Cardenal Bertone: «El nuevo Papa debe llevar con mano firme el timón de la Iglesia»

marzo 7, 2013
Cardenal Tarcisio Bertone- Imagen: Periodista Digital

Cardenal Tarcisio Bertone
– Imagen: Periodista Digital

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Darío Menor
La Razón.es/28 de febrero de 2013
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En su primera entrevista a un medio escrito tras la renuncia de Benedicto XVI, el cardenal italiano Tarcisio Bertone, camarlengo de la Iglesia católica, lo que le convierte en el hombre clave del periodo de sede vacante que comenzó ayer, responde por escrito a las preguntas de LA RAZÓN.

Dice que en los siete años que ha sido secretario de Estado de la Santa Sede ha vivido momentos «muy alegres» y también otros «más tristes», en los que ha sentido «que el mal en el mundo es muy real y nos acecha a todos los hijos de Eva».

Sobre el sucesor de Benedicto XVI opina que deberá reunir dos elementos «imprescindibles». El primero es que se trate de «un hombre espiritual, para que sea un instrumento dócil en las manos de Dios, como vicario de Cristo en la Tierra». El segundo, que tenga «el vigor y el empuje» que el ya obispo emérito de Roma ha dicho que son necesarios «para llevar con mano firme el timón de la Iglesia».

Podrá así hacer frente a los desafíos que la Iglesia tiene frente a ella, entre los que el secretario de Estado cita la necesidad de que todos los católicos «descubran la riqueza» de la fe y las «implicaciones concretas que el mensaje cristiano» tiene en todos los aspectos de la vida. Otro reto será lograr que «todas las instituciones de la Iglesia sean capaces de comunicar el mensaje cristiano» y que ofrezcan un «motivo de esperanza» para todas las personas.

El último desafío es conseguir que el mundo sea «un lugar más humano» y «más acogedor para todos», especialmente para los desfavorecidos. Asegura Bertone que está viviendo la renuncia del Santo Padre como cualquier otro católico, «con una mezcla de pesar, por el cariño que todos le tenemos, y de gran confianza en que su decisión es lo mejor para la Iglesia».

Benedicto XVI, dice, «se queda con nosotros», «no abandona la Iglesia» ni se «baja de la cruz».

–¿Cómo será recordado Benedicto XVI, como el Papa de la renuncia o por su magisterio?

–Hay tantos motivos para recordar a Benedicto XVI: sus encíclicas, sus libros sobre Jesús de Nazaret, su magisterio, sus viajes (quiero recordar especialmente los tres que hizo a España: son ustedes unos privilegiados), su atención a temas cruciales en la vida de la Iglesia, como son la liturgia, la unidad de los cristianos, su capacidad de diálogo con otras religiones. Son también memorables la claridad y la decisión de las intervenciones contra la pedofilia y, en fin, su relación especial con los sacerdotes y seminaristas…

Y también será recordado por su renuncia, que ha mostrado al mundo el abandono sirviendo siempre a Dios de un Papa que a lo largo de toda su vida –y no sólo como Pontífice – ha pretendido ser un siervo más en la viña del Señor. Nos ha dejado muchas razones para recordarle con muchísimo afecto, como han dicho los numerosos jóvenes entrevistados en los últimos días por la Prensa.

–¿Cómo debería ser el perfil del nuevo obispo de Roma? ¿Cuáles deben ser los aspectos más importantes de su carácter, de su formación, de su experiencia y de su religiosidad?

–La próxima semana todos los cardenales nos reuniremos antes del cónclave para estudiar precisamente eso: qué perfil de Romano Pontífice es el que Dios quiere para la actual situación del mundo y de la Iglesia. Hay elementos que son indispensables: que sea un hombre espiritual, para que sea un instrumento dócil en las manos de Dios, como vicario de Cristo en la Tierra; y que tenga el vigor y el empuje del que ha hablado Benedicto XVI, para llevar con mano firme el timón de la Iglesia.

–¿Qué retos más importantes deberá afrontar en el gobierno de la Iglesia?

–Los desafíos más importantes que se presentarán ante el nuevo Papa son constantes en la vida de la Iglesia: en primer lugar, que todos los fieles, pastores y laicos, en sintonía con las enseñanzas del Concilio Vaticano II, descubramos la riqueza de nuestra fe y las implicaciones concretas que el mensaje cristiano ha de tener en nuestra vida personal, familiar, social, profesional…

Otro reto es que todas las instituciones de la Iglesia sean capaces de comunicar el mensaje cristiano y de ofrecer un motivo de esperanza para todas las personas a las que sirven. Y, por último, que este mundo nuestro sea un lugar más humano, más pacífico, más acogedor con todos, especialmente con los pobres y con los últimos.

–¿Qué ha aprendido en los momentos difíciles como secretario de Estado? ¿Ha tenido alguna crisis de fe durante su vida sacerdotal?

–Como secretario de Estado he vivido momentos extraordinarios. Algunos han sido muy alegres, sobre todo cuando uno ve la acción de Dios en las personas, y que el Señor no se cansa de los defectos de los hombres, y sigue ofreciéndonos su ayuda para ser felices. Otros en cambio son más tristes, porque he notado que el mal en el mundo es muy real, y nos acecha a todos los hijos de Eva.

Pero he de agradecer a Dios que siempre me ha manifestado cómo la Gracia abunda, y que el pecado nunca es la última palabra, porque la Iglesia es de Dios, y Dios jamás la abandona, como nos ha recordado el Papa Benedicto XVI. He de añadir, además, que mi vocación y formación como hijo de Don Bosco me hace anteponer la alegría y la esperanza en la experiencia cristiana.

–Después de tantos años junto al Santo Padre, antes y después de su elección como Papa, ¿qué admira más de su personalidad? ¿Cómo ha vivido, Eminencia, la renuncia?

–De Benedicto XVI admiro su inteligencia preclara, su piedad, su rectitud de conciencia, su firmeza en las decisiones y a la vez su delicadeza en el trato, como he podido experimentar cotidianamente durante estos años… ¡Tantas cosas! He vivido la renuncia como toda la Iglesia: con una mezcla de pesar, por el cariño que todos le tenemos, y de gran confianza en que su decisión es lo mejor para la Iglesia. Sus palabras del pasado domingo, hablando de que el Señor le llama a la montaña, me han dejado muy conmovido.

El Santo Padre se queda con nosotros. Él no abandona la Iglesia, no baja de la cruz, porque su adhesión a la voluntad de Dios es «para siempre». Benedicto XVI ama a la Iglesia, y sigue acompañándola en su camino.


Maná y Vivencias Cuaresmales (25)

marzo 7, 2013

Jueves de la 3ª semana de Cuaresma

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón»


Antífona de entrada:

Yo soy la salvación del pueblo, dice el Señor. Cuando me llamen desde el peligro, yo les escucharé y seré para siempre su Señor.

Oración colecta:

Te pedimos humildemente, Señor, que a medida que se acerca la fiesta de nuestra salvación, vaya creciendo en intensidad nuestra entrega para celebrar dignamente el misterio pascual. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Jeremías 7, 23-28

Así dice el Señor: «Ésta fue la orden que di a vuestros padres: “Escuchad mi voz. Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo; caminad por el camino que os mando, para que os vaya bien.”

Pero no escucharon ni prestaron oído, caminaban según sus ideas, según la maldad de su corazón obstinado, me daban la espalda y no la frente.

Desde que salieron vuestros padres de Egipto hasta hoy les envié a mis siervos, los profetas, un día y otro día; pero no me escucharon ni prestaron oído: endurecieron la cerviz, fueron peores que sus padres. Ya puedes repetirles este discurso, que no te escucharán; ya puedes gritarles, que no te responderán.

Les dirás. “Aquí está la gente que no escuchó la voz del Señor, su Dios, y no quiso escarmentar. La sinceridad se ha perdido, se la han arrancado de la boca.”»


SALMO 94, 1-2.6-7.8-9

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón»

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos.

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masa en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras.»


Aclamación antes del Evangelio: Joel 2, 12-13

Todavía es tiempo, dice el Señor. Arrepentíos de todo corazón y volveos a mí, que soy compasivo y misericordioso.


EVANGELIO: Lucas 11, 14-23

En aquel tiempo, Jesús estaba echando un demonio que era mudo y, apenas salió el demonio, habló el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron: «Si echa los demonios es por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios.» Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo en el cielo.

Él, leyendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino en guerra civil va a la ruina y se derrumba casa tras casa. Si también Satanás está en guerra civil, ¿cómo mantendrá su reino? Vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú; y, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces.

Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros. Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero, si otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte el botín. El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama.»


Antífona de comunión: Salmo 118, 4-5

Tú promulgas tus preceptos para que se observen con exactitud. Que mi conducta se ajuste siempre al cumplimiento de tu voluntad.

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VIVENCIAS CUARESMALES (25)
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A medida que avanza la Cuaresma vaya creciendo en intensidad mi entrega al Señor


23. JUEVES

TERCERA SEMANA DE CUARESMA


Entrada: Yo soy la salvación del pueblo, dice el Señor. Cuando me llamen desde el peligro, yo les escucharé y seré para siempre su Señor.


TEMA: El primer y único mandamiento, “Escucha, Israel”. Si no escucha, el hombre se deja llevar por sus propias ideas y antojos; en última instancia y según la Biblia, por la maldad del corazón. Entonces, el hombre se adora a sí mismo, ignora a Dios y es capaz de llamar mentiroso a Dios, pecando contra el Espíritu.

El pecado contra el Espíritu: “Expulsa los demonios con el poder de Belzebú, jefe de los demonios”.

Tanto en la primera lectura como en el Evangelio, topamos con la incredulidad del hombre para fiarse de Dios, para obedecer la palabra de Dios. Terrible tragedia para el hombre, amarga desilusión para Dios. Es el pecado primero y el más grave, que corresponde al primer mandato de Dios: “Escucha, Israel”.

La actitud de escucha es la que mejor cuadra al hombre, pues ella expresa la condición fundamental del ser humana: su condición de creatura. Es decir, escuchar es reconocer que el hombre está religado esencialmente a Dios, a pesar de su libertad. El ejercicio supremo de su libertad será precisamente “elegir libremente” a Dios como su centro y meta. Y en eso consiste su merecimiento y su plenitud.

Lo más urgente es afinar y reafirmar esa docilidad a Dios; esa sumisión incondicional a la voluntad de Dios, mande lo que mande, sea cual sea esa voluntad. Esta obediencia será determinante. Lo de menos será lo que venga después, en qué mandatos o normas se concreta esa voluntad de Dios.

La primera obediencia de la criatura consiste en venir a la existencia, como respuesta a la Palabra que la llama al ser. Esa obediencia alcanza plena expresión cuando la criatura es libre de reconocerse y aceptarse como don del Creador, de decir “sí” a su propia procedencia de Dios. Ésta realiza así su primer acto de libertad, un acto de libertad verdadero, que es también el primero y fundamental acto de auténtica obediencia.

La obediencia propia de la persona creyente consiste en la adhesión a la Palabra con la cual Dios se revela y se comunica, y a través de la cual renueva cada día su alianza de amor. Por tanto, esa obediencia significa la aceptación de la propia historia y de las circunstancias y avatares de la vida (El servicio de la autoridad y la obediencia; Instrucción de la CIVCSVA, n. 7; 2008).

La esencia del hombre es atender a Dios, escucharle y poner por obra sus mandatos. El hombre vale en la medida en que es oyente. Si no escucha, no sólo está vacío, sino que es malvado, por no dar culto a Dios: El hombre ha sido creado para conocer y alabar a Dios.

No hay, por tanto, neutralidad en la religión: El que no avanza, retrocede; el que no recoge con Dios, desparrama; el que no se forma y crece, se deforma y disminuye, se devalúa. Si no escucha, no puede hablar, es mucho. Y si dijera algo, sería maldad, desvarío, vaciedad…

Y el hombre tiende a justificar esa postura al margen de Dios y contra Dios. Se empecina, se pone terco, ciego en su recelo contra Dios, más visceral que lógico o intelectual. A pesar de los errores ajenos y propios, no queremos aprender ni en cabeza ajena, no damos el brazo a torcer, tratamos de justificarnos, y nos resistimos de todas las formas a reconocer y seguir el camino recto.

Ante este peligro, tan real y que nos amenaza a cada instante, rezamos hoy la oración colecta de todo corazón: Te pedimos humildemente, Señor, que, a medida que se acerca la fiesta de nuestra salvación, vaya creciendo en intensidad nuestra entrega para celebrar dignamente el misterio Pascual. Por nuestro Señor Jesucristo…

Escuchemos el relato evangélico de hoy: Lucas 11, 14-23.- La multitud se quedó admirada por la curación que hizo Jesús, pero algunos de ellos dijeron: “Si echa los demonios es por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios”. Jesús les decía: “Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros… El que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama”.

El Evangelio expresa hasta dónde puede llegar el atrevimiento del hombre que se cierra en sí mismo, que no escucha, o mejor que escucha sus propios impulsos: algunos testigos del milagro del endemoniado se niegan a ver la luz y la interpretan como oscuridad. La resistencia del hombre a las inspiraciones del Espíritu puede crecer y desarrollarse hasta su última expresión: atribuirle al demonio las obras que son, a todas luces, obras de Dios: “Expulsa los demonios con el poder de Belzebú”.

Atrevimiento terrible, fatal; que, si es consciente y voluntario, encierra al hombre en el mal de tal manera que lo hace incapaz de convertirse, de cambiar. Por eso se dice que ese pecado no tiene perdón.

Pero Jesús no se da por vencido y arremete contra los incrédulos. “Los amigos de ustedes ¿con ayuda de quién los expulsan?”. El hombre no puede quedar sin salvación: si rechaza la divina, busca otra, la de los “amigos a la medida”. Pero esa salvación que preferimos a la de Dios, ¿tiene consistencia, es verdadera, quién la ofrece y asegura?

En ambas lecturas, Dios echa en cara la incredulidad de los pecadores, la resistencia a escuchar al Señor. Tomemos conciencia del “primer” mandamiento de Dios: escucharle; “Escucha, Israel”. Si lo quebrantamos, todo se desordena en nuestra vida; todo queda viciado.

Nos lo recuerda Jeremías 7, 23-28: “Esto dice el Señor: Ésta fue la orden que di a mi pueblo: escuchad mi voz… Pero no escucharon ni prestaron oído, caminaban según sus ideas, según la maldad de su corazón obstinado, me daban la espalda y no la frente… Les envié a mis siervos los profetas, un día y otro día; pero no me escucharon ni prestaron oído: endurecieron la cerviz, fueron peores que sus padres”.

Palabras graves por su misma expresividad y por la autoridad y dignidad de quien las pronuncia: el mismo Dios, su Espíritu que habla por los profetas. Sin embargo, hay que advertir que con estas quejas, lamentos y reproches, Dios no pretende aplastarnos y dejarnos para siempre hundidos en nuestra propia debilidad y aun maldad, sino que su Espíritu pretende suscitar nuestra toma de conciencia y la posterior vuelta al buen camino y conversión. Así, por obra del Espíritu el hijo pródigo recapacitó sobre su situación y reaccionó: volveré adonde mi padre y le confesaré mi pecado.


Oremos a Dios con estas o parecidas palabras:

Señor, ten misericordia de mí y dame la suficiente sinceridad para reconocer que me estoy auto-engañando y la necesaria valentía para renunciar a los falsos dioses a quienes me someto.

¿Hasta cuándo buscaré lejos de Ti? ¿Cuándo me convenceré de que son pozos secos sin agua viva, que son fantasmas, que son dioses muertos que no pueden salvar? Señor, ten compasión de mí; que vea; conviérteme a ti para que vaya a ti.- Amén.


Cristo es el único que nos da la victoria sobre el mal. A su lado hay que luchar. A él debemos someter todo nuestro ser; sólo así haremos la obra de Dios, edificaremos con él, cosecharemos con él. Cristo es tajante: “Quien no está conmigo, está contra mí”.

No hay término medio: hay que estar con el único Señor, explícita o implícitamente. Algunos realizan las obras buenas de Dios sin conocer del todo a Jesús, ni contarse entre sus inmediatos seguidores. No hagamos partidismos como los apóstoles: “Ésos no son de los nuestros; por tanto, prohíbeles hacer milagros en tu nombre”.

Jesús, en ese caso, defiende a los que son suyos implícitamente: “No se lo prohíban, les dice; uno que actúa en mi nombre no puede hablar mal de mí”. Una cosa es el señorío de Jesús y otra muy distinta es el partidismo fanático y exclusivista.

Jesús aquí plantea la radicalidad que debe practicar todo discípulo suyo: “No se puede servir a dos señores”. Jesús exige coherencia y radicalidad; no se pueden juntar las tinieblas con la luz. En ese campo no hay pequeñas cosas o insignificancias. Nada de ambigüedades: “Quien no recoge conmigo, desparrama”. No se trata sólo de no hacer cosas malas; se trata de hacer muchas cosas positivamente buenas.

El Salmista nos invita a aprender en cabeza ajena: No endurezcáis el corazón como en Meribá, no sea que os pase algo peor. Si después de conocer tanto, nos echamos atrás o no somos del todo íntegros, grande será nuestro pecado. Pues al que mucho se le dio, mucho se le pedirá. Desparramamos, no servimos para el Reino que padece violencia, que exige que nos definamos. El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no vale para el Reino.

Por tanto, debemos pedir a Dios la sencillez confiada del auténtico creyente. Nos lo enseña la oración sobre las ofrendas: “Señor, preserva de toda maldad a tu pueblo…”


HIMNO

Te damos gracias, Señor, porque has depuesto la ira y has detenido ante el pueblo la mano que lo castiga. Tú eres el Dios que nos salva, la luz que nos ilumina, la mano que nos sostiene y el techo que nos cobija.


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