Mayo 2011: Con flores a María

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros

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Mayo, mes de María

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“Con flores a María

que madre nuestra es”

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ÚLTIMO DÍA, FIESTA DE LA VISITACIÓN

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Tradicionalmente el mes de mayo es el mes mariano por excelencia. Vamos a honrar a nuestra Madre reproduciendo unos párrafos tomados de la primera encíclica del Papa Benedicto “Dios es amor”.

María ha recibido con asombro el amor de Dios y se lo ha devuelto con inmenso gozo, como Madre de Dios. A la vez, ha ejercido a favor de los hombres una maternal solicitud que estrenó en la tierra y la continúa en los cielos para siempre.

Todos con flores a María

Contemplemos finalmente, dice el Papa Benedicto, a los Santos, a quienes han ejercido de modo ejemplar la caridad. Los Santos son los verdaderos portadores de luz en la historia, porque son hombres y mujeres de fe, esperanza y amor.

Entre los Santos, sobresale María, Madre del Señor y espejo de toda santidad. El Evangelio de Lucas la muestra atareada en un servicio de caridad a su prima Isabel, con la cual permaneció «unos tres meses» (1, 56) para atenderla durante el embarazo.

«Magnificat anima mea Dominum», dice con ocasión de esta visita —«proclama mi alma la grandeza del Señor»— (Lc 1, 46), y con ello expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno.

María es grande precisamente porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a sí misma. Ella es humilde: no quiere ser sino la sierva del Señor (cf. Lc 1, 38. 48). Sabe que contribuye a la salvación del mundo, no con una obra suya, sino sólo poniéndose plenamente a disposición de la iniciativa de Dios.

Es una mujer de esperanza: sólo porque cree en las promesas de Dios y espera la salvación de Israel, el ángel puede presentarse a ella y llamarla al servicio total de estas promesas.

Es una mujer de fe: «¡Dichosa tú, que has creído!», le dice Isabel (Lc 1, 45). El Magníficat —un retrato de su alma, por decirlo así— está completamente tejido por los hilos tomados de la Sagrada Escritura, de la Palabra de Dios.

Así se pone de relieve que la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios.

Así se pone de manifiesto, además, que sus pensamientos están en sintonía con el pensamiento de Dios, que su querer es un querer con Dios. Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada.

María es, en fin, una mujer que ama. ¿Cómo podría ser de otro modo? Como creyente, que en la fe piensa con el pensamiento de Dios y quiere con la voluntad de Dios, no puede ser más que una mujer que ama.

Lo intuimos en sus gestos silenciosos que nos narran los relatos evangélicos de la infancia. Lo vemos en la delicadeza con la que en Caná se percata de la necesidad en la que se encuentran los esposos, y lo hace presente a Jesús.

Lo vemos en la humildad con que acepta ser como olvidada en el período de la vida pública de Jesús, sabiendo que el Hijo tiene que fundar ahora una nueva familia y que la hora de la Madre llegará solamente en el momento de la cruz, que será la verdadera hora de Jesús (cf. Jn 2, 4; 13, 1).

Entonces, cuando los discípulos hayan huido, ella permanecerá al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25-27); más tarde, en el momento de Pentecostés, serán ellos los que se agrupen en torno a ella en espera del Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14).

Venid con flores a María

La vida de los Santos no comprende sólo su biografía terrena, sino también su vida y actuación en Dios después de la muerte. En los Santos es evidente que, quien va hacia Dios, no se aleja de los hombres, sino que se hace realmente cercano a ellos.

En nadie lo vemos mejor que en María. La palabra del Crucificado al discípulo —a Juan y, por medio de él, a todos los discípulos de Jesús: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 27)— se hace de nuevo verdadera en cada generación.

María se ha convertido efectivamente en Madre de todos los creyentes. A su bondad materna, así como a su pureza y belleza virginal, se dirigen los hombres de todos los tiempos y de todas las partes del mundo en sus necesidades y esperanzas, en sus alegrías y contratiempos, en su soledad y en su convivencia. Y siempre experimentan el don de su bondad; experimentan el amor inagotable que derrama desde lo más profundo de su corazón.

Los testimonios de gratitud, que le manifiestan en todos los continentes y en todas las culturas, son el reconocimiento de aquel amor puro que no se busca a sí mismo, sino que sencillamente quiere el bien. La devoción de los fieles muestra al mismo tiempo la intuición infalible de cómo es posible este amor: se alcanza merced a la unión más íntima con Dios, en virtud de la cual se está embargado totalmente de Él, una condición que permite a quien ha bebido en el manantial del amor de Dios convertirse a sí mismo en un manantial «del que manarán torrentes de agua viva» (Jn 7, 38).

María, la Virgen, la Madre, nos enseña qué es el amor y dónde tiene su origen, su fuerza siempre nueva. A ella confiamos la Iglesia, su misión al servicio del amor:

Virgen María, flor de las flores

Santa María, Madre de Dios, tú has dado al mundo la verdadera luz, Jesús, tu Hijo, el Hijo de Dios.

Te has entregado por completo a la llamada de Dios y te has convertido así en fuente de la bondad que mana de Él.

Muéstranos a Jesús. Guíanos hacia Él. Enséñanos a conocerlo y amarlo, para que también nosotros podamos llegar a ser capaces de un verdadero amor y ser fuentes de agua viva en medio de un mundo sediento (Dios es Amor, nn. 40-42; la distribución del texto y los remarcados en negrita son míos).

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Meditación del Papa en la conclusión del mes de María

Queridos hermanos y hermanas, estoy contento de unirme a vosotros en la oración, a los pies de la Virgen Santa, a la que hoy contemplamos en la Fiesta de la Visitación. Saludo y le doy las gracias al señor cardenal Angelo Comastri, arcipreste de la Basílica de San Pedro, a los cardenales y obispos presentes, y a todos los que os habéis reunido aquí esta noche.

Como conclusión del mes de Mayo, queremos unir nuestras voces a la de María, en su mismo cántico de alabanza, con Ella queremos alabar al Señor por las maravillas que continúa haciendo en la vida de la Iglesia y de cada uno de nosotros. En particular, ha sido y continúa siendo para todos nosotros, motivo de gran alegría y agradecimiento, haber comenzado este mes mariano con la memorable Beatificación de Juan Pablo II. ¡Qué gran don de gracia ha sido, para toda la Iglesia, la vida de este gran Papa! Su testimonio continúa iluminando nuestras existencias y nos empuja a ser verdaderos discípulos del Señor, a seguirlo con la valentía de la fe, a amarlo con el mismo entusiasmo con el que le dio a Él su propia vida.

Meditando hoy la Visitación de María, nos vemos impelidos a reflexionar sobre esta valentía de la fe. Aquella a la que Isabel acoge en su casa es la Virgen que “ha creído” en el anuncio del Ángel y ha respondido con fe, aceptando con valentía el proyecto de Dios para su vida y acogiendo así, en sí misma, la Palabra eterna del Altísimo. Como destacaba mi beato Predecesor, en la Encíclica Redemptoris Mater, y mediante la fe que María ha pronunciado su “fiat”, “se ha abandonado a Dios sin reservas y ‘se ha consagrado totalmente a sí misma, como esclava del Señor, en la persona y en la obra de su Hijo’” (n. 13; cfr CONC. ECUM. VAT. II, Cost. dogm. Lumen gentium, 56). Por esto Isabel, en su saludo, exclama: “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor” (Lc 1,45). María ha creído de verdad que “nada es imposible para Dios” (v.37) y, firme en esta confianza, se ha dejado guiar por el Espíritu Santo en la obediencia cotidiana a sus planes. ¿Cómo no desear, para nuestra vida, el mismo abandono confiado? ¿Cómo nos podremos oponer a esta felicidad que nace de una profunda e íntima familiaridad con Jesús? Por esto dirigiéndonos hoy a la “llena de gracia”, le pedimos obtener para nosotros también, de la Providencia Divina, el poder pronunciar cada día nuestro “sí” a los planes de Dios con la misma fe humilde y sincera con la que Ella pronunció el suyo. Ella que, acogiendo en sí la Palabra de Dios, se abandonó a Él sin reservas, nos conduzca a una respuesta más generosa e incondicional a sus proyectos, también cuando en ellos se nos llama a abrazar la cruz.

En este tiempo pascual, mientras invocamos del Resucitado, el don del Espíritu Santo, encomendamos a la maternal intercesión de la Virgen, la Iglesia y el mundo entero. María Santísima que en el Cenáculo invocó con los Apóstoles al Consolador, obtenga para todos los bautizados, la gracia de una vida iluminada por el misterio del Dios crucificado y resucitado, el don de saber acoger cada vez más en la propia existencia, la señoría de Aquel que con su Resurrección ha derrotado a la muerte. Queridos amigos, sobre cada uno de vosotros, y de vuestros seres queridos, en particular, a todos los que sufren, os imparto de corazón la Bendición Apostólica.

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