Atletas Católicos por Cristo: deportistas preparados y asociados para evangelizar

marzo 13, 2012

Deportistas católicos rezando

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Beisbol, fútbol americano, esquí, atletismo… católicos de todas estas especialidades, entrenadores, seleccionadores y hasta capellanes reciben formación para evangelizar en Catholic Athletes for Christ. ¿Puede aplicarse en otros países?

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¿Se imaginan a Vicente del Bosque, el admiradísimo entrenador de la selección española que ganó el Mundial de Fútbol de Sudáfrica, predicando a Cristo en las parroquias, encuentros juveniles y en jornadas evangelizadoras? ¡Quizá incluso en las universidades!

Su fe católica es bien conocida, como la de tantos otros deportistas españoles, pero nadie ha entrenado a estos deportistas católicos para evangelizar ni predicar ni hablar en público de su fe.

Incluso es posible que a muchos atletas y campeones deportivos les diese vergüenza si se lo propusieran.

Sin embargo, estos deportistas y ex-deportistas a menudo acuden a hablar de valores como el esfuerzo, el compromiso o el trabajo en equipo en los más diversos foros. A veces no solo tienen un ejemplo y un palmarés, sino también buenas capacidades comunicativas. Puesto que muchos son católicos, ¿por qué no invitarlos a evangelizar? Pero no solos, sino ayudados y acompañados.

Entrenadores, periodistas, capellanes, jugadores…

Esto es lo que ya hacen en Estados Unidos en la asociación “Atletas Católicos por Cristo” ( http://www.catholicathletesforchrist.com ). A ella pertenecen atletas y deportistas en activo, entrenadores, deportistas ya retirados, periodistas deportivos, capellanes de diversos equipos y un completo elenco de consejeros eclesiásticos, incluyendo varios obispos y predicadores famosos como el padre Benedict Groeschel, de los Frailes Franciscanos de la Renovación (los famosos “frailes grises del Bronx” que a menudo evangelizan con el baloncesto y otros deportes).

Doctrina, comunidad, armas comunicativas

La asociación cumple dos grandes funciones. Por un lado, forma a los deportistas y ex-deportistas en la fe, la refuerza, les da argumentos, doctrina, lazos de amistad entre ellos. Cuando dejen la vida deportiva activa tendrán aún esos lazos humanos y esa formación espiritual. En sus encuentros vienen expertos en apologética como Patrick Madrid y buenos predicadores católicos, que se adaptan a su público y les dan las herramientas para crecer en su fe.

La segunda función es entrenar a algunos de ellos para que sean predicadores o evangelizadores. Les enseñan a contar su testimonio en público, a hablar de su fe en primera persona, a partir de su vida deportiva para pasar a hablar de virtudes y valores humanas y luego enlazarlas con las enseñanzas bíblicas y cristianas. Les preparan para hablar de forma eficaz y directa ante los jóvenes que les admiran.

Ejemplos exigentes, religión exigente

El catolicismo es una religión exigente en lo moral: pide moderación, castidad, deportividad… Cuando esto lo predica un deportista resulta especialmente eficaz. Cuando lo hace citando la Biblia y a los grandes santos, más aún. San Pablo usaba el lenguaje deportivo en sus cartas: “Compite bien por la fe” (1 Tim 1, 12); “He competido bien, terminé la carrera, he mantenido la fe” (2 Tim 4, 7); “Cada atleta ejerce la disciplina por una corona perecedera, pero nosotros lo hacemos por una que no perece; no corro sin sentido, no peleo con las sombras ni con fantasmas; dirijo y entreno a mi cuerpo para evitar que habiendo yo predicado a otros, no resulte descalificado” (1 Cor 9, 25-27).

Entre los deportistas preparados para acudir a cualquier encuentro juvenil a dar su testimonio están la esquiadora olímpica Rebecca Dussault, el triatleta y “hombre de hierro” Brad Seng, la ex jugadora de softball Lauren Bauer (una entusiasta cursillista), el quarterback de los Jets Kellen Clemmens (le firmó una mitra a Benedicto XVI en Washington en 2008) y numerosos ex-jugadores de beisbol y fútbol americano.

Los capellanes y seleccionadores, también

En Catholic Athletes for Christ también se puede contar con las enseñanzas de diversos entrenadores y seleccionadores ya retirados, y con la participación de algunos populares periodistas deportivos.

Por último, es posible contar con la eficaz predicación de los sacerdotes capellanes del Indy Racing, los Jacksonville Jaguars o los Houston Texans. Como es evidente, predicar a los de la propia afición es doblemente agradable. En total, aunque a la asociación pertenecen muchas más personas, ofrecen unos 40 oradores para eventos.

“Masculinidad y humildad”

El fundador y presidente que ha potenciado la asociación es Ray McKenna, un experto en la evangelización a través del deporte, organizador de equipos evangelizadores ligados a la liga nacional de béisbol, al fútbol americano profesional, al boxeo y a programas de deporte juvenil. Participó en la convención deportiva del Vaticano de 2005 y entre sus temas preferidos para predicar están “Jesucristo, modelo de masculinidad, modelo de humildad”; “La victoria disfrazada de derrota: la salvación por la Cruz“, “Jugando y rezando para ganar” y “El sentido del humor de Dios”.

¿Qué haría falta para que se organizase una asociación similar en España y en otros países hispanos?

http://www.religionenlibertad.com


Maná y Vivencias Cuaresmales (23)

marzo 13, 2012

Martes de la 3ª semana de Cuaresma

Perdonar siempre

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Antífona de entrada: Salmo 16, 6-8

Yo te invoco, Dios mío, porque tú me respondes; inclina tu oído hacia mí y escucha mis palabras. Protégeme como a la pupila de tus ojos; escóndeme a la sombra de tus alas.
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Primera lectura: Daniel 3, 25.34-43

En aquellos días, Azarías se detuvo a orar y, abriendo los labios en medio del fuego, dijo: «Por el honor de tu nombre, no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia. Por Abrahán, tu amigo; por Isaac, tu siervo; por Israel, tu consagrado; a quienes prometiste multiplicar su descendencia como las estrellas del cielo, como la arena de las playas marinas.

Pero ahora, Señor, somos el más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados. En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia.

Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados. Que éste sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados. Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos y buscamos tu rostro, no nos defraudes, Señor. Trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia. Líbranos con tu poder maravilloso y da gloria a tu nombre, Señor.»
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Salmo: Sal 24, 4-5ab.6.7bc.8-9

Señor, recuerda tu misericordia.

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. 

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.
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Aclamación antes del Evangelio: Joel 2, 12-13

Todavía es tiempo, dice el Señor. Arrepentíos de todo corazón y volveos a mí, que soy compasivo y misericordioso.
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Evangelio: Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»

Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.” El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes.” El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.” Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”

Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»
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Antífona de comunión: Salmo 14, 1-2

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu casa y descansar en tu monte santo? El que procede honradamente y practica la justicia.
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VIVENCIAS CUARESMALES (23)

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Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; éste sea hoy nuestro sacrificio

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21. MARTES

TERCERA SEMANA

DE CUARESMA


TEMA.- Pedir perdón a Dios, sin imitarle en su compasión, equivale a un autoengaño fatal, nefasto, definitivamente suicida.

El capítulo 18 de Mateo es denominado capítulo “eclesial” porque trata de las relaciones entre creyentes al interior de la Iglesia. El evangelio de hoy se refiere al perdón. ¿Cuántas veces debo perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús responde que debemos perdonar siempre –setenta veces siete-, porque el perdón nos permite ser hijos de Dios. Si no perdonamos no podemos disfrutar de la salvación.

Pues no se perdona para que el otro cambie sino para cambiar yo: El perdón implica un amor incondicional a Dios y al hermano que es lo único que todos podemos y debemos cultivar siempre. Lo demás, por ejemplo el que el hermano cambie, no depende de nosotros.

El amor es lo que único que permanece; lo único que da vida. Además, el amor contiene en sí mismo el premio, él mismo es la recompensa, pues no está sino en función de sí mismo, porque nos hace semejantes a Dios que es amor. Al amar y perdonar nos hacemos verdaderos hijos de Dios.

Lectura del Evangelio según san Mateo 18, 21-35

La parábola pone de relieve la gran diferencia entre el perdón que recibimos de Dios y el que nosotros damos normalmente. “Siervo malvado, malo, ¿no debías compadecerte de tu compañero como yo me compadecí de ti?” Perdonar de corazón significa olvidar la ofensa, renunciar de una vez por todas a llevar la razón, a que nos hagan justicia los hombres; renunciar a comentar, a vengarse, a desear mal a quien nos ofendió; renunciar a todo eso… para siempre, y así alcanzar la libertad, la despreocupación, el descanso en Dios.

Perdonar de corazón implica recibir el amor de Dios que proporciona una paz que nada ni nadie nos podrán arrebatar.

Pero ¡ojo! que este perdón es imposible para los hombres, pero posible para Dios. Y él lo ofrece a todos porque desea que todos tengamos vida en abundancia, que llevemos mucho fruto. Él quiere que todos podamos darlo sin medida, pues sólo así tendremos vida, y permitiremos a Dios repartirla a discreción. Por eso, nos puede mandar perdonar siempre.

Lectura del profeta Daniel 3, 25.34-43

“No nos abandones para siempre, por amor de tu nombre, no rechaces tu alianza. No nos retires tu misericordia, por Abraham, tu amigo, por Isaac, tu siervo, por Israel, tu santo… Señor, hemos pasado a ser la nación más pequeña de toda la tierra, a causa de nuestros pecados. En esta hora ya no tenemos rey, ni profeta, ni jefe… No tenemos un lugar en que presentarte las primicias de nuestras cosechas… Pero, a lo menos, que al presentarnos con alma contrita y espíritu humillado te seamos agradables…

Que éste sea hoy nuestro sacrificio y nos consiga tu favor… Porque ahora sí te seguimos de todo corazón, te tememos y buscamos tu rostro… Líbranos de acuerdo a tus maravillas, y da, Señor, gloria a tu nombre”.

Ante la conciencia de nuestras faltas de perdón por la soberbia, por la falta de fe, por la sinrazón, debemos entonar el canto del arrepentimiento de Daniel: Hoy te presentamos un alma contrita y un espíritu humillado. No tenemos merecimientos. Si no podemos perdonar es porque no le dejamos a Dios actuar en nosotros, porque contrarrestamos la acción del Espíritu Santo, es decir, el Espíritu de la comunión, el Espíritu del perdón derramado de una vez para siempre en nuestros corazones desde el bautismo.

Con el salmo 24 oramos: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad”.

El Señor enseña el camino a los pecadores, hace caminar a los humildes con rectitud. Él nos permite imitarlo en el amor, el perdón y la paciencia con los hermanos: No sólo siete veces, sino hasta setenta veces siete. Ese comportamiento es fruto de una vida nueva; imposible para el hombre que por naturaleza es débil, rencoroso, egoísta, incapaz de olvidar, vengativo…

Para perdonar como quiere el Señor, por nuestro bien, hay que nacer de arriba, de nuevo, de lo alto; hay que ser una criatura nueva en Cristo. Es preciso vivir como hijo de Dios que es paciente con todos y manda la lluvia sobre justos y pecadores.

Durante la Cuaresma vamos disponiéndonos día a día para este alumbramiento maravilloso a una vida nueva en Cristo Resucitado, El Señor de la gloria. Ánimo, hermano, que merece la pena hacer con perseverancia y con deportividad este itinerario cuaresmal que culmina en Pascua.

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DE LOS SERMONES DE SAN AGUSTÍN, OBISPO

Mi sacrificio es un espíritu quebrantado.

Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijase en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás.

No es así como nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción, ya que dice: Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón.

¿Quieres aplacar a Dios? Conoce lo que has de hacer contigo mismo para que Dios te sea propicio. Atiende a lo que dice el mismo salmo: Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Pero continúa y verás qué dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Dios rechaza los antiguos sacrificios, pero te enseña qué es lo que has de ofrecer. Nuestros padres ofrecían víctimas de sus rebaños, y éste era su sacrificio. Los sacrificios no te satisfacen, pero quieres otra clase de sacrificios.

Si te ofreciera un holocausto –dice- , no lo querrías. Si no quieres, pues, holocaustos, ¿vas a quedar sin sacrificios? De ningún modo. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Éste es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: Oh Dios, crea en mí un corazón puro. Para que sea creado ese corazón puro, hay que quebrantar antes el impuro.

Sintamos disgusto de nosotros mismos cuando pecamos, ya que el pecado disgusta a Dios. Y, ya que no estamos libres de pecado, por lo menos asemejémonos a Dios en nuestro disgusto por lo que a él le disgusta. Así tu voluntad coincide en algo con la de Dios, en cuanto que te disgusta lo mismo que odia tu Hacedor (Sermón 19, 2-3, CCL 41, 252-254).

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Como nadie está libre de pecado, hoy puedes rezar el salmo penitencial por excelencia, el salmo 50:

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces.

Finalmente, te recuerdo que sobre el proceso del perdón y de la reconciliación total, consigo mismo, con el hermano y con Dios, trata la entrada correspondiente al sábado de la primera semana de Cuaresma. Considero que uno de los frutos más importantes de la Cuaresma debe ser “la sanación por el perdón”, para todos y cada uno, sin excepción. Pues, ¿quién puede afirmar que todo lo tiene perdonado y olvidado? Anímate a permitirle al Espíritu que te sane totalmente, para que puedas experimentar la libertad de los hijos de Dios.

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