Maná y Vivencias Cuaresmales (14)

marzo 3, 2012

Domingo II de Cuaresma – Ciclo B

Desde la nube resplandeciente se oyó la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo”.

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Antífona de Entrada: Salmo 26, 8.9

Mi corazón sabe que dijiste: buscad mi rostro. Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí.
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Primera lectura: Génesis 22, 1-2.9-13.15-18

En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán, llamándole: «¡Abrahán!»
Él respondió: «Aquí me tienes.»
Dios le dijo: «Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, en uno de los montes que yo te indicaré.»
Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña.

Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo «¡Abrahán, Abrahán!»
Él contestó: «Aquí me tienes.»
El ángel le ordenó: «No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo.»
Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo.

El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo: «Juro por mí mismo –oráculo del Señor–: Por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.»
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Salmo 115, 10.15.16-17.18-19

Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.

Tenía fe, aun cuando dije: «¡Qué desgraciado soy!» Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles.

Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor.

Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo, en el atrio de la casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén.
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Segunda lectura: Romanos 8, 31b-34

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?
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Aclamación antes del Evangelio: Mateo 17, 15

Desde la nube resplandeciente se oyó la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo”.
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Evangelio: Marcos 9, 2-10

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Estaban asustados, y no sabía lo que decía.

Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: «Este es mi Hijo amado; escuchadlo.»
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»
Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».
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Antífona de comunión: Mateo 17, 5

Éste es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.
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VIVENCIAS CUARESMALES (14)

La Transfiguración del Señor

12. SEGUNDO DOMINGO

DE CUARESMA CICLO B

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TEXTO ILUMINADOR: Una voz desde la nube decía: “Este es mi Hijo, el escogido; escuchadlo”.

Dios nos llamó para destinarnos a ser santos, no en consideración a lo bueno que hubiéramos hecho nosotros, sino porque ese fue su propósito. Esa fue la gracia de Dios que nos concedió en Cristo Jesús desde la eternidad y que llevó a efecto con la aparición de Jesucristo, nuestro Salvador. Él destruyó la muerte e hizo resplandecer la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio.

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ORACIÓN COLECTA:
Señor, Padre Santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu Palabra; así, con mirada limpia, contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro.

Esta oración se inspira en el relato evangélico de hoy: El Padre nos manda escuchar a su Hijo, la Palabra en persona. Por tanto, en la Cuaresma hay que escuchar más asiduamente la palabra de Dios, alimentar nuestro espíritu, dejando otras lecturas y distracciones que frecuentamos. La palabra de Dios limpia el ojo interior, inspira buenas ideas, inclina hacia el bien, ahoga el mal, nos hace arder el corazón en deseos del bien, despierta y renueva dentro de nosotros lo mejor que Dios ha sembrado… Nos hace semejantes al Verbo, fuente de la sabiduría, y limpia nuestros ojos para contemplar el rostro de Dios.

Vosotros ya estáis limpios por la palabra que habéis escuchado… El que me ve a mí, ve al Padre. La fe de Abrahán en el Dios veraz le impulsa a salir de la tierra, a ponerse en camino “hacia donde no sabía”; no hay un lugar concreto a donde ir, pues, la fe es dependencia absoluta y permanente respecto de Dios; caminar siempre sin llegar nunca a un lugar para estar, para descansar; pues nuestro descanso no puede situarse en nada que no sea Dios mismo.

El Dios de la alianza le promete a Abrahán descendencia, le da “el hijo de la promesa” y luego se lo pide, le manda que se lo sacrifique. Humanamente, es una contradicción, algo absurdo. Abrahán debe preferir la lógica de la fe. Dios sabrá lo que hace. Dios “provee”. Abrahán lo pierde todo, menos su absoluta confianza en Dios, el único bueno y fiel. Renuncia a todo, y por ese desprendimiento lo consigue todo. Dios le devuelve al hijo y con él todas las bendiciones.

Aplicación a nuestra vida, moraleja: en realidad, sólo tenemos seguro aquello que hemos entregado a Dios. Sólo tenemos y poseemos aquello que tenemos depositado en Dios. Es decir, lo que amamos en Dios y por Dios, y tal como él lo ama.

El Padre nos manda una sola cosa: escuchar a Jesús, imitar su vida. Por la negación de sí mismo a la gloria perfecta, por la pasión a la resurrección. Pero, desde otra perspectiva, Cristo ya pagó por nosotros. Su victoria nos pertenece. Ahora todos nosotros podemos pedir al Dios compasivo, con la confianza de hijos amados, todo tipo de curaciones y milagros. Podemos pedirle que nos libre del dolor y de la enfermedad, si nos conviene y es para su gloria.

Tenemos absoluta confianza en Dios por medio de su Hijo que nos dado un espíritu filial. Todo es posible para Dios. Lo único necesario es la gloria de Dios, que sea glorificado en nuestra existencia, sea en vida, sea en muerte. Sólo importa la gloria de Dios, que sea bendecido. Si eso se realiza a través de milagros y portentos, que así sea, aunque me cueste creerlo.

Porque resulta curioso que la gloria de Dios consiste en que el hombre viva plenamente: en que todo hombre experimente aquello mismo que hizo exclamar a Pedro “¡Qué bien se está aquí!”.

Para ser anegado del esplendor de Cristo hace falta traspasar las apariencias del Jesús histórico, para entendernos. Es decir, hay que pasar al Cristo de la fe. Y eso sólo se puede realizar plenamente con la resurrección del Señor. Por eso Jesús les advierte que no hablen de esa experiencia hasta que él haya resucitado de entre los muertos. Cuando sea constituido Señor y Salvador podrá enviar a raudales el Espíritu sobre los apóstoles conduciéndolos a la verdad plena.

Pero para todo bautizado ya está todo realizado en Cristo de manera perfecta y ejemplar. La Cuaresma y la Pascua se implican mutuamente, pues no se pueden separar la Muerte y la Resurrección del Señor.

Por eso, todos nosotros debemos experimentar lo mismo que Pedro, aun en medio de la Cuaresma: Lo creo, Señor, pero aumenta mi fe. Antes te conocía de oídas, pero ahora te están viendo mis ojos, te estoy sintiendo en mi corazón.

La transfiguración es una experiencia que capacita pedagógicamente a los discípulos para afrontar el dolor y la pasión con valentía y con gozo, de manera plenamente salvífica. Pero no hay que determinar de manera matemática el antes y el después del dolor y de los consuelos divinos, pues lo que Dios da lo da para siempre. La experiencia de Pedro persiste aunque baje de la montaña. La experiencia de Dios permanece en nosotros aunque salgamos del templo, aunque dejemos la oración contemplativa, aunque nos invadan las pruebas y la oscuridad o viscosidad de la propia existencia. La paz del Señor, que el mundo no puede dar, nos acompaña siempre.

Para conseguir esa vida nueva, gozosa y permanente, hay que morir a la ley del merecimiento, de lo debido… para pasar al amor, a la libertad, a la gratuidad, al compartir el gozo, no caprichoso ni arbitrario, pero sí maravilloso y nupcial de Dios desposado con la humanidad, con cada uno de nosotros, sus hijos.

Mirad que hago nuevas todas las cosas. Lo anterior pasó, llegaron los últimos tiempos, los del Esposo. El desierto está brotando. ¿Es que no lo notan?”.

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Oración sugerida: Señor, ten paciencia conmigo y enséñame; da gloria a tu nombre y transfigúrame. Es preciso que tú crezcas y que yo disminuya. ¿Adónde iría, Señor, lejos de ti? Estoy dispuesto a todo. Mi vida será gozarme en ti. Pues tú eres digno de toda bendición. Amén.

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Para tu reflexión y oración reproduzco el texto de Filipenses. Pablo exhorta a los hermanos a que se mantengan firmes en el Señor:

“Pues como ya os advertí muchas veces, y ahora tengo que recordároslo con lágrimas en los ojos, muchos de los que están entre vosotros son enemigos de la cruz de Cristo. Su paradero es la perdición; su dios, el vientre; se enorgullecen de lo que debería avergonzarlos y sólo piensan en las cosas de la tierra. Nosotros, en cambio, tenemos nuestra ciudadanía en los cielos, de donde esperamos como salvador a Jesucristo, el Señor. Él transformará nuestro mísero cuerpo en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene para someter todas las cosas” (Flp 3, 18-21).

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Himno de espiritualidad cuaresmal

Llorando los pecados tu pueblo está, Señor. Vuélvenos tu mirada y danos el perdón.

La Cuaresma es combate; las armas: oración, limosnas y vigilias por el reino de Dios.

“Convertid vuestra vida, volved a vuestro Dios, y volveré a vosotros”, esto dice el Señor.

Tus palabras de vida nos llevan hacia ti. Los días cuaresmales nos las hacen sentir. Amén.

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Durante toda la Cuaresma, pero hoy de manera especial por ser el Día del Señor, podemos y debemos exclamar con Pedro: ¡Qué bien se está aquí! Pues si tenemos a Dios, ¿qué nos falta? Comenzamos a decirlo con verdad aquí en la tierra, como peregrinos. Y resultará beneficioso y gratificante ejercitarnos en esa percepción de fe y experiencia del amor de Dios. Un día esperamos decirlo con gozo y para siempre, en la gloria, con nuestros hermanos, con los ángeles y con los santos: ¡Qué bien se está aquí!

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Maná y Vivencias Cuaresmales (13)

marzo 3, 2012

Sábado de la 1ª semana de Cuaresma

Si amáis sólo a quienes os aman, ¿qué recompensa tendréis?

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Antífona de entrada: Salmo 18, 8

La ley del Señor es perfecta, reconforta el alma; el testimonio del Señor es verdadero, da sabiduría al simple.
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Primera lectura: Deuteronomio 26, 16-19

Moisés habló al pueblo diciendo: Hoy el Señor, tu Dios, te ordena practicar estos preceptos y estas leyes. Obsérvalas y practícalas con todo tu corazón y con toda tu alma. Hoy tú le has hecho declarar al Señor que él será tu Dios, y que tú, por tu parte, seguirás sus caminos, observarás sus preceptos, sus mandamientos y sus leyes, y escucharás su voz.

Y el Señor hoy te ha hecho declarar que tú serás el pueblo de su propiedad exclusiva, como él te lo ha prometido, y que tú observarás todos sus mandamientos; que te hará superior –en estima, en renombre y en gloria– a todas las naciones que hizo; y que serás un pueblo consagrado al Señor, tu Dios, como él te lo ha prometido.
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Salmo: Sal 118, 1-2. 4-5. 7-8

¡Felices los que siguen la ley del Señor!

Felices los que van por un camino intachable, los que siguen la ley del Señor. Felices los que cumplen sus prescripciones y lo buscan de todo corazón.

Tú promulgaste tus mandamientos para que se cumplieran íntegramente. ¡Ojalá yo me mantenga firme en la observancia de tus preceptos!

Te alabaré con un corazón recto, cuando aprenda tus justas decisiones. Quiero cumplir fielmente tus preceptos: no me abandones del todo.
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Aclamación antes del Evangelio: Amós 5, 14

Buscad el bien, y no el mal, para que tengáis vida; y así el Señor de los ejércitos estará con vosotros como lo decís.
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Evangelio: Mateo 5, 43-48

Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.

Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”.
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Antífona de comunión: Mateo 5, 48

Dice el Señor: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en los Cielos”.
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VIVENCIAS CUARESMALES (13)

Tocar a los hermanos para comprender y amar

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11. SÁBADO

PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

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TEXTO ILUMINADOR: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen.

En el Antiguo Testamento, Dios hace alianza con su pueblo: “Yo te protegeré, seré tu Dios, y tú serás mi pueblo, mi pueblo fiel que cumple mis mandatos”. Esos mandatos se resumen en imitar a Dios mismo: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Esa perfección es el amor sin límites, sin dejarse vencer por el mal, amando incluso al enemigo. Practicar un amor así constituye como el distintivo de los hijos de Dios.

Esta práctica no sólo es difícil sino que es imposible para el hombre, abandonado a sus propias fuerzas. Es imposible sin la gracia de Dios, pero Dios da esa gracia a todos porque así es él, y a nadie reconoce como hijo a no ser que se le parezca a él por la práctica del amor y del perdón. Sólo el amor libera y salva, sólo el amor permanece porque Dios es amor, como enseña san Juan.

En la oración colecta de la misa de hoy pedimos que “nos entreguemos a la práctica de las obras de misericordia”. El amor verdadero, es decir el amor que recibimos de Dios mismo, se manifiesta necesariamente en el perdón y la misericordia hacia los hermanos. En eso se le reconoce que procede de Dios y no de nosotros mismos o del mal espíritu.

Aunque el perdón es principalmente don de Dios, también es un aprendizaje en el que debemos ejercitarnos siempre, pero especialmente en el tiempo de Cuaresma, secundando la gracia de Dios, por supuesto. Por eso, vamos a ofrecer en este día unas consideraciones sobre el perdón. Entendemos que perdonar y vivir reconciliados no es tanto el resultado de un acto voluntarista y casual, cuanto fruto de un esfuerzo procesual y progresivo. Perdonar supone un proceso, una secuencia existencial y espiritual.

A continuación voy a describir ese proceso. Señalaré unos pasos progresivos para alcanzar el más completo perdón hacia las personas que nos han ofendido. La meta será poder amarlas de verdad, como Dios las ama. Ojalá podamos incluso dar gloria a Dios por todo lo que él permitió que nos sucediera. En el proceso del perdón distinguimos hasta diez pasos graduales, que describo a continuación:

  1. El primer paso consiste en romper el tifón que nos domina y nos hace recordar obsesivamente el mal que nos han causado. Es preciso desviar la atención de “mi” herida, para mirar hacia fuera y salir. Debo pensar: mi problema no es lo más importante del mundo. No tengo por qué recordar, revivir y menos contar a otros lo que pasó. ¿Para qué martirizarme con ello?
  2. En segundo lugar, es preciso renovar la memoria para fijar nuestra atención, no ya en el mal que me han ocasionado, sino en todo lo bueno que esa persona, ahora enemiga, nos proporcionó en el pasado o en el presente no tan inmediato. Hay que ser más objetivos, más justos. Tratar de ver o de descubrir la otra parte… la parte buena. En fin, valorar las obras buenas.
  3. Un paso más: consiste en tratar de comprender o entender al que nos ofendió. Acercarnos a las motivaciones reales de aquel que nos ofendió. Solemos reconocer que apenas nos conocemos a nosotros mismos, y ¿pretendemos conocer el mundo interno de los demás? ¿Qué grado de libertad y, por tanto de culpabilidad, tendrán los demás en sus comportamientos? Seguro que tu hermano, a quien ves ahora como enemigo o por lo menos adversario, no es tan malvado como tú piensas: nadie es malo gratuitamente, sin motivo. A lo mejor con su comportamiento pretendía defenderse, autoafirmarse, realizarse en la vida… Quizás es él, precisamente, el que más sufre por ser así o haberse portado así contigo. Quizás se equivocó, no se dio cuenta… ¿Qué no daría por borrar totalmente lo que hizo o pensó hacer? Si consiguiéramos comprender al otro, quizás no tendríamos que perdonarlo.
  4. En cuarto lugar, es preciso suspender todo juicio condenatorio. Primero, porque no podemos calibrar bien su culpabilidad; y segundo, porque el juicio pertenece a Dios. Él es el único dueño de nuestro prójimo y por tanto el más ofendido. Nosotros ¿qué derechos tenemos sobre él? ¿Qué hemos hecho por él, qué nos debe, qué nos cuesta su vida? Si nuestro hermano no es nuestro, tampoco nos pertenece el juicio. Éste le corresponde a Dios.
  5. Debemos ser muy prudentes y respetuosos en las relaciones con los demás, porque no podemos saber si somos mejores o peores que los otros. Pues no sabemos lo que ellos han recibido. Quizás, en su caso, tú hubieras hecho lo mismo que tu prójimo. Si él hubiera recibido lo que has recibido tú, ¿qué habría sido en la vida, cuáles serían sus comportamientos?
  6. Por consiguiente, en sexto lugar, no podemos ser muy exigentes con los demás, pues podríamos ser injustos exigiéndoles demasiado, y provocando en ellos el desánimo y hasta la desesperación. Es mejor echarlo todo a la mejor parte, por principio y de manera sistemática. Piensa bien de tu prójimo, y aun lo mejor, y así, al menos no pecarás. No parece que sea muy evangélico el dicho: Piensa mal y acertarás, ojo. Podríamos ensayar otra actitud: Piensa bien, y al menos no pecarás.
  7. No tenemos que llevar cuenta de los demás. Menos mal. Eso pertenece a Dios. Ya tenemos bastante con llevar cuenta de nosotros mismos, con tratar de aprender en todo, con atender al propio crecimiento espiritual. Hay que pasar del “acusar” a los demás al “acusarse” a sí mismo: y del “excusarse” a sí mismo al “excusar siempre” a los demás. Esta práctica nos llevará por el camino de la verdad, de la plenitud y de la felicidad. Esto no significa indiferencia, sino dejar a Dios ser Dios, y amar, en verdad y de verdad, al hermano: es decir, amarlo en Dios su Hacedor y su Dueño.
  8. En octavo lugar, tratar de verlo todo desde la fe: nadie nos ha ofendido, sino que Dios lo ha permitido para nuestro bien. El último responsable es él. Por supuesto que Dios no quiere que nos ofendan, pero permite que el hombre, que es libre, cometa el mal. Sin embargo, no nos deja solos ante el mal, sino que Dios está siempre dispuesto a ayudarnos para que saquemos bien hasta del mal. Ahí está su grandeza. Por otro lado, la trampa en la que caemos con suma frecuencia es ver las cosas, únicamente, de tejas abajo: quedarnos en las mediaciones como si fueran causas únicas y definitivas; y comenzamos a buscar culpables y a defendernos. En eso nos equivocamos y nos enredamos, pues nada ni nadie manda en nuestra vida de manera absoluta, en todo caso influyen. Nada ni nadie nos gobierna, todo es providencia de Dios. Él gobierna el mundo. El hombre espiritual recurre siempre a Dios preguntándole acerca de todo cuanto acontece, y esperando sus explicaciones. Porque Dios es nuestro único dueño. Pues ni el azar ni la casualidad cuentan, ni siquiera la malevolencia humana puede dañarnos. Nada ni nadie nos pueden hacer infelices. Nuestra felicidad depende sólo de Dios y de nosotros. De lo contrario seríamos marionetas, no seríamos libres. Por tanto, nadie puede quitarnos la felicidad ni la paz. Como creyentes creemos que Dios lo ordena y dispone todo para nuestro bien y aprovechamiento, incluso las ofensas que recibimos de los demás y las injusticias. Por eso, en todo debemos salir airosos. Pues ¿quién nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús?
  9. Por tanto, debemos intentar renunciar de una vez por todas a que nos hagan justicia los humanos, a que se aclaren las cosas, a que reconozcan nuestra inocencia, a que nos devuelvan el aprecio y el honor… Es decir, debemos tratar de no condicionar nuestra felicidad personal a que los otros cambien. Eso no depende de nosotros. Renunciar de una vez por todas a cambiar a los demás como condición para alcanzar nosotros la felicidad; renunciar, y respirar hondo, liberarse de esa pesadilla, de una vez por todas, y dejarlo todo en manos de Dios. De inmediato darle gracias a Dios que nos permite poder perdonar, o, por lo menos, desearlo de corazón… dando nuestro brazo a torcer, doblegando nuestra cerviz, sometiendo nuestro amor propio y afán de venganza… para que triunfe la voluntad de Dios que nos manda perdonar. Y nos lo manda por nuestro bien. Sólo así le permitimos a él darnos su perdón y la felicidad eterna.
  10. Finalmente, bendecir a Dios porque permitió que todo eso sucediera, y porque nos ha ayudado a transformar el mal en bien. Rezar por la persona que nos ofendió y pedirle a Dios que la comprenda, que no le tenga en cuenta su pecado, que la bendiga y le conceda todo lo que le pueda hacer feliz. Más todavía: dejarle a Dios ser Dios, y que se porte con ella conforme a su gran misericordia, siendo con ella más misericordioso, incluso más generoso que como lo hace con nosotros mismos, si es que nos podemos expresar así. Alegrarnos de que Dios se alegre por el perdón y la felicidad derrochados con el hijo pródigo. En fin, no ver con malos ojos que Dios sea bueno y hasta ingenuo, según nuestras apreciaciones, con el pecador. Intentar comprender los comportamientos misericordiosos de Dios. Él sí se fía de verdad, porque él es Dios no hombre: sus pensamientos son infinitamente superiores a los nuestros. Es decir, dejarnos inundar del amor infinito de Dios para gustar de la presencia de Dios que todo lo abarca llenándolo de vida y de bendición para sus hijos amados en su bendito Hijo Jesús, el primogénito entre muchos hermanos.

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Texto iluminador

Ustedes deben rezar así: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Porque si ustedes perdonan las ofensas de los hombres, también el Padre celestial los perdonará. En cambio, si no perdonan las ofensas de los hombres, el Padre tampoco los perdonará a ustedes (Mt. 6, 8-15).

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Estimado hermano, hermana: Ahora puedes hacer algún ejercicio de perdón, valiéndote de los puntos anteriormente expuestos. Merece la pena intentarlo en Cuaresma. Puedes pensar en alguna persona que te haya ofendido en la vida. Puedes recordar cómo te has sentido despreciado por otras personas, sobre todo, familiares o amigos. Anímate a perdonar y a olvidar para siempre, renunciando a guardar la ofensa dentro de ti. Dios te conceda poder respirar a pleno pulmón, dejando libre a tu ofensor, y abandonando en manos del Señor tus recuerdos dolorosos. Que te permita vivir más reconciliado durante esta Cuaresma.

Como es gracia de Dios, permanecemos orando para que él se apiade de nosotros y nos conceda vida en abundancia: la reconciliación con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Es decir, la paz del corazón. La plenitud de vida. Nada es imposible para Dios. Y todo es posible para el que cree. Ánimo, hermano, hermana, pon algo de tu parte, y experimentarás cuán bueno es el Señor que desea lo mejor para ti. Feliz día y feliz Cuaresma. Dios te bendiga. Amén.

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