La globalización del odio

octubre 2, 2012

El más estricto respeto a la libertad de expresión no protegería a un hombre que gritara falsamente “¡fuego!” en un teatro, provocando el pánico

‘A veces la libertad de expresión pierde el derecho a ser tolerada por la sociedad’

Por Rafael Navarro-Valls

 

MADRID, jueves 20 septiembre 2012 (ZENIT.org).-

Ofrecemos a nuestros lectores el artículo de nuestro colaborador habitual Rafael Navarro-Valls, para la sección ‘Observatorio jurídico’, en el que comenta la oleada de protestas contra la denigración de la figura de Mahoma.

Afirma, en su calidad de jurista, que no todo cabe bajo el paraguas de la “libertad de expresión”. Navarro-Valls es miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España.
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Cuando al grito de ”Alá es grande” los sicarios de Bin Laden estrellaron los aviones contra las torres de Nueva York condujeron el fundamentalismo a una victoria táctica, pero también a una derrota estratégica. Con el tiempo –y no sólo metafóricamente– acabaron en el gran cementerio de la teocracia.

Al contrario, cuando el Parlamento y el pueblo libio solicitaba hace unos días perdón por el asesinato del embajador estadounidense y, al tiempo, pedía respeto para las creencias islámicas, iniciaba un camino correcto. Rechazaba la violencia pero reclamaba decencia a Occidente.

Efectivamente, en una sociedad plural -pero a veces desquiciada- el ataque injusto a las grandes religiones no es infrecuente. El problema es cómo reaccionar.

En Europa, la reacción suele transitar por los Tribunales de Justicia. Cuando en Austria, por ejemplo, las autoridades confiscaron una película emitida en el Tirol (Das Liebeskonzil) en la que se presentaba a Dios Padre como un idiota senil e impotente, a Cristo como un cretino y a la Madre de Dios como una desvergonzada, el Tribunal de Derechos Humanos entendió que la confiscación era procedente y no violaba la libertad de expresión.

En la sentencia (Otto Preminger Institut versus Austria) concluyó que en una sociedad democrática puede juzgarse necesario “sancionar ataques injuriosos contra objetos de veneración religiosa, siempre que la sanción sea proporcionada al fin perseguido”.

Es más, añadió que hay veces en que “la libertad de expresión pierde el derecho a ser tolerada por la sociedad”.

Esta, por así decir, “localización” de los conflictos en Occidente lleva a olvidar la tendencia a su globalización cuando está por en medio la parte más integrista del Islam. Este tiende a globalizar la ofensa inferida en un incidente localizado.

Quiero decir, que una viñeta de Mahoma publicada en Dinamarca o un video injurioso exhibido en una sala de cine de California puede desencadenar una reacción en cadena que corra desde un suburbio de Bengasi hasta un barrio indonesio pasando por un Muslim Quarter de Londres.

Pero en estas reacciones hay que distinguir bien lo que es actuación más o menos legítima contra el “discurso del odio”, de lo que es manipulación de un extremismo político-religioso que no se resigna a morir.

Antes he dicho que el cementerio teocrático está lleno de sepulturas fundamentalistas. Ahora debo añadir que, de vez en cuando, lanza sus coletazos aprovechando los inevitables movimientos sociales en busca de la libertad.

Es decir, el radicalismo yihadista –relegado a un segundo plano después de su derrota– asoma la cabeza saliendo de los sepulcros. Esta vez lo ha hecho entre los surcos de la “primavera árabe”.

De todas formas, Occidente debe tener en cuenta lo que Oliver Wendell Holmes, magistrado del Tribunal Supremo de Estados Unidos, hacía notar en una antigua sentencia (Schenck vs.Estados Unidos):

que “la más estricta protección de la libertad de expresión no protegería a un hombre que gritara falsamente “¡fuego!” en un teatro, provocando el pánico. La cuestión a tener en cuenta es si las palabras que se utilizan en tales circunstancias puedan crear un peligro de males sustanciales. Se trata de una cuestión de proximidad y grado».

Desde luego hay que estar en guardia contra el fundamentalismo, pero el respeto a las ideas ajenas -incluidas las religiosas- debe llevar en Occidente a ser prudente en un mundo que tiende a globalizar el odio.

Entre otras cosas porque, como se ha dicho, resulta que “uno no sabe muy bien al lanzar el grito si está en un teatro, si el teatro está lleno o vacío y, lo más importante, ¿son todos en el público bomberos o pirómanos?”.


El maná de cada día, 2.10.12

octubre 2, 2012

Martes de la 26ª semana de Tiempo Ordinario

Santos Ángeles Custodios

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos

PRIMERA LECTURA: Éxodo 23, 20-23a

Así dice el Señor:
«Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado.
Respétalo y obedécelo.

No te rebeles, porque lleva mi nombre y no perdonará tus rebeliones.
Si lo obedeces fielmente y haces lo que yo digo, tus enemigos serán mis enemigos, y tus adversarios serán mis adversarios.
Mi ángel irá por delante.»


SALMO 90, 1-2. 3-4. 5-6. 10-11

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos.

Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti.»

El te librará de la red del cazador, de la peste funesta. Te cubrirá con sus plumas, bajo sus alas te refugiarás.

Su brazo es escudo y armadura. No temerás el espanto nocturno, ni la, flecha que vuela de día, ni la peste que se desliza en las tinieblas, ni la epidemia que devasta a mediodía.

No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos.


EVANGELIO: Mateo 18, 1-5- 10

En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:

-«¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?»

Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo:

-«Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mi.

Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial. »


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Que te guarden en tus caminos

De los sermones de san Bernardo, abad

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Den gracias al Señor por su misericordia por las maravillas que hace con los hombres. Den gracias y digan entre los gentiles: «El Señor ha estado grande con ellos». Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestras tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro. Y, para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en esta solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean nuestros ayos.

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Estas palabras deben inspirarte una gran reverencia, deben infundirte una gran devoción y conferirte una gran confianza. Reverencia por la presencia de los ángeles, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia. Porque ellos están presentes Junto a ti, y lo están para tu bien. Están presentes para protegerte, lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos, pues que cumplen con tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes.

Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guardianes tan eximios; correspondamos a su amor, honrémoslos cuanto podamos y según debemos. Sin embargo, no olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener por objeto a aquel de quien procede todo, tanto para ellos como para nosotros, gracias al cual podemos amar y honr­ar, ser amados y honrados.

En él, hermanos, amemos con verdadero afecto a sus ángeles, pensando que un día hemos de participar con ellos de la misma herencia y que, mientras llega este día, el Padre los ha puesto junto a nosotros, a manera de tutores y administradores. En efecto, ahora somos ya hijos de Dios, aunque ello no es aún visible, ya que, por ser todavía menores de edad, estamos bajo tutores y administradores, como si en nada nos distinguiéramos de los esclavos.

Por lo demás, aunque somos menores de edad y aunque nos queda por recorrer un camino tan largo y tan peligroso, nada debemos temer bajo la custodia de unos guardianes tan eximios. Ellos, los que nos guardan en nuestros caminos, no pueden ser vencidos ni engañados, y menos aún pueden engañarnos. Son fieles, son prudentes, son poderosos: ¿por qué espantarnos? Basta con que los sigamos, con que estemos unidos a ellos, y viviremos así a la sombra del Omnipotente.

Oración

Oh Dios, que en tu providencia amorosa te has dignado enviar para nuestra custodia a tus santos ángeles, concéde­nos, atento a nuestras súplicas, vernos siempre defendidos por su protección y gozar eternamente de su compañía. Por nuestro Señor Jesucristo.

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Nuestro Ángel de la guarda

No nos resulta difícil creer que cada niño está encomendado por Dios a un ángel. Seguro que te acuerdas todavía cómo de pequeño te enseñaron a rezar a tu Ángel de la guarda. Y, sin embargo, a medida que te has hecho adulto has ido olvidando, quizá, que sigues encomendado a ese mismo Ángel que acompañó los sueños y pasos de tu infancia.

Tu Ángel de la guarda no se hace adulto. Tienes siempre a tu lado a ese amigo inseparable que contempla y ama incesantemente el rostro de Dios. No te olvides de él. Encomiéndale, como a buen mensajero, que lleve ante ese rostro divino del Padre todas tus oraciones, tus peticiones, tus besos, tus amores.

Pon en sus manos puras las almas de todos aquellos que Dios te ha encomendado para que las deposite junto al corazón de Dios. Confíale tus afanes apostólicos para que vaya delante de ti, preparando en las almas el camino del Señor. Fíate siempre de su protección y verás detenerse a tus pies el acecho del mal y del demonio.

Háblale, como hablas a tu amigo y confidente, y pídele a menudo que te describa cómo es ese rostro de Dios que él contempla cara a cara. Dile que te enseñe a ser, como él, un ángel para muchas almas. Y de su mano entrarás un día en la morada de los santos, en el santuario celeste, en la compañía de todos los demás ángeles, para participar eternamente con ellos de esa liturgia de gloria, de adoración y alabanza que sólo se gusta plenamente en el Cielo.

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