Usa la imaginación: La vida es bella, sigue siendo bella.

septiembre 11, 2012

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La vida es bella.

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Queridos todos: El tema de este mes me apasiona. Soy de las que apuesto por la calidad de vida y quiero huir de la mediocridad somnífera en la que se instala mucha gente, viviendo una existencia sosa, incolora e insípida, sesteando una forma de vivir rutinaria, con cada día igual al anterior, corriendo sin saber tras qué, sin entusiasmo, sin ilusión para poner color a la propia persona, a la vida, a la familia, al trabajo, al ocio, al hogar, a las relaciones, a la fe, al descanso…

Creo que sestear la vida e ir por el mundo “tirando” en vez de recogiendo y aprovechando lo que cada día nos trae, es un pecado grave de omisión. Esta mañana me discutía una compañera que la vida es mucho más triste que alegre, dura que agradable, lucha que disfrute.

Y yo le rebatía, convencida de que hemos nacido para ser felices y que tendremos que dar cuenta a Dios, al final de nuestra vida, de los placeres que no hemos disfrutado, de los buenos ratos que hemos roto, por dejadez o por falta de interés en ser felices o en contribuir a la felicidad de los de alrededor.

La verdad es que vivir una vida plena, una existencia de calidad, no tiene nada que ver con el tener sino con el ser.

Por más que nos venden, por todos los frentes, que son los objetos los que nos dan felicidad, o el ser el primero en tener lo último, o el redecorar la casa, o los kilómetros de aventura que recorremos, lo cierto es que una vida de calidad, de armonía interior y plenitud, es aquella en la que vives de acuerdo con tu proyecto personal, en la que guardas todos los días un rato para reflexionar cómo quieres vivir, cuando gastas tiempo en los demás, cuando trabajas aportando a la sociedad lo mejor tuyo, cuando practicas la justicia en pequeños detalles laborales, familiares, sociales, cuando compartes, parte de lo que tienes de más, con los que sabes que no tienen lo necesario, cuando amas gratuitamente, es decir, a fondo perdido, sin esperar que el otro te corresponda, sino aceptándole empáticamente, permitiéndole ser distinto a ti y expresar sus afectos, como puede y como sabe.

Y por último, cuando vives la vida como una fiesta y se la haces festiva, agradable y divertida a los demás; si, además, todo esto lo vives acompañado con la presencia y fortaleza de Dios, que nos pone las pilas, nos impulsa la misericordia, la justicia, el sosiego y la ilusión y nos da pistas para vivir una existencia apasionante, entonces ya es el colmo de la felicidad y la plenitud.

El otro día leía que en el mundo hay dos grandes potencias; una es EEUU y la otra soy yo, o eres tú, vaya, con tus capacidades personales y posibilidades, siempre que las pongas al servicio de lo mejor para ti y para los demás. Tenemos posibilidades autodestructivas y adormecedoras o potenciadoras y plenificantes. Pero cada uno elige las que quiere usar.

Cuando todas van armónicamente dirigidas hacia la excelencia, expresión que tanto utiliza la otra gran potencia mundial, conseguiremos para nosotros y para los demás una vida de calidad, una historia interesante, una existencia fructífera.

Bueno, no vayan a pensar que estoy hablando líricamente de la vida, como si estuviera en una nube y no recordara que estamos en plena crisis económica. No, es precisamente porque estamos viviendo un momento duro y difícil, porque hay que apretarse el cinturón, porque vamos a tener que bajar nuestro poder adquisitivo y renunciar a lujos que, a fuerza de tenerlos habitualmente los hemos convertido en necesidades y sin los que podremos vivir a nada que nos lo propongamos.

La crisis puede ser una oportunidad de crecimiento, un momento para compartir más, para vivir atentos al que necesita lo que a nosotros nos sobra, para ser más austeros y vivir con menos, para comportarnos con los otros como si fueran nuestros hermanos, es decir, que nuestra familia no sea solo la que consta en el libro de familia, sino que abramos nuestro corazón y nuestra economía y posesiones a vecinos, a amigos, a organizaciones, al mundo en general.

Ojalá esta crisis nos haga cuestionar el sistema de vida, despertar y retornar de ese camino de ida, que llevábamos hacia el tener y volvamos al del ser, al del estar. Que recuperemos la comunicación, el compartir, el trabajar creando, el hacer familia, el tener ratos para la pareja, para los hijos, para la amistad, para el ocio casero y natural, sabiendo renunciar a cosas como el coche, las exquisiteces gastronómicas, o los mil archiperres que nos han encarecido la vida y llenado de esclavitudes.

Hace falta cubrir las necesidades básicas propias y ajenas, pero cuidado con los deseos, que son imposibles de satisfacer, como pozos sin fondo, que tiran de nosotros para hacernos creer que necesitamos mucho más de lo que tenemos, para una vida digna y de calidad. Frenemos la prisa, el gasto loco, el despilfarro contagioso, el lujo que se nos ha colado en la vida cotidiana y amemos más, adivinemos lo que necesita el otro y compartamos, reciclemos, acojamos, pidamos y ofrezcamos.

Invitemos en casa, ya que comer fuera es un lujo, juguemos una partida de cartas, montemos una tarde de cine doméstico (con palomitas mejor), inventemos un ocio en transporte público, recuperemos los paseos, la contemplación, las tertulias, el préstamo de libros, música o cine, las excursiones a la naturaleza, la visita a exposiciones, parques y zonas de nuestro entorno, que nos seguirán sorprendiendo. Y también dejemos ratos para no hacer nada, que es tan sano y relajante.

Este es un momento sagrado e importante para conseguir una vida de calidad, unos encuentros profundos, unas redes sociales sólidas que nos ayuden a entusiasmarnos con esta nueva etapa de bajón económico y de subidón de lo principal, lo importante, lo bello, lo sosegado, lo sagrado y lo gratuito. Que Dios nos ayude a hacer la revolución del Amor, que es en definitiva lo que estoy escribiendo. Ahí va un abrazo.

Mari Patxi Ayerra

Religiosidad o espiritualidad

El maná de cada día, 11.9.12

septiembre 11, 2012

Martes de la 23ª semana del Tiempo Ordinario

Pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, escogió a los doce

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PRIMERA LECTURA: 1 Corintios 6, 1-11

Cuando uno de vosotros está en pleito con otro, ¿cómo tiene el descaro de llevarlo a un tribunal pagano y no ante los santos? ¿Habéis olvidado que los santos juzgarán el universo? Pues si vosotros vais a juzgar al mundo, ¿no estaréis a la altura de juzgar minucias? Recordad que juzgaremos a ángeles: cuánto más asuntos de la vida ordinaria. De manera que para juzgar los asuntos ordinarios dais jurisdicción a ésos que en la Iglesia no pintan nada.

¿No os da vergüenza? ¿Es que no hay entre vosotros ningún entendido que sea capaz de arbitrar entre dos hermanos? No señor, un hermano tiene que estar en pleito con otro, y además entre no creyentes. Desde cualquier punto de vista ya es un fallo que haya pleitos entre vosotros. ¿No estaría mejor sufrir la injusticia? ¿No estaría mejor dejarse robar?

En cambio, sois vosotros los injustos y los ladrones, y eso con hermanos vuestros. Sabéis muy bien que la gente injusta no heredará el reino de Dios. No os llaméis a engaño: los inmorales, idólatras, adúlteros, afeminados, invertidos, ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios.

Así erais algunos antes. Pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios.


SALMO 149, 1-2.3-4.5-6a.9b

El Señor ama a su pueblo.

Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles; que se alegre Israel por su Creador, los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas, cantadle con tambores y cítaras; porque el Señor ama a su pueblo y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria y canten jubilosos en filas: con vítores a Dios en la boca; es un honor para todos sus fieles.


EVANGELIO: Lucas 6, 12-19

En aquel tiempo, subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios.

Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago Alfeo, Simón, apodado el Celotes, Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.

Bajó del monte con ellos y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.

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LAÑAS DE SANACIÓN, milagros de Jesús

“Extendió la mano y lo tocó” (Mt 8, 3)

El gesto de Jesús, acercando su mano para tocar la lepra de aquel hombre, debió impresionar mucho al evangelista. No era frecuente que los leprosos se acercaran a la gente, pues tenían obligación de abandonar familia y posesiones, para vivir desterrados fuera de las aldeas. Su enfermedad era considerada como un castigo de Yahvé por algún pecado personal o del pueblo.

Jesús, con un gesto así, podía quedar contagiado de esa terrible enfermedad y, además, caía en la impureza legal de tocar a un leproso. Pero, sanando su enfermedad, el Señor quería curar, sobre todo, ese corazón humano, tan mezquino y encogido, que teme a Dios como a Aquel que castiga impasible y despiadadamente la debilidad y la miseria del hombre por Él creado.

Jesús quiso sanar el corazón leproso de aquellos discípulos, mostrando cómo la mano de la compasión y la ternura de Dios es capaz de tocar y sanar toda llaga humana. Aquella mano de Cristo, acariciando sin titubeos la carne desfigurada y maloliente del leproso, hablaba a las gentes de un amor de Dios compasivo y tierno, que la ley judía y la justicia de los hombres eran incapaces de sospechar.

En tu oración diaria, en tu confesión frecuente, en tus caídas, no te canses de presentar al Señor esas llagas de tu alma, quizá siempre las mismas, por las que supura el hedor de tanto pecado y desidia. Dios quiere sanar, en ti y en los demás, esa lepra de tantos pecados, que nos postra en el destierro de la separación de Dios.

No dejes que la lepra de la tibieza, de los agobios y cansancios de la vida, de los dolores y afanes de tu día a día, desfigure el rostro y la vida de tu alma. Muchos esperan de ti que seas esa mano por la que Dios toca y alivia tanto dolor y sufrimiento.
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“Extiende tu mano” (Mt 12, 13)

Una de las veces que entró el Señor en la Sinagoga se topó con un hombre que tenía una mano seca y paralizada. Los fariseos aprovecharon la ocasión para sacarle, una vez más, el tema del descanso sabático y poder acusarle de ir contra la Ley de Moisés.

Debió de impresionarle al Señor aquella mano, viendo cómo un solo miembro muerto inutilizaba la actividad de todo el cuerpo y restaba vida a aquel pobre hombre. Así era también la Ley en la que se apoyaban aquellos fariseos, seca, sin vida, enferma de parálisis, incapaz de sanar y tocar lo más profundo del corazón humano.

Precisamente la Ley y los Profetas estaban plagados de referencias y alusiones a la mano y al dedo de Dios, que tantas veces intervino portentosamente en la historia de Israel. Él mismo, al inicio de los tiempos, había sido, junto con el Espíritu Santo, mano creadora del Padre.

Precisamente en aquellos inicios, el Padre había creado también al hombre como mano suya, destinado a ser co-creador y dueño de una creación recibida como don y como tarea. En aquel primer sábado de la creación, en el que Yahvé descansó contemplando su obra, sólo había sobre la tierra vida y belleza.

Se agolparon en el corazón del Señor demasiadas emociones como para no curar la mano seca de aquel hombre y devolver así la vida a todo el cuerpo. No podía permitir el Señor, aunque fuera sábado, que aquel miembro siguiera sin vida, como tampoco podía permitir que un día hubiera en el cuerpo de su Iglesia ningún miembro muerto y paralizado. No quieras ser tú tampoco miembro muerto de la Iglesia.

Extiende ante el Señor tus manos paralizadas por tanta omisión, autosuficiencia y comodidad. Deja que Él sane todos esos rincones del alma que aún no has dejado tocar por la mano y el dedo de Dios. Verás que también en ti, como en aquel primer sábado del Principio, Dios descansará contemplando la vida y la belleza de tu alma en gracia.

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