Un homosexual converso: «Cuando experimentas la castidad, encuentras una paz que no da el egoísmo»

junio 21, 2012
Rubén García

Rubén García


Ha sufrido, y mucho, a causa de su homosexualidad. Pero ahora, comparte con la revista Misión sin tabúes las heridas de la infancia que originaron su sufrimiento, y habla con alegría de la trasformación que ha experimentado en su vida desde que tuvo un encuentro profundo con Dios.

Rubén García, es hoy un homosexual que ha integrado su sexualidad en una vida plena en castidad.

Como apunta Misión, “detrás de una persona con inclinaciones homosexuales se oculta una historia de profundo dolor. Una biografía de heridas afectivas que, poco a poco, le ha llevado a refugiarse en personas de su mismo sexo”.

Rubén asegura que la homosexualidad no es genética y que tampoco se elige por propia voluntad, sino que “es un desorden que surge por carencias afectivas en la infancia o la juventud, y por otros factores del comportamiento”.

“Por eso, sanar el corazón herido de estas personas no es sencillo. Y menos en una sociedad como la nuestra, donde reina la incomprensión por parte de aquellos que ensalzan la homosexualidad como un derecho, pero también por la de quienes los ven como depravados sin solución. La realidad no es una cosa ni la contraria. La realidad es que son personas que necesitan ser amadas con autenticidad, sin reservas”, razona la revista familiar de mayor difusión en España.

Rubén García cuenta abiertamente las batallas que tuvo que librar hasta que se encontró con la fuente misma del amor: Dios. Él  alberga la esperanza de que la gente aprenda a acoger “sin condiciones” a los gays y lesbianas, y logre darles el amor y el cariño que necesitan para curar sus heridas e integrar su sexualidad en una vida de castidad.

– ¿Desde cuándo empezó a sentir inclinaciones homosexuales?

– Desde niño, a raíz de la carencia de afecto de mi padrastro, que me trataba con mucha dureza, y tendí a protegerme en el mundo femenino. Desde entonces, inconscientemente, empecé a buscar el afecto que no tuve de mi padre en otros hombres. Empecé a tener relaciones sexuales con hombres y, finalmente, trabajé en un prostíbulo.

– ¿Era feliz con esta forma de vida?

– Hubiera respondido entonces que sí, porque en el entorno homosexual está vetado que digas lo contrario. Pero lo cierto es que, a solas, sentía un vacío enorme, además de un rencor hacia Dios, a Quien yo culpaba.

– ¿Cómo dio el paso de la homosexualidad a la transexualidad y la prostitución?

Es un proceso gradual. Empiezas jugando con tu cuerpo, buscando el placer a toda costa, y te metes en una dinámica de permanente insatisfacción, confiando en que por ahí darás con una relación verdadera. Pero eso es imposible, puesto que acabas utilizando a los demás egoístamente, sin amarlos como personas.

– ¿Cómo cambió de vida?

– Todo empezó por la asistencia a un retiro espiritual, en el que una mujer dijo que Dios nos amaba a todos, independientemente de lo que hubiéramos hecho. Yo sentí que esas palabras eran solo para mí. ¿Que Dios me ama? ¿A mí? ¿A pesar de lo que he hecho? Hasta entonces me habían hablado de un Dios castigador, un Dios que era una amenaza para mí. Esa mujer nos presentó al Dios compasivo, que quiere conquistar a los pecadores.

Poco después me confesé y experimenté una paz como nunca. Y hoy, después de años junto a Dios, frecuentando la Penitencia y la Eucaristía, puedo afirmar que vivo con una felicidad que no se compara con el estilo de vida que llevaba antes.

– Mucha gente opina que es contradictorio ser católico y homosexual…

– La Iglesia católica abre los brazos a todas las personas, sin excepción. Todos somos pecadores, todos necesitamos la medicina que solo Dios puede dar: confesión, oración, lectura de la Biblia, misa. Nada de eso es contradictorio con ninguna persona. Lo contradictorio es querer ser feliz sin respetar la ley que Dios ha puesto en el corazón del hombre.

– ¿Cómo vive ahora su sexualidad? 

– Ahora sé que mi cuerpo es templo del Espíritu Santo, hasta que yo le expulse por el pecado. Puedo mirar, hablar y abrazar a hombres y mujeres, sin limitarme a abrazar su cuerpo. Veo hermanos a los que servir, no clientes de los que servirme.

– ¿Se puede tener una vida plena en castidad?

– Cuando uno experimenta la castidad, encuentra una felicidad que no da el egoísmo. La dependencia de los instintos físicos no te hace libre, te convierte en un consumidor compulsivo de placer físico caduco. Es un tópico falso decir que la promiscuidad sexual te hace libre y la castidad te vuelve un reprimido. Es justo lo contrario.

Rubén García pertenece al grupo Courage Latino, donde muchos homosexuales y lesbianas comparten sus experiencias de una vida sacramental y en castidad plena. www.courage-latino.org

www.religionenlibertad.com


El maná de cada día, 21.6.12

junio 21, 2012

Jueves de la 11ª semana del Tiempo Ordinario

Perdónanos, como nosotros perdonamos



PRIMERA LECTURA: Eclesiástico 48, 1-15

Surgió Elías, un profeta como un fuego, cuyas palabras eran horno encendido. Les quitó el sustento del pan, con su celo los diezmó; con el oráculo divino sujetó el cielo e hizo bajar tres veces el fuego. ¡Qué terrible eras, Elías!; ¿quién se te compara en gloria?

Tú resucitaste un muerto, sacándolo del abismo por voluntad del Señor; hiciste bajar reyes a la tumba y nobles desde sus lechos; ungiste reyes vengadores y nombraste un profeta como sucesor. Escuchaste en Sinaí amenazas y sentencias vengadoras en Horeb.

Un torbellino te arrebató a la altura; tropeles de fuego, hacia el cielo. Está escrito que te reservan para el momento de aplacar la ira antes de que estalle, para reconciliar a padres con hijos, para restablecer las tribus de Israel.

Dichoso quien te vea antes de morir, y más dichoso tú que vives. Elías fue arrebatado en el torbellino, y Eliseo recibió dos tercios de su espíritu. En vida hizo múltiples milagros y prodigios, con sólo decirlo; en vida no temió a ninguno, nadie pudo sujetar su espíritu; no hubo milagro que lo excediera: bajo él revivió la carne; en vida hizo maravillas y en muerte obras asombrosas.

SALMO 96, 1-2.3-4.5-6.7

Alegraos, justos, con el Señor.

El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. Tiniebla y nube lo rodean, justicia y derecho sostienen su trono.

Delante de él avanza fuego, abrasando en torno a los enemigos; sus relámpagos deslumbran el orbe, y, viéndolos, la tierra se estremece.

Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra; los cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria.

Los que adoran estatuas se sonrojan, los que ponen su orgullo en los ídolos; ante él se postran todos los dioses.

EVANGELIO: Mateo 6, 7-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que lo pidáis.

Vosotros rezad así: “Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno.”

Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas.»

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Día 21 de junio de 2o12

San Luis Gonzaga, religioso

Nació el año 1568 cerca de Mantua, en Lombardía, hijo de los príncipes de Castiglione. Su madre lo educó cristianamente, y muy pronto dio indicios de su inclinación a la vida religiosa. Renunció en favor de su hermano al título de prín­cipe, que le correspondía por derecho de primogenitura, e ingres­ó en la Compañía de Jesús, en Roma. Cuidando enfermos en los hospitales, contrajo él mismo una enfermedad que lo llevó al sepulcro el año 1591, cuando contaba 23 años de edad.

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Cantaré eternamente las misericordias del Señor

De una carta de san Luis Gonzaga, dirigida a su madre

Pido para ti, ilustre señora, que goces siempre de la gracia y del consuelo del Espíritu Santo. Al llegar tu carta, ­me encuentro todavía en esta región de los muertos. Pero un día u otro ha de llegar el momento de volar al cielo, para alabar al Dios eterno en la tierra de los que viven. Yo esperaba poco ha que habría realizado ya este viaje antes de ahora.

Si la caridad consiste, como dice san Pablo, en estar alegres con los que ríen y llorar con que lloran, ha de ser inmensa tu alegría, madre ilustre, ­al pensar que Dios me llama a la verdadera alegría, que pronto poseeré con la seguridad de no perderla jamás.

Te he de confesar, ilustre señora, que, al sumergir mi pensamiento en la consideración de la divina bondad, que es como un mar sin fondo ni litoral, no me siento digno de su inmensidad, ya que él, a cambio de un trabajo tan breve y exiguo, me invita al descanso eterno y me llama desde el cielo a la suprema felicidad, que con tanta negligencia he buscado, y me promete el premio de unas lágrimas, que tan parcamente he derramado.

Considéralo una y otra vez, ilustre señora, y guárdate de menospreciar esta infinita benignidad de Dios, que es lo que harías si lloraras como muerto al que vive en la presencia de Dios y que, con su intercesión, puede ayudarte en tus asuntos mucho más que cuando vivía en este mundo.

Esta separación no será muy larga; volveremos a encontrarnos en el cielo, y todos juntos, unidos a nuestro Salvador, lo alabaremos con toda la fuerza de nuestro espíritu y cantaremos eternamente sus misericordias, gozando de una felicidad sin fin. Al morir, nos quita lo que antes nos había prestado, con el solo fin de guardarlo en un lugar más inmune y seguro, y para enriquecernos con unos bienes que superan nuestros deseos.

Todo esto lo digo solamente para expresar mi deseo de que tú, ilustre señora, así como los demás miembros de mi familia, consideréis mi partida de este mundo como un motivo de gozo, y para que no me falte tu bendición materna en el momento de atravesar este mar hasta llegar a la orilla en donde tengo puestas todas mis esperanzas.

Así te escrito, porque estoy convencido de que ésta es la mejor manera de demostrarte el amor y respeto que te debo como hijo.

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Oración

Señor Dios, dispensador de los dones celestiales, que has querido juntar en san Luis Gonzaga una admirable inocencia de vida y un austero espíritu de penitencia, concédenos, por su intercesión, que, si no hemos sabido imitarle en su vida inocente, sigamos fielmente sus ejemplos ­en la penitencia. Por nuestro Señor Jesucristo.


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