Mensaje de S.S. Benedicto XVI para la Jornada Misionera Mundial 2012

abril 19, 2012

. 6).
“Llamados a hacer resplandecer la Palabra de verdad”
(Carta apostólica Porta fidei, n. 6)
 

NOTA:

En este tiempo pascual, me parece muy oportuna la publicación de este mensaje del Papa sobre la necesidad de evangelizar a todas las gentes.

Efectivamente, en estos días la Iglesia repasa la vida de la primitiva comunidad apostólica: estamos meditando Los Hechos de los Apóstoles, estamos escuchando de nuevo el kerigma apostólico que proclama a Cristo como Señor y Salvador, estamos esperando la plena efusión del Espíritu sobre todos los creyentes para que se conviertan en sal de la tierra y luz del mundo.

En fin, el mismo texto del Papa lo expresa claramente: “Necesitamos por tanto retomar el mismo fervor apostólico de las primeras comunidades cristianas que, pequeñas e indefensas, fueron capaces de difundir el Evangelio en todo el mundo entonces conocido mediante su anuncio y testimonio”.

He aquí el texto completo del Mensaje.

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Queridos hermanos y hermanas:

La celebración de la Jornada Misionera Mundial de este año adquiere un significado especial. La celebración del 50 aniversario del comienzo del Concilio Vaticano II, la apertura del Año de la Fe y el Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización, contribuyen a reafirmar la voluntad de la Iglesia de comprometerse con más valor y celo en la misión ad gentes, para que el Evangelio llegue hasta los confines de la tierra.

El Concilio Ecuménico Vaticano II, con la participación de tantos obispos de todos los rincones de la tierra, fue un signo brillante de la universalidad de la Iglesia, reuniendo por primera vez a tantos Padres Conciliares procedentes de Asia, África, Latinoamérica y Oceanía. Obispos misioneros y obispos autóctonos, pastores de comunidades dispersas entre poblaciones no cristianas, que han llevado a las sesiones del Concilio la imagen de una Iglesia presente en todos los continentes, y que eran intérpretes de las complejas realidades del entonces llamado “Tercer Mundo”.

Ricos de una experiencia que tenían por ser pastores de Iglesias jóvenes y en vías de formación, animados por la pasión de la difusión del Reino de Dios, ellos contribuyeron significativamente a reafirmar la necesidad y la urgencia de la evangelización ad gentes, y de esta manera llevar al centro de la eclesiología la naturaleza misionera de la Iglesia.

Eclesiología misionera

Hoy esta visión no ha disminuido, sino que por el contrario, ha experimentado una fructífera reflexión teológica y pastoral, a la vez que vuelve con renovada urgencia, ya que ha aumentado enormemente el número de aquellos que aún no conocen a Cristo: “Los hombres que esperan a Cristo son todavía un número inmenso”, comentó el beato Juan Pablo II en su encíclica Redemptoris missio sobre la validez del mandato misionero, y agregaba: “No podemos permanecer tranquilos, pensando en los millones de hermanos y hermanas, redimidos también por la Sangre de Cristo, que viven sin conocer el amor de Dios” (n. 86).

En la proclamación del Año de la Fe, también yo he dicho que Cristo “hoy como ayer, nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra” (Carta apostólica Porta fidei, 7); una proclamación que, como afirmó también el Siervo de Dios Pablo VI en su Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, “no constituye para la Iglesia algo de orden facultativo: está de por medio el deber que le incumbe, por mandato del Señor, con vista a que los hombres crean y se salven.

Sí, este mensaje es necesario. Es único. De ningún modo podría ser reemplazado” (n. 5). Necesitamos por tanto retomar el mismo fervor apostólico de las primeras comunidades cristianas que, pequeñas e indefensas, fueron capaces de difundir el Evangelio en todo el mundo entonces conocido mediante su anuncio y testimonio.

Así, no sorprende que el Concilio Vaticano II y el Magisterio posterior de la Iglesia insistan de modo especial en el mandamiento misionero que Cristo ha confiado a sus discípulos y que debe ser un compromiso de todo el Pueblo de Dios, obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos.

El encargo de anunciar el Evangelio en todas las partes de la tierra pertenece principalmente a los obispos, primeros responsables de la evangelización del mundo, ya sea como miembros del colegio episcopal, o como pastores de las iglesias particulares. Ellos, efectivamente, “han sido consagrados no sólo para una diócesis, sino para la salvación de todo el mundo” (Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris missio, 63), “mensajeros de la fe, que llevan nuevos discípulos a Cristo” (Ad gentes, 20) y hacen “visible el espíritu y el celo misionero del Pueblo de Dios, para que toda la diócesis se haga misionera” (ibíd., 38).

La prioridad de evangelizar

Para un Pastor, pues, el mandato de predicar el Evangelio no se agota en la atención por la parte del Pueblo de Dios que se le ha confiado a su cuidado pastoral, o en el envío de algún sacerdote, laico o laica Fidei donum. Debe implicar todas las actividades de la iglesia local, todos sus sectores y, en resumidas cuentas, todo su ser y su trabajo. El Concilio Vaticano II lo ha indicado con claridad y el Magisterio posterior lo ha reiterado con vigor.

Esto implica adecuar constantemente estilos de vida, planes pastorales y organizaciones diocesanas a esta dimensión fundamental de ser Iglesia, especialmente en nuestro mundo que cambia de continuo. Y esto vale también tanto para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólicas, como para los Movimientos eclesiales: todos los componentes del gran mosaico de la Iglesia deben sentirse fuertemente interpelados por el mandamiento del Señor de predicar el Evangelio, de modo que Cristo sea anunciado por todas partes.

Nosotros los Pastores, los religiosos, las religiosas y todos los fieles en Cristo, debemos seguir las huellas del apóstol Pablo, quien, “prisionero de Cristo para los gentiles” (Ef 3,1), ha trabajado, sufrido y luchado para llevar el Evangelio entre los paganos (Col 1, 24-29), sin ahorrar energías, tiempo y medios para dar a conocer el Mensaje de Cristo.

También hoy, la misión ad gentes debe ser el horizonte constante y el paradigma en todas las actividades eclesiales, porque la misma identidad de la Iglesia está constituida por la fe en el misterio de Dios, que se ha revelado en Cristo para traernos la salvación, y por la misión de testimoniarlo y anunciarlo al mundo, hasta que Él vuelva.

Como Pablo, debemos dirigirnos hacia los que están lejos, aquellos que no conocen todavía a Cristo y no han experimentado aún la paternidad de Dios, con la conciencia de que “la cooperación misionera se debe ampliar hoy con nuevas formas para incluir no sólo la ayuda económica, sino también la participación directa en la evangelización” (Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris missio, 82).

La celebración del Año de la Fe y el Sínodo de los Obispos sobre la nueva evangelización serán ocasiones propicias para un nuevo impulso de la cooperación misionera, sobre todo en esta segunda dimensión.

La fe y el anuncio

El afán de predicar a Cristo nos lleva a leer la historia para escudriñar los problemas, las aspiraciones y las esperanzas de la humanidad, que Cristo debe curar, purificar y llenar de su presencia. En efecto, su mensaje es siempre actual, se introduce en el corazón de la historia y es capaz de dar una respuesta a las inquietudes más profundas de cada ser humano.

Por eso la Iglesia debe ser consciente, en todas sus partes, de que “el inmenso horizonte de la misión de la Iglesia, la complejidad de la situación actual, requieren hoy nuevas formas para poder comunicar eficazmente la Palabra de Dios” (Benedicto XVI, Exhort. apostólica postsinodal Verbum Domini, 97).

Esto exige, ante todo, una renovada adhesión de fe personal y comunitaria en el Evangelio de Jesucristo, “en un momento de cambio profundo como el que la humanidad está viviendo” (Carta apostólica Porta fidei, 8).

En efecto, uno de los obstáculos para el impulso de la evangelización es la crisis de fe, no sólo en el mundo occidental, sino en la mayoría de la humanidad que, no obstante, tiene hambre y sed de Dios y debe ser invitada y conducida al pan de vida y al agua viva, como la samaritana que llega al pozo de Jacob y conversa con Cristo.

Como relata el evangelista Juan, la historia de esta mujer es particularmente significativa (cf. Jn 4, 1-30): encuentra a Jesús que le pide de beber, luego le habla de una agua nueva, capaz de saciar la sed para siempre. La mujer al principio no entiende, se queda en el nivel material, pero el Señor la guía lentamente a emprender un camino de fe que la lleva a reconocerlo como el Mesías.

A este respecto, dice san Agustín: “después de haber acogido en el corazón a Cristo Señor, ¿qué otra cosa hubiera podido hacer [esta mujer] sino dejar el cántaro y correr a anunciar la buena noticia?” (In Ioannis Ev., 15, 30).

El encuentro con Cristo como Persona viva, que colma la sed del corazón, no puede dejar de llevar al deseo de compartir con otros el gozo de esta presencia y de hacerla conocer, para que todos la puedan experimentar. Es necesario renovar el entusiasmo de comunicar la fe para promover una nueva evangelización de las comunidades y de los países de antigua tradición cristiana, que están perdiendo la referencia de Dios, de forma que se pueda redescubrir la alegría de creer.

La preocupación de evangelizar nunca debe quedar al margen de la actividad eclesial y de la vida personal del cristiano, sino que ha de caracterizarla de manera destacada, consciente de ser destinatario y, al mismo tiempo, misionero del Evangelio.

El punto central del anuncio sigue siendo el mismo: el Kerigma de Cristo muerto y resucitado para la salvación del mundo, el Kerigma del amor de Dios, absoluto y total para cada hombre y para cada mujer, que culmina en el envío del Hijo eterno y unigénito, el Señor Jesús, quien no rehusó compartir la pobreza de nuestra naturaleza humana, amándola y rescatándola del pecado y de la muerte mediante el ofrecimiento de sí mismo en la cruz.

En este designio de amor realizado en Cristo, la fe en Dios es ante todo un don y un misterio que hemos de acoger en el corazón y en la vida, y del cual debemos estar siempre agradecidos al Señor. Pero la fe es un don que se nos ha dado para ser compartido; es un talento recibido para que dé fruto; es una luz que no debe quedar escondida, sino iluminar toda la casa. Es el don más importante que se nos ha dado en nuestra existencia y que no podemos guardarnos para nosotros mismos.

El anuncio se transforma en caridad

¡Ay de mí si no evangelizase!, dice el apóstol Pablo (1 Co 9, 16). Estas palabras resuenan con fuerza para cada cristiano y para cada comunidad cristiana en todos los continentes. También en las Iglesias en los territorios de misión, iglesias en su mayoría jóvenes, frecuentemente de reciente creación, el carácter misionero se ha hecho una dimensión connatural, incluso cuando ellas mismas aún necesitan misioneros.

Muchos sacerdotes, religiosos y religiosas de todas partes del mundo, numerosos laicos y hasta familias enteras dejan sus países, sus comunidades locales y se van a otras iglesias para testimoniar y anunciar el Nombre de Cristo, en el cual la humanidad encuentra la salvación. Se trata de una expresión de profunda comunión, de un compartir y de una caridad entre las Iglesias, para que cada hombre pueda escuchar o volver a escuchar el anuncio que cura y, así, acercarse a los Sacramentos, fuente de la verdadera vida.

Junto a este grande signo de fe que se transforma en caridad, recuerdo y agradezco a las Obras Misionales Pontificias, instrumento de cooperación en la misión universal de la Iglesia en el mundo.

Por medio de sus actividades, el anuncio del Evangelio se convierte en una intervención de ayuda al prójimo, de justicia para los más pobres, de posibilidad de instrucción en los pueblos más recónditos, de asistencia médica en lugares remotos, de superación de la miseria, de rehabilitación de los marginados, de apoyo al desarrollo de los pueblos, de superación de las divisiones étnicas, de respeto por la vida en cada una de sus etapas.

Queridos hermanos y hermanas, invoco la efusión del Espíritu Santo sobre la obra de la evangelización ad gentes, y en particular sobre quienes trabajan en ella, para que la gracia de Dios la haga caminar más decididamente en la historia del mundo. Con el Beato John Henry Newman, quisiera implorar: “Acompaña, oh Señor, a tus misioneros en las tierras por evangelizar; pon las palabras justas en sus labios, haz fructífero su trabajo”.

Que la Virgen María, Madre de la Iglesia y Estrella de la Evangelización, acompañe a todos los misioneros del Evangelio.

Vaticano, 6 de enero de 2012, Solemnidad de la Epifanía del Señor

BENEDICTUS PP. XVI


http://www.vatican.va/


Maná y Vivencias Pascuales (12)

abril 19, 2012

Jueves de la 2ª semana de Pascua

No he venido a abolir la Ley o los Profetas sino a dar plenitud. El que viene del cielo es superior a todos.


TEMA: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, pues el Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús y lo ha constituido Jefe y Salvador para dar la conversión y el perdón de los pecados a todo el que crea.

ORACIÓN COLECTA: Te pedimos, Señor, que los dones recibidos en esta Pascua den fruto abundante en toda nuestra vida. Por nuestro Señor.

ANTÍFONA DE ENTRADA: Salmo 67, 8-9. 20

Cuando saliste, Señor, al frente de tu pueblo y le abriste camino a través del desierto, la tierra se estremeció y hasta los cielos se fundieron. Aleluya.

PRIMERA LECTURA: Hechos de los Apóstoles 5, 27-33.

En aquellos días, los guardias condujeron a los apóstoles a presencia del Sanedrín. El jefe de los sacerdotes los interrogó y declaró: “Les prohibimos estrictamente enseñar en ese nombre y, sin embargo, ustedes han difundido por toda Jerusalén su doctrina y quieren hacernos culpables de la sangre de ese hombre”.

Pedro y los apóstoles respondieron: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes dieron muerte colgándolo de un madero. Dios lo ha puesto en el cielo a su derecha, haciéndolo Jefe y Salvador para dar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. De esto nosotros somos testigos y también es testigo el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen”.

Cuando oyeron esto se indignaron y querían matarlos.

SALMO 33, 2 y 9. 17-18. 19-20.

Bendigo al Señor en todo momento.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca. Gusten y vean qué bueno es el Señor, dichoso el hombre que se refugia en él.

El Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su recuerdo. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de todas sus angustias.

El Señor está cerca de los que sufren y salva a los que están desconsolados. Muchas son las desgracias del justo, pero de todas lo libra el Señor.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO: Juan 20, 29

Jesús le dijo: “Tú crees porque has visto. Felices los que creen sin haber visto”. Aleluya.

Evangelio: Juan 3, 31-36.

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: El que viene de lo alto es superior a todos. Si alguien viene de la tierra, no es más que hombre terrenal y sus palabras también vienen de la tierra. Mas el que viene del cielo es más grande que cualquiera, y puede hablar de lo que allá ha visto y oído. Sin embargo, nadie hace caso de lo que dice. Pero quien recibe su mensaje hace suya la verdad misma de Dios.

Este fue enviado por Dios y dice las palabras de Dios que le comunica su Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y pone todas las cosas en sus manos. El que cree al Hijo tiene la Vida; pero el que no quiere creerle no conocerá la vida, sino que pesa sobre él la cólera de Dios”.

ANTÍFONA DE COMUNIÓN: Mateo 28, 20

Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo. Aleluya.



Comentario a Juan 3, 1-36

Hoy concluye la proclamación del capítulo tercero del evangelio de san Juan. Como se ha podido observar, el autor pretende confrontar a Jesús con el Antiguo Testamento que viene representado por dos personajes contrapuestos: Nicodemo y Juan Bautista.

Nicodemo busca “de noche” a Jesús porque lo reconoce como un verdadero profeta, un hombre de Dios. Sus milagros así lo prueban sin dejar lugar a duda. Nicodemo dialoga con Jesús y le pregunta, pero lamentablemente viene con prejuicios y seguridades incuestionables, que le impedirán a la larga el salto cualitativo de la fe. Al fin, Nicodemo no podrá confesar a Jesús como Hijo de Dios.

El otro personaje es Juan Bautista, el último profeta del Antiguo Testamento. En contraposición a Nicodemo, Juan Bautista, apoyado en lo más granado del Antiguo Testamento, sobre todo en los profetas que prometen la nueva alianza del Espíritu, va más allá de “las cosas de la tierra” y acepta “las cosas que vienen del cielo, de lo alto”. Es decir, acoge la novedad de Jesús como Hijo de Dios porque su doctrina y testimonio vital no contradicen ni a la Ley ni a los Profetas, sino más bien los completan y llevan a plenitud.

Sólo Jesús ha bajado del cielo. Él habla de lo que ha visto y oído. Por eso tiene autoridad y la acreditación del Padre ratificada por los signos y prodigios. A Jesús, pues, hay que creerle, por encima de todo. Así, Juan Bautista se reconoce como el amigo del Novio, y su alegría es colmada. Confiesa con honestidad y con gozo: Él tiene que crecer y yo tengo que menguar, y se contenta con oír la voz del Novio, a quien pertenece la novia.

Diríamos que Nicodemo ha ideologizado la revelación del Antiguo Testamento considerándolo como un sistema cerrado en sí mismo y perfecto: ritualismo en las expresiones religiosas y legalismo en el comportamiento moral. En fin, el Dios creador y dador de vida, siempre nuevo, ha quedado reducido a un “objeto”, a una “cosa” manejable: ritos, normas morales, cultura y teorías “religiosas”, tradiciones rabínicas que no pueden salvar.

Nosotros debemos imitar a Juan Bautista superando las mediaciones para llegar al verdadero Dios, a las verdaderas nupcias realizadas en Cristo. La falta de “experiencia” de Dios es una grave carencia, la fundamental seguramente, de nuestra iglesia, también hoy. Es la tentación más peligrosa que afrontamos, todos sin excepción: ideologizar y domesticar a Dios para recortarlo a nuestra medida. Pero en la vida espiritual nadie puede vivir de rentas. Todos los días hay que procurar el encuentro directo y gozoso con Dios. Es preciso ir a la luz y dejarse iluminar por el que ha bajado del cielo.


Pide, hermano, al Señor Jesús te conceda nacer de arriba, de lo alto. Ser una persona nueva, tal como el Padre ha soñado hacerte, de acuerdo con el modelo que es su propio Hijo mediante la acción del Espíritu creador que hace nuevas todas las cosas.


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