El maná de cada día, 1.11.11

octubre 31, 2011

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SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS 

Todos hemos sido llamados a la plenitud del amor

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Primera lectura: Apocalipsis 7, 2-4.9-14

Yo, Juan, vi a otro Ángel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro Ángeles a quienes había encomendado causar daño a la tierra y al mar: «No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios.»

Y oí el número de los marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel. Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos.

Y gritan con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero.»

Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: «Amén, alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos, amén.»

Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: «Ésos que están vestidos con vestiduras blancas quiénes son y de dónde han venido?»

Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás.»

Me respondió: «Ésos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero.»

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Salmo 23, 1-2.3-4ab.5-6

R/. Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos.

Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob.

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Segunda lectura: Juan 3, 1-3

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purificará a sí mismo, como él es puro.

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Evangelio: Mateo 5, 1-12

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:  «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

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TODOS LOS SANTOS

Solemnidad

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– Personas que se santificaron a través de una vida corriente.

– Todos hemos sido llamados a la santidad.

– La caridad, distintivo de los que han alcanzado la bienaventuranza.

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I. Alegrémonos todos en el Señor, al celebrar este día de fiesta en honor de todos los santos: de esta solemnidad se alegran los ángeles y alaban al Hijo de Dios1.

La fiesta de hoy recuerda y propone a la meditación común algunos componentes fundamentales de nuestra fe cristiana señalaba el Papa Juan Pablo II-. En el centro de la Liturgia están sobre todo los grandes temas de la Comunión de los Santos, del destino universal de la salvación, de la fuente de toda santidad que es Dios mismo, de la esperanza cierta en la futura e indestructible unión con el Señor, de la relación existente entre salvación y sufrimiento y de una bienaventuranza que ya desde ahora caracteriza a aquellos que se hallan en las condiciones descritas por Jesús.

Pero la clave de la fiesta que hoy celebramos «es la alegría, como hemos rezado en la antífona de entrada: Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de todos los Santos; y se trata de una alegría genuina, límpida, corroborante, como la de quien se encuentra en una gran familia donde sabe que hunde sus propias raíces…»2. Esta gran familia es la de los santos: los del Cielo y los de la tierra.

La Iglesia, nuestra Madre, nos invita hoy a pensar en aquellos que, como nosotros, pasaron por este mundo con dificultades y tentaciones parecidas a las nuestras, y vencieron. Es esamuchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, según nos recuerda la Primera lectura de la Misa3. Todos están marcados en la frente y vestidos con vestiduras blancas, lavadas en la sangre del Cordero4. La marca y los vestidos son símbolos del Bautismo, que imprime en el hombre, para siempre, el carácter de la pertenencia a Cristo, y la gracia renovada y acrecentada por los sacramentos y las buenas obras.

Muchos Santos de toda edad y condición- han sido reconocidos como tales por la Iglesia, y cada año los recordamos en algún día preciso y los tomamos como intercesores para tantas ayudas como necesitamos. Pero hoy festejamos, y pedimos su ayuda, a esa multitud incontable que alcanzó el Cielo después de pasar por este mundo sembrando amor y alegría, sin apenas darse cuenta de ello; recordamos a aquellos que, mientras estuvieron entre nosotros, hicieron, quizá, un trabajo similar al nuestro: oficinistas, labriegos, catedráticos, comerciantes, secretarias…; también tuvieron dificultades parecidas a las nuestras y debieron recomenzar muchas veces, como nosotros procuramos hacer; y la Iglesia no hace una mención nominal de ellos en el Santoral.

A la luz de la fe, forman «un grandioso panorama: el de tantos y tantos fieles laicos a menudo inadvertidos o incluso incomprendidos; desconocidos por los grandes de la tierra, pero mirados con amor por el Padre, hombres y mujeres que, precisamente en la vida y actividad de cada jornada, son los obreros incansables que trabajan en la viña del Señor; son los humildes y grandes artífices por la potencia de la gracia, ciertamente del crecimiento del Reino de Dios en la historia»5. Son, en definitiva, aquellos que supieron «con la ayuda de Dios conservar y perfeccionar en su vida la santificación que recibieron»6 en el Bautismo.

Todos hemos sido llamados a la plenitud del Amor, a luchar contra las propias pasiones y tendencias desordenadas, a recomenzar siempre que sea preciso, porque «la santidad no depende del estado soltero, casado, viudo, sacerdote, sino de la personal correspondencia a la gracia, que a todos se nos concede»7. La Iglesia nos recuerda que el trabajador que toma cada mañana su herramienta o su pluma, o la madre de familia dedicada a los quehaceres del hogar, en el sitio que Dios les ha designado, deben santificarse cumpliendo fielmente sus deberes8.

Es consolador pensar que en el Cielo, contemplando el rostro de Dios, hay personas con las que tratamos hace algún tiempo aquí abajo, y con las que seguimos unidas por una profunda amistad y cariño. Muchas ayudas nos prestan desde el Cielo, y nos acordamos de ellas con alegría y acudimos a su intercesión.

Hacemos hoy nuestra aquella petición de Santa Teresa, que también ella misma escuchará, en esta Solemnidad: «¡Oh ánimas bienaventuradas, que tan bien os supisteis aprovechar, y comprar heredad tan deleitosa…! Ayudadnos, pues estáis tan cerca de la fuente; coged agua para los que acá perecemos de sed»9.

II. En la Solemnidad de hoy, el Señor nos concede la alegría de celebrar la gloria de la Jerusalén celestial, nuestra madre, donde una multitud de hermanos nuestros le alaban eternamente. Hacia ella, como peregrinos, nos encaminamos alegres, guiados por la fe y animados por la gloria de los Santos; en ellos, miembros gloriosos de su Iglesia, encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad10.

Nosotros somos todavía la Iglesia peregrina que se dirige al Cielo; y, mientras caminamos, hemos de reunir ese tesoro de buenas obras con el que un día nos presentaremos ante nuestro Dios. Hemos oído la invitación del Señor: Si alguno quiere venir en pos de Mí… Todos hemos sido llamados a la plenitud de la vida en Cristo. Nos llama el Señor en una ocupación profesional, para que allí le encontremos, realizando aquella tarea con perfección humana y, a la vez, con sentido sobrenatural: ofreciéndola a Dios, ejercitando la caridad con las personas que tratamos, viviendo la mortificación en su realización, buscando ya aquí en la tierra el rostro de Dios, que un día veremos cara a cara.

Esta contemplación, trato de amistad con nuestro Padre Dios, podemos y debemos adquirirla a través de las cosas de todos los días, que se repiten muchas veces, con aparente monotonía, pues «para amar a Dios y servirle, no es necesario hacer cosas raras. A todos los hombres sin excepción, Cristo les pide que sean perfectos como su Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48). Para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas»11.

¿Qué otra cosa hicieron esas madres de familia, esos intelectuales o aquellos obreros…, para estar en el Cielo? Porque a él queremos ir nosotros; es lo único que, de modo absoluto, nos importa. Esta santa decisión tiene mucha importancia para los demás. Si, con la gracia de Dios y la ayuda de tantos, alcanzamos el Cielo, no iremos solos: arrastraremos a muchos con nosotros.

Quienes han llegado ya, procuraron santificar las realidades pequeñas de todos los días; y si alguna vez no fueron fieles, se arrepintieron y recomenzaron el camino de nuevo. Eso hemos de hacer nosotros: ganarnos el Cielo cada día con lo que tenemos entre manos, entre las personas que Dios ha querido poner a nuestro lado.

III. Muchos de los que ahora contemplan la faz de Dios quizá no tuvieron ocasión, a su paso por la tierra, de realizar grandes hazañas, pero cumplieron lo mejor posible sus deberes diarios, sus pequeñosdeberes diarios. Tuvieron errores y faltas de paciencia, de pereza, de soberbia, tal vez pecados graves. Pero amaron la Confesión, y se arrepintieron, y recomenzaron. Amaron mucho y tuvieron una vida con frutos, porque supieron sacrificarse por Cristo.

Nunca se creyeron santos; todo lo contrario: siempre pensaron que iban a necesitar en gran medida de la misericordia divina. Todos conocieron, en mayor o menor grado, la enfermedad, la tribulación, las horas bajas en las que todo les costaba; sufrieron fracasos y tuvieron éxitos. Quizá lloraron, pero conocieron y llevaron a la práctica las palabras del Señor, que hoy también nos trae la Liturgia de la Misa: Venid a Mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os aliviaré12. Se apoyaron en el Señor, fueron muchas veces a verle y a estar con Él junto al Sagrario; no dejaron de tener cada día un encuentro con Él.

Los bienaventurados que alcanzaron ya el Cielo son muy diferentes entre sí, pero tuvieron en esta vida terrena un común distintivo: vivieron la caridad con quienes les rodeaban. El Señor dejó dicho: en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros13. Esta es la característica de los Santos, de aquellos que están ya en la presencia de Dios.

Nosotros nos encontramos caminando hacia el Cielo y muy necesitados de la misericordia del Señor que es grande y nos mantiene día a día. Hemos de pensar muchas veces en él y en las gracias que tenemos, especialmente en los momentos de tentación o de desánimo.

Allí nos espera una multitud incontable de amigos. Ellos «pueden prestarnos ayuda, no solo porque la luz del ejemplo brilla sobre nosotros y hace más fácil a veces que veamos lo que tenemos que hacer, sino también porque nos socorren con sus oraciones, que son fuertes y sabias, mientras las nuestras son tan débiles y ciegas. Cuando os asoméis en una noche de noviembre y veáis el firmamento constelado de estrellas, pensad en los innumerables santos del Cielo, que están dispuestos a ayudarnos…»14. Nos llenará de esperanza en los momentos difíciles. En el Cielo nos espera la Virgen para darnos la mano y llevarnos a la presencia de su Hijo, y de tantos seres queridos como allí nos aguardan.

1 Antífona de entrada. — 2 Juan Pablo II, Homilía 1-XI-1980. — 3Apoc 7, 9. — 4 Cfr. Apoc 7, 3-9. — 5 Juan Pablo II, Exhort. Apost.Christifideles laici, 30-XII-1988, 17. — 6 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 40. — 7 San Josemaría Escrivá, Amar a la Iglesia, p. 67. —8 Cfr. Juan Pablo II, Exhort. Apost. Christifideles laici, cit. — 9 Santa Teresa, Exclamaciones, 13, 4. — 10 Cfr. Misal Romano, Prefacio de la Misa. — 11 Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 55. —12 Aleluya. Mt 11, 28. — 13 Jn 13, 34-35. — 14 R. A. Knox, Sermón a los colegiales de Alli Hallws, 1-XI-1950.

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El maná de cada día, 31.10.11

octubre 31, 2011

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Lunes de la 31ª semana del Tiempo Ordinario

Compartir generosamente todo lo que Dios nos da

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Primera lectura: Romanos 11,29-36

Los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Vosotros, en otro tiempo, erais rebeldes a Dios; pero ahora, al rebelarse ellos, habéis obtenido misericordia. Así también ellos, que ahora son rebeldes, con ocasión de la misericordia obtenida por vosotros, alcanzarán misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos. ¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero, para que él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén.

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Salmo 68,30-31.33-34.36-37

R/. Que me escuche, Señor, tu gran bondad.

Yo soy un pobre malherido; Dios mío, tu salvación me levante. Alabaré el nombre de Dios con cantos, proclamaré su grandeza con acción de gracias.

Miradlo, los humildes, y alegraos, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos.

El Señor salvará a Sión, reconstruirá las ciudades de Judá, y las habitarán en posesión. La estirpe de sus siervos la heredará,los que aman su nombre vivirán en ella.

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Evangelio: Lucas 14,12-14

En aquel tiempo, dijo Jesús a uno de los principales fariseos que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.»

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SIN ESPERAR NADA EGOÍSTAMENTE

– Dar y darnos aunque no veamos fruto ni correspondencia.

– El premio a la generosidad.

– Dar con alegría. Poner al servicio de los demás los talentos recibidos.

I. Jesús había sido invitado a comer por uno de los fariseos importantes del lugar1 y, una vez más, utiliza la imagen del banquete para transmitirnos una enseñanza importante sobre aquello que hemos de hacer por los demás y el modo de llevarlo a cabo. Dirigiéndose al que le había invitado, dijo el Señor: Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos, no sea que también ellos te devuelvan la invitación y te sirva de recompensa. Por el contrario, indica Jesús enseguida a quiénes se ha de invitar: a los pobres, a los tullidos y cojos, a los ciegos… Y da la razón de esta elección: serás bienaventurado, porque no tienen para corresponderte; se te recompensará en la resurrección de los justos2.

Los amigos, los parientes, los vecinos ricos se verán obligados por nuestra invitación a corresponder con otra, al menos de la misma categoría o mejor aún. Lo invertido en la cena ha dado ya su fruto inmediato. Esto puede ser una obra humana recta, incluso muy buena si hay rectitud de intención y los fines son nobles (amistad, apostolado, aunar lazos familiares…), pero, en sí misma, poco se diferencia de lo que pueden hacer los paganos. Es manera humana de obrar: Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores aman a quienes los aman. Y si hacéis el bien a quienes os hacen el bien, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores hacen lo mismo…3, dirá el Señor en otra ocasión. La caridad del cristiano va más lejos, pues incluye y sobrepasa a la vez el plano de lo natural, de lo meramente humano: da por amor al Señor, y sin esperar nada a cambio. Los pobres, los mutilados… nada pueden devolver pues nada tienen. Entonces es fácil ver a Cristo en los demás. La imagen del banquete no se reduce exclusivamente a los bienes materiales; es imagen de todo lo que el hombre puede ofrecer a otros: aprecio, alegría, optimismo, compañía, atención…

Se cuenta en la vida de San Martín que estando el Santo en sueños le pareció ver a Cristo vestido con la mitad de la capa de oficial romano que poco tiempo antes había dado a un pobre. Miró atentamente al Señor y reconoció su ropa. Al mismo tiempo oyó que Jesús, con voz que nunca olvidaría, decía a los ángeles que le acompañaban: «Martín, que solo es catecúmeno, me ha cubierto con este vestido». Y enseguida, el Santo recordó otras palabras de Jesús: Cuantas veces hicisteis eso a uno de mis hermanos más pequeños, a Mí me lo hicisteis4. Esta visión llenó de aliento y de paz a Martín, y recibió enseguida el Bautismo5.

No debemos hacer el bien esperando en esta vida una recompensa, ni un fruto inmediato. Aquí debemos ser generosos (en el apostolado, en la limosna, en obras de misericordia) sin esperar recibir nada por ello. La caridad no busca nada, la caridad no es ambiciosa6. Dar, sembrar, darnos aunque no veamos fruto, ni correspondencia, ni agradecimiento, ni beneficio personal aparente alguno. El Señor nos enseña en esta parábola a dar liberalmente, sin calcular retribución alguna. Ya la tendremos con abundancia.

II. Nada se pierde de lo que llevamos a cabo en beneficio de los demás. El dar ensancha el corazón y lo hace joven, y aumenta su capacidad de amar. El egoísmo empequeñece, limita el propio horizonte y lo hace pobre y corto. Por el contrario, cuanto más damos, más se enriquece el alma. A veces no veremos los frutos, ni cosecharemos agradecimiento humano alguno; nos bastará saber que el mismo Cristo es el objeto de nuestra generosidad. Nada se pierde. «Vosotros –comenta San Agustín– no veis ahora la importancia del bien que hacéis; tampoco el labriego, al sembrar, tiene delante las mieses; pero confía en la tierra. ¿Por qué no confías tú en Dios? Llegará un día que será el de nuestra cosecha. Imagínate que nos hallamos ahora en las faenas de labranza; mas labramos para recoger después según aquello de la Escritura: Iban andando y lloraban, arrojando sus simientes; cuando vuelvan, volverán con regocijo, trayendo sus gavillas (Sal 125)»7. La caridad no se desanima si no ve resultados inmediatos; sabe esperar, es paciente.

La generosidad abre cauce a la necesidad vital del hombre de dar. El corazón que no sabe aportar un bien a los que le rodean, a la sociedad misma, se incapacita, envejece y muere. Cuando damos se alegra el corazón, y estamos en condiciones de comprender mejor al Señor, que dio su vida en rescate por todos8. Cuando San Pablo agradece a los filipenses la ayuda que le han prestado, les enseña que está contento no tanto por el beneficio que él ha recibido sino, sobre todo, por el fruto que las limosnas les reportará a ellos mismos: para queaumenten los intereses en vuestra cuenta9, les dice. Por eso San León Magno recomienda «que quien distribuye limosnas lo haga con despreocupación y alegría, ya que, cuanto menos se reserve para sí, mayor será la ganancia que obtendrá»10.

San Pablo también alentaba a los primeros cristianos a vivir la generosidad con gozo, pues Dios ama al que da con alegría11. A nadie –mucho menos al Señor– pueden serle gratos un servicio o una limosna hechos de mala gana o con tristeza: «Si das el pan triste –comenta San Agustín– el pan y el premio perdiste»12. En cambio, el Señor se entusiasma ante la entrega de quien da y se da por amor, con espontaneidad, sin cálculos…

III. Es mucho lo que podemos dar a otros y cooperar en obras de asistencia a los necesitados de lo más imprescindible, de formación, de cultura… Podemos dar bienes económicos –aunque sean pocos si es poco de lo que disponemos–, tiempo, compañía, cordialidad… Se trata de poner al servicio de los demás los talentos que hemos recibido del Señor. «He aquí una tarea urgente: remover la conciencia de creyentes y no creyentes –hacer una leva de hombres de buena voluntad–, con el fin de que cooperen y faciliten los instrumentos materiales necesarios para trabajar con las almas»13.

El Evangelio de la Misa nos enseña que la mejor recompensa de la generosidad en la tierra es haber dado. Ahí termina todo. Nada debemos recordar luego a los demás; nada debe ser exigido. De ordinario, es mejor que los padres no recuerden a los hijos lo mucho que hicieron por ellos; ni la mujer al marido las mil ayudas que en momentos difíciles supo prestarle, los desvelos, la paciencia…; ni el marido a la mujer su trabajo intenso para sacar la casa adelante… Queda todo mejor en la presencia de Dios y anotado en la historia personal de cada uno. Es preferible, y más grato al Señor, no pasar factura por aquello que hicimos con alegría, sin ánimo alguno de ser recompensados, con generosidad plena. Incluso, aceptar que las buenas acciones que pretendemos llevar a cabo sean alguna vez mal interpretadas. «Vi rubor en el rostro de aquel hombre sencillo, y casi lágrimas en sus ojos: prestaba generosamente su colaboración en buenas obras, con el dinero honrado que él mismo ganaba, y supo que “los buenos” motejaban de bastardas sus acciones.

»Con ingenuidad de neófito en estas peleas de Dios, musitaba: “¡ven que me sacrifico… y aún me sacrifican!”

»—Le hablé despacio: besó mi Crucifijo, y su natural indignación se trocó en paz y gozo»14.

Nos dice el Señor que debemos comprender a los demás, aunque ellos no nos comprendan (quizá no puedan en ese momento, como los menesterosos invitados al banquete, que no podían responder con otra invitación). Y querer a las gentes, aunque nos ignoren, y prestar muchos pequeños servicios, aunque en circunstancias similares nos los nieguen. Y hacer la vida amable a quienes nos rodean, aunque alguna vez nos parezca que no somos correspondidos… Y todo con corazón grande, sin llevar una contabilidad de cada favor prestado. Cuando se oyen los lamentos y quejas de algunos que pasaron por la vida –dicen– dando y entregándose sin recibir luego las mismas atenciones, se puede sospechar que algo esencial faltó en esa entrega, quizá la rectitud de intención. Porque el dar no puede causar quebranto ni fatiga, sino íntimo gozo y notar que el corazón se hace más grande y que Dios está contento con lo que hemos hecho. «Cuanto más generoso seas, por Dios, serás más feliz»15.

Nuestra Madre Santa María, que con su fiat entregó su ser y su vida al Señor y a nosotros sus hijos, nos ayudará a no reservarnos nada, y a ser generosos en las mil pequeñas oportunidades que se nos presentan cada día.

1 Cfr. Lc 14, 1. — 2 Lc 14, 12-14. — 3 Lc 6, 32. — 4 Mt 25, 40. — 5 Cfr. P. Croiset, Año cristiano, Madrid 1846, vol IV, pp. 82-83. — 6 1 Cor13, 5. — 7 San Agustín, Sermón 102, 5. — 8 Cfr. Mt 20, 28. — 9 Flp 4, 17. — 10 San León Magno, Sermón 10 sobre la Cuaresma. — 11 2 Cor9, 7. — 12 San Agustín, Comentarios a los Salmos, 42, 8. — 13 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 24. — 14 Ibídem, n. 28. — 15 Ibídem, n. 18.

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