Sabemos que el Señor está presente y escucha

septiembre 6, 2012

Texto íntegro de la catequesis del Papa, del miércoles 7 de marzo de 2012    

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“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

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Queridos hermanos y hermanas: en una serie de catequesis precedentes he hablado sobre la oración de Jesús y no quisiera concluir esta reflexión, sin detenerme brevemente sobre el tema del silencio de Jesús, tan importante en la relación con Dios.

En la Exhortación apostólica Postsinodal Verbum Domini, había hecho referencia al papel que el silencio asume en la vida de Jesús, sobre todo en el Gólgota: “Aquí estamos frente a la “Palabra de la Cruz “(1 Cor 1, 18). El verbo enmudece, se convierte en silencio mortal, ya que se “dijo” hasta callar, que no retuviera nada de lo que teníamos que comunicar “(n. 12).

Frente a este silencio de la cruz, San Máximo el Confesor pone en los labios de la Madre de Dios la siguiente expresión: “Sin palabra está la Palabra del Padre, que hizo a todas las criaturas que hablan, sin vida están los ojos apagados de aquel que a su palabra y a su gesto se mueve todo lo que tiene la vida “(La Vida de María, n 89:.. Textos marianos del primer milenio, 2, Roma 1989, p 253).

La cruz de Cristo no sólo muestra el silencio de Jesús como su última palabra al Padre, sino que también revela que Dios habla a través del silencio: “El silencio de Dios, la experiencia de la lejanía del Omnipotente y Padre es la etapa decisiva en el camino terreno del Hijo de Dios, la Palabra encarnada. Colgado en la cruz, se ha lamentado por el dolor causado por este silencio: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado” (Mc 15:34, Mt 27:46).

Continuando en la obediencia hasta el último aliento de vida, en la oscuridad de la muerte, Jesús ha invocado al Padre. A Él se ha confiado en el momento del pasaje, a través de la muerte, a la vida eterna: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46) “(ib., Verbum Domini, 21).

La experiencia de Jesús en la cruz es profundamente reveladora de la situación del hombre que reza y de la culminación de la oración: después de haber escuchadoy reconocido la Palabra de Dios, debemos mesurarnos con el silencio de Dios, expresión importante de la misma Palabra divina.

La dinámica de la palabra y el silencio, que marca la oración de Jesús en toda su vida terrena, sobre todo en la cruz, toca también nuestra vida de oración en dos direcciones.

La primera es la que se refiere a la recepción de la Palabra de Dios. Es necesario el silencio interior y exterior para que esa palabra se puede escuchar. Y este es particularmente un punto difícil para nosotros en nuestro tiempo. De hecho, la nuestra es una época que no favorece el recogimiento; es más a veces se tiene la impresión de que haya miedo a salirse, aunque sea por un instante, del río de palabras e imágenes que marcan y llenan los días.

Por esto en la citada Exhortación Apostólica Verbum Domini, he recordado la necesidad de educarnos sobre el valor del silencio: “Redescubrir la centralidad de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia significa también redescubrir el sentido de paz interior y de meditación. La tradición patrística nos enseña que los misterios de Cristo están engastados al silencio, y sólo en el silencio la Palabra puede encontrar morada en nosotros, como ocurrió en María, inseparablemente mujer de la palabra y el silencio “(n. 21).

Este principio de que sin el silencio no se oye, no se escucha, no se recibe una palabra, este principio vale para la oración personal, especialmente, pero también para nuestras liturgias: para facilitar una escucha auténtica, éstas deben también estar llenas de momentos de silencio y de acogida no verbal. Es siempre válida la observación de San Agustín: Verbo crescente, verba deficiunt – “Cuando la Palabra de Dios crece, disminuyen las palabras del hombre ” (cf. Sermo 288,5: PL 38,1307, Sermón 120,2 PL 38.677).

Los Evangelios presentan a menudo, sobre todo en las decisiones cruciales, a Jesús se que se retira solo en un lugar apartado de las multitudes y de los mismos discípulos para orar en silencio y de excavar un espacio interior en lo profundo de nosotros mismos para hacer que en él habite Dios, para que su palabra quede dentro de nosotros, para que el amor por Él eche raíces en nuestras mentes y en nuestros corazones y anime nuestras vidas. Así pues la primera dirección, es la de volver a aprender el silencio para escuchar, que nos abre a los demás, a la palabra de Dios

Pero hay también una segunda e importante relación del silencio con la oración. De hecho, no hay sólo nuestro silencio para prepararnos a la escuchar la Palabra de Dios; a menudo en nuestras oraciones, nos encontramos con el silencio de Dios, probamos casi una sensación de abandono, nos parece que Dios no escuche y no responda. Pero este silencio de Dios, como pasó con Jesús, no marca su ausencia.

El cristiano sabe bien que el Señor está presente y escucha, incluso en la oscuridad del dolor, del rechazo, y de la soledad. Jesús tranquiliza a los discípulos y a cada uno de nosotros de que Dios conoce bien nuestras necesidades en cualquier momento de nuestras vidas. Él enseña a sus discípulos: “Cuando recéis, no habléis mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagáis como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que os hace falta, antes de que lo pidáis”. (Mt 6, 7-8).

Un corazón atento, silencioso, abierto, es más importante que muchas palabras. Dios nos conoce por dentro, más que nosotros mismos, y nos ama: saber esto debería ser suficiente. En la Biblia la experiencia Job es particularmente significativa al respecto. Este hombre, en poco tiempo, pierde todo: familiares, bienes, amigos, salud; pare que la conducta de Dios hacia él sea el abandono, el silencio total. Y sin embargo, Job, en su relación con Dios, habla con Dios, clama hacia Dios en su oración. A pesar de todo, conserva intacta su fe y al final descubre el valor de su experiencia y del silencio de Dios.

De este modo, al final, dirigiéndose al Creador, puede concluir: « Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos». (Job 42, 5).

Casi todos nosotros conocemos a Dios sólo de oídas y cuán más abiertos estamos a su silencio y a nuestro silencio, más empezamos a conocerlo realmente.

Esta extrema confianza que se abre al encuentro profundo con Dios ha madurado en el silencio. San Francisco Javier rezaba dicendo al Señor: yo te amo, no porque puedes darme el cielo o condenarme al infierno, sino porque eres mi Dios. Te amo porque Tú eres Tú.

Al encaminarnos hacia la conclusión de las reflexione sobre la oración de Jesús, vuelven a la memoria algunas enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica. Dice il Catecismo: «El evento de la oración se nos revela plenamente en el Verbo que se ha hecho carne y que habita entre nosotros. Intentar comprender su oración, a través de lo que sus testigos nos dicen en el Evangelio, es aproximarnos a la santidad de Jesús Nuestro Señor como a la zarza ardiendo: primero contemplándole a Él mismo en oración y después escuchando cómo nos enseña a orar, para conocer finalmente cómo recibe nuestra plegaria » (n. 2598).

Y ¿cómo nos enseña Jesús a rezar? En el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica encontramos una respuesta clara: « Jesús nos enseña a orar no sólo con la oración del Padre nuestro – que ciertamente es el centro de su enseñanza sobre cómo rezar – sino también cuando Él mismo ora. Así, además del contenido, nos enseña las disposiciones requeridas por una verdadera oración: la pureza del corazón, que busca el Reino y perdona a los enemigos; la confianza audaz y filial, que va más allá de lo que sentimos y comprendemos; la vigilancia, que protege al discípulo de la tentación. (n. 544).

Recorriendo los Evangelios hemos visto cómo el Señor es, para nuestra oración, interlocutor, amigo, testimonio y maestro. En Jesús se revela la novedad de nuestro diálogo con Dios: la oración filial, que el Padre espera de sus hijos. Y de Jesús aprendemos cómo la oración constante nos ayuda a interpretar nuestra vida, a cumplir nuestras opciones, a reconocer y a aceptar nuestra vocación, a descubrir los talentos que Dios nos ha dado, a cumplir cotidianamente su voluntad, único camino para realizar nuestra existencia.

A nosotros, a menudo preocupados por la eficacia operativa y por los resultados concretos que podemos lograr, la oración de Jesús nos indica que tenemos necesidad de detenernos, de vivir momentos de intimidad con Dios, «desconectándonos» del ruido de cada día, para escuchar, para llegar a la «raíz» que sostiene y alimenta la vida. Uno de los momentos más lindos de la oración de Jesús es justo cuando Él, para afrontar las enfermedades, los problemas y los límites e sus interlocutores, se dirige a su Padre en la oración y enseña así al que está en alrededor dónde hay que buscar la fuente, para recibir esperanza y salvación.

Pero, ya he recordado, como ejemplo conmovedor, la oración de Jesús ante la tumba de Lázaro. El Evangelista Juan cuenta: Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero le he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!”» (Gv 11, 41-43). Pero el punto más alto de profundidad en la oración al Padre, Jesús lo alcanza en el momento de la Pasión y de la Muerte, pronunciando su extremo «sí» al proyecto de Dios y mostrándonos cómo la voluntad humana encuentra su cumplimiento justo en la adhesión plena a la voluntad divina y no en la contraposición.

En la oración y en su grito al Padre, desde la cruz, confluyen «todas las angustias de la humanidad de todos los tiempos, esclava del pecado y de la muerte, todas las súplicas y las intercesiones de la historia de la salvación… He aquí que el Padre las recibe y, por encima de toda esperanza, las escucha al resucitar a su Hijo. Así se realiza y se consuma el drama de la oración en la Economía de la creación y de la salvación» (Catecismo de la Iglesia Católica 2606)

Queridos hermanos y hermanas, pidamos confiados al Señor vivir el camino de nuestra oración filial, aprendiendo cotidianamente de su Hijo Unigénito, que se hizo hombre por nosotros, cómo debe ser nuestra forma de dirigirnos a Dios.

Las palabras de san Pablo sobre la vida cristiana en general, valen también para nuestra oración: «Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8, 38-39).

Radio Vaticana

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El maná de cada día, 6.9.12

septiembre 6, 2012

Jueves de la 22ª semana del Tiempo Ordinario

Dejándolo todo, lo siguieron

PRIMERA LECTURA:  1 Corintios 3,18-23

Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Él caza a los sabios en su astucia.» Y también: «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos.»

Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.


SALMO 23, 1-2.3-4ab.5-6

Del Señor es la tierra y cuanto la llena

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.


EVANGELIO: Lucas 5, 1-11

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.»
Simón contestó: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.»

Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a lo socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían.

Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.»

Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.»
Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.


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SED BUENOS ENTRE LOS MALOS
Y SERÉIS BUENOS SIN COMPAÑÍA DE MALOS

San Agustín, Sermón 249,2

Anotemos las diferencias entre las dos pescas, una antes y otra después de la resurrección. En la primera las redes se echan indistintamente a un lado y a otro: no se nombra la derecha, para que no se piense que son todos buenos; ni la izquierda, para que no se entienda que hay sólo malos. En consecuencia, hay mezcla de buenos y malos.

A causa de la gran cantidad, las redes se rompen. Las redes rotas simbolizan los cismas. Lo estamos viendo; así es y así acontece. Son dos las barcas que se llenan, porque son dos los pueblos, el de la circuncisión y el del prepucio; y están tan llenas que tienen exceso de peso y casi se hunden.

El significado de esto merece llanto. La muchedumbre turbó a la Iglesia. ¡Qué grande es el número de los que viven mal, de los que oprimen y gimen! Con todo, las barcas no se hundieron en atención a los peces buenos. Hablemos sobre la última pesca, posterior a la resurrección. Allí no habrá ninguno malo; la seguridad será máxima, pero sólo si eres bueno.

Sed buenos en compañía de los malos y seréis buenos sin compañía de malos. En esta pesca, la primera, hay algo que puede turbaros: el estar en medio de los malos. ¡Oh vosotros los que me escucháis fielmente! ¡Oh vosotros que no echáis en saco roto lo que os digo! ¡Oh vosotros para quienes las palabras no pasan de un oído a otro, sino que descienden al corazón! ¡Oh vosotros que teméis más vivir mal que morir mal, puesto que si vivís bien, no podéis morir mal!

Vosotros, pues, que me escucháis no sólo para creer, sino además para vivir bien, vivid bien: vivid bien incluso entre los malos: no rompáis las redes. Quienes se complacieron demasiado en sí mismos y no quisieron soportar a los demás como si fueran malos, rompieron las redes y perecieron en el mar.

Vivid bien en medio de los malos; no os arrastren los malos cristianos a vivir mal. No piense tu corazón: «Solo yo soy bueno». Si comienzas a ser bueno, cree que hay también otros, si tú has podido serlo. No adulteréis, no forniquéis, no os dediquéis al fraude, no robéis, no profiráis falso testimonio, no juréis en falso, no os embriaguéis, no neguéis un préstamo, no os quedéis con lo hallado en la posesión de otro.

Cumplid todo esto y otras cosas semejantes, viviendo seguros en medio de peces malos. Nadáis en el interior de la misma red; pero llegaréis a la orilla y, después de la resurrección, os hallaréis a su derecha. Allí nadie será malo. Si no la cumplís, ¿de qué os sirve conocer la ley, conocer los mandamientos de Dios, saber qué cosa es buena y cuál mala? ¿No reprueba la conciencia esa ciencia? Aprended, mas para obrar.

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