«La fe es absolutamente satisfactoria para la mente», dice el escritor R.J. Stove, ateo hasta 2002

febrero 23, 2012

R. J. Stove

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Su padre, el filósofo David Stove, ateo convencido, fue un importante tertuliano político en Australia. Criado en una casa sin fe, nunca sus padres pudieron imaginar que su hijo llegaría a ser un convencido católico

R. J. Stove (http://rjstove.net) es un escritor y columnista australiano que trata temas culturales después de muchos años escribiendo de política. También su padre, el filósofo David Stove, ateo convencido, fue un importante tertuliano político en Australia. Criado en una casa sin fe, nunca sus padres pudieron imaginar que su hijo llegaría a ser un convencido católico y se bautizaría en 2002.

Ateísmo civil y silencioso

Los padres de R. J. Stove fueron educados como protestantes presbiterianos pero ya de jóvenes adultos renunciaron a la fe. Su padre, como otros de su generación, fue discípulo del gurú australiano del ateísmo militante John Anderson, en el departamento de filosofía de la Universidad de Sydney, que arrastraba masas juveniles en los años 50.

El hogar de los Stove era de un “ateísmo civil y silencioso”, “victoriano”, “vida limpia y alto pensamiento”, “un paganismo introvertido, con libros de segunda mano, silencios largos y dignos, el olor del jerez seco y una nube perpetua de tabaco”.

David Stove tenía como extraño hobby la lectura de los Padres de la Iglesia, una forma de probar los límites de su ateísmo y de afilar su irreligiosidad, piensa hoy su hijo.

Estalinismo con agua bendita

En aquellos años de infancia, los únicos católicos que conocía la familia Stove eran “votantes laboristas de apellidos irlandeses que procreaban abundantemente y no tenían interés por la vida del intelecto”. Así los veían ellos. Para sus padres, el catolicismo era “traición a la filosofía, el peor enemigo del pensamiento libre y una especie de estalinismo mezclado con agua bendita”.

Había una excepción: unas religiosas de Schoenstatt que vinieron a vivir al lado de su casa. Eran encantadoras, amables, inteligentes, cordiales… pero para la familia Stove eran todo esto “a pesar de” su fe. Al filósofo ateo le hacía ilusión llevarles ramas para adornar el convento en Navidad.

El joven R. J. Stove, apasionado por la música, fue organista de una iglesia anglicana en su adolescencia y le encantaban los himnos, pero a los 18 años se convenció de que sin fe no tenía sentido su asistencia a esa iglesia y lo dejó. “Con cobardía característica lo anuncié a través de un intermediario, no en persona”, admite.

Tragedias en la familia

En 1993, su madre, “que durante décadas había bebido en exceso, fumado compulsivamente y casi no comía”, sufrió un colapso masivo. Al principio pareció que iba a morir pero no fue así: quedó casi completamente paralizada pero consciente, sin habla, incapaz casi de comunicarse. R. J. Stove lo compara con un vegetal o con un bebé de 6 meses, y cree que es peor incluso que ver a una persona caer lentamente en el Alzheimer, sin preparación, “porque esto fue tan abrupto como un homicidio, pero sin poder justificar tu ira, al tener un origen impersonal”. Requería cuidados 24 horas al día. Murió en 2001, casi 8 años después.

Pero su padre sumó más dolor a la tragedia. En ese año de 1993 le habían diagnosticado cáncer de esófago. Cuando el ataque derribó a su mujer, pensó que estaba relacionado con el anuncio de su enfermedad. Y ante el colapso de su esposa, se retiró, derrotado.

“Toda la elaborada religión atea de papá, con sus textos sagrados, sus mártires, su iglesia militante; toda su firmeza ostentosa, su maquinaria intelectual… Todas esas cosas se convirtieron en polvo. Durante décadas había estado convencido de su estoicismo, pero ahora demostraba la verdad de la cruel afirmación de Clive James: nos gustaría pensar que somos estoicos, pero preferiríamos una versión que no duela”.

“Él ya era alcohólico, y ahora hizo de las amenazas a los demás una práctica habitual. En el hospital sollozaba como un niño (nunca le había visto llorar). A veces deambulaba por el pabellón desnudo, en un pozo de desesperación confusa. La última vez que lo visité, para mi completo asombro, estaba leyendo una pequeña Biblia de los gedeones que había en la mesilla. Le comenté mi asombro. Fijó en mí el par de ojos más grandes, protuberantes, asustados y atemorizantes que he visto jamás y me dijo: “´ahora intentaré cualquier cosa´“.

R. J. Stove recuerda las palabras del muy agnóstico Bernard Shaw en “Demasiado verdadero para ser bueno”: “¡Y ahora, mírame y sé testigo de la gran tragedia de un ateo que ha perdido su fe!”

David Stove, aún gran orador, elocuente, convenció al psiquiatra de que se encontraba mejor, el doctor ignoró la orden del magistrado de mantenerlo ingresado, lo dejó ir a casa, y antes de 24 horas David Stove se ahorcaba en el jardín de su casa. Era junio de 1994.

“¿Está papá en el infierno?”

Horrorizado, con su madre inerme y su padre muerto, R. J. Stove se hizo preguntas. Todo el “castillo ateo de cartas“ que sustentaba su visión de la vida se había hundido. “¿Estaba papá en el infierno? Si no, ¿había la menor esperanza de cielo para él, pese a la forma de su muerte? Si la había, ¿por qué medios? ¿Cuánto había contribuido mi propia maldad a su suicidio? ¿Y cómo podía empezar a enmendar algo?”

Durante 8 años tanteó la fe. Varias cosas lo demoraron en ese camino. Por un lado, el mal ejemplo de malos católicos, no tanto de los que pecaban por debilidad como de los que rechazaban la enseñanza de la Iglesia y sin embargo decían pertenecer a ella. La mayoría quería disfrutar de los beneficios de la vida católica sin sus inconvenientes, especialmente sin su exigente moral sexual.

R. J. Stove además sufría de brotes periódicos de enfermedad mental. Durante años pensó que un “sí” a la fe y a la vida católica podía agravar su situación de salud mental. “Si hubiera sabido, como luego he descubierto, que mi catolicismo sería más eficaz que cualquier otra cosa para embotar el filo afilado de mi enfermedad no habría titubeado tanto”.

“Charlas con conversos”

Durante 8 años, leyó sin parar: Chesterton, Belloc, Evelyn Waugh, Christopher Dawson, Fulton Sheen, Frank J. Sheed, Arnold Lunn… Pero más impactante que todos estos grandes literatos e intelectuales, muchos de ellos católicos conversos, el libro que más le afectó, y que leyó convalenciente en el hospital, fue “Charlas con conversos”, del padre Forrest, de los Misioneros del Sagrado Corazón.

El cura que acompañaba a R. J. Stove en este proceso tenía claro que para él, intelectual, adulto, víctima de fases periódicas de desorden mental, la fe no podía venir por el sentimiento, sino por la razón. Y estas lecturas convencían a Stove de lo razonable de la fe, lo que le lleva a citar al intelectual inglés católico Evelyn Waugh: “la fe es absolutamente satisfactoria para la mente, recluta a todo conocimiento y a toda razón en su causaes completamente convincente para cualquiera que la escuche con silencio e indiferencia”.

Dificultades en la oración

Años después, ya católico, R. J. Stove admite que la oración personal no fue muy importante en su camino a la fe y que aún hoy le cuesta mucho (como a Waugh y a otros conversos intelectuales). La oración de petición le parece demasiado condescendiente consigo mismo. Además, es un hombre de mala memoria y aprenderse las oraciones más sencillas ha sido para él “equivalente al más duro trabajo intelectual que jamás se me ha pedido”. También le cuesta mucho confesarse, “una tortura para mí, pero necesaria para mi alma”.

Al contrario que otros conversos al catolicismo que pueden parecer hostiles a los cristianos protestantes, Stove admira a muchos protestantes a los que ha conocido en actividades pro-vida, comprometidos hasta con heroísmo.

Lo que va de Pasionaria a Santa Teresa

Respecto a las diversas oleadas de escándalos sobre abusos sexuales que se fueron revelando mientras buscaba la fe y al poco de bautizarse, afirma que le afectaron poco: sabe que los hombres pecan, y que la Iglesia no se debe juzgar por los peores en ella, sino por los mejores.

“Comparemos a los santos católicos con los individuos más escrupulosos que el mundo anticatólico nos puede ofrecer. ¿Cuántos Gramsci se necesitan para igualar moral o intelectualmente a un Tomás de Aquino? ¿Cuántas Pasionarias se requieren para igualar a una Teresa de Ávila?”

Stove comenta también que “algunas enseñanzas católicas parecen presuntuosas a la mayoría de no-católicos. Si las examinan bien, no lo son. Si buscas arrogancia, no la busques en la doctrina católica. Búscala en los titulares en el quiosco: la salvación mediante Lady Di, la divinidad de Nicole Kidman, la ausencia de pecado original en Brad Pitt… Cualquiera que haya sentido la tentación de adorar a esos extraños dioses en el pasado, podría asombrarse no de la impudicia del catolicismo, sino de su modestia”.

http://www.religionenlibertad.com/


Maná y Vivencias Cuaresmales (4)

febrero 23, 2012

Jueves después de Ceniza

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Libertad para elegir el bien o el mal

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Antífona de entrada: Salmo 54, 17-20.23

Clamé al Señor, y escuchó mi voz y me libró de los que me atacaban. Encomienda a Dios tus afanes y él te sustentará.
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Primera lectura: Deuteronomio 30, 15-20

Moisés habló al pueblo, diciendo: «Mira: hoy te pongo delante la vida y el bien, la muerte y el mal. Si obedeces los mandatos del Señor, tu Dios, que yo te promulgo hoy, amando al Señor, tu Dios, siguiendo sus caminos, guardando sus preceptos, mandatos y decretos, vivirás y crecerás; el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para conquistarla.

Pero, si tu corazón se aparta y no obedeces, si te dejas arrastrar y te prosternas dando culto a dioses extranjeros, yo te anuncio hoy que morirás sin remedio, que, después de pasar el Jordán y de entrar en la tierra para tomarla en posesión, no vivirás muchos años en ella.

Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra; te pongo delante vida y muerte, bendición y maldición. Elige la vida, y viviréis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, pegándote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que había prometido dar a tus padres Abrahán, Isaac y Jacob.»
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Salmo 1

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.

Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.

Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal.
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Aclamación antes del Evangelio: Mateo 4, 17

Arrepentíos, dice el Señor; porque el Reino de los cielos se ha acercado.
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Evangelio: Lucas 9, 22-25

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.»

Y, dirigiéndose a todos, dijo: «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?»
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Antífona de comunión: Salmo 50, 12

¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme.
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VIVENCIAS CUARESMALES 2012 (4)

La señal del cristiano

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2. JUEVES DESPUÉS DE CENIZA

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TEMA: Libertad del hombre, capacidad de elegir

El camino hacia la fe: gracia de Dios y libertad del hombre
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Texto bíblico: Deuteronomio 30, 15-20.

“Ten en cuenta que hoy yo pongo ante ti el bien y la vida por una parte y por otra el mal y la muerte. Si escuchas los mandamientos de tu Dios que yo te prescribo, vivirás y te multiplicarás. Yavé te bendecirá en la tierra que vas a poseer. Escoge pues la vida… Pongo hoy por testigo ante ustedes al cielo y a la tierra, te pongo delante la vida y la muerte, la bendición o la maldición; escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu descendencia. En eso está tu vida y la duración de tus días…”

Libertad del hombre: Dios a nadie va a salvar sin su colaboración, es decir, contra su voluntad. Pues el hombre se define por sus decisiones; tiene que optar, necesariamente; no puede permanecer en la indecisión, ambigüedad o indiferencia. Si no avanza, retrocede. Los talentos recibidos hay que invertirlos según la voluntad del Señor que nos los confió.

Por otra parte, Dios a nadie condenará sin justa causa. “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, enseñó certeramente san Agustín. Dios respeta nuestra libertad y espera nuestra decisión, pues quiere que todos se salven y, mediante el Santo Espíritu, hace agradables sus mandamientos, inspira y previene nuestras acciones, mueve nuestra voluntad hacia el bien. Pero siempre sin forzar nuestra libertad.

Por eso, afirmamos que sólo creerá el que “quiera” creer. Parafraseando a Luis Evely podemos afirmar que nunca verás tan claro, tan claro, que te sientas obligado a creer; ni tan oscuro, tan oscuro, que te parezca absurdo e irracional el creer. Nunca verás tan confuso y contradictorio que ello te exima de creer.

La fe, por tanto, exige un “plus”, un algo más, un extra. El hombre debe poner algo de su parte, debe querer creerle a Dios, debe mirar a Dios con tal admiración y benevolencia que, aunque se diera la posibilidad de que Dios fuera mentiroso, él se resistiría a creerlo; más aún, no lo quiere creer; más aún, hace a Dios sincero, “recrea” -si se puede hablar así- al mismo Dios, precisamente por su actitud humilde, benevolente, contemplativa y obsequiosa. Y esto le hace más grande al hombre que a Dios. El hombe da la talla mediante su fe. Se mide. Se define a sí mismo.

La fe, pues, no se contenta con aceptar resignada y pasivamente la verdad y la realidad de Dios sino que la afirma, la hace existente por su amor, le interesa que Dios exista y sea Dios, no hombre; le gusta y se complace en que Dios sea soberano, y lo quiere por amor: Que Dios sea Dios.

La fe, por tanto, hasta podemos afirmar que recrea a Dios, le da consistencia, lo afirma, lo inventa por amor, si fuera necesario. La fe expresa una querencia dinámica del hombre que le sublima en su ser, le hace merecedor de salvación, lo introduce en una existencia generosa y por tanto feliz. Pero tal apuesta es también gracia de Dios, no pura iniciativa y capacidad del hombre.

De ahí la expresión del salmista:

“Dichoso el hombre que teme al Señor;

su gozo es la ley del Señor.

Será como un árbol plantado al borde de la acequia…”

(Salmo 1ero., vers. 1, 2, 3, 4 y 6).

El hombre, colocado ante el misterio de Dios, puede adoptar una doble postura: por una parte, y gracias a la fe, apuesta por la sencillez, el respeto, la docilidad, la querencia, la inocencia, la voluntad de fidelidad y la benevolencia; o por el contrario, permite que en su corazón se vayan estableciendo la sospecha gratuita y torcida, la queja, la susceptibilidad, la hipersensibilidad, el resentimiento, la envidia, la soberbia, la autosuficiencia, el amor propio, la petulancia vanidosa, la insensatez, la superficialidad… en fin, el atrevimiento.

Esa apuesta por la fe y el amor generoso es equivalente a perder la vida por Cristo: es salir de sí mismo o renunciar a ganar el mundo; es decir, renunciar a vivir en total autonomía e independencia (evangelio). Perder la vida propia significa vivir en total dependencia respecto de Dios. Es hacerle más caso a Dios que a uno mismo, librarse de la propia soledad para comunicarse con Dios hasta hacerse un solo ser con él; y así, adquirir la verdadera valía y la plena libertad y felicidad, pues “Nos hiciste, Señor, para ti…”, sentencia san Agustín. San Pablo manifiesta su unión existencial con Dios en Cristo por obra del Espíritu: “Vivo yo, pero no soy yo; es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20).

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ORACIÓN COLECTA (de la misa):

“Que tu gracia, Señor,

inspire, sostenga y acompañe nuestras obras

para que nuestro trabajo comience en ti como en su fuente

y tienda siempre a ti como a su fin”.


ORACIÓN PERSONAL (sugerida):

Señor, Padre Santo,

enséñame el camino de la sencillez.

Enséñame a mirar a tu bendito Hijo Jesús

con toda atención y reverencia

para descubrir su maravillosa sumisión a ti y a los hombres,

obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz…

Ayúdame a negarme a mí mismo (Evangelio),

creyendo más en tus insinuaciones que en mis convicciones;

que no busque mi propio interés sino tu gloria,

que salga de mí mismo y me encuentre contigo.

Te lo pido por Cristo tu Hijo,

en quien nos das toda sabiduría y el sentido de nuestra vida. Amén.


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