Maná y Vivencias Cuaresmales (21) – Domingo III de Cuaresma, Ciclo B

marzo 10, 2012

Domingo III de Cuaresma – Ciclo B

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Primera lectura: Éxodo 20, 1-17

En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos, nietos y bisnietos, cuando me aborrecen.

Pero actúo con piedad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos. No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso.

Fíjate en el sábado para santificarlo. Durante seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el forastero que viva en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay en ellos. Y el séptimo día descansó: por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó.

Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás testimonio falso contra tu prójimo. No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él.
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Salmo 18, 8.9.10.11

Señor, tú tienes palabras de vida eterna

La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.

Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida  y da luz a los ojos.

La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulces que la miel de un panal que destila.
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Segunda lectura: 1 Corintios 1, 22-25

Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para lo judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados –judíos o griegos–, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.
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Evangelio: Juan 2, 13-25

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.»
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»

Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?»
Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.»
Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

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VIVENCIAS CUARESMALES (21)

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TERCER DOMINGO DE CUARESMA


La primera lectura y el evangelio de hoy nos dan pie para meditar en algo tan importante en la vida cristiana y tan arraigado en la conciencia y en la práctica cristiana como es el Domingo o Día del Señor y el precepto dominical.

La Iglesia nuestra madre nos manda, en efecto, santificar el día domingo bajo conciencia de pecado grave. Es decir, el cristiano que no santifica las fiestas daña gravemente su vida espiritual: su relación con Dios y su relación con sus hermanos, comenzando por la familia, la iglesia doméstica. Quien no santifica los domingos no estará capacitado para llevar una existencia como el Señor espera de nosotros.

Primera lectura: En aquel tiempo, habló Dios estas palabras: Acuérdate del día del sábado, para santificarlo. Trabaja seis días, y en ellos haz todas tus faenas. Pero el día séptimo es día de descanso, consagrado a Yahvé tu Dios. Que nadie trabaje. Ni tú, ni tus hijos, ni tus hijas, ni tus siervos, ni tus siervas, ni tus animales, ni los forasteros que viven en tu país. Pues en seis días Yahvé hizo el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto hay en ellos, pero el séptimo día Yahvé descansó, y por eso bendijo el Sábado y lo hizo sagrado.

El precepto del sábado forma parte del decálogo. Los mandamientos transmitidos por Dios a Moisés expresan la alianza con Dios. La elección de Dios es gratuita, pero no incondicionada, pues la comunidad debe ser en el mundo el reflejo de la santidad de Dios. El pueblo elegido debe ser gloria de Dios ante todos los pueblos. Los mandamientos expresan la conducta que debe adoptar Israel para responder a la elección de Dios con agradecimiento y amor reverencial.

En este contexto, mediante la observancia del sábado, el pueblo imita a Dios que también descansó de sus obras en la creación del mundo, y le dedica un día íntegro a Dios cada semana para alabarlo y para abstenerse en ese día de todo interés egoísta.

La finalidad del sábado la ha llevado a plenitud Cristo, el nuevo Adán que vuelve toda la creación al proyecto original. En Él el Padre ha recreado todas las cosas. A través de la muerte y la resurrección, Cristo ha sido constituido el nuevo templo donde se da culto a Dios en espíritu y verdad. “Destruyan este templo y en tres días lo reedificaré. Hablaba de su propio cuerpo…” Por eso, los cristianos celebraron la resurrección del Señor como la primera y principal fiesta del nuevo pueblo de Dios. La santidad del sábado llegó a plenitud en el “Día del Señor”, el día en el que actuó el Señor de manera definitiva a favor de todos los hombres.

A esta altura del camino cuaresmal me parece oportuno reflexionar sobre el sentido cristiano del día domingo, ya que la eucaristía es el tercer sacramento de la iniciación cristiana que la cuaresma nos invita a interiorizar, y además la observancia del precepto dominical está muy enraizada en la conciencia de nuestro pueblo. Me serviré de unas reflexiones divulgadas en un misalito titulado “La misa, fiesta de la vida” que me publicó la editorial Ediciones Paulinas en Lima el año 1989. Te las ofrezco por si te sirven.

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EL DOMINGO, DÍA DEL SEÑOR, 

y  EL PRECEPTO DOMINICAL


1. Fundamentación bíblica

En primer lugar, los orígenes del descanso dominical los encontramos en el Antiguo Testamento. Entonces se mandaba descansar -en hebreo sabat- el día sábado, porque el mismo Dios descansó -simbólicamente- el séptimo día después de haber trabajado seis en la creación del mundo.

Así también el hombre debe descansar, por varios motivos. En primer lugar, porque sus fuerzas no son ilimitadas. El hombre se desgasta y debe regenerar su salud física, sicológica, afectiva…

Con el precepto del descanso dominical se quiere asegurar la salud integral del hombre: “Seis días tendrás para tus ocupaciones y trabajos, pero el séptimo lo respetarás: no trabajarás, será para ti un día sagrado porque Yo soy el Señor y te lo mando” (Ex. 20,8-12).

Aquí encontramos la segunda razón del descanso sabático: Dios manda al hombre descansar para recordarle que no es sólo materia, sino también espíritu, que no sólo existe la vida terrena, sino también la eterna. Por lo tanto, no sólo de pan vive el hombre, sino de la palabra divina. El hombre vale más por lo que “es” que por lo que produce y almacena, por lo que “tiene”.

Esta dimensión espiritual debe el hombre recordarla constantemente en su vida, y para que no lo olvide, Dios le manda descansar un día a la semana. Ese día no le pertenece, “pertenece a Dios, es del Señor”.

Así, encontramos la tercera razón y la más importante: Dios es el dueño del hombre, y es justo en cuanto ordena; porque Él es el Creador. Él sabe mejor que nadie cómo está hecho el hombre, qué necesita, qué le conviene…

Por tanto, en el fondo, con el precepto del descanso sabático, Dios reclama del hombre la fe, la sumisión obediente, gozosa y confiada, obsequiosa. Si manda algo, es por el bien del hombre, no tanto por su propio interés; pues ni nuestra alabanza le engrandece. Y si Dios manda descansar, al hombre sólo le toca obedecer y aceptar la solución que Él mismo le dé, si es que el descanso le acarrea problemas.

Así el creyente se preguntaría: si no trabajo el sábado, ¿cómo subsistiré? ¿Cómo alimentaré a mi familia ese día? Dios te dará en los seis días cuanto necesites no sólo para los seis sino para los siete días, incluido el día sábado. Lo mismo se le promete cuando se le manda dejar descansar la tierra un año de cada siete… Cuando Dios alimentó a su pueblo con el maná le dijo a Moisés: “que el pueblo salga a recoger la ración de cada día… El sexto día prepararán lo que hayan recogido, y será el doble de lo que recogen a diario”. Pues Dios, que se ocupa de las flores y cuida de los pajarillos del campo, ¿cómo no se preocupará del hombre, su creatura preferida?

Así, mediante estas leyes, Dios iba instruyendo a un pueblo primitivo, y le iba inculcando la fe y la confianza absoluta en Él. Cristo practicará y vivirá como nadie esa confianza.

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2.  Domingo, “el primer día de la semana”, Día del Señor.

Para los cristianos el descanso sabático pasó al primer día de la semana; o sea, al día en que resucitó el Señor. Por eso, se le dio un nuevo nombre: “Día del Señor”, “Dies dominica” o Domingo. Los discípulos de Jesús no desprecian los contenidos esenciales del sábado judío, sino que los asumen y los revalorizan a la luz del misterio de Cristo: los trasladan al día Domingo.

A la vez, “el día del Señor” adquiere nuevas connotaciones, propias del Nuevo Testamento. Reseñamos algunas brevemente: En primer lugar, es el día de la Resurrección del Señor. Cristo venció a  las tinieblas en ese día y nos dio una nueva vida. Es, por tanto, el día del sol y de la luz. En ese día fueron hechas nuevas todas las cosas. Fueron literalmente recreadas.

Es el día de la nueva creación que ya se sale del tiempo, instaurando el Reino futuro: por eso se le llama también “día octavo”. “Fiesta primordial”, fiesta de toda la Iglesia, la fiesta pascual: nuestro paso con Cristo a la vida eterna. Ese día es el propio de los cristianos, día inolvidable, día memorable y único, para siempre.

En segundo lugar, el domingo es un día de fiesta. Se celebra la vida en general y la vida en Cristo. La salvación de Cristo vivida por la Iglesia debe expresarse, y al expresarla, aumenta la vivencia salvífica. El ambiente de fiesta comienza por la familia, por la “Iglesia doméstica”. Y debe manifestarse por cientos signos, como el vestir de fiesta y comer mejor que otros días.

El día domingo debiéramos vestirnos mejor, sobre todo para asistir a la Santa Misa. La Misa es como la culminación de la fiesta, como el acto central del domingo. Por tanto, no se puede llegar a la Iglesia vestidos de cualquier manera, como en día laboral, en plan deportivo o playero… Sería un absurdo. Nadie se presentaría así a una fiesta de matrimonio civil o religioso… Pues la Misa dominical es más que todo eso…

Por tanto, uno se viste como para una fiesta, no tanto para llamar la atención o lucirse, sino para el Señor, y por el respeto que se merece la Asamblea cristiana que se reúne para la Misa y para celebrar la salvación total en Cristo. Además, en la casa habría que preparar algo especial para comer, para renovar la convivencia familiar; es preciso distinguir el domingo también en la comida.

Debe ser una fiesta familiar. Es el día más oportuno para que todos coman juntos, sea en la casa, sea en el campo, en la calle, visitando a algún familiar o recibiendo su visita. Es preciso alegrarse en el Señor de una forma espontánea y sincera.  Decía San Pablo: “Alégrense siempre. Estén siempre alegres en el Señor” (Filip. 4, 4). Es algo así como el distintivo del cristiano católico, y más en estos tiempos de desesperanza.

En este ambiente festivo se deben estrechar las relaciones familiares, los nexos afectivos entre los miembros del hogar. Es el día de la gran reconciliación. Se superan las diferencias, se perdonan y olvidan las ofensas. Es un día nuevo… ”El día que hizo el Señor, día de alegría y de gozo…”  ¡Gustad y ved qué bueno es el Señor! ¡Qué hermoso vivir los hermanos unidos!  Para ello nos liberó Cristo.  (Sal, 118; 349; 24;34,9; 133,1).

Es también el día de la gran liberación. La liberación radical de la soledad, el egoísmo, el resentimiento y el odio. Día de paz en el Señor. Día distinto y muy gratificante. Para el cuerpo y el espíritu.

Los esposos debería renovar su comunicación y su relación afectiva matando de raíz la rutina y el desencanto del paso de los días y olvidando las ofensas. “¡Miren que hago nuevas todas las cosas!” (Ap 21,5; Is 43,19). Juntos se sienten padres orgullosos de sus hijos, se interesan por ellos y los acompañan en su crecimiento integral. Pierden el tiempo con ellos, interesándose por sus amistades, sus estudios, sus pequeños y grandes problemas;  así el día domingo favorece la renovación de la familia, pequeña Iglesia y fundamento de la sociedad.

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3.  Domingo, día de la Asamblea cristiana

La fiesta en el hogar se prolonga en la fiesta de la comunidad cristiana y, a la vez, de ella recibe el sentido más pleno. Los lazos de la fe completan los lazos de la carne y la sangre. La comunidad de fe supone la comunidad familiar, y ésta constituye el primer ámbito del compromiso cristiano. Los familiares son los primeros prójimos, los más próximos a nosotros, en los que debemos reconocer a Cristo mismo.

Todo esto se hace explícito el día domingo. Pues la Iglesia es a la vez visible e invisible, humana y divina. La Iglesia necesita expresar la conciencia de su originalidad y de su identidad. Ella es el nuevo Pueblo de Dios, el nuevo Israel.  “Congregado de todos los pueblos, raza, lengua o nación, donde ya no hay judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer… sino todos una misma cosa en Cristo Jesús” (Gál. 3,28).

La Iglesia necesita recordar, siquiera una vez a la semana, esta identidad, que la separa de toda instancia humana y a la vez la prolonga en todo lo humano. La Iglesia vive en el mundo, pero no es del mundo. Es el pueblo sacerdotal consagrado a Dios y, por tanto, separado de toda corrupción y de la mentira y soberbia del mundo.

Tú, hermano, formas parte de este pueblo rescatado. Eres nueva creación. Debes encontrarte siquiera una vez a la semana con tu verdadera familia, a la que te ha incorporado Cristo desde tu bautismo. La Iglesia por el sacramento te engendró en Cristo y ella, cual madre próvida, te acompaña en esta peregrinación hacia la patria verdadera. No puedes olvidar tus orígenes y menos renegar de ellos.

Cada domingo debes encontrar la raíz profunda de tu ser cristiano y debes gozar integrándote más y más en tu verdadera y definitiva familia, que se prolongará para siempre en el cielo. Por tanto, la Iglesia necesita reunirse en santa asamblea.  Así  expresa lo que es. Y a la vez, se va haciendo lo que debe ser, y se le impone como tarea permanente.

Por eso es preciso resaltar algunas actividades fundamentales por las que se expresa y se realiza la pertenencia a la Iglesia. Entre ellas, en primer lugar, se destaca la alegría del compartir con los hermanos. Son los hermanos que yo no he elegido. Los ha elegido Dios. Ellos son mis verdaderos hermanos. Así me hago más universal, más católico. Me uno a los hermanos que Dios eligió; me gusten o no me gusten, eso no cuenta. Debo encontrarme con la verdadera Iglesia de Dios, no con mi grupito o con mi gente.

En segundo lugar, debo llenarme de amor, de simpatía y de aprecio hacia esos hermanos, sean cuales fueren, piensen lo que pensaren. Y eso se demuestra en la reconciliación con todos. Entre los hermanos hay paz, aprecio, armonía…  interés y cuidado mutuo. Por eso pedimos perdón por no habernos sabido reconocer en la vida real y durante la semana como lo que somos en el Señor: hermanos e hijos del mismo Padre, amigos entrañables en un mismo Espíritu.

Pero esa paz y armonía no pueden ser solamente espirituales, sino reales. Por eso, en tercer lugar, no se pueden consentir diferencias escandalosas entre los hermanos por el vestido, alimento, cultura, fe… La paz es compromiso. La paz significa justicia antes y después. La asamblea dominical debe ser una reunión de hermanos donde se limen las diferencias, donde haya verdadero interés y cuidado de unos por otros. Nadie puede acusar a nadie. Y todos deben acusarse en el Señor… La Iglesia se reúne porque es convocada por el Padre Dios que desea que todos se salven. Pero al reunirse se evidencian los pecados entre los hermanos, y por la conversión la Iglesia se renovará constantemente.

Aquí encontramos una razón profunda de la práctica de la limosna, la colecta en la Iglesia y la ayuda a los necesitados. Entre los creyentes se impone la comunicación de bienes, el compartir desprendido y generoso.

El Antiguo Testamento prescribía el diezmo, separado para el templo y los sacerdotes, reconociendo así que todo viene de Dios. En el Nuevo Testamento la comunidad de Jerusalén practicó la comunicación de bienes. San Pablo hacía colecta por los empobrecidos hermanos de las comunidades judías. Después la Iglesia ordenó pagar diezmo y primicias.

Este precepto ha quedado olvidado y caricaturizado. En la actualidad se va tomando conciencia de la conveniencia, legitimidad y hasta necesidad de diezmar, de sentirse responsable del mantenimiento de la Iglesia, de la asistencia a los pobres y de la promoción social de los más desamparados. La práctica del diezmo es para el creyente verdadero la expresión de tu total dependencia de Dios: se desprende del afán de poseer para ser poseído por Dios, aprende a depender más de Dios que de sus propias seguridades.

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4.  Día de la celebración eucarística

Todo lo expresado hasta aquí encuentra su punto culminante en la celebración eucarística. La Misa es el objetivo que da sentido a todo lo expuesto hasta aquí. El descanso, la fiesta, la reunión sincera de los hermanos desemboca en la Misa: en ella se expresan de la mejor manera y en ella se realiza todo eso sacramentalmente. Es como el sello del día.

Así lo confirma la historia y la tradición de la Iglesia desde sus orígenes. Así consta en las páginas del Nuevo Testamento. El día domingo es el día de la resurrección del Señor. Todo queda marcado con el sentido pascual. La  Misa es el memorial de la Pascua de Cristo. Domingo y celebración eucarística aparecen unidos esencialmente.

Por eso es inconcebible una práctica auténticamente cristiana que excluya o minusvalore la Misa dominical. No es que la Misa lo sea todo. Pero es el corazón del domingo. El sentido último del mismo y su razón de ser, ya que la Misa es la actualización de la muerte y resurrección del Señor. La Misa dominical garantiza una verdadera vida en Cristo.

Por ahí se explica la práctica eclesial de la Misa dominical y el precepto de “escuchar Misa entera todos los domingos y fiestas de guardar”.  Lamentablemente, para muchos católicos el significado del domingo y la Misa de precepto se ha reducido a la mínima expresión: un cumplimiento de una hora a la semana bajo conciencia de pecado grave.

Se ha caricaturizado el “Día del Señor”, convirtiéndolo en algo penoso, rutinario y casi ridículo. Por eso, en parte, se explica la apatía y hasta el rechazo de muchos católicos por la Misa dominical. Una pena.

Espero que tú, amigo lector y hermano, a estas alturas sabrás valorar debidamente la Misa y el Día del Señor. Ahora entendemos mejor la necesidad de observar integralmente el descanso dominical, que, por cierto, no significa “no hacer nada”, sino hacer muchas cosas: renovar tu fe, tu vida entera: personal, familiar y social.

Ahora puedes captar mejor que necesitas participar en la Misa. Ya no debes sentir el peso del “precepto”, sino el gozo festivo del encuentro con Dios en Cristo resucitado y presente en tu verdadera familia “católica”. Sentirás el gozo del compartir con tus hermanos llamados con igual derecho que tú a la Vida. Una vida eterna que ya la empiezas a gustar aquí, justamente el día domingo, como ningún otro día. Para eso es el domingo, precisamente.

Por eso ahora te parece totalmente anormal que un católico no asista a Misa todos los domingos, a no ser por causa grave, y que no comulgue habitualmente.  Entiendes que la Misa es una fiesta gozosa; y el domingo un gran gozo y descanso en el Señor. Es el Día en que actuó el Señor: Sea nuestra alegría y nuestro gozo; que no haya por tanto ni luto ni llanto. La alegría en el Señor sea vuestra fortaleza.

¡Espera así el día domingo y vívelo!

De esta manera tendrás garantizada una vida en Cristo, abundante, tal como quiso Él mismo.

Que el Señor bendiga tus buenas disposiciones y te permita entender y saborear cada domingo de esta Cuaresma y del tiempo de Pascua las insondables riquezas de la Eucaristía: “sacramento  de piedad , signo de unidad vínculo de amor”, en expresión de San Agustín.

 

ES DOMINGO…

Es domingo:  una luz nueva resucita la mañana
con su mirada inocente, llena de gozo y de gracia.

Es domingo:  la alegría del mensaje de la Pascua
es la noticia que llega siempre y que nunca se gasta.

Es domingo: la pureza no sólo la tierra baña,
que ha penetrado en la vida por las ventanas del alma.

Es domingo: la presencia de Cristo llena la casa:
la Iglesia, misterio y fiesta, por él y en él convocada

Es domingo: “Este es el día que hizo el Señor”, es la Pascua,
día de la creación nueva y siempre renovada.

Es domingo: de su hoguera brilla toda la semana
y vence oscuras tinieblas en jornadas de esperanza.

Es domingo:  un canto nuevo toda la tierra le canta
al Padre, al Hijo, al Espíritu, único Dios que nos salva.    Amén.

(Liturgia de las Horas, Himno de Laudes, domingo de la primera semana)

 
NOTA: En cualquier día de la semana pueden leerse la 1ª lectura, salmo y evangelio del ciclo A, cuando tocaron los ciclos B o C en el domingo.

O sea que la catequesis prebautismal del agua no debe faltar en la oración y meditación cuaresmales.

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TEXTO ILUMINADOR para la semana:

Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque él dice:

“En tiempo favorable te escuché,

en día de salvación vine en tu ayuda”;

pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día

de salvación (2 Co 6, 1-3).

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Maná y Vivencias Cuaresmales (20)

marzo 10, 2012

Sábado de la 2ª semana de Cuaresma

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El Señor es compasivo y misericordioso

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Antífona de entrada: Salmo 144, 8-9

El Señor es compasivo y misericordioso, lleno de paciencia y amor; el Señor es bueno con todos y su bondad se extiende a todas sus creaturas.
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Primera lectura: Miqueas: 7, 14-15.18-20

Señor, pastorea a tu pueblo con el cayado, a las ovejas de tu heredad, a las que habitan apartadas en la maleza, en medio del Carmelo. Pastarán en Basán y Galaad, como en tiempos antiguos; como cuando saliste de Egipto y te mostraba mis prodigios. ¿Qué Dios como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa al resto de tu heredad? No mantendrá por siempre la ira, pues se complace en la misericordia. Volverá a compadecerse y extinguirá nuestras culpas, arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos. Serás fiel a Jacob, piadoso con Abrahán, como juraste a nuestros padres en tiempos remotos.
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Salmo: Sal 102, 1-2.3-4.9-10.11-12

El Señor es compasivo y misericordioso

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; el rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.

No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.

Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos.
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Aclamación antes del Evangelio: Lucas 15, 18

Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”.
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Evangelio: Lucas 15, 1-3.11-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle.
Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de saciarse de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.

Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.” Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.” Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.” Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.”

El padre le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”»
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Antífona de comunión: Lucas 15, 32

Alégrate, hijo mío, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado.
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VIVENCIAS CUARESMALES (20)


Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.

18. SÁBADO

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

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TEMA.- El hijo pródigo, paradigma de la confesión sacramental.

En la antífona de entrada una vez más se resalta la bondad de Dios. El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas” (Salmo 144, 8-9).

Una y otra vez, consideramos a Dios en lo específico suyo: la misericordia. ¿Cuándo nos convenceremos de ello? Él es Dios, no hombre. Nuestros parámetros no son apropiados para captar a Dios en su originalidad. En efecto, ninguno de los dos hijos llegó a conocer a su padre, aunque vivían en su casa día y noche. El mayor era egoísta y había reducido su relación filial a un cumplimiento legalista y frío; él obedecía para que le premiaran. El menor era también egoísta y se entusiasmó con la idea de hacer su voluntad, de liberarse del padre, del “viejo”. La relación con él era rutinaria y le aburría esa vida. Quería romper la dependencia y emanciparse.

Los dos hijos vivían afectivamente lejos de su padre aunque convivieran con él, no lo conocían bien, no lo apreciaban, no lo amaban. Eran ingratos, desagradecidos y hasta injustos con un padre cuyo delito fue el haberles dado lo mejor que podía darles, y buscar lo mejor para ellos.

Si muchos se identifican con el hijo pródigo, no son menos los que podemos identificarnos con el hijo mayor. Él no amaba a su padre, y se constata que tampoco amaba a su hermano. No ama a su hermano y, por tanto, no lo puede excusar y menos aún perdonar. Teme que, si lo perdona, su hermano seguirá en lo mismo, que no le va a doler lo que ha hecho. Piensa que si no se le aplica un correctivo a su hermano, éste no escarmentará y en el futuro será capaz de abusar de la bondad del padre y perjuficará a toda la familia; por eso critica la actitud indulgente del padre como excesivamente generosa hasta rayar en ingenua: le parece tonta, incomprensible y hasta injusta.

Nosotros, por lo general, igual que el hijo mayor, creemos que a la gente hay que cambiarla a como dé lugar; y eso se consigue cuadrando a la gente, ajustando cuentas, reprochando, humillando si es necesario, castigando, vengándose, y obligando a los demás a pagar en justicia todo lo adeudado. En fin, haciendo que el pecador pruebe lo amargo de las consecuencias de su falta. Nos da miedo dejar libre al otro, decirle que no importa lo que ha hecho, que le comprendemos, que no ha pasado nada, que lo seguimos amando igual o más que antes, que le seguimos esperando y que confiamos en él, que le damos una nueva oportunidad, que sufrimos con él lo mal que se siente por lo que ha hecho, que quizás es él precisamente el que más lamenta lo sucedido y sufre por el pecado cometido, que él es más grande que su propio pecado, que no puede identificarse para siempre con lo que ha hecho. Todo eso nos cuesta practicarlo porque no nos fiamos del hermano y no creemos en la capacidad regenerativa del hombre. Es posible que tampoco estemos dispuestos a que nos hagan otra jugarreta. No queremos pasar más aprietos.

En fin, nos cuesta aceptar a los hermanos en su proceso de crecimiento en libertad, en la “libertad de hijo” que nos ha dado el Padre, nuestro Padre, como un derecho a todos sus hijos sin excepción. Querríamos a nuestros prójimos más perfectos, más disciplinados, más agradecidos, pero es a Dios a quien deben dar cuentas, no a nosotros. Eso es lo que nos cuesta: aceptar que Dios es el soberano y dueño de todo y de todos, y no nosotros. Querríamos poner nosotros la medida y las reglas de juego; pero eso, felizmente para todos, pertenece a Dios. Tanto nos atrae esa pretensión, que nos atrevemos a juzgar a Dios como el hijo mayor tachándole de ingenuo y aun de injusto. Sin embargo, el Padre, el único bueno, a los operarios que le reclamaban, les dijo: ¿Por qué veis con malos ojos que yo sea bueno? ¿Quiénes sois vosotros para imponerme determinados comportamientos y para decirme lo que debo hacer y cómo tengo que amar y hacer justicia?

Porque es Dios, puede confiar sin medida en nosotros. Él es el Amor que todo lo espera, todo lo cree, todo lo soporta. Nosotros somos limitados: nosotros estamos invitados a imitar a nuestro Padre en esa característica tan propia y exclusiva de Dios. Es mucho lo que se nos pide: es algo imposible para el hombre, pero posible para Dios.

Deberíamos alegrarnos de que Dios sea tan bueno; y porque mucho se nos perdona, mucho queremos alabarlo. Dios cree que el amor y el perdón es el mejor antídoto al abuso y a la ingratitud del hombre pecador. Sólo el amor le hace salir de sí mismo y le cambia. Pues “amor saca amor”, sobre todo considerando el ejemplo de Cristo interpretado e interiorizado en nosotros por la acción del Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones como prenda de vida eterna. Esa vida eterna que consiste en conocer el amor del Padre y del Hijo; en disponerse a vivir en correspondencia a su Amor ingresando a la misma familia divina.

Con el salmista agradecemos el infinito amor y perdón de Dios. Que nuestra alabanza llene la tierra, que llene la Iglesia, como llenó el perfume de la Magdalena toda la casa: ella pudo amar mucho, porque mucho se le perdonó; y también, mucho se le pudo perdonar porque mucho amó. A quien poco se le perdona, poco ama. Quien no permite que se le perdone mucho, poco puede amar.

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ORACIÓN COLECTA

Señor, Dios nuestro, que, por medio de los sacramentos, nos permites participar de los bienes de tu reino ya en nuestra vida mortal; dirígenos tú mismo en el camino de la vida,para que lleguemos a alcanzar la luz en la que habitas con tus santos.

ORACIÓN DE LA COMUNIÓN

Señor, que la gracia de tus sacramentos llegue a lo más hondo de nuestro corazón y nos comunique su fuerza divina.

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PREFACIO DE LA PLEGARIA EUCARÍSTICA SOBRE LA RECONCILIACIÓN I. La reconciliación como retorno al Padre.

En verdad es justo y necesario darte gracias, Señor Padre santo, porque no dejas de llamarnos a una vida plenamente feliz.

Tú, Dios de bondad y misericordia, ofreces siempre tu perdón e invitas a los pecadores a recurrir confiadamente a tu clemencia. Muchas veces los hombres hemos quebrantado tu alianza; pero tú, en vez de abandonarnos, has sellado de nuevo con la familia humana, por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, un pacto tan sólido, que ya nada lo podrá romper.

Y ahora, mientras ofreces a tu pueblo un tiempo de gracia y reconciliación, lo alientas en Cristo para que vuelva a ti, obedeciendo más plenamente al Espíritu Santo, y se entregue al servicio de todos los hombres.

Por eso, llenos de admiración y agradecimiento, unimos nuestras voces a las de los coros celestiales para cantar la grandeza de tu amor y proclamar la alegría de nuestra salvación.

Santo, Santo, Santo es el Señor…

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HIMNO

Éste es el día en que actuó el Señor. Éste es el tiempo de la misericordia. ¡Exulten mis entrañas! ¡Alégrese mi pueblo! Porque el Señor que es justo revoca sus decretos: La salvación se anuncia donde acechó el infierno, porque el Señor habita en medio de su pueblo.

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