Fue un regalo de Dios a la Iglesia y todavía no hemos entendido todo lo que nos dijo

octubre 23, 2012

Mons. Francis Arizen

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Así ve a cincuenta años vista el
Vaticano II el más joven padre
conciliar, el cardenal nigeriano
Francis Arinze

Por H. Sergio Mora
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ROMA, 20 octubre 2012 (ZENIT.org)

Era el padre conciliar más joven que participó en la cuarta sesión del Concilio Vaticano II, apenas nombrado obispo. Hoy el cardenal Francis Arinze, con 80 años bien llevados, asegura que el Concilio Vaticano II fue una gracia para la Iglesia, sin la cual solo Dios puede saber como habrían ido las cosas.

El planteamiento hacia el mundo que dio la Gaudium et Spes y los otros documentos son los instrumentos que le permitieron a la Iglesia enfrentar el tsunami de la secularización. Lo indicó su excelencia en entrevista exclusiva a ZENIT que les proponemos a continuación, en la que nos habla también sobre si es necesario o no Vaticano III y del sacramento de la reconciliación.

Francis Arinze, nacido en Eziowelle, Nigeria, en 1932, es prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, de 2002 y 2008. Fue incluso uno de los candidatos barajados en la última elección papal. Nació cuando Nigeria era colonia británica, en la archidiócesis de Onitsha, de la que llegaría a ser arzobispo. Se convirtió al catolicismo de un religión tradicional africana y fue bautizado en su noveno cumpleaños.

Usted fue el obispo más joven del Concilio, ¿verdad?

–Card. Arinze: Participé solamente en la última de las cuatro sesiones del Concilio Vaticano II, apenas consagrado obispo en agosto de 1965. Para mi fue el inicio, algo que no se puede olvidar. Sabía que la Iglesia era universal, entretanto ver a dos mil y tantos obispos llegados desde todas las partes del mundo, y grandes nombres como Ottaviano, Suenens, Frings, Alfrink, Doepfner, Montini y otros menos conocidos era impresionante. ¿Quién podía saber que el entonces Wojtyla o el joven cardenal Ratzinger habrían sido papas? Si bien Dios lo sabía. Era el más joven, no tenía gran cosa que decir, para mi era importante escuchar a los mayores; además porque en mi cultura africana el joven no tiene que hablar cuando lo hacen los mayores.

¿Cómo ve hoy al Vaticano II con una perspectiva de cincuenta años?

— Card. Arinze: El Concilio fue un regalo de Dios a toda la Iglesia, un patrimonio inacabado visto que después de cincuenta años no fuimos capaces de entender todo lo que nos dijo.

Poco después del Concilio llega el 68, con la revolución de la Sorbona y el tsunami de la secularización. ¿Qué hubiera sucedido si estos hechos hubieran sucedido sin antes el Concilio Vaticano II?

–Card. Arinze: Sólo Dios sabe qué hubiera pasado. Nosotros podemos quizás intuirlo. Seguramente la Iglesia hubiera tenido fuerte dificultad para vivir con el mundo de hoy. La historia no se detiene, el mundo continúa con lo que tiene de positivo y de negativo. Aquella rebelión de 1968 golpeó a las universidades, pero también a los sacerdotes, los seminarios. No perdonó a nadie. Y fue una prueba dura, también para los padres porque los hijos se rebelaban.

Y el Concilio, cómo ayudó ante este desafío?

— Card. Arinze: El Concilio Vaticano II dió muchos instrumentos a la Iglesia que ayudaron, no diría a enfrentar, sino más bien a encontrar al mundo de hoy, no como un enemigo, sino como peregrinos que están en la vida. Como se ve en el documento Gaudium et Spes, la Iglesia quiere hacer participar en la esperanza los proyectos del mundo de hoy, aunque por lo que se refiere a los valores, quiere ayudarlo. Nosotros no somos del mundo pero estamos en el mundo. La basílica de san Pedro no es una sacristía que es necesario llenar con todos los cristianos, sino que ellos tienen que estar por todas partes. La Iglesia tienen que encontrar al mundo de hoy, pueblos, idiomas, costumbres, estén o no en línea con el evangelio. Y también a las religiones cristiana, musulmana, budista, etc. Nos ayudó a encontrar al hombre y a los jóvenes y a sus preguntas.

¿Cuál es la mayor dificultad que encuentra el Vaticano II?

–Card. Arinze: La mayor dificultad es que muchos no leen los documentos del Concilio. Hablan porque ‘oyeron decir’ y se nutren de aquel comentario negativo de alguien, cuando lo que deberían hacer es leer sus documentos. Y vale también para mi que participé a la última sesión cuando la mitad de los documentos ya habían sido finalizados. El gran obstáculo es que algunas personas tienen ideas fijas y han tomado una decisión antes de leer los documentos. Y entonces si no ven aquellas ideas suyas en el Vaticano II quieren un Vaticano III o IV.

¿Y las críticas?

— Card. Arinze: Están también quienes leen los documentos para buscar algo en concreto, y si ven una línea que dice algo que se parece a sus teorías, entonces paran enseguida de leer por miedo de arruinar sus tesis. Entretanto si uno lee los dieciséis documentos se ve la visión positiva, gozosa, no de Jeremías profeta que se lamenta desde el 1 de enero al 31 de diciembre.

¿Hoy cincuenta años después, el Concilio se ve con más madurez? ¿Es posible que se logre entender mejor?

–Card. Arinze: Sí, es posible, siempre sin embargo que la persona esté serena, no tenga prejuicios, y ni miedo a lo que verdaderamente se dijo. La persona que lee entiende que la Iglesia es divina y humana, con elementos divinos que nunca fallan y elementos humanos que pueden venir a menos. Entonces no pretendamos que el Vaticano II haya resuelto todos los problemas de toda la humanidad. Un día llegará también un Vaticano III. No hay que pensar que sea una Iglesia nueva, diversa de la preconciliar. Es la misma Iglesia que progresa al entender mejor el evangelio y testimoniar a Jesús.

Eminencia ¿Usted a veces no tiene la impresión que quien pide un Vaticano III, en el fondo quiere otra Iglesia?

–Card. Arinze: No podemos no sospechar esto, si bien debemos suponer que la persona que lo propone sea honesta. Aunque me gustaría preguntarle: “¿Ha leído todo el Vaticano II y lo ha digerido? ¿O hay alguna otra cosa que usted quiere y como el Vaticano II no lo dijo, piensa en un Vaticano III? No podemos hacer un concilio cada semana. Además está el Sínodo de los Obispos casi cada tres años.

¿Hay cosas que ni un concilio puede cambiar?

–Card. Arinze: Sí, por ejemplo los diez mandamientos, incluso si se celebraran diez o cuarenta concilios.

¿Sobre el futuro a la luz del Concilio?

–Card. Arinze: El Concilio ha ayudado a la Iglesia a presentarse ante el mundo de hoy, ante la realidad. Encontrar en Cristo la clave para dar testimonio. No somos nosotros quienes inventamos la Iglesia sino Jesús, y el Concilio nos ayuda de maneras diversas a encontrar al otro cristiano que no es católico. Al otro creyente o al no creyente. Esta apertura es valiosísima, sin por esto dudar nunca de nuestra fe. Quien duda de la fe en Cristo ha perdido la identidad cristiana, como un ciudadano que perdió la noción de su país no puede ser embajador.

¿Cuál fue la visión del Concilio sobre María?

–Card. Arinze: Nos orientó muy bien sobre cómo entender mejor a la Madre de Dios, María Santísima, en el contexto de toda la Iglesia y en el contexto de Cristo. Y como madre de Cristo y figura de la Iglesia. Por esto el Concilio no quiso discutir sobre mariología separadamente de la eclesiología. Y dejó claro que no somos nosotros quienes hacemos grande a María, sino que fue Dios quien hizo grandes cosas por Ella. La devoción mariana reconoce esta grandeza ya existente.

Un cristiano que no venera a María Santísima tiene que ser invitado a leer el capítulo VIII de la Lumen Gentium, y si no le basta puede ver Mateo y Lucas, en los dos primeros capítulos, o el capítulo XIX de Juan.

Se ha hablado mucho en el Sínodo sobre la confesión como instrumento de nueva evangelización

–Card. Arinze: ¿Cómo podemos dar testimonio o predicar a Jesús si no nos hemos convertido? Él nos invita: “Conviértanse y crean en el evangelio”, y nos dice: si no hacen penitencia no se salvarán. Entonces no es facultativa. Es el gran sacramento del pueblo de Dios para la reconciliación y la paz.

Ir a confesarse ante Dios no es como ir a hacerlo a un tribunal, en el cual el imputado niega todas las acusaciones, dice que ese día no estaba allí. La confesión no es así. Es decir: “por mi culpa”. No es por culpa del gobierno o de mi suegra. Quien acepta ser culpable acepta cambiar de vida, y vuelve a casa con la paz interior.

Y a veces quien no quiere confesarse después va al psiquiatra o al psicoanalista, paga una buena cantidad y no se lleva el perdón.


El maná de cada día, 23.10.12

octubre 23, 2012

Martes de la 29ª semana del Tiempo Ordinario

Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela



PRIMERA LECTURA: Efesios 2, 12-22

Antes no teníais un Mesías, erais extranjeros a la ciudadanía de Israel y ajenos a las instituciones portadoras de la promesa. En el mundo no teníais ni esperanza ni Dios. Ahora, en cambio, estáis en Cristo Jesús.

Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su carne el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la Ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear con los dos, en él, un solo hombre nuevo.

Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a vosotros, los de lejos; paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.

Por lo tanto, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo. Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor.

Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.


SALMO 84, 9ab-10.11-12.13-14

Dios anuncia la paz a su pueblo

Voy a escuchar lo que dice el Señor: «Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos.» La salvación está ya cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra.

La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo.

El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos.


EVANGELIO: Lucas 12, 35-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.»

ESTE DESEO Y ESPERANZA
SON LOS QUE NOS HACEN CRISTIANOS

San Agustín, Sermón 108,1-4

Acabáis de oír lo que nos advierte el evangelio precaviéndonos y queriendo que estemos dispuestos y preparados a la espera del último día. De forma que, después del último día de este mundo que ha de temerse, llegue el descanso que no tiene fin. Bienaventurados quienes lo consigan. Entonces estarán seguros quienes ahora carecen de seguridad, y temerán quienes ahora no quieren temer. Este deseo y esperanza son los que nos hacen cristianos. ¿Acaso nuestra esperanza es una esperanza mundana?

No amemos el mundo. Fuimos llamados del amor de este siglo para amar y esperar el otro. En éste debemos abstenernos de todos los deseos ilícitos, es decir, debemos ceñir nuestros lomos y hervir y brillar en buenas obras, que equivale a tener encendidas las lámparas. En otro lugar del evangelio dijo el Señor a sus discípulos: Nadie enciende una lámpara y la coloca bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Y para indicar por qué lo decía, añadió estas palabras: Luzca así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro padre que está en los cielos (Mt 5,15-16).

Así, pues, quiso que tuviéramos ceñidos nuestros lomos y encendidas las lámparas. ¿Qué significa ceñir los lomos? Apártate del mal. ¿Qué significa lucir? ¿Qué tener encendidas las lámparas? Y haz el bien (Sal 36,27). Y ¿qué significa lo añadido: Y vosotros sed semejantes a los hombres que esperan a su Señor cuando regrese de las bodas (Lc 12,36), sino lo que se consigna en el salmo: Busca la paz y persíguela? (Sal 33,15).

Estas tres cosas, a saber, el abstenerse del mal, el obrar el bien y el esperar el premio eterno se mencionan en los Hechos de los Apóstoles, donde se escribe que San Pablo les enseñaba la continencia, la justicia y la vida eterna (Hch 24,25).

A la continencia corresponde el tener los lomos ceñidos; a la justicia las lámparas encendidas y a la expectación del Señor la esperanza de la vida eterna. Luego el apartarse del mal es la continencia, es decir, tener los lomos ceñidos; haz el bien, es la justicia, o sea, las lámparas encendidas; busca la paz y persíguela es la expectación del siglo futuro. Por tanto, sed semejantes a los hombres que esperan a su Señor, cuando regrese de las bodas.

Teniendo estos mandatos y promesas, ¿por qué buscamos los días buenos en la tierra donde no podemos encontrarlos? Sé que los buscáis, al menos cuando estáis enfermos u os halláis en medio de las tribulaciones que abundan en este mundo. Porque cuando la edad toca a su fin, el anciano está lleno de achaques y sin gozo alguno. En medio de las tribulaciones que torturan al género humano, los hombres no hacen otra cosa que buscar días buenos y desear una vida larga que no pueden conseguir aquí.

La vida larga del hombre, en efecto, es tan corta en comparación con la duración de aquel siglo universal, como una gota de agua lo es en comparación con la inmensidad del mar; pues, ¿qué es la vida del hombre, incluso la que se denomina larga? Llaman vida larga a la que ya en este siglo es breve y a la que, como dije, está llena de gemidos hasta la decrépita vejez.

Aquí todo es corto y breve y, sin embargo ¡con qué afán la buscan los hombres! ¡Con cuánto esmero, con cuánto trabajo, con cuántos cuidados y desvelos, con cuántos esfuerzos buscan los hombres vivir largos años y llegar a viejos! Y el mismo vivir largo tiempo, ¿qué es sino correr hacia el fin de la vida?

Viviste el día de ayer y quieres vivir el día de mañana. Pero, al pasar el de hoy y el de mañana, ésos tendrás de menos. De aquí que cuando deseas que brille un día nuevo, deseas al mismo tiempo que se acerque aquel otro al que no quieres llegar. Invitas a tus amigos a un alegre aniversario y a quienes te felicitan les oyes decir: «Que vivas muchos años». Y tú deseas que acontezca según ellos te dijeron. Pero ¿qué deseas? Que se sucedan unos a otros y que, sin embargo, no llegue el último. Tus deseos se contradicen: quieres andar y no quieres llegar.

Si, como dije, a pesar de las fatigas diarias, perpetuas y gigantescas, ponen los hombres tanto cuidado en morir lo más tarde posible, ¡cuánto mayor no debe ser el esmero para no morir nunca! Mas en esto nadie quiere pensar. A diario se buscan los días buenos en este siglo en que no los hay y nadie quiere vivir de modo adecuado para llegar a donde se encuentran.

Por ello nos amonesta la Escritura con estas palabras: ¿Quién es el hombre que ama la vida y quiere ver días buenos? (Sal 33,13). La pregunta la hizo la Escritura que ya sabía lo que iba a responder. Sabe, en efecto, que todos los hombres buscan la vida y los días buenos.

También vosotros, al hablaros y preguntar: ¿Quién es el hombre que ama la vida y quiere ver días buenos? respondisteis en vuestro corazón: «Yo». Porque también yo que os hablo amo la vida y los días buenos. Lo que buscáis vosotros, eso busco yo también.


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