Oliver Sachs: la conversión del banquero que lo tenía todo

noviembre 8, 2012

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Por lo general, es más fácil abrirse a Dios cuando uno se sabe pobre o necesitado. Oliver tenía dinero, una familia sin problemas, prestigio profesional… pero se hacía algunas preguntas.

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Desde su juventud como estudiante brillante, Olivier Sachs era ateo convencido. Alcanzó el éxito en las finanzas en Nueva York, cargos de importancia en la banca en la City de Londres, en Zurich. Felizmente casado, con tres hijos preciosos, dinero de sobras, obras de arte… todo lo que la vida puede ofrecer.

Por insistencia de unos amigos, en 2004 se apuntó a un Curso Alpha en Londres: “¿por qué no probarlo? Soy un ateo convencido, me gusta el reto intelectual y tengo mucho tiempo. No me van a lavar el cerebro. De hecho, podría ser bastante divertido”. No podía imaginarse que apenas dos años escribiría en primera persona su testimonio de conversión en la revista Alpha News. Publicamos un extracto de ese testimonio.

Un joven genio de las finanzas

Nací y crecí en París. No me bautizaron ni me dieron una educación religiosa de niño. Mi padre es ateo y mi madre es católica.

A los 16 años me propusieron encontrarme con un grupo de gente de distintas religiones, para conocer sus creencias y decidirme sobre qué creer. Por ejemplo, el tío de mi madre era fuertemente católico, y había personas judías. Y leí libros sobre otras religiones.

Decidí que no creía que hubiese un Dios. Estudié ciencia y llegué a ser un ateo racionalista, convencido.

A los veinte años entré en la Escuela Politécnica con muy buenas notas, acabé mi carrera e hice tres años más de ingeniería civil y economía. Estaba convencido de ser lo mejor de lo mejor, la élite de la sociedad francesa, que el éxito era mérito mío y que era más inteligente que los demás. Era arrogante, egoísta y ambicioso.

En 1985, con 24 años, estaba en Nueva York cuando empezaban a abrirse los mercados financieros. Allí descubrí el mundo de las finanzas y los bancos. Y pensé: “Esto es lo que quiero. Quiero hacer dinero”.

Mi vida romántica seguía el ritmo del resto de mi vida: muy egoísta. De los 23 a 31 años tuve una novia a largo plazo, pero no estaba completamente comprometido. Yo tenía una carrera exitosa en Londres, era el típico chico de oro y amasaba cantidades absurdas de dinero.

Amor instantáneo

En 1991 el banco me invitó a volver a París, lo que era una promoción. Mi equipo allí supo que había roto con mi novia de siempre y se daban cuenta que estaba un poco perdido y triste. Me invitaron a una fiesta y allí conocí a Valerie. Fue amor instantáneo para los dos. Yo tenía 31 años, ella, 27.

Me declaré a Valerie en el día de San Valentín de 1993 y dijo “sí”. Su familia era católica y muy cristiana. Sabían que yo era ateo pero realmente me acogieron en su hogar. Había algo diferente en ellos.

Valerie tenía fe pero no iba a la iglesia con regularidad. Hablamos de nuestras creencias y dijo que quería casarse por la iglesia y bautizar nuestros hijos. Y yo no tenía objeción. Nos casamos en una gran boda en Francia en una iglesia católica el 29 de abríl de 1994. Vivíamos en Londres, me iba muy bien y aún me motivaba completamente el dinero.

A mi amigo Mark y a mí nos invitaron a ser profesores en una grande escuela de negocios de París, algo muy inusual para gente de nuestra edad. Iba a Francia cada fin de semana a dar conferencias. Y pensaba: ”No sólo soy un tío importante en la City en Londres, sino también profesor en esta famosa escuela de Francia”.

Después, el banco me invitó a ir a Suiza, a la oficina principal de Zurich, y allí estábamos en 1995. Estuvimos cinco años. Profesionalmente fue un gran éxito para mí, y allí nacieron nuestros tres hijos: Charlotte, 10 años, Valentine, 8, y Sebastien, 6.

Cautivado por la belleza

En Suiza empecé a interesarme por el arte y el coleccionismo. Compré mis primeras esculturas y pinturas. Como en todo lo que hacía, era bastante perfeccionista y quería aprender mucho del tema, y si estás interesado en los grandes maestros, tienes que aprender de sus temas religiosos.

Realmente me tocaron algunas obras de arte y la inspiración espiritual tras ellas, como la Pietá de Miguel Ángel. Había una fuerte sensación de que él había tenido una inspiración divina. Inconscientemente, aquello me tocó.

Volvimos a Londres en el 2000. Para entonces mi amigo Mark se había casado con Florence y enpezaron a hablarnos de su iglesia, Holy Trinity Brompton (HTB) y del Curso Alpha. Me preocupaba bastante que fuera una secta.

Yo había conseguido un estilo de vida bastante confortable, y la única razón para seguir trabajando era bastante futil: mantener mi fuerte ego en una cultura de triunfadores mostrando que podía ser aún más triunfador y continuar coleccionando obras de arte. Estaba más y más tentado a dejar de trabajar.

En este tiempo Mark se tomó una temporada sabática para intentar convencer a algunos obispos clave de la Iglesia católica en Francia de que usaran los Cursos Alpha. Y Alpha empezó su andadura en Francia.

En el 2001 Mark y Florence nos dijeron: ”En HTB están haciendo un Curso de Matrimonios. No es religioso”.

Y pensé: ”¿Por qué no ir? Tenemos un buen matrimonio, pero siempre puedes mejorarlo. Vamos.”

Había entre 30 y 50 parejas. Fue una oportunidad para descubrir que la gente en HTB era normal, más aún, geniales, amigables e inteligentes. Mark y Florence impartían Alpha en Francia, y nos contaban esas increíbles historias de pequeños milagros que pasaban en los cursos. Yo simplemente pensaba que se autoengañaban.

Dejé el banco en 2003. Pasé un año yendo a museos y subastas de arte. Pasaba mucho tiempo con mi familia y de vacaciones. Era genial.

“Me gusta el reto intelectual”

Y pensé: ”Bien, hacen el curso Alpha en HTB, ¿por qué no intentarlo? Soy un ateo convencido, me gusta el reto intelectual y tengo mucho tiempo. Conozco la gente de HTB, son inteligentes e interesantes. No me van a lavar el cerebro. De hecho, podría ser bastante divertido.” Hablé con Valerie y decidimos ir juntos.

Fuimos a Alpha Matutino (el curso diurno de Alpha) en enero de 2004. Pensé que la gente era muy agradable, pero aún me mantenía a la defensiva pensando: ”Esta gente se autoengaña, de una manera u otra”. Decidí que eran sinceros pero que se engañaban.

Encontré las charlas interesantes, me gustaba su aproximación sistemática y racional porque soy una persona muy racional. Siempre había estado convencido de que el cristianismo estaba equivocado, lleno de contradicciones, que no tenía sentido. ¡Y el comportamiento contradictorio de la Iglesia a lo largo de la historia!

Pensaba: ”No hay manera de reconciliar todo esto, así que no puede ser verdadero”. Pasaban las semanas, y seguía diciéndo a la gente: “Soy ateo, no me creo todo esto”, pero no agresivamente.

Hacía preguntas todo el rato, buscaba comprobaciones, lecturas y referencias cruzadas, dobles y triples. A lo largo del curso me di cuenta de que en el supuesto de que creas en Dios entonces había una lógica y todo el tema se hacía plausible. ¡Era un supuesto grande!

Un asunto que resultaba ser un gran problema para mí era lo del salto de fe. Simplemente no podía captar a qué se referían. ¿Cómo puedes decidir que vas a creer en algo? ¡O lo crees o no lo crees!

“Deseaba que algo me sucediese”

Fuimos al fin de semana Alpha a Chichester. Nos llevamos los niños y nos encantó. Tuvimos la sesión del Espíritu Santo el sábado por la tarde. Esperaba que hubiese rayos o algo así, veía muchas cosas sucediendo a la gente a mi alrededor, pero nada pasaba conmigo. “¿Es que se engañan o soy la única persona racional aquí?”, pensaba. Pero también sabía que deseaba que algo me sucediese.

Fui a Nicky Gumbel [el fundador de Alpha que impartía el curso] y le pedí que rezara por mí. Y me dirigió en una oración. Fui feliz de decir la oración y pienso que fue genuina. La oración era básicamente: ”Perdón (por lo que he hecho mal), gracias (por morir por mí, aunque esto no lo entendía realmente), por favor (ven a mi vida)”.

Aquel primer curso Alpha respondió a la mayoría de mis inquietudes intelectuales sobre el cristianismo. Ahora empezaba a mirar mi vida ligeramente diferente.

Regalos de Dios

¿No podía ser que todo lo que había conseguido no fuese por mérito mío sino regalos de Dios?

Inconscientemente me iba dando cuenta de que el Señor había sido paciente y bueno conmigo. Él me había dado todos estos regalos, bendiciones y libertad que me habían permitido triunfar en el mundo humano.

Me había dado todo lo que quería: una esposa maravillosa, una familia fantástica, una gran casa. Pero aún no estaba seguro, no habría dicho que era cristiano en ese momento, estaba en proceso, pero debía tener algo de fe, porque cada día rezaba y leía la Biblia. Realmente algo estaba cambiando.

Valerie había disfrutado del curso y su fe había reavivado completamente. Nos invitaron a ayudar en el siguiente curso Alpha Matutino.

En este curso llegó el segundo elemento: el salto de fe. Veía tantas vidas transformadas a mi alrededor, más allá de la comprensión humana que tenía que ser verdad. Un día, caminando por la calle, me di cuenta de que yo era cristiano. Fue el 2 de marzo de 2004.

Me bauticé en junio de 2004 al acabar el segundo curso, y me confirmé en diciembre con el obispo de Londres.

Evangelizar en el lugar de trabajo

Ahora, dos años después [diciembre 2006], ha habido un gran cambio en mi vida. Desde fuera no se nota, porque vivimos el mismo estilo de vida, pero ha cambiado dramáticamente. Continuamos ayudando en los siguientes cursos y vamos a la Iglesia los domingos. También me pidieron ayudar en Alpha en el Lugar de Trabajo, por mi historial laboral. Tenemos 35 cursos en el Reino Unido y quiero hacer un curso con mis antiguos empleados y ayudamos a Mark y Florence en Alpha Francia.


El maná de cada día, 8.11.12

noviembre 8, 2012

Jueves de la 31ª semana del Tiempo Ordinario

Deja las noventa y nueve y va tras la descarriada



PRIMERA LECTURA: Fílipenses 3, 3-8a

Los circuncisos somos nosotros, que damos culto con el Espíritu de Dios, y que ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en la carne.

Aunque, lo que es yo, ciertamente tendría motivos para confiar en la carne, y si algún otro piensa que puede hacerlo, yo mucho más, circuncidado a los ocho días de nacer, israelita de nación, de la tribu de Benjamín, hebreo por los cuatro costados y, por lo que toca a la ley, fariseo; si se trata de intransigencia, fui perseguidor de la Iglesia, si de ser justo por la ley, era irreprochable.

Sin embargo, todo eso que para mí era ganancia lo consideré pérdida comparado con Cristo; más aún, todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo.


SALMO 104, 2-3.4-5.6-7

Que se alegren los que buscan al Señor.

Cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas; gloriaos de su nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor.

Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro. Recordad las maravillas que hizo, sus prodigios, las sentencias de su boca.

¡Estirpe de Abrahán, su siervo; hijos de Jacob, su elegido! El Señor es nuestro Dios, él gobierna toda la tierra.


ALELUYA: Mateo 11, 28

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré, dice el Señor.


EVANGELIO: Lucas 15, 1-10

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle.
Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

Jesús les dijo esta parábola: «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.”

Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.”

Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»
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AMIGO DE LOS PECADORES

P. Francisco Fernández Carvajal

— Son los enfermos quienes tienen necesidad de médico. Jesús ha venido a curarnos.

— La oveja perdida. La alegría de Dios ante nuestras diarias conversiones.

— Jesucristo sale muchas veces a buscarnos.

I. Leemos en el Evangelio de la Misa1 que publicanos y pecadores se acercaban a Cristo para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: este recibe a los pecadores y come con ellos.

Meditando la vida del Señor podemos ver con claridad cómo toda ella manifiesta su absoluta impecabilidad. Más aún, Él mismo preguntará a quienes le acusan: ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?2, y «durante toda su vida, lucha con el pecado y con todo lo que engendra pecado, comenzando por Satanás, que es padre de la mentira… (cfr. Jn 8, 44)»3.

Esta batalla de Jesús contra el pecado y contra sus raíces más profundas no le aleja del pecador. Muy al contrario, lo aproxima a los hombres, a cada hombre. En su vida terrena Jesús solía mostrarse particularmente cercano de quienes, a los ojos de los demás, pasaban por «pecadores» o lo eran de verdad. Así nos lo muestra el Evangelio en muchos pasajes; hasta tal punto que sus enemigos le dieron el título de amigo de publicanos y de pecadores4. Su vida es un constante acercamiento a quien necesita la salud del alma. Sale a buscar a los que precisan ayuda, como Zaqueo, en cuya casa Él mismo se invitó: Zaqueo, baja pronto -le dice-, porque hoy me hospedaré en tu casa5.

El Señor no se aleja, sino que va en busca de los más distanciados. Por eso acepta las invitaciones y aprovecha las circunstancias de la vida social para estar con quienes no parecían tener puestas sus esperanzas en el Reino de Dios. San Marcos nos indica cómo después del llamamiento de Mateo, muchos publicanos y pecadores estaban a la mesa con Jesús y con sus discípulos6. Y Cuando los fariseos murmuran de esta actitud, Jesús responde: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos…7.

Aquí, sentado con estos hombres que parecen muy alejados de Dios, se nos muestra Jesús entrañablemente humano. No se aparta de ellos; por el contrario, busca su trato. La manifestación suprema de este amor por quienes se encuentran en una situación más apurada tuvo lugar en el momento de dar su vida por todos en el Calvario. Pero en este largo recorrido hasta la Cruz, su existencia es una manifestación continua de interés por cada uno, que se expresa en estas palabras conmovedoras: El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino a servir…8.

A servir a todos: a quienes tienen buena voluntad y están más preparados para recibir la doctrina del Reino, y a quienes parecen endurecidos para la Palabra divina.

La meditación de hoy nos debe llevar a aumentar nuestra confianza en Jesús cuanto mayores sean nuestras necesidades; especialmente si en alguna ocasión sentimos con fuerza la propia flaqueza: Cristo también está cercano entonces. De igual forma, pediremos con confianza por aquellos que están alejados del Señor, que no responden a nuestro desvelo por acercarlos a Dios y que aun parece que se distancian más. «¡Oh, qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío –exclama Santa Teresa–: que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad!»9.

II. Jesucristo andaba constantemente entre las turbas, dejándose asediar por ellas, aun después de caída ya la noche10, y muchas veces ni siquiera le permitían un descanso11. Su vida estuvo totalmente entregada a sus hermanos los hombres12, con un amor tan grande que llegará a dar la vida por todos13. Resucitó para nuestra justificación14; ascendió a los Cielos para prepararnos un lugar15; nos envía su Espíritu para no dejarnos huérfanos16. Cuanto más necesitados nos encontramos, más atenciones tiene con nosotros. Esta misericordia supera cualquier cálculo y medida humana; es «lo propio de Dios, y en ella se manifiesta de forma máxima su omnipotencia»17.

El Evangelio de la Misa continúa con esta bellísima parábola, en la que se expresan los cuidados de la misericordia divina sobre el pecador: Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la carga sobre los hombros muy contento; y al llegar a casa reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: ¡Felicitadme! he encontrado la oveja que se me había perdido. «La suprema misericordia –comenta San Gregorio Magno– no nos abandona ni aun cuando lo abandonamos»18. Es el Buen Pastor que no da por definitivamente perdida a ninguna de sus ovejas.

Quiere expresar también aquí el Señor su inmensa alegría, la alegría de Dios, ante la conversión del pecador. Un gozo divino que está por encima de toda lógica humana: Os digo que así también habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse, como un capitán estima más al soldado que en la guerra, habiendo vuelto después de huir, ataca con más valor al enemigo, que al que nunca huyó pero tampoco mostró valor alguno, comenta San Gregorio Magno; igualmente, el labrador prefiere mucho más la tierra que, después de haber producido espinas, da abundante mies, que la que nunca tuvo espinas pero jamás dio mies abundante19.

Es la alegría de Dios cuando recomenzamos en nuestro camino, quizá después de pequeños fracasos en esas metas en las que estamos necesitados de conversión: luchar por superar las asperezas del carácter; optimismo en toda circunstancia, sin dejarnos desalentar, pues somos hijos de Dios; aprovechamiento del tiempo en el estudio, en el trabajo, comenzando y terminando a la hora prevista, dejando a un lado llamadas por teléfono inútiles o menos necesarias; empeño por desarraigar un defecto; generosidad en la mortificación pequeña habitual… Es el esfuerzo diario para evitar «extravíos» que, aunque no gravemente, nos alejan del Señor.

Siempre que recomenzamos, cada día, nuestro corazón se llena de gozo, y también el del Maestro. Cada vez que dejamos que Él nos encuentre somos la alegría de Dios en el mundo. El Corazón de Jesús «desborda de alegría cuando ha recobrado el alma que se le había escapado. Todos tienen que participar en su dicha: los ángeles y los escogidos del Cielo, y también deben alegrarse los justos de la tierra por el feliz retorno de un solo pecador»20. Alegraos conmigo…, nos dice. Existe también una alegría muy particular cuando hemos acercado a un amigo o a un pariente al sacramento del perdón, donde Jesucristo le esperaba con los brazos abiertos.

Señor -canta un antiguo himno de la Iglesia-, has quedado extenuado, buscándome: //¡Que no sea en vano tan grande fatiga!21.

III. Y cuando la encuentra, la carga sobre los hombros muy contento…

Jesucristo sale muchas veces a buscarnos. Él, que puede medir en toda su hondura la maldad y la esencia de la ofensa a Dios, se nos acerca; Él conoce bien la fealdad del pecado y su malicia, y sin embargo «no llega iracundo: el Justo nos ofrece la imagen más conmovedora de la misericordia (…). A la Samaritana, a la mujer con seis maridos, le dice sencillamente a ella y a todos los pecadores: Dame de beber (Jn 3, 4-7). Cristo ve lo que ese alma puede ser, cuánta belleza –la imagen de Dios allí mismo–, qué posibilidades, incluso qué “resto de bondad” en la vida de pecado, como una huella inefable, pero realísima, de lo que Dios quiere de ella»22.

Jesucristo se acerca al pecador con respeto, con delicadeza. Sus palabras son siempre expresión de su amor por cada alma. Vete y no peques más23, advertirá solamente a la mujer adúltera que iba a ser apedreada. Hijo mío, ten confianza, tus pecados te son perdonados24, dirá al paralítico que, tras incontables esfuerzos, había sido llevado por sus amigos hasta la presencia de Jesús. A punto de morir, hablará así al Buen Ladrón: En verdad, en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso25. Son palabras de perdón, de alegría y de recompensa. ¡Si supiéramos con qué amor nos espera Cristo en cada Confesión! ¡Si pudiéramos comprender su interés en que volvamos!

Es tanta la impaciencia del Buen Pastor que no espera a ver si la oveja descarriada vuelve al redil por su cuenta, sino que sale él mismo a buscarla. Una vez hallada, ninguna otra recibirá tantas atenciones como esta que se había perdido, pues tendrá el honor de ir a hombros del pastor. Vuelta al redil y «pasada la sorpresa, es real ese más de calor que trae al rebaño, ese bien ganado descanso del pastor, hasta la calma del perro guardián, que solo alguna vez, en sueños, se sobresalta y certifica, despierto, que la oveja duerme más acurrucada aún, si cabe, entre las otras»26. Los cuidados y atenciones de la misericordia divina sobre el pecador arrepentido son abrumadores.

Su perdón no consiste solo en perdonar y olvidar para siempre nuestros pecados. Esto sería mucho; con la remisión de las culpas renace además el alma a una vida nueva, o crece y se fortalece la que ya existía. Lo que era muerte se convierte en fuente de vida; lo que fue tierra dura es ahora un vergel de frutos imperecederos.

Nos muestra el Señor en este pasaje del Evangelio el valor que para Él tiene una sola alma, pues está dispuesto a poner tantos medios para que no se pierda, y su alegría cuando alguno vuelve de nuevo a su amistad y a su cobijo. Y este interés es el que hemos de tener para que los demás no se extravíen y, si están lejos de Dios, para que vuelvan.

1 Lc 15, 1-10. 2 Jn 8, 46. — 3 Juan Pablo II, Audiencia general 10-II-1988. — 4 Cfr. Mt 11, 18-19. — 5 Cfr. Lc 19, 1-10. — 6 Cfr. Mc 2, 13-15. — 7 Cfr. Mc 2, 17.— 8 Mc 10, 45. — 9 Santa Teresa, Exclamaciones, n. 8. — 10 Cfr. Mc 3, 20. — 11 Cfr. Ibídem. — 12 Cfr. Gal 2, 20. — 13 Cfr. Jn 13, 1. — 14 Cfr. Rom 4, 25. — 15 Cfr. Jn 14, 2. — 16 Cfr. Jn 14, 18 — 17 Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 30, a. 4. — 18 San Gregorio Magno, Homilía 36 sobre los Evangelios. — 19 Cfr. ídem, Homilía 34 sobre los Evangelios, 4. — 20 G. Chevrot, El Evangelio al aire libre, pp. 84-85. — 21 Himno Dies irae. — 22 F. Sopeña, La Confesión, pp. 28-29. — 23 Jn 8, 11. — 24 Mt 9, 2. — 25 Lc 24, 43. — 26 F. Sopeña, o. c. p. 36.

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