Los obispos vascos piden a ETA que se arrepienta y a las víctimas que perdonen

marzo 6, 2012


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Homilía conjunta de los obispos Asurmendi, Iceta y Munilla

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MADRID, domingo 26 febrero 2012 (ZENIT.org).- Los tres obispos vascos han firmado una homilía conjunta sobre el final del terrorismo, en la que han pedido a los etarras que busquen un “arrepentimiento verdadero” que les lleve a una “petición sincera” de perdón y, al mismo tiempo, han llamado a las víctimas de ETA a que ofrezcan ese “perdón sanador” a sus verdugos. Cada uno de los tres prelados ha dado lectura en su respectiva diócesis al documento titulado “Busca la paz y corre tras ella”. Ofrecemos el texto completo de la homilía de los obispos vascos.

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1. Las bienaventuranzas nos muestran el testimonio de vida de quienes han sido renovados en Cristo. Entre ellas, se encuentra la que hace referencia a quienes construyen la paz: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9). Con la proclamación de las bienaventuranzas, la antigua ley ha sido culminada por la ley nueva del amor.

Como afirma San Pablo, “el que es de Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo” (2 Co 5, 17). Jesús inaugura y posibilita un nuevo modo de relación humana: el “ama al prójimo como a ti mismo” ha sido superado por el mandamiento nuevo: “amaos unos a otros como Yo os he amado”. Es más, el Señor nos dice que la nueva condición de hijos e hijas de Dios conlleva el amar a los enemigos y rezar por los que nos persiguen (cfr. Mt 5, 44).

2. Jesús es consciente de que para amar de este modo nuevo, es necesaria la renovación profunda de la humanidad. Y así Él se humilló y se rebajó hasta la muerte, y una muerte de cruz. Cristo quiere descender a la profundidad del dolor y sufrimiento humano para, desde ahí, renovar radicalmente nuestra humanidad, haciendo brotar la vida desde el abismo del dolor y de la muerte: “Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores” (Is 53, 4). Esta impresionante descripción que el profeta Isaías refiere al Siervo de Yahveh nos muestra el modo en que el Hijo de Dios, asumiendo nuestra carne, acoge en sí mismo todo mal y toda injusticia. Él no es ajeno a las oscuridades y dolores de la humanidad, sino que se hace solidario, hasta el extremo, de todo padecimiento e incluso de la misma muerte.

3. Isaías prosigue clamando con admiración: “Sus heridas nos han curado” (Is 53, 5). El misterio Pascual del Señor torna la herida en curación, el sufrimiento en gozo, la muerte en vida. De la herida abierta de Jesús muerto en la cruz brotan el agua y la sangre, la fuente de la vida, el surtidor de agua viva que salta hasta la vida eterna. De la profundidad del sepulcro surge el anuncio luminoso de la resurrección y se realiza el inicio de la nueva creación. Sus heridas asumieron las nuestras y de ellas, en Cristo, renace una nueva vida llena de vigor y de esperanza.

4. El primer día de la semana, estando los discípulos con las puertas cerradas, porque tenían miedo, se presentó Jesús, y les mostró las heridas, las manos y el costado. Queridos hermanos y hermanas: También hoy, aquí y ahora, el Señor quiere mostrarnos sus heridas para que nos llenemos de paz y esperanza. ¡Tus heridas nos han curado! Con Cristo es posible que el leño viejo y seco pueda reverdecer. Se nos ofrece la posibilidad de que el odio, la violencia y la división sean vencidos por el amor, el perdón y la reconciliación. Necesitamos ver esas manos y ese costado para emprender con decisión el camino de la reconciliación. En esas llagas de Jesús vemos, de modo particular, a quienes han sufrido brutalmente las heridas y la muerte causadas por el terrorismo y toda clase de violencia injusta. Cristo es la Víctima pascual, y en Él, las víctimas son abrazadas por el amor de Jesús y asociadas para siempre a su propia entrega, haciendo que su sangre no sea inútil. Su memoria, así como el acompañamiento a sus familias, constituyen una exigencia de la justicia, así como un testimonio perenne de gratitud y reconocimiento y un elemento ineludible para la reconciliación social.

5. Y les dijo: “Mi paz os dejo, mi paz os doy, no os la doy como la da el mundo” (Jn 14, 27). La paz que Dios nos ofrece, es acogida por aquellos que reconocen sus faltas y sus pecados, por aquellos que abren su corazón a la gracia de la conversión. La paz, como don de Dios, secundada por la tarea humana, nace de un corazón nuevo, transformado por el Espíritu. “Sopló sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados” (Jn 20, 22). Es el Espíritu Santo quien opera el cambio del corazón y el que posibilita la construcción de la paz. La paz procede originariamente de Dios, pero precisa de nuestra colaboración para que fructifique. Jesús nos invita a contemplar: “Ya ves, estaba muerto, pero ahora vivo” (Ap 1, 18). La muerte, en Jesús, se transforma en vida. Es la esperanza cierta que puede llenar de paz y serenidad a quienes han padecido en carne propia la herida profundamente injusta del terror y de la violencia. En Cristo encontramos nuestra paz y también el sufrimiento y la muerte encuentran un motivo para esperar y ser curados, restituyéndonos a la vida nueva de Dios.

6. Sólo el Cordero degollado es capaz de recibir el libro, abrir sus sellos y ver su contenido (cfr. Ap 5, 7). Cristo, el Cordero degollado, aparece vivo y de pie. Ello significa la verdad con capacidad de juzgar verazmente, pues conoce hasta la profundidad del corazón humano y de la historia. Él es la Verdad, una Verdad personal e imperecedera. Él arroja luz sobre nuestra historia y sólo desde Él podemos conocer la verdad de las cosas, superando visiones parciales y fragmentadas de una realidad tan dolorosa como la que hemos vivido. Con Él podemos volver la mirada sobre el relato de nuestra historia, y unidos a Él podremos reconocer el daño causado, valorar críticamente nuestras acciones y omisiones, restablecer la justicia y abrirnos al perdón y a la reconciliación.

7. “Dios nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación” (2 Co 5, 18). En efecto, el ministerio de la reconciliación está en el corazón mismo de la misión de la Iglesia. Es un encargo que el Señor otorga a quienes ha reconciliado consigo por el Misterio pascual. Los cristianos de nuestras diócesis, acompañados por sus pastores, han realizado un largo recorrido en el servicio de la reconciliación, mediante múltiples y variadas iniciativas, con la conciencia de estar ejerciendo un ministerio fruto de la voluntad y el envío por parte de Dios, que al mismo tiempo responde a una necesidad de nuestra sociedad. “Nosotros actuamos como enviados de Cristo y en su nombre os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Co 5, 20). El anuncio del perdón y de la misericordia de Dios, así como la exhortación a la conversión y al arrepentimiento, es esencial y permanente en la predicación de Jesús. La Iglesia tiene por cometido primordial anunciar esta gracia que exhorta a la conversión profunda y a acoger y ofrecer el perdón en el camino de la reconciliación.

8. En esta nueva etapa, la Iglesia quiere renovar su misión y compromiso de ser servidora de reconciliación. El anuncio por parte de ETA del final definitivo de toda actividad violenta ha sido acogido por nosotros y por la sociedad con satisfacción y esperanza, pero continuamos deseando y demandando su definitiva desaparición. Tras el cese de todo lo que amenaza la integridad física o moral de las personas, los senderos de la verdad y de la justicia constituyen el itinerario para una reconstrucción moral y social, que garantice una convivencia en paz, digna y respetuosa. Particularmente el arrepentimiento y el perdón son necesarios allí donde las agresiones del terrorismo y de toda clase de violencia o injusticia han abierto heridas profundas. Pedimos a Dios que quienes han dañado y ofendido al prójimo sientan su llamada al arrepentimiento verdadero y a la petición sincera de perdón.

9. Queridos hermanos y hermanas. Cristo nos enseña a perdonar y por el don del Espíritu se nos ofrece la capacidad de practicarlo. El perdón pedido y otorgado libera el corazón humano y nos hace semejantes a nuestro Padre misericordioso. Por eso, también rogamos a Dios que, a quienes han experimentado la agresión y todo tipo de violencia física o moral les conceda la gracia de poder ofrecer este perdón sanador y liberador que, sin anular las exigencias de la justicia, la supera.

10. El salmo 33 que hemos recitado nos anima a buscar la paz y correr tras ella. Gracias a Dios, en esta búsqueda hemos tenido y tenemos tantos compañeros de camino: instituciones, asociaciones, movimientos, iniciativas de diverso tipo, y tantos hermanos y hermanas, que se han empeñado con esfuerzo y constancia en lograr el fin de toda violencia y nos han invitado reiteradamente a recorrer el camino de la reconciliación. El Señor nos convoca a todos, instituciones y particulares, a colaborar en el afianzamiento de una cultura de la reconciliación y de la paz promoviendo e impulsando el encuentro, el diálogo y la reflexión, actuando con sabiduría. Aprendamos a vivir en el respeto y aprecio mutuos, más allá de nuestros condicionamientos ideológicos, sociales o políticos para encontrarnos respetuosamente con quienes piensan o viven de distinta manera que nosotros, en una sociedad que es plural y compleja pero que quiere vivir en paz y prosperidad, mirando al futuro con esperanza.

11. Sintámonos nuevamente enviados por el Señor a ser ministros de reconciliación, constructores de paz. El Espíritu Santo sigue derramando sus dones para que germine entre nosotros la paz como don de Dios, que requiere a su vez nuestro esfuerzo y colaboración. Que el Señor nos fortalezca y María nuestra Madre nos acompañe en esta hermosa y necesaria tarea. Como nos anunció el Señor resucitado: ¡Que la paz esté siempre con nosotros! AMÉN.

+ Mario, obispo de Bilbao

+ Jose Ignacio, obispo de San Sebastián

+ Miguel, obispo de Vitoria


Maná y Vivencias Cuaresmales (16)

marzo 6, 2012

Martes de la 2ª semana de Cuaresma

Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios

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Antífona de entrada: Salmo 12, 4-5

Ilumina mis ojos, para que no caiga en el sueño de la muerte, para que mi enemigo no pueda decir: “lo he vencido”.
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Primera lectura: Isaías 1,10.16-20

Oíd la palabra del Señor, príncipes de Sodoma, escucha la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra: «Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda.

Entonces, venid y litigaremos –dice el Señor–. Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana. Si sabéis obedecer, lo sabroso de la tierra comeréis; si rehusáis y os rebeláis, la espada os comerá. Lo ha dicho el Señor.»
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Salmo: Sal 49, 8-9.16bc-17.21.23

Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios

«No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí. Pero no aceptaré un becerro de tu casa, ni un cabrito de tus rebaños.

¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?

Esto haces, ¿y me voy a callar? ¿Crees que soy como tú; El que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.»
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Aclamación antes del Evangelio:

“Arrojen lejos de ustedes todas las rebeldías y háganse un corazón nuevo y un espíritu nuevo”, dice el Señor.»
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Evangelio: Mateo 23, 1-12

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros.

Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar consejeros, porque uno solo es vuestro consejero, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»
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Antífona de comunión: Salmo 9, 2-3

Proclamaré todas tus maravillas. Quiero alegrarme y regocijarme en ti, y cantar himnos a tu nombre, Altísimo.
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VIVENCIAS CUARESMALES (16)

Sea el Señor tu delicia

14. MARTES

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA


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TEXTO ILUMINADOR: Practicad el bien y buscad la justicia.

Texto bíblico, Isaías 1, 10-16. Dios sigue exigiéndonos sinceridad y mucha honestidad para poder llegar a él. Pues él es Luz sin tiniebla alguna. Lavaos, purificaos: nada de maldad. Sólo haciendo el bien, el hombre alcanza su centro, su plenitud. Dios es el más interesado en que sea así. Ayuda, lo más que puede, al hombre mediante la gracia preveniente, acompañante o concomitante, y, claro, siempre suficiente; pero no puede suplantar al hombre. Pues lo ha hecho libre, capaz de lo mejor. Dueño de su vida y constructor de su propia historia.

Dios que lo ha hecho libre, respeta su voluntad, y quiere que se ejercite como verdadero agente de bien y de solidaridad; y que así disfrute sintiéndose útil a los demás y realizado en sus posibilidades, casi infinitas. Pues Dios lo hizo poco inferior a los ángeles. Dios, que es de vivos y no de muertos, no es celoso del crecimiento del hombre, sino todo lo contrario: goza con verlo feliz y realizado; es lo que más le gusta. En eso consiste su gloria, en que el hombre viva y llegue a plenitud.

“Ten en cuenta que hoy yo pongo ante ti el bien y la vida por una parte, y por otra el mal y la muerte. Si escuchas los mandamientos de tu Dios que yo te prescribo, vivirás y te multiplicarás. Yahvé te bendecirá en la tierra que vas a poseer. Escoge, pues, la vida… Pongo hoy por testigo ante vosotros al cielo y a la tierra, te pongo delante la vida y la muerte, la bendición o la maldición: escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu descendencia. En eso está tu vida y la duración de tus días…” (Deuteronomio 30, 15-20).

De ahí el Salmo 49: “Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios”. ¿Por qué recitas mi ley, y no la cumples? ¿Puedo aceptar un culto falso, que olvida las obras de misericordia con el prójimo? ¿Crees que soy como tú, un arco falso que se dobla? Dios es luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, en él no hay ni pizca de oscuridad.

“Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios. No te reprocho tus sacrificios; pues siempre están tus holocaustos ante mí. Pero no aceptaré un becerro de tu casa, ni un cabrito de tus rebaños. ¿Por qué recitas mis preceptos, y tienes en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza, y te echas a la espalda mis mandatos? Esto haces, ¿y me voy a callar? ¿Crees que soy como tú? El que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios” (Salmo 49, 8-9-16-17-21-23).

De nuevo el tema de la honestidad para con Dios y con el prójimo. Y vuelta con la responsabilidad del hombre y el poder de su decisión que radica en el interior: El reino de Dios no está aquí o allá; está en tu interior, dentro de tu corazón. No es inalcanzable ni tampoco depende de fuerzas fatalistas o arbitrarias. Cuidado con aficionarnos a poner en factores exógenos la razón y la causa de nuestras desdichas: los demás, los políticos, el gobierno, la crisis económica, la historia, la mala suerte, el orden internacional…

En realidad, seremos lo que queramos, lo que decidamos libre y responsablemente. El hombre será lo que quiera ser. El Evangelio nos recomienda: no temáis a los que pueden haceros daño en el cuerpo. Temed sobre todo a los que pueden haceros daño en el alma, en el espíritu.

Sigue el texto sagrado en el mismo sentido, desmantelando subterfugios: No permitáis que os llamen “padre”, “maestro”, que os endiosen y os adulen. No lo consintáis. No viváis a cuenta del engaño de los demás, o a expensas de su adulación. Es preciso vivir en la verdad, en la autenticidad. Cuidado con aficionarse a vivir de rentas y del engaño ajeno. Cuidado con la falsedad existencial y la claudicación de la conciencia personal.

No fomentéis la mentira de ninguna manera, y no os acostumbréis a vivir en falsedad. Con prudencia y delicadeza defended la verdad, y con firmeza rechazad toda mentira, toda apariencia, toda actitud falsa o dolosa. He aquí la verdadera libertad y rectitud que nos recompensa con la tranquilidad de conciencia y la satisfacción personal.

Y no llaméis a otro padre, maestro, no aduléis, no busquéis favoritismos y ventajas sobre los demás, no busquéis dioses a vuestra medida. Jesús dice: Haced lo que os dicen pero no los imitéis, porque dicen y hasta se atreven a enseñar a los demás, pero no practican lo que predican. En ese colectivo se incluyen muchos doctores, padres de familia, profesores, sacerdotes, políticos, comunicadores, consejeros y formadores, acompañantes… ¿Quién estará libre?

Pero ahora, en la Cuaresma todos son invitados a “sanear” su vida personal y a purificar las motivaciones de su conducta. Nadie está excluido de la oportunidad que Dios ofrece en este tiempo de salvación. Ellos, dice el texto evangélico, colocan cargas pesadas sobre los hombros de los otros, y Cristo dice: Mi carga es ligera. ¿La carga pesada de los falsos profetas hay que tomarla materialmente y a la letra, o sólo tomamos lo que viene de Dios? ¿Podremos constituirnos en jueces de nuestra propia causa? Seríamos malos jueces, parciales seguramente.

De todas maneras, sabemos muy bien que sólo Dios nos pastorea; de él dependemos y a él nos sometemos y él nos da fuerzas para todo. Podemos ser los mejores ciudadanos, los mejores cumplidores de las leyes humanas, porque nuestra vida no depende del cumplimiento de leyes sino del Señor dador de todo bien. En el Señor toda carga es llevadera.

Por tanto, si somos buenas ovejas siempre encontraremos la enseñanza y la dirección de Dios, a pesar de todos los pesares. Él se valdrá de todo y de todos para llegar a sus hijos, siempre y oportunamente. Dios siempre llega a quien lo busca sinceramente porque su amor es lo absoluto y lo definitivo. Y eso no depende sino de él. Es lo que más le gusta, y esa parte nadie se la quitará. Nosotros nos cobijamos a la sombra de sus alas y gozamos de su protección. “Gustad y vez qué bueno es el Señor”.

Al final, concluiremos que nuestra felicidad sólo depende de Dios y de nosotros mismos. Nadie puede interferirse. Nada ni nadie nos puede arrebatar la paz que el Señor nos da. No podemos decir: “si nos dejan”, cuando aspiramos a la felicidad; o “que nos dejen en paz”, cuando nos corrigen. En el interior del hombre habita la Verdad.

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ORACIÓN DEL SALMISTA PARA “TU HOY”

No te exasperes por los malvados, no envidies a los que obran el mal: Se secarán pronto, como la hierba, como el césped verde se agostarán.

Confía en el Señor y haz el bien, habita tu tierra y practica la lealtad; sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón. Encomienda tu camino al Señor, confía en él, y él actuará: Hará tu justicia como el amanecer, tu derecho como el mediodía.

Descansa en el Señor y espera en él, no te exasperes por el hombre que triunfa empleando la intriga: cohíbe la ira, reprime el coraje, no te exasperes, no sea que obres mal; porque los que obran mal son excluidos, pero los que esperan en el Señor poseerán la tierra.

El Señor vela por los días de los buenos, y su herencia durará siempre (Salmo 36).

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De los sermones de san Pedro Crisólogo, obispo

La oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe

Tres son, hermanos, los resortes que hacen que la fe se mantenga firme, la devoción sea constante, y la virtud permanente. Estos tres resortes son: la oración, el ayuno y la misericordia. Porque la oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe. Oración, misericordia y ayuno constituyen una sola y única cosa, y se vitalizan recíprocamente.

El ayuno, en efecto, es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Que nadie trate de dividirlos, pues no pueden separarse. Quien posee uno solo de los tres, si al mismo tiempo no posee los otros, no posee ninguno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le suplica.

Que el que ayuna entienda bien lo que es el ayuno; que preste atención al hambriento quien quiere que Dios preste atención a su hambre; que se compadezca quien espera misericordia; que tenga piedad quien la busca; que responda quien desea que Dios le responda a él. Es un indigno suplicante quien pide para sí lo que niega a otro.

Díctate a ti mismo la norma de la misericordia, de acuerdo con la manera, la cantidad y la rapidez con que quieres que tengan misericordia contigo. Compadécete tan pronto como quisieras que los otros se compadezcan de ti.

En consecuencia, la oración, la misericordia y el ayuno deben ser como un único intercesor en favor nuestro ante Dios, una única llamada, una única y triple petición.

Recobremos con ayunos lo que perdimos por el desprecio; inmolemos nuestras almas con ayunos, porque no hay nada mejor que podamos ofrecer a Dios, de acuerdo con lo que el profeta dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias. Hombre, ofrece a Dios tu alma, y ofrece la oblación del ayuno, para que sea una hostia pura, un sacrificio santo, una víctima viviente, provechosa para ti y acepta a Dios. Quien no dé esto a Dios no tendrá excusa, porque no hay nadie que no se posea a sí mismo para darse.

Mas, para que estas ofrendas sean aceptadas, tiene que venir después la misericordia; el ayuno no germina si la misericordia no lo riega, el ayuno se torna infructuoso si la misericordia no lo fecundiza: lo que es la lluvia para la tierra, eso mismo es la misericordia para el ayuno. Por más que perfeccione su corazón, purifique su carne, desarraigue los vicios y siembre las virtudes, como no produzca caudales de misericordia, el que ayuna no cosechará fruto alguno.

Tú que ayunas, piensa que tu campo queda en ayunas si ayuna tu misericordia; lo que siembras en misericordia, eso mismo rebosará en tu granero. Para que no pierdas a fuerza de guardar, recoge a fuerza de repartir, al dar al pobre, te haces limosna a ti mismo: porque lo que dejes de dar a otro no lo tendrás tampoco para ti.

(Sermón 43: PL 52, 320, 322)

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HIMNO

Libra mis ojos de la muerte; dales la luz que es su destino. Yo, como el ciego del camino, pido un milagro para verte. Haz de esta piedra de mis manos una herramienta constructiva; cura su fiebre posesiva y ábrela al bien de mis hermanos.

Que yo comprenda, Señor mío, al que se queja y retrocede, que el corazón no se me quede desentendidamente frío. Guarda mi fe del enemigo, ¡tantos me dicen que estás muerto! Tú que conoces el desierto, dame tu mano y ven conmigo. Amén

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