De comunista, ateo y considerar la religión como «el opio del pueblo»… a sacerdote

enero 6, 2013
P. Reinhard Fuchsluger

P. Reinhard Fuchsluger

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Es austriaco y actualmente es párroco de una iglesia en Guayaquil (Ecuador). Pertenece a los Siervos del Hogar de la Madre.

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«Siempre he sido un poco aventurero. Sentía dentro de mí un fuego interior que me impelía a salir de Austria. Antes de mi conversión no encontraba paz en mi alma y buscaba saciar mi deseo profundo de Dios en los atractivos del mundo.

Consuelo espiritual para alcohólicos y vagabundos

»Esto me hizo viajar a España para aprender castellano y después ir a México porque quería trabajar con los niños de la calle. Buscaba también ser amado y aprender a dar ese amor. En Austria, durante el año que hice el Servicio Social (sustitutivo del servicio militar), tuve la oportunidad de entrar en contacto con alcohólicos, ex-presidiarios, huérfanos y vagabundos. Me tocó tratar con los casos más extremos.

En esta actividad descubrí el gran valor de la entrega. Los ayudaba en lo físico, pero llegó un momento en que me di cuenta de que les faltaba el consuelo espiritual. Veía en ellos una tristeza que el mundo en el que vivían no les podía quitar. Y entendí que la ayuda material no era suficiente, que hacía falta amor.

Educado en la fe

»La adolescencia se puede decir que me fue bien. Mis padres nos educaban en la fe que yo acepté sin dificultad. Para ellos era muy importante que tuviéramos una formación católica. Formación que continuó en la escuela.

Una fe debilitada

»Pero después me desvié. Por razón de mis estudios tuve que dejar mi casa durante el curso. En las vacaciones trabajaba en hostelería. Poco a poco me fui metiendo en el mundo y aquella fe se fue debilitando. La fe que había recibido en casa la fui perdiendo. Sólo me buscaba a mí mismo, sin tener en cuenta a Dios. Mucho tiempo lo pasaba con mis amigos bebiendo en el bar o en casa de alguno de ellos.

Comunista y ateo

»De ahí, pasamos a la impureza. Y tampoco me llenaba. Más tarde busqué en la literatura, en la filosofía. Y tampoco. Busqué en ideologías como el comunismo y seguía igual. También en otras religiones. ¡Y yo seguía vacío! Me fui contagiando de ideas liberales y marxistas. Esto me desvió de mi fe católica y me hizo llegar al ateísmo, rechazando todo aquello que me recordase a Dios. Veíamos la religión como “el opio del pueblo”.

Un hijo pródigo que vuelve a casa

»A los 21 años, más o menos, estaba trabajando en Bélgica en la cocina de un hotel. Trabajaba para ganar dinero y dedicarme a la buena vida, pero mi vida seguía vacía, sin sentido. Llegó el momento del Servicio Militar en Austria. Objeté e hice el Servicio Social sustitutorio. Trabajé entonces, como he dicho anteriormente, con marginados y me vi reflejado en ellos.

Pensé entonces que tenía que haber otro camino que llenara la vida, porque veía que el que yo estaba siguiendo no me llenaba. Y fue ahí donde empecé a vislumbrar que tenía que existir algo más. Tuve la gracia de caer enfermo. Creí que me moría.

Volví a casa después de haber estado unos años fuera. Mis padres me acogieron como al hijo pródigo, como si nada hubiera pasado. Sólo me mostraron amor.

Luz en la oscuridad

»Se acercaba la Navidad. Mi madre me habló mucho de Jesús. Me decía que Dios se hizo hombre para que yo encontrara la Luz. Esa Luz que había buscado donde sólo había oscuridad. Me daba cuenta de lo felices que eran los que vivían su fe y me preguntaba por qué.

Sin querer escuchar al Papa

»El día de Navidad, estaba yo en cama escuchando la radio cuando mi madre entró en mi habitación y me dijo: “Cambia de emisora, porque el Papa (Juan Pablo II) va a dar la bendición de Navidad”. Y contesté: “¡El Papa! Ni le conozco, ni le amo, ni quiero escucharle”.

Mi madre sonrió, cambió el canal y salió. Yo lo volví a cambiar pero la emisora que conecté también retransmitía el discurso del Papa. Aburrido, me di media vuelta y lo dejé. Oía los gritos de los jóvenes, el Papa saludaba, los jóvenes seguían gritando y eso me impresionó, así que terminé por escuchar.

En un instante Dios se le manifestó

»Me ocurrió algo que no entendía, algo que en mi interior me hacía preguntarme: Pero ¿qué es esto? ¿qué me pasa? ¿quién es este hombre? ¿por qué tiene esa fuerza? En un instante vi mi vida pasada. Tuve la certeza de la existencia de Dios. Me di cuenta de que la vida que llevaba iba en contra de Jesús y que a pesar de eso Él me amaba. Comprendí la misericordia que Dios tenía conmigo. Sentí que era libre, pues podía decidir ir con Él o ir en contra de Él. Entendí el verdadero sentido de la libertad y decidí seguirle. Después de todo esto sentí una gran alegría interior, algo totalmente nuevo para mí. Sentía que esa alegría no era natural, venía de Dios.

Una madre que le acerca al Jesús

»Seguramente mi madre se dio cuenta de que algo me pasaba, pues es una mujer de mucha experiencia religiosa y me conoce muy bien. Poco a poco ella me fue acercando más al Señor y yo lo iba aceptando. Me invitaba a rezar el rosario, me hablaba de la Virgen, me decía que la acompañara a la iglesia… Yo era feliz.

Un camino de oración

»Esta primera experiencia con Juan Pablo II a través de la radio me hizo ver la necesidad de aprender, de formarme, pero sobre todo de rezar. En la escuela nos hablaban del Evangelio, pero ahora me puse a leerlo con más interés. Por un lado seguía viendo a Dios como una idea y por otro, el mundo me seguía atrayendo. Todavía no había dado el paso de acercarme a los sacramentos. Eso vino después.

La liberación de la confesión

»Durante la Semana Santa, mi madre me convenció para hacer Ejercicios Espirituales (en silencio). Yo no tenía ni idea de qué era eso, y el silencio no lo guardé del todo. En las meditaciones sobre la Pasión de Jesucristo, surgió en mi corazón un deseo de saber más y más sobre el amor de Dios al hombre. El Sábado Santo, cuando los sacerdotes estaban confesando, yo estaba cerca del confesionario y mientras otros se confesaban me decía: “Dios mío, y yo, ¿qué hago ahora?”.

Hacía como unos seis años aproximadamente que no me confesaba y me daba miedo, me daba vergüenza. Tenía mucho que contar. No quería entrar. Pero en mi interior algo me decía que tenía que confesarme.

Por fin lo hice y sentí una gran alegría. Me había liberado de los pecados. Casi salí volando del confesionario. Tenía una gran sonrisa. Volví a sentir vergüenza, pero esta vez por otro motivo, porque todos me estaban mirando.

»Me sentía liberado. Toda la suciedad de mi alma había desaparecido. Sabía que ya no podía volver a las andadas y que debía continuar frecuentando los sacramentos.

México en el horizonte

»Y me preparé para viajar a México. Al principio quería ir por pura filantropía, sólo para ayudar a los demás. Pero con el tiempo ya no buscaba solamente la ayuda material, había algo más profundo. Quería entregarme. Viajé a España para aprender el idioma. Y nunca llegué a México.

Destino al seminario…

»Salí de Austria con un camionero de mi pueblo (Blindenmarkt) hasta Barcelona, luego a Valencia, y después a Teruel. Cuando hice los Ejercicios Espirituales, un Hermano de la Comunidad de S. Juan, me dio una dirección de un seminario en Ajofrín, Toledo. Ese era mi destino. Y hacia allí me dirigí.

Una fuerte experiencia del Señor

»Durante una semana estuve caminando hacia el sur. Y en estos días tuve otra experiencia espiritual. Fueron jornadas duras (hambre, sed, cansancio, frío, soledad…) pero siempre pensé que saldría adelante con la ayuda de Dios, como así fue. Tuve una fuerte experiencia de la presencia del Señor. Este tiempo me sirvió para sentir en mi interior el deseo de pedir perdón a mis padres por todo lo que les había hecho sufrir.

Camino al monasterio de Priego (Cuenca)

»Luego decidí hacer auto-stop. Y así unas veces en coche y otras en tren, por fin, llegué a mi destino, el seminario del que tenía la dirección. Pero al ser el mes de julio no pudieron atenderme, así que me fui a Cuenca. Había visto en el mapa que había un monasterio en Priego (Cuenca), y creyendo que estaba habitado por frailes me dirigí allí. Pasé unos días durmiendo en la calle y comiendo poco, buscando dónde quedarme y qué hacer.

Llegué al pueblo de Priego justo cuando iban a celebrar la Santa Misa en la parroquia y me quedé a oírla. Allí estaban las Siervas del Hogar de la Madre vestidas de blanco. Me sorprendió que todas eran jóvenes. Cuando terminó la Misa me tumbé enfrente de la iglesia a descansar.

El párroco me quiso dar una limosna. Pero yo no quería dinero, sólo quería un lugar donde poder estar. Él me ofreció alojamiento durante una semana en la casa parroquial y durante esos días fui la atracción de los niños. Me conocían como “el vagabundo”. Yo me dedicaba a estudiar, rezar y descansar. Todos los días iba a la Santa Misa; también iban las Hermanas.

Un día, resultó que había que limpiar la iglesia para una ceremonia que iba a tener lugar el día de la Virgen del Carmen. Yo me ofrecí a ayudar. La ceremonia en cuestión, era la entrada de seis chicas al noviciado de las Siervas del Hogar de la Madre. Me invitaron a asistir y acepté.

“¿Eres tú el chico que quiere ser sacerdote?”

»Ese día del Carmen, estaba arrodillado, rezando en la iglesia. Alguien me tocó en el hombro y me habló en español con afecto, pero yo no le entendía. Era un sacerdote. Continuó hablándome en francés, y eso ya sí lo entendía.

Me dijo a quemarropa: “¿Eres tú el chico que quiere ser sacerdote?”. Yo me quedé “pasmado” y le contesté: “¡No!”. Él me dijo con la sonrisa en los labios: “Ahora tengo que prepararme para la ceremonia, después en el monasterio tendremos una fiesta, sube y hablaremos”.

Aprender español, rezar y trabajar

»Allí se podía comer, y ¡con el hambre que yo tenía, no me lo pensé dos veces! Después de comer abundantemente, hablé con el sacerdote. Resultó ser el Padre Rafael Alonso, Fundador del Hogar de la Madre. Él me preguntó: “¿Qué haces aquí?”. Yo le conté el proyecto que tenía: aprender español, rezar y trabajar para tener comida y cama.

Me respondió contándome lo que se hacía en el Hogar, antes me había explicado qué es el Hogar, pero la verdad es que no me había enterado de nada. El Padre Rafael me ofreció ir a Santander, estar allí unos días y si no me gustaba, me podía marchar.

Encontró su lugar

»Conforme iba hablando el Padre, yo me llenaba de alegría y sentía que eso era lo que buscaba. Al día siguiente, me fui con ellos a Santander. Y no me quedé sólo una semana sino que no me fui nunca. Durante este tiempo iba conociendo más el Hogar de la Madre. El trabajo, la vida en comunidad, la oración, el estudio, el trato con los Hermanos. Todo me entusiasmaba.

Asustado ante la vocación sacerdotal

»Por aquel tiempo yo no había decidido nada sobre mi vida de entrega a Dios. Al final del verano el P. Rafael me dijo que si quería quedarme podía unirme a la comunidad de estudiantes en Burgos. Para mí esto suponía una decisión muy grande, mucho más grande que el hecho mismo de estudiar filosofía y teología, porque intuía que detrás podría haber una vocación al sacerdocio, y eso me asustaba.

Pregunté al P. Juan qué creía él que debería hacer. Me contestó que si no terminaba de ver si debía actuar en un sentido o en otro, debía rezar y dejar la decisión a Dios. Para elegir a Matías, los apóstoles después de rezar, echaron suertes sobre quién debía ser el sustituto de Judas. Por eso, me aconsejó rezar y tirar una moneda para jugarlo a cara o cruz. Tiré la moneda al aire y me salió que debía ir a Burgos.

No me gustó ese resultado y me fui corriendo hasta el P. Félix para pedirle que tirase él la moneda. El resultado fue el mismo. Ya muy nervioso, tiré la moneda al aire otra vez. ¡Tres veces seguidas el mismo resultado! Así que me fui a Burgos.

Arrojar el pendiente de la oreja

»Otro momento importante en mi camino fue cuando el P. Dominic entró en los Siervos como candidato a Siervo del Hogar de la Madre. Al volver a casa, después de la ceremonia, arrojé por la ventanilla de la furgoneta en la que iba, el pendiente que llevaba en la oreja.

Fue un rechazo simbólico y significativo de muchas cosas en mi vida, en mi pasado, en mi corazón. Pero todavía había en mí una resistencia a la idea de ser sacerdote.

Santa Teresita de Lisieux y la confirmación de la duda…

»Al final de ese semestre, a comienzos de diciembre, tuvimos un retiro en silencio. Yo tenía la convicción moral de que Dios me estaba llamando, pero no terminaba de decidirme. Quería una pequeña señal. Pedí ayuda a Sta. Teresa de Lisieux.

El día de la fiesta de la Inmaculada Concepción, le dije a Sta. Teresita del Niño Jesús que si aparecían tres rosas en la capilla antes de finalizar el día, yo tendría la confirmación de mi vocación al sacerdocio y a la vida religiosa.

Pues esa tarde, antes de la Misa, allí estaban las rosas a los pies de la Virgen. Las habían traído las Siervas y todavía hoy no me explico cómo las Hermanas encontraron rosas rojas en Cantabria en diciembre. Me quedé en shock, pero todavía no me rendí.

Más pruebas a Dios

»En mi corazón tomé la resolución firme de no entrar en la comunidad a no ser que el P. Félix, que era mi director espiritual, se acercara a mí para confirmarme en mis inquietudes sobre la vocación. El P. Félix es un hombre experimentado y prudente. Unos días antes de Navidad me dijo: “¿Por qué no te afeitas la barba la Noche Buena, y se la ofreces al Niño Jesús, y te entregas a la Virgen el primer día de enero, Solemnidad de Santa María, Madre de Dios?”.

Después el P. Félix me contó que era bastante obvio que Dios me estaba llamando, algo así como si yo tuviera un cartel puesto en la frente que dijera: “Esta es mi vocación”.

Rendido a la evidencia

»Al fin me rendí, dije que sí, y experimenté otra vez esa alegría. Alegría que después pudieron compartir mis padres al viajar a España para mi entrada en la comunidad, y otra vez el verano siguiente para mi entrada al noviciado. Vinieron también para mis votos perpetuos, el 8 de septiembre de 2008, y para mi ordenación sacerdotal en septiembre de 2009.

¡Los días más felices de mi vida hasta ahora, aunque sé que todavía quedan muchos más por venir! Doy gracias a Dios, a Nuestra Madre del Cielo y a mis padres por todo ello.

Párroco para confesar y hablar de Dios

»Ahora, el Arzobispo de Guayaquil, ha confiado a los Siervos del Hogar de la Madre la parroquia de Ntra. Señora de Loreto. A mí me ha tocado en suerte ser párroco. El P. Dominic y yo, pasamos horas confesando, dando catequesis a niños y adultos, administrando los sacramentos y hablando del amor de Dios a los hombres.

Es una tarea increíblemente enriquecedora. Verdaderamente, el Señor nos da el ciento por uno en esta tierra, y al final, como esperamos en su misericordia, la Vida Eterna».

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