Dean Koontz, el super-ventas del terror que se convirtió por la alegría del catolicismo

marzo 22, 2012

Koontz y su esposa

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Denuncia el horror de la medicina y la ciencia sin ética, y la hipocresía del poder relativista. Los débiles y enfermos suelen ser héroes en sus novelas y el mal es presentado en su fealdad, sin glamur alguno.

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Dean Koontz sabe mucho de terror. Durante cuarenta años ha escrito más 70 novelas de esta temática, sus libros se han traducido a 38 idiomas y vende unos 17 millones de ejemplares al año. Más de 15 de sus títulos han sido trasladados a la pantalla.

A Koontz le gusta la obra del bioético personalista Wesley J. Smith, y al experto en bioética le gustaron las novelas de terror de Koontz. “Los malvados de Koontz son personajes obsesionados consigo mismos, solipsistas, avariciosos y resentidos con la gente que lleva vidas buenas y decentes. Nos enseña a reconocer el mal”, dice Smith.

Contra los médicos locos

Koontz siempre dice que su principal objetivo es entretener como novelista. No busca hacer alta literatura, sino estremecer. Hay muchos elementos sobrenaturales en su terror, pero casi siempre se explican al final con alguna justificación que suene más o menos científica.

En una de sus mejores novelas, “El lugar maldito” (en español desde 2005), unos personajes monstruosamente mutados usan sus poderes con crueldad sobre gente inocente. Pero más monstruoso es el doctor abortista que está detrás, que se ha enriquecido con abortos y experimentos, el frankestein detrás del monstruo. Al final del libro, el doctor se explaya con argumentos utilitaristas a favor de la eliminación de fetos, bebés y débiles en general.

La sabiduría de los débiles

Por contraste, en las novelas de Koontz los enfermos, débiles o niños suelen ser sabios en bondad y humanidad. En “El lugar maldito”, uno de los protagonistas es un chaval con síndrome de down, que demuestra ser una joya de humanidad y bondad y tener dones ocultos a la sociedad. Los discapacitados son frecuentes en sus obras. Una de las asociaciones que Koontz patrocina está especializada en entrenar perros para trabajar con todo tipo de personas con minusvalías.

¿Y cuáles son los monstruos de estas novelas que causan terror? Son fruto de la frialdad, la falta de amor, el interés o malos tratos de los mayores… o de la genética y la ciencia sin ética. Médicos que aceleran la muerte de pacientes para obtener sus órganos, o su sangre, o experimentar con ellos. Terrible como las revistas bioéticas que uno puede leer cada día.

Una infancia dura

Koontz se crió como unitarista (United Church of Christ), una iglesia protestante muy progresista que permite el divorcio, el aborto, las prácticas homosexuales, etc… Su madre le llevaba a la Iglesia y le hablaba de algunos valores positivos.

A menudo ha explicado cómo su infancia fue de lo más disfuncional. Su padre era un sociópata, borracho y violento. Cuando Dean se casó, se alegró de poner 3.000 kilómetros de distancia, pero años después, muerta su madre, alojaron al padre enfermo en su casa durante 14 años. En dos brotes psicóticos intentó asesinarle. En una ocasión, cuando el ya anciano le amenazaba con un cuchillo, sólo le frenó la llegada de dos policías pistola en mano.

La alegría de la fe católica

Su descubrimiento de la fe católica llegó a través de su esposa Gerda, de familia italoamericana. “Me asombraba lo bien que se trataba toda esa gente, su familia italiana, un mundo distinto al que estaba yo acostumbrado. Lo empecé a relacionar con el catolicismo”, explicaba en 2007 en el National Catholic Register.

Fue en sus años universitarios cuando decidió hacerse católico. Era un lector compulsivo y leyó mucho sobre la fe y la cultura católica. “Notaba en el catolicismo lo mismo que Chesterton, una exuberancia, un gozo de vivir. Pienso que mi conversión fue un crecimiento natural. Incluso en los peores momentos de mi infancia yo era irreprimiblemente optimista, siempre encontraba cosas que me llenasen de asombro, maravilla y deleite. La fe católica me explicó por qué siempre me sentí lleno de esperanza”, afirma el novelista.

Sólo lamenta que con el Vaticano II se perdió el latín y otras “costumbres muy antiguas”, pero afirma que “ahora eso está empezando a cambiar y a mejorar”.

No ocultar la maldad

Aunque sus novelas están llenas de cosas horribles, Koontz cree que al final el mal no prevalece, algo que ha visto en su vida, al pasar de una infancia terrible a una vida adulta plena. “Mi vida me ha mostrado que el mal puede ganar a corto plazo, pero nunca vence a la larga”, proclama.

“Como cristiano, creo que es mi tarea escribir libros sobre el mal, porque este reino es de Satán, y él es el príncipe del mundo; está aquí, y está entre nosotros”, afirma el artista.

“Mis villanos son patéticos, nunca glorifico a un villano. No puedo escribir algo como Hannibal, porque ahí hay algo que hace que el villano sea el personaje más glamuroso de la historia. Yo no encuentro glamuroso al mal. No lo verás así en mis libros”.

Pero tampoco tiene sentido ocultar la maldad. “En nuestra vida cotidiana, el mal nos tienta. No hablar de ello, no pensar en ello, me parece que no es un punto de vista cristiano de verdad. Evitar reconocer el mal es produndamente pecaminoso. Nuestra vida tiene un propósito, un sentido, que es enfrentarse al mal, no sucumbir a él”.

A Dios por la belleza

“La espiritualidad siempre ha sido un elemento de mis libros”, declara Koontz. “Si el mundo es solo una máquina compleja y eficiente, la belleza no es necesaria. La belleza, de hecho, es superflua. Por lo tanto, la belleza, al existir, es para nosotros, es un don. Si fuéramos máquinas de carne, sin alma, el instinto de supervivencia es todo lo que necesitaríamos para motivarnos. Los placeres de los sentidos, como el gusto y el olfato, serían superfluos en un mundo sin Dios. Por lo tanto, son regalos para nosotros, evidencia de la gracia divina. Cuanto más viejo me hago, más belleza, maravilla y misterio veo en el mundo, y por eso aparecen más estas tres cosas en mis libros”.

Las sugerencias de la física

Otro tema que refuerza su espiritualidad es su interés por la física cuántica. “Me ha pasado varias veces que he visto en la mecánica cuántica y en la física moderna confirmaciones de descripciones espirituales de cómo funciona el universo. Cuanto más profundizas en el mundo cuántico, más te da la sensación de que lo que se dice sobre ese mundo encaja perfectamente con ideas que te da la fe y la religión sobre la naturaleza del mundo. Me fascina que en la mecánica cuántica, y hasta en la biología molecular encontremos confirmaciones de un universo creado, si estás dispuesto a pensar en ello”.

De hecho, mezcló varias ideas cuánticas y otras artístico-morales en su libro “From the Corner of His Eyes”, donde cada pequeño acto en la vida adquiere una gran significación que reverbera en la vida de los demás de forma impensable. Un amigo lo leyó y le dijo: “Todo este libro está explorando el concepto del cuerpo místico de Cristo”. “Le respondí que así era, pero que casi nadie se había dado cuenta”.

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Maná y Vivencias Cuaresmales (32)

marzo 22, 2012

Jueves de la 4ª semana de Cuaresma

Las escrituras dan testimonio de mí

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Antífona de entrada: Salmo 104, 3-4

¡Siéntase alegre el corazón de los que buscan al Señor! Recurrid al Señor y a su poder; recurrid al Señor en todo tiempo.
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Primera lectura: Éxodo 32, 7-14

En aquellos días, el Señor dijo a Moisés: «Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un novillo de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: “Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto.”»

Y el Señor añadió a Moisés: «Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo.»Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios: «¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto, con gran poder y mano robusta? ¿Tendrán que decir los egipcios: “Con mala intención los sacó, para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra”?

Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo, diciendo: “Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre.”»

Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.
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Salmo: Sal 105, 19-20.21-22.23

Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo

En Horeb se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición; cambiaron su gloria por la imagen de un toro que come hierba.

Se olvidaron de Dios, su salvador, que había hecho prodigios en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos junto al mar Rojo.

Dios hablaba ya de aniquilarlos; pero Moisés, su elegido, se puso en la brecha frente a él, para apartar su cólera del exterminio.
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Aclamación antes del Evangelio: Juan 3, 16

Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.
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Evangelio: Juan 5, 31-47

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es válido. Hay otro que da testimonio de mí, y sé que es válido el testimonio que da de mí. Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad. No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para que vosotros os salvéis. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz.

Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar; esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado.

Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su semblante, y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no le creéis. Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida!

No recibo gloria de los hombres; además, os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ése si lo recibiréis. ¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios?

No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero, si no dais fe a sus escritos, ¿cómo daréis fe a mis palabras?»

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Antífona de comunión: Jeremías 31, 33

Esto dice el Señor: Pondré mi ley en lo más profundo de su ser y la escribiré en sus corazones. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.
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VIVENCIAS CUARESMALES (32)

Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac

Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac

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30.- JUEVES

CUARTA SEMANA DE CUARESMA

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ILUMINACIÓN.- Moisés intercede por el pueblo: Dios aplaca su ira y se arrepiente de su amenaza contra Israel. A Cristo lo rechazan sus contemporáneos, y Moisés los acusa por su incredulidad. Cristo será el intercesor último y definitivo.

Ante la incredulidad del pueblo, Dios mismo prepara intercesores que recuerden sus promesas y que provoquen el amor propio de Dios. “Entonces Moisés suplicó al Señor su Dios: ¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con grande poder y mano robusta? ¿Tendrán que decir los egipcios: ‘Con mala intención los sacó para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra’? Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac, a quienes juraste por ti mismo diciendo: ‘Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo’. Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo” (Éxodo, 32, 11-14).

Escuchemos la primera lectura. El Señor dijo a Moisés: “Vuelve y baja, porque tu pueblo ha pecado.” En el evangelio, Jesús se encuentra con la incredulidad de sus propios paisanos. Ellos buscan en las Escrituras salvación pero no aceptan a Cristo, el único salvador enviado por Dios. No lo aceptan porque prefieren la gloria y el testimonio de los hombres al honor de Dios y al testimonio de las obras milagrosas que hace Cristo.

Comprobémoslo en el Evangelio de hoy. Jesús dijo a los judíos: “Si yo hago de testigo en mi favor, mi testimonio no vale nada.”

Jesús es testificado tanto por Juan Bautista como por su Padre, que lo acredita con los milagros “que nadie puede hacer a no ser que Dios esté con él”, como confesaba el ciego de nacimiento. Sin embargo, los judíos no creen. Va resaltándose más y más la oposición de los fariseos frente a Jesús. Ellos sólo creen en sí mismos y en lo que les conviene.

Jesús les dice claramente: “No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero si no dais fe a sus escritos, ¿cómo daréis fe a mis palabras?” (Jn 5, 45-47).

Frente a esa sinrazón de la pertinaz incredulidad, la antífona de comunión anuncia otra ley: la del Espíritu. La ley externa y fría, escrita en piedra, será eliminada para dar paso a la escrita en el mismo corazón del hombre gracias a la efusión del Espíritu de Dios. De esta manera, al hombre le será connatural actuar según Dios. “Meteré mi ley en su pecho y la escribiré en sus corazones y todos me conocerán” (Jeremías 31, 33).

En estos días concluyen las obras de Jesús, sus hechos portentosos, los signos, según Juan. Mañana comienza con toda claridad y solemnidad “la hora de Jesús”, la hora amarga de la persecución. La incredulidad de los impíos va a provocar y causar la muerte de Jesús. A partir de hoy comienza la “quincena de la muerte de Jesús”. Está acercándose, lenta pero inexorablemente, el poder de las tinieblas. Jesús es consciente de todo, y entiende que debe ir hasta el final, que debe cumplir toda justicia, todo el plan de su Padre. No sabe exactamente lo que eso le supondrá, pero sí tiene claro que no puede torcerse ni a izquierda ni a derecha, que debe permanecer fiel. Y también sabe que sea lo que sea, el Padre no le negará, no le abandonará.

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De los comentarios de San Agustín, obispo, sobre los salmos

Jesucristo ora por nosotros, ora en nosotros
y es invocado por nosotros.

No pudo Dios hacer a los hombres un don mayor que el de darles por cabeza al que es su Palabra, por quien ha fundado todas las cosas, uniéndolos a él como miembros suyos, de forma que él es Hijo de Dios e Hijo del hombre al mismo tiempo, Dios uno con el Padre y hombre con el hombre, y así, cuando nos dirigimos a Dios con súplicas, no establecemos separación con el Hijo, y cuando es el cuerpo del Hijo quien ora, no se separa de su cabeza, y el mismo salvador del cuerpo, nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es el que ora por nosotros, ora en nosotros y es invocado por nosotros.

Ora por nosotros como sacerdote nuestro, ora en nosotros por ser nuestra cabeza, es invocado por nosotros como Dios nuestro. Reconozcamos, pues, en él nuestras propias voces y reconozcamos también su voz en nosotros.

Por lo cual, cuando se dice algo de nuestro Señor Jesucristo, sobre todo en profecía, que parezca referirse a alguna humillación indigna de Dios, no dudemos en atribuírsela, ya que él tampoco dudó en unirse a nosotros. Todas las criaturas le sirven, puesto que todas las criaturas fueron creadas por él.

Y, así, contemplamos su sublimidad y divinidad, cuando oímos:  En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho; pero, mientras consideramos esta divinidad del Hijo de Dios, que sobrepasa y excede toda la sublimidad de las criaturas, lo oímos también en algún lugar de las Escrituras como si gimiese, orase y confesase su debilidad.

Y entonces dudamos en referir a él estas palabras, porque nuestro pensamiento, que acababa de contemplarlo en su divinidad, retrocede ante la idea de verlo humillado; y, como si fuera injuriarlo el reconocer como hombre a aquel a quien nos dirigíamos como a Dios, la mayor parte de las veces nos detenemos y tratamos de cambiar el sentido: y no encontramos en la Escritura otra cosa sino que tenemos que recurrir al mismo Dios, pidiéndole que no nos permita errar acerca de él.

Despierte, por tanto, y manténgase vigilante nuestra fe; comprenda que aquel al que poco antes contemplábamos en la condición divina aceptó la condición de esclavo, asemejado en todo a los hombres e identificado en su manera de ser a los humanos, humillado y hecho obediente hasta la muerte; pensemos que incluso quiso hacer suyas aquellas palabras del salmo, que pronunció colgado de la cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Por tanto, es invocado por nosotros como Dios, pero él ruega como siervo; en el primer caso, le vemos como creador, en el otro como criatura; sin sufrir mutación alguna, asumió la naturaleza creada para transformarla y hacer de nosotros con él un solo hombre, cabeza y cuerpo. Oramos, por tanto, a él, y hablamos junto con él, ya que él habla junto con nosotros (Salmo 85, 1: CCL 39, 1176-1177).

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