Misa diaria y 20 minutos de silencio: la receta de la cocinera más famosa de Inglaterra

diciembre 6, 2011

Delia Smith

.
Se convirtió con 22 años, por el ejemplo de su novio católico… que también la introdujo en el mundo de la cocina. Con libros, su ejemplo y testimonio de generosidad, Delia Smith pone cara a un catolicismo “sabroso”.

.
Delia Smith figura en diversos “rankings” como una de las diez personas católicas más influyentes del Reino Unido, está entre las 50 mujeres más ricas de Inglaterra y es la cocinera más famosa del país. Con 21 millones de libros de cocina en las estanterías de infinidad de hogares y su presencia asidua en la BBC, Delia tiene una legión de seguidores.

Un novio sofisticado, y católico sincero

Todo empezó en 1961, cuando siendo una joven peluquera de clase humilde, de 19 años, empezó a salir con un joven sofisticado, hijo de un médico, educado en varios países… y seriamente católico. Su novio, Louis, la llevaba a comer a sitios refinados u originales (no necesariamente caros) y le enseñó a apreciar el arte culinario. Más aún, como solía presumir de que una novia anterior era muy buena en la cocina, Delia decidió aprender a cocinar profesionalmente… y así, con los años llegaría a lo más alto.

Louis también le transmitió su fe católica: ella, hija de padres separados sin convicción religiosa, se convirtió con 22 años. Parece que le impresionó especialmente la belleza de la liturgia, en aquellos años anteriores al Concilio y en algunos encuentros católicos, años después, diría que supo que aquello “era auténtico“.

Sin embargo, después de tres años de noviazgo, Louis decidió entrar como novicio en una sociedad misionera católica, los Padres de Mill Hill, con vistas a ordenarse sacerdote y ser misionero. Delia había conocido a Dios a través de Louis, pero fue el amor a Dios lo que alejó al hombre que ella amaba.

Delia se volcó en su carrera como cocinera. Curiosamente, Louis, después de tres años de estudios, vio que no tenía vocación a la vida consagrada, pero para entonces ya no había relación entre los dos jóvenes. Louis se casó felizmente, tiene cinco hijas, y él y su esposa trabajan como terapeutas familiares y matrimoniales.

Delia también se casaría, con el periodista Michael Wynn Jones. Con 40 años de matrimonio, Delia y Wynn Jones asombran en el mundo del periodismo y la televisión, donde las relaciones familiares pocas veces sobreviven al ritmo laboral. No han tenido hijos, y se han volcado en su relación, su trabajo y sus obras de beneficencia.

Desde Cafod, 20 minutos de silencio

Delia ha sido una persona muy discreta con su vida personal, pero en los últimos tres o cuatro años ha empezado a hablar de temas de fe con más claridad. Así, siendo veterana benefactora y colaboradora de Cafod (la equivalente inglesa a Manos Unidas), en 2009 animaba desde la web de la ONG católica a dedicar 20 minutos al día a la oración en silencio y a leer la Biblia durante la Cuaresma.

“A medida que me hago mayor, me doy más cuenta de la simplicidad de nuestra fe”, escribía. “Si Jesús dijo que sólo hay una cosa importante [la oración], no podemos crecer como cristianos sin incorporar esa cosa en nuestra vida diaria y sin tomar sus palabras con seriedad”.

Conocida por sus libros que enseñan como prepararse culinariamente para los festines de Navidad, Delia decidió sacar un par de libros para “prepararse espiritualmente”: “Festín para Cuaresma” y “Festín para Adviento“, con reflexiones y pensamientos sobre estas temporadas de ayuno. También publicó un libro sobre oración: “Journey into God” (Un viaje hacia Dios).

Como suele suceder en Inglaterra, al ser una persona adinerada dedica recursos al mantenimiento del patrimonio, y es la principal patrona de la Catedral de San Juan Bautista de Norwich, donde suele ir a la misa diaria y a una hora diaria de adoración silenciosa.

Comulgando en la BBC

En 2010, en el segundo capítulo de su nueva serie de cocina en la BBC, dedicó 5 minutos de los 30 que dura a hablar de su fe católica, con imágenes de su casa, los crucifijos de su hogar, las clásicas cajas rojas que los ingleses católicos usan como huchas para las misiones, e incluso se la vio en misa, con su misal diario y comulgando. También se emitieron unas declaraciones de su párroco reconociendo que a veces llevaba cosas buenas de comer a la parroquia. El programa, sin duda, le dejó un buen sabor de boca.

Religion en Libertad


El maná de cada día, 6.12.11

diciembre 6, 2011

.
Martes de la 2ª semana de Adviento

Como un pastor, el Señor cuida de todas sus ovejas

.
Primera lectura: Isaías 40, 1-11

«Consolad, consolad a mi pueblo, –dice vuestro Dios–; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados.»
Una voz grita: «En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos –ha hablado la boca del Señor–.»

Dice una voz: «Grita.»
Respondo: «¿Qué debo gritar?»
«Toda carne es hierba y su belleza como flor campestre: se agosta la hierba, se marchita la flor, cuando el aliento del Señor sopla sobre ellos; se agosta la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece por siempre.

Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: «Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder, y su brazo manda. Mirad, viene con él su salario, y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres.»
.
.
Salmo 95, 1-2.3.10ac.11-12.13-14

R/. Nuestro Dios llega con poder.

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre, proclamad día tras día su victoria.

Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones. Decid a los pueblos: «El Señor es rey, él gobierna a los pueblos rectamente.»

Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque.

Delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra: regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad.
.
.
Evangelio: Mateo 18, 12-14

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.»
.
.

NUESTROS PECADOS Y LA CONFESIÓN

– Confesión de los pecados y propósito de enmienda. Confesión individual, auricular y completa.

– Ante el mismo Jesucristo. Confesión frecuente.

– Cada Confesión, un bien para toda la Iglesia. La Comunión de los Santos y el sacramento de la Penitencia.

I. Una voz grita en el desierto: preparad le un camino al Señor; allanad en la estepa un camino para nuestro Dios. Que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece, y lo escabroso se iguale (1).

El mejor modo de disponer nuestra alma al Señor que llega es preparar muy bien la Confesión. La necesidad de este sacramento, fuente de gracia y de misericordia a lo largo de toda nuestra vida, se pone especialmente de manifiesto en este tiempo en el que la liturgia de la Iglesia nos impulsa y nos anima a esperar la Navidad.

Ella nos ayuda a rezar pidiendo: Señor Dios, que para librar al hombre de la antigua esclavitud del pecado enviaste a tu Hijo a este mundo; concede, a los que esperamos con devoción su venida, la gracia de tu perdón soberano y el premio de la libertad verdadera (2).

La Confesión es también el sacramento, junto a la Sagrada Eucaristía, que nos dispone para el encuentro definitivo con Cristo al fin de nuestra existencia. Toda nuestra vida es un continuado adviento, una espera del instante último para el que no dejamos de prepararnos día tras día. Nos consuela pensar que es el mismo Señor quien ardientemente desea que estemos con Él en la tierra nueva y en el cielo nuevo que nos tiene preparados (3).

Cada Confesión bien hecha es un impulso que recibimos del Señor para seguir adelante, sin desánimos, sin tristezas, libres de nuestras miserias. Y Cristo nos dice de nuevo: Ten confianza, tus pecados te son perdonados (4), hijo mío, vuelve a empezar…Es Él mismo quien nos perdona después de la humilde manifestación de nuestras culpas. Confesamos nuestros pecados “a Dios mismo, aunque en el confesonario los escuche el hombre sacerdote. Este hombre es el humilde y fiel servidor de ese gran misterio que se ha realizado entre el hijo que retorna y el Padre” (5).

“Las causas del mal no deben buscarse en el exterior del hombre, sino, sobre todo, en el interior de su corazón. También su remedio parte del corazón. Por consiguiente los cristianos, mediante la sinceridad en su propio empeño de conversión, deben rebelarse frente al achatamiento del hombre, y proclamar con su propia vida la alegría de la verdadera liberación del pecado (…) mediante un sincero arrepentimiento, de un firme propósito de enmienda, y de una firme confesión de las culpas” (6).

Para quienes han caído en pecado mortal después del Bautismo, este sacramento es tan necesario para la salvación como lo es el Bautismo para los que aún no han sido regenerados a la vida sobrenatural: “es el medio para saciar al hombre con la justicia que proviene del mismo Redentor” (7). Y es de tanta importancia para la Iglesia, que “los sacerdotes pueden verse obligados a posponer o incluso dejar otras actividades por falta de tiempo, pero nunca el confesonario” (8).

Todos los pecados mortales cometidos después del Bautismo, y las circunstancias que modifiquen su especie, deben pasar por el tribunal de la Penitencia, en una Confesión auricular y secreta con absolución individual.

El Santo Padre nos pide a todos que hagamos cuanto esté en nuestras manos “para ayudar a la comunidad eclesial a apreciar plenamente el valor de la Confesión individual como un encuentro personal con el Salvador misericordioso que nos ama, y a ser fieles a las directrices de la Iglesia en un asunto de tanto importancia” (9).

“No podemos olvidar que la conversión es un acto interior de una especial profundidad, en el que el hombre no puede ser sustituido por otros, no puede hacerse “reemplazar” por la comunidad” (10).

II. La Confesión, además de ser completa en lo que se refiere a los pecados graves, ha de ser sobrenatural: conscientes de que vamos a pedir perdón al mismo Señor, a quien hemos ofendido, pues todo pecado, también aquellos que se refieren a nuestros hermanos, son ofensa directa a Dios.

La Confesión hecha con sentido sobrenatural es un verdadero acto de amor a Dios; se oye a Cristo en la intimidad del alma que dice, como a Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Y con las mismas palabras de este apóstol le podremos también decir: Domine, tu omnia nosti, tu scis quia amo te (11), Señor, Tú sabes todas las cosas, Tú sabes que te amo…, a pesar de todo.

Después del pecado mortal, la mayor desgracia para el alma es el pecado venial, pues nos priva de muchas gracias actuales. Cada pequeña infidelidad es un gran tesoro perdido: disminuye el fervor de la caridad, aumenta las dificultades para la práctica de las virtudes, que cada vez se presentan como más difíciles; y predispone al pecado mortal, que llegará si no se reacciona con prontitud.

La Comunión y la Confesión frecuentes son la mejor ayuda en la lucha para evitar los pecados veniales. En la Confesión obtenemos, además, específicas gracias para evitar esos defectos y pecados de los que nos hemos acusado y arrepentido. Amar la Confesión frecuente es síntoma de finura de alma, de amor a Dios; su desprecio o indiferencia sugiere falta de delicadeza interior y, frecuentemente, verdadero endurecimiento para lo sobrenatural.

La frecuencia de la Confesión viene determinada por las particulares necesidades de nuestra alma. Cuando una persona esté seriamente determinada a cumplir la voluntad de Dios en todo y ser del todo de Dios, tendrá verdadera necesidad de acudir a este sacramento con más frecuencia y puntualidad: “la confesión renovada periódicamente, llamada “devoción”, siempre ha acompañado en la Iglesia el camino de la santidad” (12).

III. La reconciliación de cada hombre con Dios y con la Iglesia en el Sacramento de la Penitencia es uno de los actos más íntimos y personales del hombre. Muchas cosas fundamentales cambian en el santuario de la conciencia en cada Confesión. A la vez, no podemos olvidar que este sacramento entraña una profunda e inseparable dimensión social. Muchas cosas cambian también en el ámbito familiar, en el estudio, en el trabajo, con los amigos, etcétera, de la persona que se confiesa.

El pecado, porque es la mayor tragedia para el hombre, produce un profundo descentramiento en quien lo comete. Y quien está descentrado, descentra también a quien tiene a su alrededor. En el sacramento de la Penitencia, el Señor coloca de nuevo las cosas en su sitio; además de perdonar el pecado, introduce en el alma el orden y la armonía perdidos.

Una Confesión bien hecha es un gran regalo a todos aquellos que conviven y trabajan con nosotros; también se beneficia de ella otra muchísima gente con la que nos relacionamos todos los días. Se hacen y se dicen las cosas de muy diferente manera cuando hemos recibido a su tiempo la gracia de este sacramento.

Cuando un fiel se confiesa, también se opera un bien incalculable en toda la Iglesia. Toda Ella se alegra y se enriquece misteriosamente cada vez que el sacerdote pronuncia las palabras de la absolución. Por la Comunión de los Santos, cada Confesión tiene sus resonancias bienhechoras en todo el Cuerpo Místico de Cristo.

En la vida íntima de la Iglesia -de la que Cristo es la piedra angular- cada fiel sostiene a los demás con sus buenas obras y merecimientos y esa la vez sostenido por ellos. Todos nos necesitamos y, de hecho, estamos continuamente participando de bienes espirituales comunes. Nuestros propios merecimientos están ayudando a nuestros hermanos los hombres repartidos por toda la tierra; así mismo, el pecado, la tibieza, los pecados veniales, el aburguesamiento, son lastre para todos los miembros de la Iglesia peregrina: si padece un miembro, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos lo otros a una se gozan (13).

“Es ésta la otra cara de aquella solidaridad que, a nivel religioso, se desarrolla en el misterio profundo y magnífico de la comunión de los santos, merced a la cual se ha podido decir que “toda alma que se eleva, eleva al mundo”. A esta ley de la elevación corresponde, por desgracia,  la ley del descenso, de suerte que se puede hablar de una comunión del pecado, por el que un alma que se abaja por el pecado abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo, al mundo entero. En otras palabras, no existe pecado alguno, aun el más íntimo y secreto, el más estrictamente individual, que afecte exclusivamente a aquel que lo comete. Todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor daño en todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana” (14).

Cuando alguien se acerca con buenas disposiciones a la Confesión es un momento de alegría para el propio penitente y para todos.  Cuando encuentra la dracma, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: Alegraos conmigo (15). Los bienaventurados del Cielo, las benditas almas del Purgatorio, y la Iglesia que todavía peregrina en este mundo se alegran cada vez que se imparte una absolución.

“Desatar” los vínculos del pecado es al mismo tiempo atar los nudos de la fraternidad. ¿No deberíamos ir a este sacramento con más alegría y con más prontitud, sabiendo que estamos ayudando, por el mismo hecho de confesarnos bien, a tantos otros cristianos y especialmente a quienes están más cerca de nosotros?

Pidamos a Dios con la Iglesia: que la presencia de tu Hijo, ya cercano, nos renueve y nos libre de volver a caer en la antigua servidumbre de pecado (16).

(1) Is 40, 1-11.- (2) Oración de la Misa. Sábado de la 1ª  Semana de Adviento.- (3) Apoc 21, 1.- (4) Mt 9, 2.- (5) JUAN PABLO II, Hom. Parroquia S. Ignacio de A. Roma, 16-III-1980.- (6) Cfr. IDEM,  Homilía Roma, 5-IV-1979.- (7) IDEM, Enc.  Redemptor hominis, 20.- (8) IDEM, Roma, 17-XI-1978.- (9) IDEM,  Alocución, Tokio, 23-II-1981.- (10) IDEM, Enc. Redemptor hominis, 20.- (11) Jn 21, 17.- (12) JUAN PABLO II,  Alocución, 30-I-1981.- (13) 1 Cor 12, 16.- (14) JUAN PABLO II, Exhort. apost. Reconciliatio et Paenitentia, 2-XII-1984, 16.- (15) Lc 15, 19.- (16) Oración de la Misa. Martes de la 1ª Semana de Adviento.

http://www.enlacecatolico.com


A %d blogueros les gusta esto: