«He encontrado mi meta, estoy llena de alegría»: la carta póstuma de Camille a sus padres

noviembre 9, 2012

Camille Homolle

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Una muerte cristiana a los 25 años

Su adiós es un ejemplo de cómo afrontar la muerte, y en ella relata su encuentro con Dios en la enfermedad y su deseo del cielo.

Religión en Libertad

¿Cómo afrontar la muerte y la enfermedad, especialmente cuando se es joven? “De la muerte brota la Vida y de la cruz la Resurrección”. Con esta frase y con su ejemplo de vida respondió con creces a esta pregunta Camille Homolle, una chica de tan sólo 25 años que el pasado mes de julio pasó de este mundo al Padre tras padecer cáncer durante años.

Sin embargo, lejos de entristecerse, esta joven francesa aprovechó la enfermedad para prepararse para el Cielo y para evangelizar ya incluso muerta a su familia y amigos. El padre Christian Mahéas acompañó durante todo este tiempo a Camille en su camino espiritual. Ahora confiesa que quedó maravillado porque “en medio de esta desgracia terrible se vio la Gracia de Dios”. Este sacerdote quedó impresionado de que los jóvenes “viven su enfermedad y la proximidad de la muerte como una forma real de vida que es una gracia que llega a sus familias”.

“Supe que estaba lista”

En las pasadas Navidades esta joven parisina supo que la medicina no podría hacer nada por ella y que más tarde o más temprano moriría. Cuenta el padre Mahéas que “se fue de peregrinación con su familia. Vi volver a Camille con un rostro luminoso y pacificado. No había recibido la gracia de la curación física, sino la de la fe profunda que deseaba tan ardientemente. Supe que estaba lista”.

Camille afrontó su muerte con naturalidad y con la vista puesta en la vida eterna. Por ello, el 15 de marzo le entregó a su sacerdote una larga carta que debía entregar a sus padres el día de su muerte. A continuación juntos prepararon la misa funeral.

Eligió las lecturas y cantos de su funeral

Ella misma quiso elegir las lecturas. La primera era del libro de la Sabiduría cuando habla de que “Dios creo al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza”. El salmo escogido fue el 86 que pide a Dios: “guarda mi alma, porque yo te amo, salva a tu siervo que confía en ti”. Por último esta joven eligió un Evangelio de San Juan, un precioso pasaje en el que Jesús dice a sus discípulos que “no se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones, si no, os lo habría dicho”.

Tampoco las canciones fueron al azar. Para la entrada quiso que fuera uno titulado “Más cerca de mi Dios yo quiero descansar”. Para la comunión quiso que sus seres queridos cantasen “No tengo otro deseo que pertenecerte” y para el final dejó el canto de Simeón, “Ahora ya puedes dejar que me vaya en paz”.

La carta entregada a sus padres

En el funeral, el sacerdote entregó la carta que Camille había escrito en marzo. Ahora era el momento. “He vivido una vida maravillosa”, afirmaba. “Hago hincapié en este punto porque incluso estos dos años han estado llenos de felicidad. Aunque agotadores me han permitido descubrir dónde está la verdadera alegría: la alegría de la fe. ¡Qué hermosas situaciones parecen terribles a primera vista!”.

En su carta Camille agradece que “este amor que continuamente recibí me dio la fuerza para no perderme en el abatimiento y buscar la meta de mi vida, mi viaje. La he encontrado y estoy llena de alegría”.

De este modo, dirigiéndose a sus seres queridos y amigos añade que “el duelo es un tiempo de sufrimiento y soledad, un vacío terrestre terrible. Pero cuando te entregas al amor de Dios, nos damos cuenta de que los muertos están siempre ahí y nos guían. Son pequeños ángeles que nos llevan, nos sostienen, nos quieren y es importante dejarles un lugar en nuestros corazones. Estos pequeños ángeles son felices, afortunados”.

“Somos felices y estamos ahí”

Era ella misma la que en su propio funeral estaba consolando a la gente que tanto quería. “Este duelo es un aprendizaje que se hace poco a poco, otro tipo de relación con los que se fueron, relación más bella y constructiva”. La clave está en que este vacío “puede ser llenado por el amor infinito de Dios y de los difuntos del Cielo. La tristeza en este tiempo es comprensible pero Camille exhorta a su familia a que “esta fase no dure demasiado tiempo para evitar endurecer nuestros corazones”. “Somos felices y estamos siempre ahí”, asegura esta joven en la carta.

Por ello, invita a mirar más allá. Asegura que “la vida terrena no durará mucho tiempo y tenemos que prepararnos para la vida eterna. Por medio de nuestras oraciones y acciones nos preparamos para este paso feliz” Y es que aunque “algunos se van antes que otros, estos pocos años no son nada en comparación con la eternidad del amor que nos espera”.

“Entrégate a los brazos de María”

Incluso recomienda las cosas que a ella le han ayudado a hacer el paso de este mundo al Padre. “No dudéis en pedir ayuda a los sacerdotes, en acudir a los Sacramentos y a las personas guiadas por la fe e impregnadas del Espíritu Santo”.

Para acabar la carta hace esta exhortación: “No te encierres en tu dolor y déjate alimentar por los lazos del amor, amistad y la familia que te rodea. Estos lazos sacarán la fuerza para superar el dolor. Ten confianza y entrégate totalmente en los brazos de María para entrar en la esperanza de la salvación”. “Mis oraciones están con vosotros y os acompañarán siempre”, concluye.

Es por esto por lo que el sacerdote que tanto vivió con ella llegara a esta conclusión tras su muerte, tal y como contó a Famille Chrétienne: ” Camille me dio a entender que un santo no era alguien perfecto. Es alguien que con cuya vida refleja el corazón del Evangelio: de la muerte brota la Vida, y de la cruz la Resurrección”.


El maná de cada día, 9.11.12

noviembre 9, 2012

Dedicación de la Basílica de Letrán

Basílica de San Juan de Letrán, en Roma



PRIMERA LECTURA: Ezequiel  47, 1-2.8-9.12

En aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo. Del zaguán del templo manaba agua hacia levante –el templo miraba a levante–.

El agua iba bajando por el lado derecho del templo, al mediodía del altar. Me sacó por la puerta septentrional y me llevó a la puerta exterior que mira a levante. El agua iba corriendo por el lado derecho.

Me dijo: «Estas aguas fluyen hacia la comarca levantina, bajarán hasta la estepa, desembocarán en el mar de las aguas salobres, y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida; y habrá peces en abundancia. Al desembocar allí estas aguas, quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente.

A la vera del río, en sus dos riberas, crecerán toda clase de frutales; no se marchitarán sus hojas ni sus frutos se acabarán; darán cosecha nueva cada luna, porque los riegan aguas que manan del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales.»


SALMO 45,2-3.5-6.8-9

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro. Por eso no tememos aunque tiemble la tierra, y los montes se desplomen en el mar.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada. Teniendo a Dios en medio, no vacila; Dios la socorre al despuntar la aurora.

El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob. Venid a ver las obras del Señor, las maravillas que hace en la tierra: pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe.


SEGUNDA LECTURA: 1 Corintios 3, 9c-11.16-17

Sois edificio de Dios. Conforme al don que Dios me ha dado, yo, como hábil arquitecto, coloqué el cimiento, otro levanta el edificio. Mire cada uno cómo construye. Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo. ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.


ALELUYA: 2 Crónicas 7, 16

Elijo y consagro este templo –dice el Señor– para que esté en él mi nombre eternamente.


EVANGELIO: Juan 2, 13-22

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.

Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.»

Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»

Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?»

Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.»

Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.


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La dedicación de la Basílica de Letrán

Según una tradición que arranca del siglo XII, se celebra el día de hoy el aniversario de la dedicación de la basílica construida por el emperador Constantino en el Laterano. Esta celebración fue primero una fiesta de la ciudad de Roma; más tarde se extendió a toda la Iglesia de rito romano, con el fin de honrar aquella basílica, que es llamada «madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe y del Orbe», en señal de amor y de unidad para con la cátedra de Pedro que, como escribió san Ignacio de Antioquía, «preside a todos los congregados en la caridad».

Todos, por el bautismo, hemos sido hechos templos de Dios

De los sermones de san Cesáreo de Arlés, obispo

Hoy, hermanos muy amados, celebramos con gozo y alegría, por la benignidad de Cristo, la dedicación de este templo; pero nosotros debemos ser el templo vivo y verdadero de Dios. Con razón, sin embargo, celebran los pueblos cristianos la solemnidad de la Iglesia madre, ya que son conscientes de que por ella han renacido espiritualmente. En efecto, nosotros, que por nuestro primer nacimiento fuimos objeto de la ira de Dios, por el segundo hemos llegado a ser objeto de su misericordia. El primer nacimiento fue para muerte; el segundo nos restituyó a la vida.

Todos nosotros, amadísimos, antes del bautismo, fuimos lugar en donde habitaba el demonio; después del bautismo, nos convertimos en templos de Cristo. Y, si pensamos con atención en lo que atañe a la salvación de nuestras almas, tomamos conciencia de nuestra condición de templos verdaderos y vivos de Dios. Dios habita no sólo en templos construidos por hombres ni en casas hechas de piedra y de madera, sino principalmente en el alma hecha a imagen de Dios y construida por él mismo, que es su arquitecto. Por esto, dice el apóstol Pablo: El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.

Y, ya que Cristo, con su venida, arrojó de nuestros corazones al demonio para prepararse un templo en nosotros, esforcémonos al máximo, con su ayuda, para que Cristo no sea deshonrado en nosotros por nuestras malas obras. Porque todo el que obra mal deshonra a Cristo. Como antes he dicho, antes de que Cristo nos redimiera éramos casa del demonio; después hemos llegado a ser casa de Dios, ya que Dios se ha dignado hacer de nosotros una casa para sí.

Por esto, nosotros, carísimos, si queremos celebra con alegría la dedicación del templo, no debemos destruir en nosotros, con nuestras malas obras, el templo vivo de Dios. Lo diré de una manera inteligible para todos: debemos disponer nuestras almas del mismo modo como deseamos encontrar dispuesta la iglesia cuando venimos a ella.

¿Deseas encontrar limpia la basílica? Pues no ensucies tu alma con el pecado. Si deseas que la basílica esté bien iluminada, Dios desea también que tu alma no esté en tinieblas, sino que sea verdad lo que dice el Señor: que brille en nosotros la luz de las buenas obras y sea glorificado aquel que está en los cielos. Del mismo modo que tú entras en esta iglesia, así quiere Dios entrar en tu alma, como tiene prometido: Habitaré y caminaré con ellos.

Oración

Señor, tú que edificas el templo de tu gloria con piedras vivas y elegidas, multiplica en tu Iglesia los dones del Espíritu Santo, a fin de que tu pueblo crezca siempre para edificación de la Jerusalén celeste. Por nuestro Señor Jesucristo.


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