En la liturgia de la comunidad cristiana no hay extranjeros

octubre 8, 2012

En la oración litúrgica entramos en el ‘nosotros’ de la Iglesia que ora

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Benedicto XVI recordó en la Audiencia General

que se ora con toda la Iglesia Universal
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CIUDAD DEL VATICANO, jueves 4 octubre 2012 (ZENIT.org).-

Ayer miércoles, durante la Audiencia General desarrollada en la plaza de San Pedro en el Vaticano, el santo padre Benedicto XVI continuó con su catequesis sobre la oración, e invitó a los fieles a preguntarse: “¿Reservo un espacio suficiente para la oración en mi vida y, sobre todo, qué lugar tiene en mi relación con Dios la oración litúrgica, especialmente la Santa Misa?”.

En su ya conocido estilo de catequista universal, el papa explicó que “la vida de oración es vivir en relación con Dios como si viviese las relaciones habituales de nuestra vida, aquellas con los familiares más queridos, con los verdaderos amigos”. Y recordó que esto es posible porque, tal como dice san Pablo en Romanos 6, 5: “por el Bautismo se ha comenzado a ser uno con Él”.

Y mediante esa comunión con Cristo, dijo, es que podemos conocer a Dios como verdadero Padre (cf. Mt. 11, 27), porque “la oración cristiana consiste en mirar de manera constante y en una forma siempre nueva a Cristo, hablar con Él, permanecer en silencio con Él, escucharlo, actuar y sufrir con Él”.

Con el fin de evitar el riesgo del individualismo, recordó el papa que a Cristo se le descubre y se le conoce como una persona viviente, en la Iglesia, que es “su cuerpo”. Y sobre los alcances de esta relación, subrayó que “encontrar la propia identidad en Cristo significa lograr una comunión con Él, que no me anula, sino que me eleva a la dignidad más alta, aquella de hijo de Dios en Cristo”.

La oración en la liturgia es importante, añadió, porque “hacemos nuestro el lenguaje de la Madre Iglesia, aprendemos a hablar en ella y por ella”. Y la mejor manera de alcanzarlo es “sumergirme progresivamente en las palabras de la Iglesia, con mi oración, con mi vida, con mi sufrimiento, con mi alegría, con mis pensamientos”.

Volviendo a la pregunta inicial, el pontífice reflexionó sobre cómo se aprende a orar, trayendo como modelo nuevamente a Jesús, quien enseñó a sus discípulos el Padre Nuestro. Y a partir de este, dijo, “aprendo a orar, alimento mi oración, dirigiéndome a Dios como Padre y orando con otros, orando con la Iglesia, aceptando el regalo de sus palabras, que me resultan poco a poco familiares y ricas de sentido”.

Y subrayó que este diálogo entre Dios y el hombre incluye siempre un “con”, porque “no se puede orar a Dios de modo individualista”. Y es por ello que en la oración litúrgica, especialmente en la Eucaristía “no hablamos solo como individuos, sino que entramos en el ‘nosotros’ de la Iglesia que ora”.

Dado que la liturgia implica universalidad, y no la “auto-manifestación” de una comunidad, el santo padre recordó que este carácter universal debe entrar una y otra vez en el conocimiento de todos, “y que todo cristiano se sienta y sea realmente insertado en este ‘nosotros’ universal, que brinda la base y el refugio al “yo”, en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia”.

Por otro lado, explicó que si en la celebración no emerge la centralidad de Cristo, “no tendremos liturgia cristiana”, pues no es el individuo -sacerdote o laico-, o el grupo el que celebra la liturgia, “sino que es sobre todo la acción de Dios a través de la Iglesia, que tiene su propia historia, su rica tradición y creatividad”. Y es esta universalidad y apertura, una de la razones “por las que no puede ser creada o modificada por la misma comunidad o por los expertos, sino que debe ser fiel a las formas de la Iglesia universal”, subrayó el santo padre.

“En la comunidad litúrgica no hay extranjeros”, enfatizó, “porque incluso en la liturgia de la comunidad más pequeña, siempre está presente toda la Iglesia, cielo y tierra, Dios y los hombres”. He hizo ver a los presentes que cuanto más animada está una celebración por esta conciencia, tanto más fructífero es en ella el sentido auténtico de la liturgia.

Hacia el final de su enseñanza, y ante una multitud que lo escuchaba atenta en la plaza de san Pedro, Benedicto XVI reconoció que la Iglesia se hace visible en muchos aspectos, ya sea en el trabajo caritativo, en proyectos misioneros, en el apostolado personal de cada cristiano, “pero el lugar donde se vive plenamente como Iglesia es la liturgia: esta es el acto por el que creemos que Dios entra en nuestra realidad y le podemos encontrar, le podemos tocar. Es el acto por el que entramos en contacto con Dios: Él viene a nosotros, y nosotros somos iluminados por Él”.

Advirtió por lo mismo, que cuando en las reflexiones sobre la liturgia centramos nuestra atención solo en cómo hacerla atractiva, interesante, hermosa, “corremos el riesgo de olvidar lo esencial: la liturgia se celebra por Dios y no por nosotros mismos”. Porque la liturgia, dijo, “es obra suya; es Él el sujeto; y nosotros debemos abrirnos a Él y dejarnos guiar por Él y por su Cuerpo que es la Iglesia, sintiéndonos parte de la Iglesia viviente de todos los lugares y de todos los tiempos”.

Acto seguido rezó con los presentes, entre quienes habían llegado peregrinos de lengua española y estudiantes del Colegio Pontificio Mexicano, a los cuales les dirigió las siguientes palabras: “Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los sacerdotes del Pontificio Colegio Mexicano, así como a los grupos provenientes de España, México, Perú, Honduras, Chile, Argentina y otros países latinoamericanos. Pidamos al Señor que sepamos vivir cada día la liturgia, especialmente la eucaristía, como acción de Dios en nosotros, y sintiéndonos parte de la Iglesia viva” (JAVV).


El maná de cada día, 8.10.12

octubre 8, 2012

Lunes de la 27ª semana del Tiempo Ordinario

Haz tú lo mismo



PRIMERA LECTURA: Gálatas 1, 6-12

Me sorprende que tan pronto hayáis abandonado al que os llamó a la gracia de Cristo, y os hayáis pasado a otro evangelio. No es que haya otro evangelio, lo que pasa es que algunos os turban para volver del revés el Evangelio de Cristo.

Pues bien, si alguien os predica un evangelio distinto del que os hemos predicado –seamos nosotros mismos o un ángel del cielo–, ¡sea maldito! Lo he dicho y lo repito: Si alguien os anuncia un evangelio diferente del que recibisteis, ¡sea maldito!

Cuando digo esto, ¿busco la aprobación de los hombres o la de Dios? ¿Trato de agradar a los hombres? Si siguiera todavía agradando a los hombres, no sería siervo de Cristo. Os notifico, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es de origen humano; yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo.


SALMO 110, 1-2.7-8.9.10c

El Señor recuerda siempre su alianza

Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,  todos sus preceptos merecen confianza: son estables para siempre jamás,  se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo, ratificó para siempre su alianza, su nombre es sagrado y temible. La alabanza del Señor dura por siempre.


EVANGELIO: Lucas 10, 25-37

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?»
Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»

Él contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.»
Él le dijo: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.»

Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?»

Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.” ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?»

Él contestó: «El que practicó la misericordia con él.»
Díjole Jesús: «Anda, haz tú lo mismo.»
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Sin la caridad, todo es vanidad de vanidades

San Máximo, Confesor

Tratados sobre la caridad, Centuria 1, cap. 1,4-5.16-17.23-24.26-28.30-40

La caridad es aquella buena disposición del ánimo que nada antepone al conocimiento de Dios. Nadie que esté subyugado por las cosas terrenas podrá nunca alcanzar esta virtud del amor a Dios.

El que ama a Dios antepone su conocimiento a todas las cosas por él creadas, y todo su deseo y amor tienden continuamente hacia él.

Como sea que todo lo que existe ha sido creado por Dios y para Dios, y Dios es inmensamente superior a sus criaturas, el que dejando de lado a Dios, incomparable­mente mejor, se adhiere a las cosas inferiores demuestra con ello que tiene en menos a Dios que a las cosas por él creadas.

El que me ama –dice el Señor– guardará mis mandamientos. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros. Por tanto, el que no ama al prójimo no guarda su mandamiento. Y el que no guarda su mandamiento no puede amar a Dios.

Dichoso el hombre que es capaz de amar a todos los hombres por igual.

El que ama a Dios ama también inevitablemente al prójimo; y el que tiene este amor verdadero no puede guardar para sí su dinero, sino que lo reparte según Dios a todos los necesitados.

El que da limosna no hace, a imitación de Dios, discri­minación alguna, en lo que atañe a las necesidades corpo­rales, entre buenos y malos, justos e injustos, sino que reparte a todos por igual, a proporción de las necesidades de cada uno, aunque su buena voluntad le inclina a pre­ferir a los que se esfuerzan en practicar la virtud, más bien que a los malos.

La caridad no se demuestra solamente con la limosna, sino, sobre todo, con el hecho de comunicar a los demás las enseñanzas divinas y prodigarles cuidados corporales.

El que, renunciando sinceramente y de corazón a las cosas de este mundo, se entrega sin fingimiento a la prác­tica de la caridad con el prójimo pronto se ve liberado de toda pasión y vicio, y se hace partícipe del amor y del conocimiento divinos.

El que ha llegado a alcanzar en sí la caridad divina no se cansa ni decae en el seguimiento del Señor, su Dios, según dice el profeta Jeremías, sino que soporta con for­taleza de ánimo todas las fatigas, oprobios e injusticias, sin desear mal a nadie.

No digáis –advierte el profeta Jeremías–: «Somos tem­plo del Señor». Tú no digas tampoco: «La sola y escueta fe en nuestro Señor Jesucristo puede darme la salvación». Ello no es posible si no te esfuerzas en adquirir también la caridad para con Cristo, por medio de tus obras. Por lo que respecta a la fe sola, dice la Escritura: También los demonios creen y tiemblan.

 El fruto de la caridad consiste en la beneficencia since­ra y de corazón para con el prójimo, en la liberalidad y la paciencia; y también en el recto uso de las cosas.

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