El Papa Benedicto XVI en Alemania: Abandonemos cualquier táctica, sólo sirve la fe

octubre 13, 2011

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José Luis Restán, director editorial de la Cadena Cope, hace evaluación, en Páginas Digital, del viaje del Papa Benedicto XVI a Alemania.

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Es cierto que el discurso de Benedicto XVI ante el Bundestag está llamado a hacer historia. Pero visto en perspectiva el viaje a Alemania en su conjunto, bien podríamos decir que el leit-motiv ha sido la Iglesia, esa realidad misteriosa que gran parte de los medios maneja con notable embarazo cuando no con agria hostilidad.

Esa realidad, “el don más bello de Dios”, se atrevió a decir el Papa en Berlín, en cuyo interior cunden a veces el mal humor y el desasosiego. Esa barca en la que parecen pugnar los diseñadores de estrategias y los preocupados tan sólo por un discurso correcto, mientras el pueblo fiel vive en la intemperie de un mundo crecientemente alejado de Dios.

Desde que hace treinta años me cautivó la “Meditación sobre la Iglesia” de Henri de Lubac, no había escuchado una sinfonía semejante a la que ha compuesto el Papa Ratzinger precisamente en su tierra, uno de los lugares en los que la barca atraviesa océanos más agitados en esta hora. El Papa de las cumbres teológicas ha querido recordar en Friburgo una alegre canción que generaciones de católicos han entonado con convicción: “doy gracias al Señor porque inmerecidamente me ha llamado a su Iglesia”.

Para muchos ha cesado hoy ese alegre canto. Para muchos la Iglesia se reduce ahora a una barca herrumbrosa, al campo de los escándalos, a una maquinaria pesada que coarta la libertad, a una organización a la que cada cual querría dar forma según su personal inclinación. Y Alemania, para dolor del Papa, descuella en estos asuntos.

Por eso es realmente conmovedor que el hombre que no ha temido exponer las llagas del cuerpo eclesial al aire libre, se haya lanzado a pecho descubierto a mostrar la belleza eterna de la Iglesia, esa que no pueden oscurecer ni los escándalos internos ni los acosos exteriores. Esa belleza que brilla incluso a través de la debilidad evidente de sus miembros, porque procede de otro origen.

“¡En la medida en que uno ama a la Iglesia de Cristo, posee el Espíritu Santo!” decía San Agustín, y Benedicto XVI se lo ha recordado a los que siempre invocan la libertad del Espíritu (que sopla donde quiere) en oposición a la supuesta rigidez del cuerpo. No se puede seguir al Espíritu cuando se aborrece al cuerpo en el que habita.

En muchos pasajes reconocemos la emoción del pastor que busca apasionadamente a cada uno de sus hijos, que les llama a permanecer, que les recuerda el pan caliente sobre la mesa y el techo abrigador en medio de la tormenta. A veces en forma de súplica, otras de severa pero afectuosa admonición. Y el pueblo ha reconocido su voz. La reconocieron en el Olympiastadion de la descreída Berlín, en la Turingia hija de la Reforma, donde ha perseverado una heroica comunidad, y en la refinada Friburgo, donde se desbordó el afecto de la multitud.

Al Comité Central de los Católicos Alemanes le habló sin tapujos de una desproporción entre la eficiencia de las estructuras y la debilidad de la fe en el Dios vivo. Y a quienes son portavoces de buena parte de la interminable retahíla de peticiones de reforma, les repitió que “la verdadera crisis de la Iglesia en el mundo occidental es una crisis de fe… si no llegamos a una verdadera renovación en la fe, toda reforma estructural será baldía”.

Pero seguramente ha sido el discurso ante un grupo de católicos alemanes comprometidos en diversas iniciativas sociales donde Benedicto XVI ha trazado con más precisión su propuesta para la renovación de la Iglesia hoy. Y esta ruta vale para todo el mundo (especialmente el mundo occidental) no sólo para Alemania. Ciertamente, existe la necesidad de un cambio, de una conversión continua, cuyo motivo fundamental y cuya regla de medida es sólo la fidelidad a la misión encomendada por Cristo a los apóstoles.

Este cambio no consiste en adaptarse al mundo para acompañarle dejándolo intacto. “La Iglesia, precisa el Papa, debe hacer una y otra vez el esfuerzo para separarse de lo mundano del mundo”. Y en ese sentido, las épocas duras de la historia, las de persecución o secularización, contribuyen providencialmente a que la Iglesia se purifique y se reforme interiormente. “Liberada de su fardo material y político, la Iglesia puede verdaderamente estar abierta al mundo… puede vivir con más soltura su tarea misionera, su ministerio de adoración a Dios y de servicio al prójimo”.

La parte final de este discurso es una auténtica intensificación de la sinfonía. Primero, al recordar que la Iglesia no debe buscar aumentar su propio poder ni su propia influencia, sino ayudar a los hombres a reconocerse a sí mismos y conducirlos a quien es su Señor. Y después advierte contra la tentación de buscar tácticas para relanzar a la Iglesia: lo que es necesario es “abandonar todo lo que es mera táctica y buscar una total sinceridad que viva plenamente la fe en el presente, despojada de lo aparente, de lo que es mero hábito o convención”.

Pero hay otra joya imprescindible sobre la Iglesia en este viaje. La respuesta que el Papa da a los seminaristas de Friburgo que le preguntan sobre el movimiento “Nosotros somos Iglesia”, que desde hace años desafía a los obispos y a Roma con una estrategia de lucha revolucionaria. Merece la pena transcribir este pasaje pronunciado por Benedicto XVI sin papeles, directamente desde el corazón: “nosotros somos Iglesia, sí, es verdad… pero el “nosotros” es más amplio que el grupo que lo está diciendo; el “nosotros” es la entera comunidad de los fieles, de hoy, de todos los lugares y de todos los tiempos. En la comunidad de los fieles… no puede jamás darse una mayoría contra los apóstoles y contra los santos: esa sería una falsa mayoría. Nosotros somos Iglesia, ¡seámoslo!, ¡seámoslo precisamente en el abrirnos y en el andar más allá de nosotros mismos, siéndolo junto a todos los demás!”

Ecclesia Digital


El maná de cada día, 13.10.11, y novena 3

octubre 13, 2011

Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

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Jueves de la 28ª Semana del

Tiempo Ordinario

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Primera lectura: Romanos 3, 21-30a

Ahora, la justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los profetas, se ha manifestado independientemente de la Ley. Por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna.

Pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien Dios constituyó sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre.

Así quería Dios demostrar que no fue injusto dejando impunes con su tolerancia los pecados del pasado; se proponía mostrar en nuestros días su justicia salvadora, demostrándose a sí mismo justo y justificando al que apela a la fe en Jesús.

Y ahora, ¿dónde queda el orgullo? Queda eliminado. ¿En nombre de qué? ¿De las obras? No, en nombre de la fe.

Sostenemos, pues, que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la Ley. ¿Acaso es Dios sólo de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? Evidente que también de los gentiles, si es verdad que no hay más que un Dios.
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Salmo 129, 1-2.3-4.5

Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor.
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Evangelio: Lucas 11, 47-54

En aquel tiempo, dijo el Señor: «¡Ay de vosotros, que edificáis mausoleos a los profetas, después que vuestros padres los mataron! Así sois testigos de lo que hicieron vuestros padres, y lo aprobáis; porque ellos los mataron, y vosotros les edificáis sepulcros.

Por algo dijo la sabiduría de Dios: “Les enviaré profetas y apóstoles; a algunos los perseguirán y matarán”; y así, a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre de los profetas derramada desde la creación del mundo; desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario.

Sí, os lo repito: se le pedirá cuenta a esta generación. ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis quedado con la llave del saber; vosotros, que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar!»

Al salir de allí, los escribas y fariseos empezaron a acosarlo y a tirarle de la lengua con muchas preguntas capciosas, para cogerlo con sus propias palabras.

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Novena a Santa Magdalena de Nagasaki (3)

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Pasaba muchas horas en devociones, penitencias y en alta contemplación.

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Rito de entrada para todos los días:

V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.

Oración

Oh Padre, que te complaces en escoger a los pequeños y débiles para manifestarnos las maravillas de tu amor, y que escogiste a la joven Magdalena de Nagasaki para que propagara el Evangelio entre sus conciudadanos, velara por su fidelidad a Cristo, hiciera a ti ofrenda de su vida como terciaria seglar agustino-recoleta y muriera mártir de la fe, concédenos, por su intercesión, que sepamos, ser siempre testimonios fieles de Cristo en nuestro vivir cotidiano y sepamos amar a nuestros hermanos con amor sincero y desinteresado. Danos, Señor, saber colaborar activamente en la difusión del Evangelio. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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Día tercero

Reflexión: Martirio de los padres y hermanos de santa Magdalena.

Los años de 1615 a 1622 han sido años de numerosos martirios entre los cristianos de Nagasaki. Magdalena acompaña, si bien pequeñita, a sus padres, que siguen a esos cristianos condenados a muerte hasta el lugar del suplicio. El acceso es libre, y asisten muchísimos cristianos, entonando a una con los mártires cantos al Señor, mientras las víctimas eran decapitadas, crucificadas o quemadas a fuego lento. El espíritu de los cristianos se enardece y se prepara a derramar a su vez la sangre por Cristo. Un día (¿del año 1622?) los esbirros rodean la casa de los padres de Magdalena. El padre es una persona importante, un cabeza de familia, y como tal, tiene que abjurar ante los jueces de su fe cristiana. Pero los padres y los hermanos de Magdalena tienen una fe recia. Están dispuestos a dar mil veces su vida por Cristo, antes que renegar de la fe. Los esbirros se llevan a toda la familia: los padres y los hermanos. Atados como malhechores, los conducen a las angostas y sucias jaulas de la ciudad, donde esperarán la muerte. ¿Y Magdalena? Es todavía una niña de unos once años, y los esbirros no se atreven a poner las manos sobre ella.
La jovencita se queda llorando. No quiere ser separada de su familia. Ignoramos la fecha en que fueron sacrificados.

Quizá formaron parte del grupo de víctimas del Gran Martirio de Nagasaki, de agosto y septiembre de 1622. Aquella escena no la olvidará Magdalena jamás. En el aire han quedado flotando la sonrisa de sus padres y hermanos y la melodía de los cánticos que entonaban mientras los conducían al patíbulo. Magdalena ha perdido lo único que estimaba en su vida. Huérfana, con el pensamiento en el cielo, solo abriga ahora un deseo: consagrarse al Señor y poder derramar un día su sangre por Cristo, su Amado. Libre ya de los cuidados terrenos, sola en el mundo, se dedica a la penitencia, a la oración y al apostolado. “Gastaba muchas horas dice su biógrafo, día y noche, no solamente en devociones y penitencias, sino también en alta contemplación de la pasión de Cristo, redentor nuestro, y de la gloria de los bienaventurado sacando de tales cosas tales afectos que sus ojos eran fuentes de lágrimas”.

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Oración de los fieles para todos los días:

Elevemos, hermanos, nuestras oraciones al Padre común, por intercesión de santa Magdalena de Nagasaki, virgen y mártir, y patrona de nuestra fraternidad seglar agustino-recoleta.

– Por todos los misioneros, especialmente por los agustinos recoletos, para que sepan predicar única y exclusivamente a Cristo, y éste crucificado. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

– Por todos los catequistas, para que sepan ayudar en el robustecimiento de la fe, esperanza y caridad de los creyentes y catecúmenos. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

– Por nuestras fraternidades seglares agustino- recoletas, para que imiten los ejemplos de caridad, sencillez, desprendimiento, sacrificio y fidelidad hasta el martirio de santa Magdalena de Nagasaki. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

– Por todos los pueblos del Extremo Oriente, para que se abran a la luz de Cristo y crean en el Evangelio. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

Por todos los que sufren persecución a causa del Evangelio, para que sepan mantenerse íntegros en la fe, constantes en la esperanza y animosos en la caridad. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

Para añadir a la oración comunitaria:

Por todos los huérfanos y todos los niños abandonados, para que encuentren en nuestro Padre Dios consuelo, fortaleza y ayuda eficaz. Oremos.
R. Te rogamos, óyenos.

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Oración final para todos los días:

Padre y Señor nuestro, tu mártir Magdalena de Nagasaki predicó sin desfallecer el Evangelio y derramó su sangre por ti; concédenos, por su intercesión, ser fíeles testigos de tu Palabra, seguidores de sus ejemplos y participar con ella de tu gloria por la eternidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.


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