¡Queremos ver a Jesús! Es lo que hoy dice la gente a nuestra Iglesia.

enero 10, 2013

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Diálogo con José H. Prado Flores,

director de la Escuela de Evangelización San Andrés

Por José  Antonio Varela Vidal

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ROMA, 26 de diciembre de 2012 (Zenit.org) – En estos tiempos de Nueva Evangelización es bueno ver cómo trabajan otros, y mejor aún contagiarse de su entusiasmo y convicciones. Así lo consideró la Secretaría del Sínodo de los Obispos cuando en su reciente XIII Asamblea General Ordinaria invitó a un grupo de especialistas en diferentes campos y realidades apostólicas.

Entre estos estuvo el laico mexicano José H. Prado Flores, fundador y director de la Escuela Internacional de Evangelización San Andrés, quien fue uno de los primeros que respondió al llamado del beato Juan Pablo II a la Nueva Evangelización, allá por los años ochenta.

Y es así que desde hace casi 30 años, viene viajando con su equipo por el mundo para animar a pastores y comunidades a que evangelicen como en los buenos tiempos… Este periodista de ZENIT volvió a encontrarse con él después de veintidós años y lo entrevistó para bien de los lectores.

Usted ha venido trabajando cerca de treinta años por la Nueva Evangelización… ¿Cree que esta “novedad” ya se ha comprendido en la Iglesia?

–José Prado: Diría que es un proceso. Vamos caminando, a veces me parece muy lentamente, porque el secreto de la Nueva Evangelización es la “vieja” evangelización, la evangelización de los tiempos apostólicos. ¿Qué dice san Lucas en Hechos 4,33? Que los apóstoles daban testimonio de la Resurrección del Señor Jesús con gran poder.

Y esa es la Nueva Evangelización, dar testimonio del Señor Jesús con la dynamis del Espíritu Santo. Por lo que es un camino que nunca termina, que siempre hay más y más, y se van descubriendo nuevas cosas.

Yo hoy, no soy el mismo de hace diez o treinta años -espero que sea mejor- pero siempre estoy descubriendo cosas nuevas, siempre hay un camino diferente.

En lo específico, ¿qué ha descubierto en los últimos tiempos, pero que al inicio lo veía diferente?

–José Prado: Yo tengo algo así como dos rieles de un tren… Uno de ellos es la Palabra de Dios, que en la Iglesia católica aún está muy ausente, que no la usamos, porque aún no tenemos mentalidad bíblica. Por ejemplo, en las conferencias, en los congresos casi no se lleva, no se usa y esa es la fuerza de la Nueva Evangelización, la Palabra de Dios.

¿Y el otro riel?

–José Prado: El segundo riel es el Kerigma, el primer anuncio, que lo dejamos en las manos de nuestros hermanos evangélicos desde la Contrarreforma y nosotros nos encasillamos en el sacramentalismo, en lo devocional y demás. Todo eso es bueno cuando hay Palabra, pero un sacramento sin Palabra es sacramentalismo, o un bautismo sin evangelización, es un rito simplemente.

Entonces para mí, la meta no es bautizar, sino que la gente reciba sacramentos porque ya ha sido evangelizada, y así se alimente de la vida sacramental para que persevere hasta el fin.

¿Podría explicármelo mejor?

–José Prado: Te cuento una historia. En la provincia de Alberta en Canadá, la gente emigraba, los jóvenes estudiaban en otro lugar, no había trabajo. Y un día descubrieron que había petróleo debajo de la tierra y se volvió la provincia más rica de Canadá. Y yo pregunto, ¿cuál es el petróleo de mi Iglesia que tal vez lo tenemos escondido y que no lo usamos? Para mí es la Palabra.

¿A qué atribuye que en la Iglesia no se use la biblia como se debe?

–José Prado: Te cuento mi experiencia. Yo estudié biblia, yo daba cursos de biblia, de lenguas bíblicas, pero todo lo tenía en la cabeza. Hasta que un día, el Espíritu Santo me reveló la Palabra, entonces la amé y la comencé a tener dentro de mi corazón, y ya luego, de la abundancia del corazón habla la boca.

El secreto aquí es el Espíritu Santo, y si tenemos el Espíritu Santo, que fue el que inspiró la Palabra, esa palabra va a ser poderosa.

¿Por allí está la causa del abandono de los católicos hacia otras confesiones, o a la indiferencia?

–José Prado: Bueno, en el mejor de los casos se van a grupos religiosos nuevos, a otras Iglesias cristianas. Es una tristeza, y es porque tal vez nosotros no les damos lo más rico que tenemos, que es a Jesús.

Hay un pasaje del evangelio de san Juan, en que los griegos le dijeron a Felipe: “¡Queremos ver a Jesús!”. Eso es lo que la gente quiere ver, eso es lo que la gente no rechaza, nadie te rechaza a Jesús, pero hay que presentárselo.

Porque a veces presentamos nuestra estructura, nuestra moral, nuestras obligaciones, leyes o ritos. No, ¡primero preséntales a Jesús!, y lo demás caerá por su propio peso.

En una conferencia reciente, usted dijo que en el “Atrio de los Gentiles”, también veía a algunos presbíteros ¿a qué se refería?

–José Prado: Bueno, eso se lo dije al cardenal Ravasi allí presente, que tiene ese trabajo. Es que a mi parecer, hay muchos presbíteros que no creen todavía en Jesús como único Salvador, el verdadero Señor, el Mesías que está vivo, y que da el Espíritu Santo. Algunos no lo han experimentado todavía.

Quizás lo saben, yo también lo sabía; lo tienen en la cabeza, yo también lo tuve en la cabeza y te citaba los textos bíblicos hasta en griego y en hebreo, pero no lo tenía en el corazón, porque eso es obra del Espíritu Santo.

También en el pasado Sínodo de la Nueva Evangelización, dijo que no veía a los sinodales con su biblia bajo el brazo…

–José Prado: Bueno sí, dije que habíamos perdido la Palabra desde hace muchos siglos, y que no se usa. Por lo que pregunté, ¿cuántos padres sinodales traen su biblia? Porque es un buen signo, ya que de la abundancia del corazón habla la boca… ¿O cuántos hablaban con textos o citas bíblicas?

Fue así que quise cuestionar a mi Iglesia, que es cuestionarme a mí mismo; yo no acuso a nadie, no tengo por qué, no tengo autoridad para ello. Pero sí veo la gran ausencia de la Palabra.

Ustedes tienen una iniciativa concreta para impulsar este esfuerzo, que es la Escuela de San Andrés. ¿En qué centran su propuesta?

–José Prado: La centramos en formar nuevos evangelizadores para la Nueva Evangelización. Y un evangelizador no es solo el que evangeliza, sino que es el que forma evangelizadores y aun más, el que forma a formadores de evangelizadores; a esto lo llamamos el factor multiplicador.

¿Y por qué lleva el nombre del apóstol?

–José Prado: Se llama San Andrés, porque Andrés fue a buscar a otro, su hermano Simón, para llevárselo a Jesús y no para llevárselo detrás de sí mismo. Entonces, nosotros buscamos “pedros” que sirvan, amen y prediquen a Jesús.

Este es nuestro ideal, nuestro sueño, y hemos encontrado muchos “pedros” que están predicando, están evangelizando, que están amando a Jesús más y mejor que nosotros mismos.

¿En qué se centra el programa?

–José Prado: Tenemos un programa de formación con una metodología muy sencilla, en que nuestro lema es “A evangelizar se aprende evangelizando”, y no sentado escuchando a un gran maestro. Nosotros decimos: “¡Sal a evangelizar!”.

¿Ustedes pueden acudir al pedido de diócesis y comunidades?

–José Prado: Sí, cuando nos invitan vamos, porque no nos entrometemos en una estructura si no nos lo piden. Si quieren todo el programa nos va a llevar algunos años.

No más te digo que nuestro programa no es permanente, en el sentido de que te doy un curso, te doy el segundo, pero si tú no lo reproduces no te doy el tercero, porque así estoy perdiendo el tiempo. Ya que tú aprendes no cuando recibes, sino cuando lo das.

O sea que si no se hace la tarea no se sigue, ¿algo así?

–José Prado: Hay algunos lugares adonde decidimos no regresar, y mejor vamos a invertir donde la gente sí reproduce los cursos. Por eso esto es una formación lenta, como el buen café que se hace lentamente; porque la evangelización no es un café instantáneo, sino es un buen café.

¿Cómo resumir en una idea final lo que debe hacer el cristiano en la Nueva Evangelización?

–José Prado: Hasta que estés enamorado de Jesucristo, evangeliza. Porque si no, vas a hacer propaganda, vas a transmitir teoría, moralismo. Pero si Jesús está en tu corazón, vas a ser testigo de Jesús muerto y resucitado; por eso lo primero es que tengas la experiencia, que seas testigo y que no solo hagas propaganda.

Es otro esquema, que realmente se ve muy poco…

–José Prado: Eso es lo que quiero, que mi Iglesia católica sea testigo, que dé testimonio con gran poder de la resurrección de Jesús. Y que no sea como Pablo en el areópago, que habló de la resurrección, pero no habló del Resucitado, y por eso fracasó… Y mi Iglesia, cuando hace doctrina y solo teoría de la resurrección, sin presentar al Resucitado, está traicionando al mundo que te dice: ¡queremos ver a Jesús!

Para conocer más: www.evangelizacion.com

 

 


El maná de cada día, 10.1.13

enero 10, 2013

Jueves de la 2ª semana de Navidad

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Si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.

En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.



ANTÍFONA DE ENTRADA: Juan 1, 1

En el principio y antes de todos los siglos, la Palabra era Dios y se ha dignado nacer como Salvador del mundo.


ORACIÓN COLECTA:

Oh Dios, que por medio de tu Hijo has hecho clarear para todos los pueblos la aurora de tu eternidad, concede a tu pueblo reconoce la gloria de su Redentor y llegar un día a la luz eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.


PRIMERA LECTURA: Juan 4,19-5,4

Queridos hermanos:

Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.

Y hemos recibido de él este mandamiento: Quien ama a Dios, ame también a su hermano.

Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a Dios que da el ser ama también al que ha nacido de él.

En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.

Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos.

Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe.


SALMO 71, 1-2. 14 y 15bc. 17

Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra.

Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.

El rescatará sus vidas de la violencia, su sangre será preciosa a sus ojos. Que recen por él continuamente y lo bendigan todo el día.

Que su nombre sea eterno, y su fama dure como el sol; que él sea la bendición de todos los pueblos, y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.


ACLAMACIÓN: Lucas 4, 18

El Señor me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad.


EVANGELIO: Lucas 4, 14-22a

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.

Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.

Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista.

Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.»

Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»

Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios.


ANTÍFONA DE COMUNIÓN: Juan 3, 16

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.


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EL NOS AMÓ PRIMERO

Del tratado de Guillermo, abad del monasterio de San Teodorico,
sobre la contemplación de Dios

Tú eres en verdad el único Señor, tú, cuyo dominio sobre nosotros es nuestra salvación; y nuestro servicio a ti no es otra cosa que ser salvados por ti.

¿Cuál es tu salvación, Señor, origen de la salvación, y cuál tu bendición sobre tu pueblo, sino el hecho de que hemos recibido de ti el don de amarte y de ser por ti amados?

Por esto has querido que el Hijo de tu diestra, el hom­bre que has confirmado para ti, sea llamado Jesús, es decir, Salvador, porque él salvará a su pueblo de los peca­dos, y ningún otro puede salvar.

Él nos ha enseñado a amarlo cuando, antes que nadie, nos ha amado hasta la muerte en la cruz. Por su amor y afecto suscita en nosotros el amor hacia él, que fue el pri­mero en amarnos hasta el extremo.

Así es, desde luego. Tú nos amaste primero para que nosotros te amáramos. No es que tengas necesidad de ser amado por nosotros; pero nos habías hecho para algo que no podíamos ser sin amarte.

Por eso, habiendo hablado antiguamente a nuestros padres por los profetas, en distintas ocasiones y de muchas maneras, en estos últimos días nos has hablado por medio del Hijo, tu Palabra, por quien los cielos han sido consolidados y cuyo soplo produjo todos sus ejércitos.

Para ti, hablar por medio de tu Hijo no significó otra cosa que poner a meridiana luz, es decir, manifestar abiertamente, cuánto y cómo nos amaste, tú que no per­donaste a tu propio Hijo, sino que lo entregaste por todos nosotros. Él también nos amó y se entregó por nosotros.

Tal es la Palabra que tú nos dirigiste, Señor: el Verbo todopoderoso, que, en medio del silencio que mantenían todos los seres –es decir, el abismo del error–, vino desde el trono real de los cielos a destruir enérgicamente los errores y a hacer prevalecer dulcemente el amor.

Y todo lo que hizo, todo lo que dijo sobre la tierra, has­ta los oprobios, los salivazos y las bofetadas, hasta la cruz y el sepulcro, no fue otra cosa que la palabra que tú nos dirigías por medio de tu Hijo, provocando y suscitando, con tu amor, nuestro amor hacia ti.

Sabías, en efecto, Dios creador de las almas, que las almas de los hombres no pueden ser constreñidas a ese afecto, sino que conviene estimularlo; porque donde hay coacción, no hay libertad, y donde no hay libertad, no existe justicia tampoco.

Quisiste, pues, que te amáramos los que no podíamos ser salvados por la justicia, sino por el amor; pero no podíamos tampoco amarte sin que este amor procediera de ti. Así pues, Señor, como dice tu apóstol predilecto, y como también aquí hemos dicho, tú nos amaste primero y te adelantas en el amor a todos los que te aman.

Nosotros, en cambio, te amamos con el afecto amoroso que tú has depositado en nuestro interior.

Por el contrario, tú, el más bueno y el sumo bien, amas con un amor que es tu bondad misma, el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo, el cual, desde el comienzo de la creación, se cierne sobre las aguas, es decir, sobre las mentes fluctuantes de los hombres, ofreciéndose a todos, atrayendo hacia sí a todas las cosas, inspirando, aspirando, protegiendo de lo dañino, favoreciendo lo beneficioso, uniendo a Dios con nosotros y a nosotros con Dios (Nn. 9-11: SC 61, 90-96).


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