El Papa entrega a los milaneses nuevo símbolo de los Encuentros Mundiales de la Familia

mayo 29, 2012
Nuevo símbolo de los Encuentros mundiales

Nuevo símbolo de los Encuentros mundiales


El Encuentro Mundial de las Familias tiene un nuevo icono símbolo. Se trata de un gran mosaico, realizado por el artista jesuita Marko Rupnik, que el pasado 11 de abril fue bendecido en la plaza de San Pedro por el Papa. Confiada por el Santo Padre a monseñor Erminio De Scalzi, presidente de la Fundazione Milano Famiglie 2012, la obra representa la Sagrada Familia y la Santísima Trinidad plasmada a través de la mano del Padre que sostiene el fuego del espíritu que es Jesús. Al lado de José y María está el paraíso terrenal y la Jerusalén celeste con la Sagrada Familia en el centro de la historia de la salvación.

“En la familia santa de Nazaret el cielo encuentra la tierra y la Trinidad divina encuentra la imagen humana más perfecta – explica el cardenal Ennio Antonelli, presidente del Consejo Pontificio de la Familia -. La Iglesia se siente interpelada a ser cada vez más familia, para manifestar mediante el amor recíproco la presencia de Cristo en el mundo. Las familias son llamadas a ser unidas y abiertas, a preparar a sus hijos para su futuro y su misión, sin retenerlos con amor posesivo. Todas las relaciones y actividades terrenales – continúa Antonelli – deben seguir la lógica del amor, para encontrar una nueva armonía y belleza, reflejo y revelación de la Trinidad”.

El mosaico de Rupnik, que por indicación del beatificado Juan Pablo II se había ocupado de la capilla Redemptoris Mater en el Vaticano, ha sido llevado a Milán por monseñor De Scalzi para ser expuesto en el interior de la basílica de Sant’Ambrogio, en la capilla de la Virgen de la Leche. A continuación la obra iniciará una gira por las siete zonas pastorales de la Diócesis, donde permanecerá una semana por cada etapa.

El icono, que pesa 60 kg, será finalmente expuesto en el Mico-Fiera Milano City con motivo del Congreso Teológico Pastoral que el 30 de mayo abrirá oficialmente el VII Encuentro Mundial de las Familias. A continuación, la Sagrada Familia será llevada a Bresso en el palco de la “Fiesta de los testimonios” y en el altar de la Santa Misa celebrada por Benedicto XVI para luego ser entregada a la Diócesis que acogerá el Encuentro en el 2015.

http://www.family2012.com/es


El maná de cada día, 29.5.12

mayo 29, 2012

Martes de la 8ª semana del Tiempo Ordinario

Sed también vosotros santos, porque dice la Escritura: «Seréis santos, porque yo soy santo.»

Primera lectura: 1 Pedro 1, 10-16

La salvación fue el tema que investigaron y escrutaron los profetas, los que predecían la gracia destinada a vosotros. El Espíritu de Cristo, que estaba en ellos, les declaraba por anticipado los sufrimientos de Cristo y la gloria que seguiría; ellos indagaron para cuándo y para qué circunstancia lo indicaba el Espíritu. Se les reveló que aquello de que trataban no era para su tiempo, sino para el vuestro.

Y ahora se os anuncia por medio de predicadores que os han traído el Evangelio con la fuerza del Espíritu enviado del cielo. Son cosas que los ángeles ansían penetrar. Por eso, estad interiormente preparados para la acción, controlándoos bien, a la expectativa del don que os va a traer la revelación de Jesucristo.

Como hijos obedientes, no os amoldéis más a los deseos que teníais antes, en los días de vuestra ignorancia. El que os llamó es santo; como él, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta, porque dice la Escritura: «Seréis santos, porque yo soy santo.»


Salmo 97, 1.2-3ab.3c-4

El Señor da a conocer su victoria

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclamad al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.


Evangelio: Marcos 10, 28-31

En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»

Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones–, y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros.»

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GENEROSIDAD Y DESPRENDIMIENTO

— Necesidad de un desasimiento efectivo de los bienes materiales para seguir a Cristo.

— Jesús es infinitamente generoso en su recompensa a quienes le siguen.

— Siempre vale la pena seguir a Cristo. El ciento por uno aquí en la tierra y la vida eterna junto a Dios en el Cielo.

I. Después del encuentro con el joven rico que considerábamos ayer, Jesús y sus discípulos emprendieron de nuevo el camino hacia Jerusalén. En todos había quedado grabada la triste despedida de este adolescente que estaba muy apegado a sus posesiones, y las fuertes palabras de Jesús hacia aquellos que por un desordenado amor a los bienes de la tierra no son capaces –no quieren– de seguirle.

Ahora, ya en el camino, probablemente para romper el silencio que ha provocado la escena anterior, Pedro dice a Jesús: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido1. San Mateo recogió con toda claridad el sentido de las palabras de Pedro: ¿qué recompensa tendremos?2. ¿Qué vamos a recibir?

San Agustín, al comentar este pasaje del Evangelio de la Misa de hoy, nos interpela con estas palabras: «Te pregunto a ti, alma cristiana. Si se te dijese lo que a aquel rico: Vete, vende también tú todas las cosas y tendrás un tesoro en el cielo, y ven y sigue a Cristo, ¿te irías triste como él?»3.

Nosotros, como los Apóstoles, hemos dejado lo que el Señor nos ha ido pidiendo, cada uno según su vocación, y tenemos el firme empeño de romper cualquier atadura que nos impida correr hasta Cristo y seguirle. Hoy podemos renovar el propósito de poner al Señor como centro de la propia existencia con un desasimiento efectivo, con hechos, de lo que tenemos y usamos para que, como San Pablo, podamos decir: Todo lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo4.

Ciertamente, «el que conoce las riquezas de Cristo Señor nuestro, por ellas desprecia todas las cosas; para este son basuras las haciendas, las riquezas y los honores. Porque nada hay que pueda compararse con aquel tesoro supremo, ni siquiera que pueda ponerse en su presencia»5. Ninguna cosa tiene valor en comparación con Cristo.

Nosotros lo hemos dejado todo… «¿Qué has dejado, Pedro? Una navichuela y una red. Él, sin embargo, podría responderme: He dejado todo el mundo, ya que nada he guardado para mí (…). Lo abandonaron todo (…) y siguieron a quien hizo el mundo, y creyeron en sus promesas»6, como queremos hacer nosotros. Podemos decir que lo hemos dejado todo cuando nada se interpone en nuestro amor a Cristo.

El Señor exige –lo hemos considerado repetidamente, porque es un punto esencial para seguirle– la virtud de la pobreza a todos sus discípulos, de cualquier tiempo y en cualquier situación en la que los hayan colocado las circunstancias de la vida; también pide la austeridad real y efectiva en la posesión y uso de los bienes materiales, y ello incluye «mucha generosidad, innumerables sacrificios y un esfuerzo sin descanso»7, llega a decir Pablo VI; para ello es necesario aprender a vivir de modo práctico esta virtud en la vida corriente de todos los días: a la hora de ahorrar gastos inútiles evitando los caprichos personales, en el aprovechamiento del tiempo, al vivir la virtud de la generosidad en las cosas de Dios; igualmente, en el sostenimiento de obras buenas, en el cuidado de la ropa, de los muebles, de los utensilios del hogar…

También a quienes han recibido en medio del mundo y en el ejercicio de su profesión una llamada más específica al apostolado –como aquellos Doce– les puede pedir el Señor un desprendimiento total de bienes, riquezas, tiempo, familia, etc., en razón de una más plena disponibilidad en servicio de la Iglesia y de las almas.

II. Lo hemos dejado todo… Cuántas veces hemos experimentado, al responder con nueva generosidad ante las exigencias de la vocación cristiana, que el desprendimiento efectivo de los bienes lleva consigo la liberación de un peso considerable: como el soldado que se despoja de su impedimenta al entrar en combate para estar más ágil de movimientos.

Saboreamos así, en el servicio de Dios, un señorío sobre las cosas que nos rodean: ya no se es esclavo de ellas y se vive con gozo aquello a lo que aludía San Pablo: estamos en el mundo como quienes nada tenemos, pero todo lo poseemos8.

El corazón del cristiano que de esta manera se ha despojado del egoísmo se llena más fácilmente de la caridad, y con ella todas las cosas son suyas: Todo es vuestro, vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios9.

Pedro recuerda a Jesús que, a diferencia del joven que acaban de dejar, ellos lo abandonaron todo por Él. Simón no mira atrás, pero parece tener necesidad de unas palabras del Maestro que les reafirme en que han salido ganando en el cambio, que vale la pena estar junto a Él, aunque no posean nada. El Apóstol se manifiesta muy humano, pero su pregunta expresa a la vez la confianza que le unía al Señor.

Jesús se llenó de ternura ante aquellos que, a pesar de sus defectos, le seguían con fidelidad: En verdad os digo que no hay nadie que habiendo dejado casa, hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o campos por mí y por el Evangelio, no reciba en esta vida cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, con persecuciones; y, en el siglo venidero, la vida eterna… «¡A ver si encuentras, en la tierra, quien pague con tanta generosidad!»10.

No se queda corto Jesús. Ni un vaso de agua fría –una limosna, un servicio, cualquier buena acción– dado por Cristo quedará sin su recompensa11. Seamos sinceros al examinar cómo vivimos el desprendimiento, la pobreza: ¿podemos afirmar ante Dios que lo hemos dejado todo?

Si es así, Jesús no dejará de confirmarnos en el camino. Quien tiene en cuenta hasta la más pequeña de las acciones, ¿cómo podrá olvidar la fidelidad de día tras día por puro amor? Quien multiplicó panes y peces para una multitud que le sigue unas jornadas, quizá sin mucha rectitud de intención, ¿qué no hará por los que hayan dejado todo para seguirle siempre? Si estos que van en pos de Él tuvieran necesidad de una ayuda particular para seguir adelante, ¿cómo podrá olvidarse Jesús?, ¿qué nos negará nuestro Padre Dios cuando acudimos a Él ante la falta de medios? «Solo por volver a Él su hijo, después de traicionarle, prepara una fiesta, ¿qué nos otorgará, si siempre hemos procurado quedarnos a su lado?»12.

Las palabras de Cristo dieron seguridad a quienes le acompañaban aquel día camino de Jerusalén, y a cuantos a través de los siglos, después de haber entregado todo al Señor, de nuevo buscan en la enseñanza del Señor la firmeza de la fe y de la entrega. La promesa de Cristo rebasa con creces toda la felicidad que el mundo puede dar. Él nos quiere felices también aquí en la tierra: quienes le siguen con generosidad obtienen, ya en esta vida, un gozo y una paz que superan con mucho las alegrías y consuelos humanos. Y a este gozo y paz, anticipo del Cielo, hay que añadir la bienaventuranza eterna. «Son dos horas de vida y grandísimo el premio; y cuando no hubiera ninguno, sino cumplir lo que nos aconsejó el Señor, es grande la paga en imitar en algo a Su Majestad»13.

III. «A los hombres y a los animales, Señor –dice el salmista–, aseguráis la salud en proporción a la extensión inmensa de vuestra compasiva bondad (Sal 35, 7). Si Dios concede a todos, a los buenos y a los malos, a los hombres y a los animales, un don tan precioso, hermanos míos, ¿qué no reservará a aquellos que le son fieles?»14. Vale la pena seguir al Señor, serle fieles en todo momento, darlo todo por Él, ser generosos sin medida.

Él nos dice, a través de San Juan Crisóstomo: «El oro que piensas prestar, dámelo a mí, que te pagaré más intereses y con más seguridad. El cuerpo que piensas alistar en la milicia de otro, alístalo en la mía, porque yo supero a todos en paga y retribución… Su amor es grande. Si deseas prestarle, Él está dispuesto a recibir. Si quieres sembrar, Él vende la semilla; si construir, Él te dice: edifica en mis solares. ¿Por qué corres tras las cosas de los hombres, que son pobres mendigos y nada pueden? Corre en pos de Dios, que por cosas pequeñas te da otras grandes»15.

No debemos olvidar que a la recompensa el Señor añade con persecuciones, porque estas también son un premio para los discípulos de Cristo; la gloria del cristiano es asemejarse a su Maestro, tomando parte en su Cruz para participar con Él en su gloria16. Si llegan estas pruebas, en sus formas más diversas (la persecución sangrienta, la calumnia, la discriminación profesional, la burla…), debemos entender que podemos convertirlas en un bien, parte del premio, pues permite el Señor que participemos de su Cruz y nos unamos más a Él.

Quien es fiel a Cristo tiene prometido el Cielo para siempre. Oirá la voz del Señor, a quien ha procurado servir aquí en la tierra, que le dice: Ven, bendito de mi Padre, al Cielo que tenía preparado desde la creación del mundo17. Oír estas palabras de bienvenida a la eternidad ya compensa todo aquello que dejamos a un lado para seguir mejor a Cristo, o lo poco que hubimos de padecer por Él. Se entra en la eternidad de la mano de Jesús.

Y aunque seguimos a Cristo por amor, si llegara el momento en que todo parece costar un poco más, nos vendrá bien repetir despacio alguna jaculatoria que nos ayude a pensar en el premio: vale la pena, vale la pena, vale la pena. Saldrá así fortalecida la esperanza y se hará seguro el caminar.

Si tenemos a Jesucristo, ninguna otra cosa echaremos en falta. De la vida de Santo Tomás de Aquino se cuenta que un día le dijo Nuestro Señor: «Has escrito bien de mí, Tomás, ¿qué recompensa deseas?». «Señor –respondió el Santo–, ninguna más que a Ti.» Tampoco nosotros queremos otra cosa: con Jesús, cerca de Él, andaremos por la vida llenos de alegría.

Que Santa María consiga para nosotros, con su intercesión poderosa, disposiciones firmes de desprendimiento y generosidad, y de esta forma, como Ella supo hacerlo, contagiemos a nuestro alrededor un clima alegre de amor a la pobreza cristiana.

1 Mc 10, 28-31. — 2 Mt 19, 27. — 3 San Agustín, Sermón 301 A, 5. — 4 Flp, 3, 8. — 5 Catecismo Romano, IV, 11, n. 15 — 6 San Agustín, loc. cit., 4. — 7 Pablo VI, Enc. Populorum progressio, 26-III-67. — 8 2 Cor 6, 10. — 9 1 Cor 3, 22-23. — 10 Cfr. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 670. — 11 Cfr. Mt 10, 42. — 12 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 309. — 13 Santa Teresa, Camino de perfección, 2, 7. — 14 San Agustín, Sermón 255, sobre el «alleluia». — 15 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 76, 4. — 16 Rom 8, 17. — 17 Cfr. Mt 25, 34.

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