepríncipe de Madrid, habla por su fe, pero también por su propia esperanza.

«Los niños siempre me dan una lección de vida, de esperanza, de fortaleza ante el miedo, de trascendencia», cuenta en esta entrevista a Anabel Llamas, para el semanario Esta hora, del Arzobispado de Oviedo. La mayoría de sus pequeños pacientes se curan, pero no todos. Sin embargo, la doctora entiende que su trabajo no termina ahí, y cada quince días mantiene reuniones con padres de niños en el Cielo.

«El tiempo no cura nada: el amor por un hijo está fuera del tiempo y del espacio», dice.
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¿Cómo ser creyente y médico, cuando la ciencia parece ir desvelando poco a poco las respuestas a todas las incógnitas que el hombre desconocía?

Yo vengo del ateísmo militante, es decir: ya he estado allí y sé cómo se siente uno. Lo que nos pasa a los médicos es que no necesitamos a Dios en nuestras vidas, pensamos que la ciencia lo va a explicar todo, pero al final, es una realidad que a medida que avanza el conocimiento científico, cosas que antes no tenían explicación hoy las tienen.

Sin embargo, este planteamiento es muy simple.  Llega un momento en que te das cuenta que el ser humano no son solamente células. Aparte de ser bioquímica pura, hay una mente y un espíritu. Para llegar a esta conclusión, el médico se tiene que sentar y pensar. Y vemos entonces que no somos Dios, que el ser humano nace y muere, hagamos lo que hagamos.

Sin embargo, hoy más que nunca debatimos sobre el aborto y la eutanasia como supuestos derechos. Los médicos tienen mucho que decir al respecto…

Pienso que cada ser humano y cada médico se va a dormir con las decisiones que toma cada día. Todo médico sabe cuándo comienza la vida y cuándo la termina. Eso lo sabemos desde el momento que pisamos la Universidad, donde nos enseñan a curar enfermos y a luchar por la vida.

Cuando nos arrogamos el poder de decidir quién vive y quién no, dejamos de ser médicos y nos convertimos en otra cosa. Hay que darse cuenta de dónde estamos, qué es lo que somos, por qué uno decidió ser médico y con quién está lidiando -un ser humano que sufre, que está enfermo-, y qué pinta él en eso, si eres un mero técnico, o si también tienes que ayudar a recorrer un camino doloroso.

Todos opinan sobre la vida: abogados, políticos, asociaciones, pero al final, la realidad es que es el médico el que está delante de cada enfermo. Por eso insisto tanto en que todos tenemos diez minutos para pensar en dónde estoy, en si me estoy dejando llevar por una corriente que no es la mía. No todas las preguntas tienen respuesta, y más este tipo de preguntas. Pero se trata de buscar lo que te da paz. Si te da paz, es lo correcto. Si no te la da, no lo es. El médico que acabe con la vida de un feto no sentirá paz, y lo digo por la profunda experiencia de haber pasado por ahí.

¿Cómo luchar contra el sentimiento de sentirse abandonado por Dios en medio del dolor y la enfermedad?

Esto es justo de lo que voy a hablar en la conferencia. No estamos solos. Jesús nos dijo «yo me quedaré con vosotros hasta el fin del mundo». Y efectivamente se queda dentro del Sagrario, de las personas, lo puedes encontrar en la mirada de una persona, en un momento concreto. Pero además, el dolor y el sufrimiento es un misterio: y ante eso, o te repliegas y te quedas quieto, o te pones en camino tratando de buscarle un sentido. Me parece que Dios es mucho más de echar a caminar y buscar respuestas. En ese sentido, yo quiero seguir un camino, y en ese camino convertirme en un bastón de la gente que sufre.

¿Cómo acompañar y ayudar a un hijo enfermo?

Yo siempre les digo a los padres que, cuando pongan un pie en el suelo por la mañana, se pregunten qué están haciendo aquí. Y la respuesta debe ser acompañar a un hijo que, en el camino de su vida, tiene que recorrer un tramo difícil. No quiero padres que se miren el ombligo y que digan ¡qué horror!, sino padres en marcha ayudando a sus hijos, para que sean adultos sanos, social, y espiritualmente también.

Vive a diario rodeada de enfermedad. ¿Cómo mantiene la paz interior y la alegría?

El 80% o más de los niños con cáncer en España se curan. Es importante integrar la enfermedad en la vida normal de un niño, para ayudarles a ser adultos equilibrados. Por otro lado, respecto a los niños que se van al cielo: si no puedo curarles a ellos, intento curar a los padres.

Cada 15 días me reúno con un grupo de padres: el ser humano sabe encontrar dentro de sí mismo la respuesta a que la muerte no es una ausencia, sino un cambio de presencia. El tiempo no cura nada: el amor por un hijo está fuera del tiempo y del espacio. Esto no lo digo yo, es lo que ellos me han enseñado. Yo sólo soy un instrumento, y como tal, trato de ser lo más afinado posible, poner todo mi esfuerzo intelectual al 100%, y con el mayor cariño. Y después entender que la vida y la muerte no está en mis manos.

¿Influye la actitud del enfermo ante la enfermedad?

Hay toda una filosofía ante el cáncer sobre esto, que es un poco el logo de Obama, muy americano: si quieres, puedes. Se transmite eso a los enfermos, pero cuánta gente quiso curarse y no se curó. No es tanto el pensamiento positivo sino el realismo.

No puedo modificar eso pero sí mi actitud frente a eso. Por supuesto soy un médico que quiero saber, y que el día que me muera mi primera pregunta será ésa: por qué un menor enferma. Pero la esperanza va más allá de la muerte. Estamos en manos de quien nos creó y nos quiere con locura, y eso nos lo demostró. Además, los niños siempre me dan una lección de vida, de esperanza, de fortaleza ante el miedo, de trascendencia.


El maná de cada día, 12.6.13

junio 12, 2013

Miércoles de la 10ª semana del Tiempo Ordinario

Hoy, San Juan de Sahagún, fraile agustino, en Salamanca; y San Onofre, anacoreta, en Maracaibo, Venezuela.

Si lo caduco tuvo su resplandor, figuraos cuál será el de lo permanente.

Si lo caduco tuvo su resplandor, figuraos cuál será el de lo permanente



PRIMERA LECTURA: 2 Corintios 3, 4-11

Esta confianza con Dios la tenemos por Cristo.

No es que por nosotros mismos estemos capacitados para apuntarnos algo, como realización nuestra; nuestra capacidad nos viene de Dios, que nos ha capacitado para ser ministros de una alianza nueva: no de código escrito, sino de espíritu; porque la ley escrita mata, el Espíritu da vida.

Aquel ministerio de muerte –letras grabadas en piedra– se inauguró con gloria; tanto que los israelitas no podían fijar la vista en el rostro de Moisés, por el resplandor de su rostro, caduco y todo como era. Pues con cuánta mayor razón el ministerio del Espíritu resplandecerá de gloria.

Si el ministerio de la condena se hizo con resplandor, cuánto más resplandecerá el ministerio del perdón. El resplandor aquel ya no es resplandor, eclipsado por esta gloria incomparable. Si lo caduco tuvo su resplandor, figuraos cuál será el de lo permanente.



SALMO 98, 5.6.7.8.9

Santo eres, Señor, Dios nuestro.

Ensalzad al Señor, Dios nuestro, postraos ante el estrado de sus pies: Él es santo.

Moisés y Aarón con sus sacerdotes, Samuel con los que invocan su nombre, invocaban al Señor, y él respondía.

Dios les hablaba desde la columna de nube; oyeron sus mandatos y la ley que les dio.

Señor, Dios nuestro, tú les respondías, tú eras para ellos un Dios de perdón, y un Dios vengador de sus maldades.

Ensalzad al Señor, Dios nuestro; postraos ante su monte santo: Santo es el Señor, nuestro Dios.


Aclamación antes del Evangelio: Sal 24, 4b. 5a

Enséñame, Dios mío, tus sendas, enderézame en tu verdad.


EVANGELIO: Mateo 5, 17-19

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley.

El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.»

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Homilía del Papa en la misa celebrada esta mañana en Santa Marta

Andreas SOLARO / AFP

No debemos tener miedo de la libertad que nos da el Espíritu Santo: es lo que ha destacado el Papa Francisco en la Misa de esta mañana en la Casa Santa Marta. El Papa ha destacado que en este momento la Iglesia debe tener cuidado con dos tentaciones: la de volver atrás y la del “progresismo adolescente”.

En la Misa, concelebrada por el cardenal João Braz de Aviz, ha participado un grupo de sacerdotes, religiosos y laicos de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada. Entre los participantes estaba también el cardenal Bernard Agré.

“No penséis que yo he venido para abolir la ley”. El Papa Francisco ha realizado su homilía partiendo de estas palabras que Jesús dirigió a los discípulos observando que esta cita evangélica va justo detrás de las Bienaventuranzas, “expresiones de la nueva ley”, más exigente que la de Moisés. Esta ley, añadió el Papa, “es fruto de la Alianza”, y no se puede entender sin esta.

“Esta Alianza –dijo- esta ley es sagrada porque llevaba el pueblo hacia Dios”. Comparando la “madurez de esta ley” con el “brote que se abre y se convierte en flor”, Jesús, afirmó, “es la expresión de la madurez de la ley” y añadió que Pablo nos habla de dos tiempos “sin cortar la continuidad” entre la ley de la historia y la ley del Espíritu.

“La hora del cumplimiento de la ley, la hora en que la ley llega a su madurez: es la ley del Espíritu. Este ir hacia delante en este camino es un poco arriesgado pero es el único camino de la madurez para salir de los tiempos en los que no somos maduros. En este camino hacia la madurez de la ley, que viene justamente con la predicación de Jesús, hay siempre un temor, miedo a la libertad que nos da el Espíritu. ¡La ley del Espíritu nos hace libres! Esta libertad nos da miedo porque tememos confundir la libertad del Espíritu con otra libertad humana”.

La ley del Espíritu, dijo de nuevo, “nos lleva hacia un camino de discernimiento continuo para hacer la voluntad de Dios y esto nos da miedo”. Un miedo, advirtió, que “tiene dos tentaciones”. La primera es la “de volver hacia atrás”, de decir hasta aquí podemos llegar y por tanto nos quedamos aquí. Esta, dijo, es la tentación del miedo a la libertad, del miedo al Espíritu Santo”. Un miedo “que nos hace caminar a lo seguro”.

El Papa ha contado que un superior general, en los años 30, había recogido todas las prescripciones “anticarisma” para sus religiosos, “un trabajo de años”. Fue a Roma a reunirse con un abad benedictino que, al escuchar lo que había hecho, le dijo que “había asesinado el carisma de su Congregación”, “había matado la libertad” ya que este “carisma da fruto en la libertad y él lo había detenido”.

Esta tentación de volver atrás acontece porque estamos más ‘seguros’ detrás. Sin embargo, la seguridad plena está en el Espíritu Santo que nos lleva adelante, que nos da esta confianza –como dice Pablo- la confianza en el Espíritu, que es más exigente. Jesús nos dice: ‘En verdad os digo: hasta que no pasen cielo y tierra, no pasará una sola coma de la ley’. ¡Es más exigente! Pero no nos da esta seguridad humana. No podemos controlar el Espíritu Santo: ¡Este es el problema! Esto es una tentación.

Después, dijo, hay otra tentación que es la del “progresismo adolescente”, que nos “hace salir del camino”. Ver una cultura “y no separarse del todo de esta”.

“Tomamos de aquí y de allá, los valores de esta cultura ¿quieren hacer esta ley? Adelante con esta ley. ¿Quieren seguir adelante con lo otro? Hagamos más ancho el camino. Al final, como digo, no es un verdadero progresismo. Es un progresismo adolescente, como los adolescentes que quieren tenerlo todo y ¿al final? Se resbala… Es como cuando la carretera tiene hielo y nos salimos de ella con el coche… ¡Es otra tentación en este momento! Nosotros, en este momento de la historia de la Iglesia, ¡no podemos volver atrás ni salirnos de la carretera!

El camino, dijo, “es el de la libertad en el Espíritu Santo, que nos hace libres, en el discernimiento continuo sobre la voluntad de Dios para seguir adelante en este camino, sin volver atrás ni salirnos de él”. Pidamos al Señor, concluyó, “la gracia que nos da el Espíritu Santo para seguir hacia delante”.


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