Catequesis del Papa: Se hizo hombre

enero 17, 2013

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Audiencia general del miércoles 9 de enero de 2013

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El Verbo se hizo carne

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Queridos hermanos y hermanas:

En este tiempo navideño nos detenemos una vez más en el gran misterio de Dios que descendió de su Cielo para entrar en nuestra carne. En Jesús, Dios se encarnó; se hizo hombre como nosotros, y así nos abrió el camino hacia su Cielo, hacia la comunión plena con Él.

En estos días ha resonado repetidas veces en nuestras iglesias el término «Encarnación» de Dios, para expresar la realidad que celebramos en la Santa Navidad: el Hijo de Dios se hizo hombre, como recitamos en el Credo. Pero, ¿qué significa esta palabra central para la fe cristiana?

Encarnación deriva del latín «incarnatio». San Ignacio de Antioquía —finales del siglo I— y, sobre todo, san Ireneo usaron este término reflexionando sobre el Prólogo del Evangelio de san Juan, en especial sobre la expresión: «El Verbo se hizo carne» (Jn 1, 14). Aquí, la palabra «carne», según el uso hebreo, indica el hombre en su integridad, todo el hombre, pero precisamente bajo el aspecto de su caducidad y temporalidad, de su pobreza y contingencia.

Esto para decirnos que la salvación traída por el Dios que se hizo carne en Jesús de Nazaret toca al hombre en su realidad concreta y en cualquier situación en que se encuentre. Dios asumió la condición humana para sanarla de todo lo que la separa de Él, para permitirnos llamarle, en su Hijo unigénito, con el nombre de «Abbá, Padre» y ser verdaderamente hijos de Dios.

San Ireneo afirma: «Este es el motivo por el cual el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre, entrando en comunión con el Verbo y recibiendo de este modo la filiación divina, llegara a ser hijo de Dios» (Adversus haereses, 3, 19, 1: PG 7, 939; cf. Catecismo de la Iglesia católica, 460).

«El Verbo se hizo carne» es una de esas verdades a las que estamos tan acostumbrados que casi ya no nos asombra la grandeza del acontecimiento que expresa. Y efectivamente en este período navideño, en el que tal expresión se repite a menudo en la liturgia, a veces se está más atento a los aspectos exteriores, a los «colores» de la fiesta, que al corazón de la gran novedad cristiana que celebramos: algo absolutamente impensable, que sólo Dios podía obrar y donde podemos entrar solamente con la fe.

El Logos, que está junto a Dios, el Logos que es Dios, el Creador del mundo (cf. Jn 1, 1), por quien fueron creadas todas las cosas (cf. 1, 3), que ha acompañado y acompaña a los hombres en la historia con su luz (cf. 1, 4-5; 1, 9), se hace uno entre los demás, establece su morada en medio de nosotros, se hace uno de nosotros (cf. 1, 14).

El Concilio Ecuménico Vaticano II afirma: «El Hijo de Dios… trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (const. Gaudium et spes, 22).

Es importante entonces recuperar el asombro ante este misterio, dejarnos envolver por la grandeza de este acontecimiento: Dios, el verdadero Dios, Creador de todo, recorrió como hombre nuestros caminos, entrando en el tiempo del hombre, para comunicarnos su misma vida (cf. 1 Jn 1, 1-4). Y no lo hizo con el esplendor de un soberano, que somete con su poder el mundo, sino con la humildad de un niño.

Desearía poner de relieve un segundo elemento. En la Santa Navidad, a menudo, se intercambia algún regalo con las personas más cercanas. Tal vez puede ser un gesto realizado por costumbre, pero generalmente expresa afecto, es un signo de amor y de estima. En la oración sobre las ofrendas de la Misa de medianoche de la solemnidad de Navidad la Iglesia reza así: «Acepta, Señor, nuestras ofrendas en esta noche santa, y por este intercambio de dones en el que nos muestras tu divina largueza, haznos partícipes de la divinidad de tu Hijo que, al asumir la naturaleza humana, nos ha unido a la tuya de modo admirable».

El pensamiento de la donación, por lo tanto, está en el centro de la liturgia y recuerda a nuestra conciencia el don originario de la Navidad: Dios, en aquella noche santa, haciéndose carne, quiso hacerse don para los hombres, se dio a sí mismo por nosotros; Dios hizo de su Hijo único un don para nosotros, asumió nuestra humanidad para donarnos su divinidad. Este es el gran don.

También en nuestro donar no es importante que un regalo sea más o menos costoso; quien no logra donar un poco de sí mismo, dona siempre demasiado poco. Es más, a veces se busca precisamente sustituir el corazón y el compromiso de donación de sí mismo con el dinero, con cosas materiales. El misterio de la Encarnación indica que Dios no ha hecho así: no ha donado algo, sino que se ha donado a sí mismo en su Hijo unigénito.

Encontramos aquí el modelo de nuestro donar, para que nuestras relaciones, especialmente aquellas más importantes, estén guiadas por la gratuidad del amor.

Quisiera ofrecer una tercera reflexión: el hecho de la Encarnación, de Dios que se hace hombre como nosotros, nos muestra el inaudito realismo del amor divino. El obrar de Dios, en efecto, no se limita a las palabras, es más, podríamos decir que Él no se conforma con hablar, sino que se sumerge en nuestra historia y asume sobre sí el cansancio y el peso de la vida humana.

El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, nació de la Virgen María, en un tiempo y en un lugar determinados, en Belén durante el reinado del emperador Augusto, bajo el gobernador Quirino (cf. Lc 2, 1-2); creció en una familia, tuvo amigos, formó un grupo de discípulos, instruyó a los Apóstoles para continuar su misión, y terminó el curso de su vida terrena en la cruz.

Este modo de obrar de Dios es un fuerte estímulo para interrogarnos sobre el realismo de nuestra fe, que no debe limitarse al ámbito del sentimiento, de las emociones, sino que debe entrar en lo concreto de nuestra existencia, debe tocar nuestra vida de cada día y orientarla también de modo práctico. Dios no se quedó en las palabras, sino que nos indicó cómo vivir, compartiendo nuestra misma experiencia, menos en el pecado.

El Catecismo de san Pío X, que algunos de nosotros estudiamos cuando éramos jóvenes, con su esencialidad, ante la pregunta: «¿Qué debemos hacer para vivir según Dios?», da esta respuesta: «Para vivir según Dios debemos creer las verdades por Él reveladas y observar sus mandamientos con la ayuda de su gracia, que se obtiene mediante los sacramentos y la oración». La fe tiene un aspecto fundamental que afecta no sólo la mente y el corazón, sino toda nuestra vida.

Propongo un último elemento para vuestra reflexión. San Juan afirma que el Verbo, el Logos estaba desde el principio junto a Dios, y que todo ha sido hecho por medio del Verbo y nada de lo que existe se ha hecho sin Él (cf. Jn 1, 1-3). El evangelista hace una clara alusión al relato de la creación que se encuentra en los primeros capítulos del libro del Génesis, y lo relee a la luz de Cristo.

Este es un criterio fundamental en la lectura cristiana de la Biblia: el Antiguo y el Nuevo Testamento se han de leer siempre juntos, y a partir del Nuevo se abre el sentido más profundo también del Antiguo. Aquel mismo Verbo, que existe desde siempre junto a Dios, que Él mismo es Dios y por medio del cual y en vista del cual todo ha sido creado (cf. Col 1, 16-17), se hizo hombre: el Dios eterno e infinito se ha sumergido en la finitud humana, en su criatura, para reconducir al hombre y a toda la creación hacia Él.

El Catecismo de la Iglesia católica afirma: «La primera creación encuentra su sentido y su cumbre en la nueva creación en Cristo, cuyo esplendor sobrepasa el de la primera» (n. 349). Los Padres de la Iglesia han comparado a Jesús con Adán, hasta definirle «segundo Adán» o el Adán definitivo, la imagen perfecta de Dios.

Con la Encarnación del Hijo de Dios tiene lugar una nueva creación, que dona la respuesta completa a la pregunta: «¿Quién es el hombre?». Sólo en Jesús se manifiesta completamente el proyecto de Dios sobre el ser humano: Él es el hombre definitivo según Dios.

El Concilio Vaticano II lo reafirma con fuerza: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado… Cristo, el nuevo Adán, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación» (const. Gaudium et spes, 22; cf. Catecismo de la Iglesia católica, 359).

En aquel niño, el Hijo de Dios que contemplamos en Navidad, podemos reconocer el rostro auténtico, no sólo de Dios, sino el auténtico rostro del ser humano. Sólo abriéndonos a la acción de su gracia y buscando seguirle cada día, realizamos el proyecto de Dios sobre nosotros, sobre cada uno de nosotros.

Queridos amigos, en este período meditemos la grande y maravillosa riqueza del misterio de la Encarnación, para dejar que el Señor nos ilumine y nos transforme cada vez más a imagen de su Hijo hecho hombre por nosotros.

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El maná de cada día, 17.1.13

enero 17, 2013

Jueves de la 1ª semana del Tiempo Ordinario

San Antonio, abad

San Antonio, abad

San Antonio, abad y ermitaño



Antífona de entrada: Salmo 91, 13-14

El justo crecerá como palmera, se alzará como cedro del Líbano; plantado en la casa del Señor, en los atrios de nuestro Dios.

Oración Colecta:

Señor y Dios nuestro, que llamaste al desierto a san Antonio, abad, para que te sirviera con una vida santa, concédenos por su intercesión que sepamos negarnos a nosotros mismos para amarte a ti siempre sobre todas las cosas. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Hebreos 3, 7-14

Como dice el Espíritu Santo: «Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis el corazón, como cuando la rebelión, cuando la prueba del desierto, donde me pusieron a prueba vuestros padres y me tentaron, a pesar de haber visto mis obras durante cuarenta años; por eso me indigné contra aquella generación, y dije: “Siempre tienen el corazón extraviado; no han conocido mis caminos, por eso he jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso.”»

¡Atención, hermanos! Que ninguno de vosotros tenga un corazón malo e incrédulo, que lo lleve a desertar del Dios vivo. Animaos, por el contrario, los unos a los otros, día tras día, mientras dure este «hoy», para que ninguno de vosotros se endurezca, engañado por el pecado. En efecto, somos partícipes de Cristo, si conservamos firme hasta el final la actitud del principio.


SALMO 94, 6-7.8-9.10-11

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón»

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masa en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras.»

«Durante cuarenta años aquella generación me asqueó, y dije: “Es un pueblo de corazón extraviado, que no reconoce mi camino; por eso he jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso.”»


Aclamación: Mateo 4, 23

Jesús proclamaba el Evangelio del reino y curaba las dolencias del pueblo.


EVANGELIO: Marcos 1, 40-45

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»

Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.»

La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.

Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»

Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.


Antífona de comunión: Mateo 19, 21

Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y luego vente conmigo, dice el Señor.


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SAN ANTONIO, ABAD

Este ilustre padre del monaquismo nació en Egipto hacia el año 250. Al morir sus padres, distribuyó sus bienes entre los pobres y se retiro al desierto, donde comenzó a llevar una vida de penitencia. Tuvo muchos discípulos; trabajó en favor de la Iglesia, confortando a los confesores de la fe durante la persecución de Diocleciano, y apoyando a san Atanasio en sus luchas contra loa arrianos. Murió el año 356.
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La vocación de san Antonio

De la Vida de san Antonio, escrita por san Atanasio, obispo

Cuando murieron sus padres, Antonio tenía unos dieciocho o veinte años, y quedó él solo con su única hermana, pequeña aún, teniendo que encargarse de la casa y del cuidado de su hermana.

Habían transcurrido apenas seis meses de la muerte de sus padres, cuando un día en que se dirigía, según costumbre, a la iglesia, iba pensando en su interior «los apóstoles lo habían dejado todo para seguir al Salvador, y cómo, según narran los Hechos de los apóstoles, muchos vendían sus posesiones y ponían el precio de venta a los pies de los apóstoles para que lo repartieran entre los pobres; pensaba también en la magnitud de la esperanza que para éstos estaba reservada en el cielo; imbuido de estos pensamientos, entró en la iglesia, y dio la casualidad de que en aquel momento estaban leyendo aquellas palabras del Señor en el Evangelio:

Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo».

Entonces Antonio, como si Dios le hubiese infundido el recuerdo de lo que habían hecho los santos y con aquellas palabras hubiesen sido leídas especialmente para él, salió en seguida de la iglesia e hizo donación a los aldeanos de las posesiones heredadas de sus padres (tenía trescientas parcelas fértiles y muy hermosas), con el fin de evitar toda inquietud para sí y para su hermana. Vendió también todos sus bienes muebles y repartió entre los pobres la considerable cantidad resultante de esta venta, reservando sólo una pequeña parte para su hermana.

Habiendo vuelto a entrar en la iglesia, oyó aquellas pa­labras del Señor en el Evangelio: «No os agobiéis por el mañana».

Saliendo otra vez, dio a los necesitados incluso lo poco que se había reservado, ya que no soportaba que quedase su poder ni la más mínima cantidad. Encomendó su hermana a unas vírgenes que él sabía eran de confianza y cuidó de que recibiese una conveniente educación; en cuanto a él, a partir de entonces, libre ya de cuidados aje­nos, emprendió en frente de su misma casa una vida de ascetismo y de intensa mortificación.

Trabajaba con sus propias manos, ya que conocía aquella afirmación de la Escritura: El que no trabaja que no coma; lo que ganaba con su trabajo lo destinaba parte a su propio sustento, parte a los pobres.

Oraba con mucha frecuencia, ya que había aprendido que es necesario retirarse para ser constantes en orar: en efecto, ponía tanta atención en la lectura, que retenía todo lo que había leído, hasta tal punto que llego un mo­mento en que su memoria suplía los libros.

Todos los habitantes del lugar, y todos los hombres honrados, cuya compañía frecuentaba, al ver su conducta, lo llamaban amigo de Dios; y todos lo amaban como a un hijo o como a un hermano.

Oración

Señor y Dios nuestro, que llamaste al desierto a san Antonio, abad, para que te sirviera con una vida santa, concédenos, por su intercesión, que sepamos negarnos a nosotros mismos para amarte a ti siempre sobre todas las cosas. Por nuestro Señor Jesucristo.

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http://www.primeroscristianos.com/es/noticias/1071-san-antonio-abad-17-de-enero

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Vida y obra

Nació en Coma – la actual Quemans- hacia el año 250, de padres patricios. Al fallecer éstos, confía su única hermana a una comunidad de vírgenes y, una vez distribuidos todos sus bienes entre los pobres, se retira a un lugar solitario para emprender una vida de anacoreta. Allí vive cerca de 20 años. Cuando tiene aproximadamente 35, lo encontramos en los montes Pispit, junto al mar Rojo, donde organiza una auténtica comunidad monástica con todos aquellos que desean seguir su ejemplo. Durante la persecución de Maximino (311) se encuentra en Alejandría, consagrado al socorro y consuelo de los mártires cristianos. Él, sin embargo, no llega nunca a ser encarcelado.

Poco después abandona Alejandría y se establece en Colztum en un lugar totalmente aislado. Sus fieles discípulos del cenobio de Pispit continúan, sin embargo, buscando su nuevo paradero, hasta que lo encuentran. Hacia el 335, Antonio es requerido en Alejandría por el obispo Atanasio a fin de que combata a los arrianos.

Enseguida vuelve a su retiro del mar Rojo. Durante los 15 últimos años de su vida accede finalmente a que dos de sus discípulos vivan con él, con la condición de que, una vez acaecida su muerte, no revelaran absolutamente a nadie el lugar de su sepultura. Su muerte se fija según la tradición litúrgica el 17 de enero. Según la leyenda su tumba fue descubierta el 565, y su cuerpo transportado a Alejandría y luego a Constantinopla (635). De allí sus reliquias serían transportadas a Occidente en el s. IX – X, primero a St. Didier-de-la-Motte, y luego a St. julien d’Arles (Francia) en 1491.

La primera biografía del santo, escrita por el obispo Atanasio, coetáneo y amigo suyo, presenta un san Antonio totalmente sencillo pero, al mismo tiempo, agudo y sutil contrincante en las polémicas con los herejes. Su doctrina se puede resumir en las siguientes palabras: «Aquel que permanezca en la soledad y el sosiego, se verá liberado de tres batallas: la de oír, la de hablar y la de ver, y únicamente en una lucha se encontrará envuelto: la del corazón». Su vida, llena de prodigios y de luchas contra el demonio, le convirtió muy pronto en uno de los santos más populares de la Antigüedad.

Antonio es el iniciador de un amplio movimiento espiritual en los primeros siglos del cristianismo. Se le consideró el Abad, es decir, el padre de los ermitaños, que a partir de mediados del s. III abandonan la vida mundana en Egipto o en cualquier otro lugar. Allí viven aisladamente o en pequeños grupos, con un género de vida similar y prácticas comunes, pero sin una regla determinada.

San Jerónimo cita como obra de san Antonio siete cartas, escritas en copto y traducidas posteriormente al griego. Estas cartas deben considerarse como perdidas. Las siete cartas – escritas en latín- que han llegado hasta nosotros, no parece que puedan ser identificadas con las citadas por S. Jerónimo. La única carta auténtica que se ha conservado, es la que envió al abad Teodoro y a sus monjes. Los sermones, las reglas y los tratados editados a su nombre deben ser considerados apócrifos. Su fiesta tiene lugar el 17 de enero.

Tradiciones populares.

El culto popular a san Antonio es uno de los más difundidos y posee manifestaciones ricas y pintorescas. Se le atribuye protección sobre el cerdo y sobre los animales domésticos en general. Aún hoy, el 17 de enero se celebra una cabalgata en la que aparecen muchos animales, que son bendecidos en la iglesia. El origen de esta protección puede ser el siguiente: en el s. XI se fundó en Vienne, Francia, la Orden Hospitalaria de los Antonianos, para atender un hospital allí fundado; para asegurar la subsistencia del hospital, se dispuso que los religiosos criaran cerdos, que vagabundeaban por las calles, mantenidos por la caridad pública.

Es probable que, debido a esta ocupación de los antonianos, se pusieran bajo la protección de san Antonio primero a los cerdos, y luego, por extensión, a todos los restantes animales domésticos. Es necesario individuar dos aspectos diferentes en el desarrollo del culto popular tributado: uno que enlaza con las cualidades curativas atribuidas a él y otro que pone, en cambio, el acento en su función tutelar con respecto a los animales.

Probablemente uno de los factores del desarrollo en Occidente del culto popular a este santo se deba a la creencia en sus virtudes curativas sobre el herpes zoster, «fuego sagrado» o «fuego de San Antonio», enfermedad que afecta a las células nerviosas y se manifiesta con fenómenos epidérmicos localizados a lo largo del sistema nervioso. Suele ser invocado, además, contra la peste, el escorbuto y otras enfermedades que tienen manifestaciones análogas al «fuego de San Antonio».
Tal vez tenga relación con esta fama de taumaturgo, la costumbre de levantar grandes pilas de leña, a las que se prende fuego la víspera de su fiesta («hoguera de San Antonio»). Cuando se acaba de consumir la leña, para lo cual en ocasiones son necesarios varios días, debido al gran tamaño de las piras, los fieles recogen las cenizas y los carbones y los conservan como reliquias. También es protector de otras muchas actividades, aparte de la de la crianza de animales.

Es conveniente todavía recordar que en el sur de Francia, es el patrono de algunas cofradías de penitentes. En Oriente  su fiesta revestía tal importancia que, durante algún tiempo, el mes de enero recibió en algunas localidades el nombre de antosniaku.

Iconografía

La iconografía popular le representa como un viejo con una larga barba blanca, apoyado en un bastón en forma de muleta, con una esquila atada y con uno o más cerdos a los pies. La esquila sirve para ahuyentar a los espíritus malignos. En relación con esto es curiosa la costumbre, constatada en Nápoles en el s. XVII por la Vajasseide de Cesare Cortese, según la cual se daba de beber a los niños un poco de agua en «la esquila de San Antón», a fin de que hablaran más pronto y con mayor soltura.