Siervas de María: Beatificación de María Catalina Irigoyen

noviembre 3, 2011
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Le belleza de la creación del Espíritu en los santos, ascensión a lo alto

Religiosa que entregó su vida al cuidado de los enfermos
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MADRID, 29 Oct. 11 (ACI).- El Prefecto para la Congregación de las Causas de los Santos, Cardenal Angelo Amato preside hoy en la Catedral de la Almudena de Madrid la ceremonia de Beatificación de María Catalina Irigoyen Echegaray, de las Siervas de María, Ministras de los Enfermos.En la Eucaristía participan el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, junto a un gran número de obispos, sacerdotes, y fieles llegados de todas partes del mundo.

El milagro que permitió la beatificación de Sor María Catalina ocurrió en La Paz, Bolivia, cuando un enfermo de neumonía, meningitis, edema cerebral, hemorragias, entre otras afecciones, fue curado inexplicablemente tras pedir la intercesión de la nueva Beata.

Tan solo mes y medio después del pedido, el hombre, de profesión médico cirujano, se incorporó a su trabajo y actualmente lleva una vida completamente normal. Lo habían desahuciado y, en el mejor de los casos, le habían diagnosticado una complicada recuperación con graves secuelas.

En una entrevista concedida a Radio Vaticana, la Superiora General de las Siervas de María, la madre Alfonsa Bellido, explicó que la beatificación de María Catalina es percibida “como una confirmación por parte de la Iglesia, de que la vivencia de nuestro carisma y espiritualidad, es un camino de seguimiento de Cristo que conduce a la santidad y a través de esta vivencia se manifiesta el amor de Dios hacia los enfermos”.

Las Siervas de María se dedican al cuidado de enfermos asistiéndolos preferentemente en sus casas, tanto en servicio nocturno como diurno, también en clínicas, hospitales y centros de salud, en dispensarios y ambulatorios, y en centros para enfermos crónicos y convalecientes. Buscan llevar el amor de Dios a todos, especialmente a los que sufren.

La Beatificación de Sor María Catalina “es ocasión para pedir al Espíritu Santo, dones de predilección, suscitando santas vocaciones de vida consagrada”.

“Precisamente, en la Jornada Mundial de la Juventud, vivida en Madrid en el mes de agosto, el Papa Benedicto XVI aseguraba que el Señor ha llamado a las puertas del corazón de muchos jóvenes para que le sigan con generosidad en el ministerio sacerdotal y en la vida religiosa”, agregó la Madre Alfonsa.

Las Siervas de María son más de 1650 religiosas que desarrollan su apostolado en 115 comunidades esparcidas por 22 países de Europa, América, África y Asia.

“El nuevo legado de santidad de Sor María Catalina Irigoyen abrirá sin duda, horizontes risueños para dilatar el Reino de Cristo en la comunidad mundial”.

“Sabemos que por línea materna, Sor María Catalina estaba entroncada con la familia de San Francisco Javier, Patrono de las Misiones y estamos convencidas de que el gran don, que con su beatificación nos va a alcanzar, va a ser, el aumento de santidad en el Instituto y numerosas y fervorosas vocaciones para intensificar nuestra acción misionera dentro de la Iglesia”, afirmó la superiora.

María Catalina Irigoyen Echegaray

María Catalina nació en Pamplona dentro de una familia distinguida en el año 1848. A la edad de 30 años conoció a las Siervas de María, y atraída por su carisma, decidió solicitar a la Fundadora Santa María Soledad Torres Acosta la admisión en la congregación para dedicar su vida a la asistencia de enfermos.

Sor María Catalina visitó más de 400 casas de enfermos, sin contar las visitas que realizó en el tiempo de la epidemia de cólera.

Las familias admiraban su dedicación y entrega especialmente en las epidemias del cólera, la gripe y la viruela. En ocasiones, María Catalina encontraba solos a los enfermos, abandonados por sus familias para evitar contraer alguna de estas enfermedades.

Finalmente la Madre Alfonsa relató que “Sor María Catalina resistía sin miedo al contagio, atendiendo incansable a los afectados, dedicándoles su tiempo, su vida y hasta el sustento que desde Chamberí le hacían llegar. Dicen que era tan conocida esta su dedicación y su saber cuidar a los enfermos, que en las cabeceras de algunas habitaciones se podía leer el letrero: ‘si enfermo que me cuide Sor María Catalina'”.

En los últimos años de su vida la nueva Beata padeció una enfermedad de los huesos que la obligó a someterse a complicadas operaciones y a afrontar serios dolores que sobrellevó con serenidad y abandono en las manos de Dios.

El 10 de octubre de 1918 María Catalina murió en la Casa Madre de las Siervas de María en Chamberí, Madrid, donde reposan sus restos mortales.

 
Biografía

 

María Catalina Irigoyen Echegaray nació en Pamplona el 25 de noviembre de 1848. Es la última de ocho hermanos. Bautizada en la Catedral de Pamplona, es educada en los valores cristianos, completando la formación que recibe en el hogar con la que se imparte en el Colegio de las Madres Dominicas. El  26 de noviembre de 1860 recibe la primera Comunión. La Eucaristía será el hilo conductor de su vida. A los 13 años es miembro de la Asociación de Hijas de María, de la que más tarde será presidenta.

Joven sencilla, servicial, optimista, piadosa y coherente, desde la luz que irradia la Eucaristía y la contemplación de la Virgen surge en ella el compromiso de vivir atenta a las necesidades que puede haber en su entorno, buscando siempre una solución: visita el hospital ayudando a los enfermos que se encuentran solos o la pueden necesitar. Organiza en su casa un taller para confeccionar ropa con otras jóvenes, y repartirla entre los necesitados. Fallecidos sus padres, toma las riendas de la casa y se dedica al cuidado de su hermano enfermo y de los familiares mayores, hermanos de sus padres, allí acogidos.

En 1878, al llegar las Siervas de María a Pamplona para abrir una casa, acude solícita a prestarles su ayuda. En contacto con ellas, se siente llamada a consagrarse a Dios para dedicarse al cuidado de los enfermos en sus domicilios. Solicita su admisión en la Congregación a la misma Fundadora, María Soledad Torres Acosta. Ingresa el Pamplona el 31 de diciembre de 1881, y meses más tarde comienza en Madrid la etapa del Noviciado. Emite su Profesión Temporal el 14 de mayo de 1883 y la Profesión Perpetua 15 de julio 1889. Permanecerá hasta su muerte en la capital de España.

Como Sierva de María hace derroches de caridad atendiendo incansable a los enfermos y las familias, destacando su entrega en las repetidas epidemias de cólera, tifus y viruela, sin ningún miedo al contagio, pronta siempre a cualquier sacrificio por aliviar a los afectados. Hacía cuanto estaba a su alcance por suavizar el dolor físico y ahuyentar el desconsuelo y la desesperanza que acompañan siempre al dolor. También vivía atenta a las necesidades que se presentaban en la Comunidad.  “Sólo sirvo para servir” es la consigna de su vida, y se entrega sin condiciones a quien la pueda necesitar, tanto dentro como fuera del convento. Después de 23 años dedicados al servicio a los enfermos pasa a ocuparse de la recogida de donativos para la subsistencia de la Obra durante 7 años.

En 1913 se le diagnostica una tuberculosis ósea, que acepta con pleno abandono en las manos de Dios. Durante su enfermedad nunca se la vio perder la calma o  impacientarse, contenta de imitar a Jesús, como ella decía.

Muere en Chamberí, en la Casa Madre de las Siervas de María, el 10 de octubre de 1918.

Los procesos canónicos de su fama de santidad, virtudes y milagros, se instruyeron en Madrid. La causa fue introducida por el Papa Juan XXIII con Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos el 14 de febrero de 1962. El 30 de Marzo de 1981, el Papa Juan Pablo II promulgó el Decreto de la heroicidad de sus virtudes.

El día 9 de Junio de 2006 tuvo lugar la apertura de la Fase Diocesana del Proceso sobre el presunto milagro atribuido a la Venerable Mª Catalina en Santa Cruz de la Sierra  (Bolivia). Se trata de la curación rápida y sin secuelas del Dr. Luís Fernando Padilla Gómez quien presentó, súbitamente, con fecha 24 de octubre de 2004, una hidrocefalia causada por un hidroma  cerebral  que  se  complicó  posteriormente con una meningitis, anoxia cerebral, hemorragia e infartos cerebrales. D. Luis Fernando Padilla falleció el 26 de Septiembre 2007 debido a un infarto cardiaco, totalmente desligado a la patología de la que fue curado milagrosamente. El 20 de Mayo de 2010 se reconoce científicamente esta curación. El 2 de Abril de 2011, el Santo Padre Benedicto XVI promulga el Decreto de Milagro que da paso a la Beatificación de la Venerable Sor Mª Catalina Irigoyen.


El maná de cada día, 3.11.11

noviembre 3, 2011

Tenemos un Pastor que nunca nos da por perdidos

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Jueves de la 31ª semana del Tiempo Ordinario

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Primera lectura: Romanos 14, 7-12

Ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo:  si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos. Por lo tanto, ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor. Porque Cristo murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos. Pero tú, ¿por qué juzgas mal a tu hermano? ¿Por qué lo deprecias?

Todos vamos a comparecer ante el tribunal de Dios, como dice la Escritura: Juro por mí mismo, dice el Señor, que todos doblarán la rodilla ante mí y todos reconocerán públicamente que yo soy Dios. En resumen, cada uno de nosotros tendrá que dar cuenta de sí mismo a Dios.

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Salmo 26

R/. El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar?

Lo único que pido, lo único que busco es vivir en la casa del Señor toda mi vida, para disfrutar las bondades del Señor y estar continuamente en su presencia.

Espero ver la bondad del Señor en esta misma vida. Ármate de valor y fortaleza y confía en el Señor.

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Evangelio: Lucas 15, 1-10

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

Jesús les dijo esta parábola: «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.” Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.” Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»
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AMIGO DE LOS PECADORES

– Son los enfermos quienes tienen necesidad de médico. Jesús ha venido a curarnos.

– La oveja perdida. La alegría de Dios ante nuestras diarias conversiones.

– Jesucristo sale muchas veces a buscarnos.

I. Leemos en el Evangelio de la Misa1 que publicanos y pecadores se acercaban a Cristo para oírle. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: este recibe a los pecadores y come con ellos.

Meditando la vida del Señor podemos ver con claridad cómo toda ella manifiesta su absoluta impecabilidad. Más aún, Él mismo preguntará a quienes le acusan: ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?2, y «durante toda su vida, lucha con el pecado y con todo lo que engendra pecado, comenzando por Satanás, que es padre de la mentira… (cfr. Jn 8, 44)»3.

Esta batalla de Jesús contra el pecado y contra sus raíces más profundas no le aleja del pecador. Muy al contrario, lo aproxima a los hombres, a cada hombre. En su vida terrena Jesús solía mostrarse particularmente cercano de quienes, a los ojos de los demás, pasaban por «pecadores» o lo eran de verdad. Así nos lo muestra el Evangelio en muchos pasajes; hasta tal punto que sus enemigos le dieron el título de amigo de publicanos y de pecadores4. Su vida es un constante acercamiento a quien necesita la salud del alma. Sale a buscar a los que precisan ayuda, como Zaqueo, en cuya casa Él mismo se invitó: Zaqueo, baja pronto -le dice-, porque hoy me hospedaré en tu casa5.

El Señor no se aleja, sino que va en busca de los más distanciados. Por eso acepta las invitaciones y aprovecha las circunstancias de la vida social para estar con quienes no parecían tener puestas sus esperanzas en el Reino de Dios. San Marcos nos indica cómo después del llamamiento de Mateo, muchos publicanos y pecadores estaban a la mesa con Jesús y con sus discípulos6. Y Cuando los fariseos murmuran de esta actitud, Jesús responde: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos…7. Aquí, sentado con estos hombres que parecen muy alejados de Dios, se nos muestra Jesús entrañablemente humano. No se aparta de ellos; por el contrario, busca su trato. La manifestación suprema de este amor por quienes se encuentran en una situación más apurada tuvo lugar en el momento de dar su vida por todos en el Calvario.

Pero en este largo recorrido hasta la Cruz, su existencia es una manifestación continua de interés por cada uno, que se expresa en estas palabras conmovedoras: El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino a servir…8. A servir a todos: a quienes tienen buena voluntad y están más preparados para recibir la doctrina del Reino, y a quienes parecen endurecidos para la Palabra divina.

La meditación de hoy nos debe llevar a aumentar nuestra confianza en Jesús cuanto mayores sean nuestras necesidades; especialmente si en alguna ocasión sentimos con fuerza la propia flaqueza: Cristo también está cercano entonces. De igual forma, pediremos con confianza por aquellos que están alejados del Señor, que no responden a nuestro desvelo por acercarlos a Dios y que aun parece que se distancian más. «¡Oh, qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío –exclama Santa Teresa–: que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad!»9.

II. Jesucristo andaba constantemente entre las turbas, dejándose asediar por ellas, aun después de caída ya la noche10, y muchas veces ni siquiera le permitían un descanso11. Su vida estuvo totalmente entregada a sus hermanos los hombres12, con un amor tan grande que llegará a dar la vida por todos13. Resucitó para nuestra justificación14; ascendió a los Cielos para prepararnos un lugar15; nos envía su Espíritu para no dejarnos huérfanos16. Cuanto más necesitados nos encontramos, más atenciones tiene con nosotros. Esta misericordia supera cualquier cálculo y medida humana; es «lo propio de Dios, y en ella se manifiesta de forma máxima su omnipotencia»17.

El Evangelio de la Misa continúa con esta bellísima parábola, en la que se expresan los cuidados de la misericordia divina sobre el pecador: Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la carga sobre los hombros muy contento; y al llegar a casa reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: ¡Felicitadme! he encontrado la oveja que se me había perdido. «La suprema misericordia –comenta San Gregorio Magno– no nos abandona ni aun cuando lo abandonamos»18. Es el Buen Pastor que no da por definitivamente perdida a ninguna de sus ovejas.

Quiere expresar también aquí el Señor su inmensa alegría, la alegría de Dios, ante la conversión del pecador. Un gozo divino que está por encima de toda lógica humana: Os digo que así también habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse, como un capitán estima más al soldado que en la guerra, habiendo vuelto después de huir, ataca con más valor al enemigo, que al que nunca huyó pero tampoco mostró valor alguno, comenta San Gregorio Magno; igualmente, el labrador prefiere mucho más la tierra que, después de haber producido espinas, da abundante mies, que la que nunca tuvo espinas pero jamás dio mies abundante19.

Es la alegría de Dios cuando recomenzamos en nuestro camino, quizá después de pequeños fracasos en esas metas en las que estamos necesitados de conversión: luchar por superar las asperezas del carácter; optimismo en toda circunstancia, sin dejarnos desalentar, pues somos hijos de Dios; aprovechamiento del tiempo en el estudio, en el trabajo, comenzando y terminando a la hora prevista, dejando a un lado llamadas por teléfono inútiles o menos necesarias; empeño por desarraigar un defecto; generosidad en la mortificación pequeña habitual… Es el esfuerzo diario para evitar «extravíos» que, aunque no gravemente, nos alejan del Señor.

Siempre que recomenzamos, cada día, nuestro corazón se llena de gozo, y también el del Maestro. Cada vez que dejamos que Él nos encuentre somos la alegría de Dios en el mundo. El Corazón de Jesús «desborda de alegría cuando ha recobrado el alma que se le había escapado. Todos tienen que participar en su dicha: los ángeles y los escogidos del Cielo, y también deben alegrarse los justos de la tierra por el feliz retorno de un solo pecador»20Alegraos conmigo…, nos dice. Existe también una alegría muy particular cuando hemos acercado a un amigo o a un pariente al sacramento del perdón, donde Jesucristo le esperaba con los brazos abiertos.

Señor -canta un antiguo himno de la Iglesia-, has quedado extenuado, buscándome: //¡Que no sea en vano tan grande fatiga!21.

III. Y cuando la encuentra, la carga sobre los hombros muy contento…

Jesucristo sale muchas veces a buscarnos. Él, que puede medir en toda su hondura la maldad y la esencia de la ofensa a Dios, se nos acerca; Él conoce bien la fealdad del pecado y su malicia, y sin embargo «no llega iracundo: el Justo nos ofrece la imagen más conmovedora de la misericordia (…). A la Samaritana, a la mujer con seis maridos, le dice sencillamente a ella y a todos los pecadores:Dame de beber (Jn 3, 4-7). Cristo ve lo que ese alma puede ser, cuánta belleza –la imagen de Dios allí mismo–, qué posibilidades, incluso qué “resto de bondad” en la vida de pecado, como una huella inefable, pero realísima, de lo que Dios quiere de ella»22.

Jesucristo se acerca al pecador con respeto, con delicadeza. Sus palabras son siempre expresión de su amor por cada alma. Vete y no peques más23, advertirá solamente a la mujer adúltera que iba a ser apedreada. Hijo mío, ten confianza, tus pecados te son perdonados24, dirá al paralítico que, tras incontables esfuerzos, había sido llevado por sus amigos hasta la presencia de Jesús. A punto de morir, hablará así al Buen Ladrón: En verdad, en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso25. Son palabras de perdón, de alegría y de recompensa. ¡Si supiéramos con qué amor nos espera Cristo en cada Confesión! ¡Si pudiéramos comprender su interés en que volvamos!

Es tanta la impaciencia del Buen Pastor que no espera a ver si la oveja descarriada vuelve al redil por su cuenta, sino que sale él mismo a buscarla. Una vez hallada, ninguna otra recibirá tantas atenciones como esta que se había perdido, pues tendrá el honor de ir a hombros del pastor. Vuelta al redil y «pasada la sorpresa, es real ese más de calor que trae al rebaño, ese bien ganado descanso del pastor, hasta la calma del perro guardián, que solo alguna vez, en sueños, se sobresalta y certifica, despierto, que la oveja duerme más acurrucada aún, si cabe, entre las otras»26. Los cuidados y atenciones de la misericordia divina sobre el pecador arrepentido son abrumadores.

Su perdón no consiste solo en perdonar y olvidar para siempre nuestros pecados. Esto sería mucho; con la remisión de las culpas renace además el alma a una vida nueva, o crece y se fortalece la que ya existía. Lo que era muerte se convierte en fuente de vida; lo que fue tierra dura es ahora un vergel de frutos imperecederos.

Nos muestra el Señor en este pasaje del Evangelio el valor que para Él tiene una sola alma, pues está dispuesto a poner tantos medios para que no se pierda, y su alegría cuando alguno vuelve de nuevo a su amistad y a su cobijo. Y este interés es el que hemos de tener para que los demás no se extravíen y, si están lejos de Dios, para que vuelvan.

1 Lc 15, 1-10. — 2 Jn 8, 46. — 3 Juan Pablo II, Audiencia general 10-II-1988. — 4 Cfr. Mt 11, 18-19. — 5 Cfr. Lc 19, 1-10. — 6 Cfr. Mc 2, 13-15. — 7 Cfr. Mc 2, 17.— 8 Mc 10, 45. — 9 Santa Teresa,Exclamaciones, n. 8. — 10 Cfr. Mc 3, 20. — 11 Cfr. Ibídem. — 12 Cfr.Gal 2, 20. — 13 Cfr. Jn 13, 1. — 14 Cfr. Rom 4, 25. — 15 Cfr. Jn 14, 2. —16 Cfr. Jn 14, 18 — 17 Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 30, a. 4. — 18 San Gregorio Magno, Homilía 36 sobre los Evangelios. — 19 Cfr. ídem, Homilía 34 sobre los Evangelios, 4. — 20 G. Chevrot, El Evangelio al aire libre, pp. 84-85. — 21 Himno Dies irae. — 22 F. Sopeña, La Confesión, pp. 28-29. — 23 Jn 8, 11. — 24 Mt 9, 2. — 25 Lc24, 43. — 26 F. Sopeña, o. c. p. 36.

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