Vigilia Pascual 2011 – Triduo Pascual

abril 24, 2011

La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu

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ESTIMADO HERMANO, APRECIADA HERMANA, hemos llegado al final de las Vivencias Cuaresmales. Con la Vigilia Pascual ingresamos a la cincuentena de la Pascua, que se consumará en la fiesta de Pentecostés. La Cuaresma se corona en la Pascua, no puede tener un mejor final, como lo anunciamos en la primera entrega de las Vivencias.

Te agradezco la atención que te han merecido las Vivencias Cuaresmales como un medio para experimentar la espiritualidad cuaresmal. Y te felicito por la revisión de tu fe que has realizado durante la Cuaresma, acompañando a Cristo en los misterios de su vida, pasión, muerte y resurrección.

Si no te resulta muy difícil te agradecería cualquier sugerencia o crítica sobre las Vivencias Cuaresmales, para mejorar. También puedes enviar algún comentario o testimonio sobre las gracias recibidas en esta Cuaresma, para unirnos a la acción de gracias al Dador de todo bien.

Ésta es la última entrega de las Vivencias Cuaresmales y la primera de las Vivencias Pascuales. La Vigilia Pascual es como la bisagra que cierra el tiempo cuaresmal y abre la cincuentena pascual. Mereció la pena ejercitarnos en el amor a Cristo para experimentar ahora en la Pascua el gozo de la vida en abundancia que él nos trajo y nos mereció con su pasión, muerte y resurrección. Es bueno cantar y alabar a Dios.

Ahora nos disponembos a celebrar la Vigilia Pascual, la expresión más plena del misterio cristiano, culminación y fuente de toda la vida cristiana. Por eso, pido al Espíritu que te haga saborear el gozo y la alegría de la salvación que nos ha traído Cristo. Lo que deseábamos y ansiábamos durante la Cuaresma, ahora se hace realidad en la Pascua y lo disfrutamos experimentándolo, en cuanto puede realizarse en este mundo.

Para completar este comentario, te comparto, estimado hermano, apreciada hermana, que, secundando el deseo de algunas personas, voy a acompañarte también en la experiencia pascual ofreciéndote las “Vivencias Pascuales” día a día. No las tengo tan elaboradas como las Cuaresmales. Por eso, no serán ni tan extensas ni tan logradas seguramente. Será como un reto para un servidor. Por eso, te agradezco tu valoración y también tu comprensión. Muchas gracias por tu aprecio. Dios te bendiga.

SOLEMNE VIGILIA PASCUAL

AMBIENTACIÓN.- Bendición del fuego y preparación del cirio. En esta noche santa, en que nuestro Señor Jesucristo ha pasado de la muerte a la vida, la Iglesia invita a todos sus hijos, diseminados por el mundo, a que se reúnan a velar en oración. Si recordamos así la Pascua del Señor oyendo su Palabra y celebrando su misterio, podremos esperar tener parte en su triunfo sobre la muerte y vivir con él siempre en Dios.

LA NOCHE SANTA: VELADA DE ORACIÓN

Ya desde los comienzos de la Iglesia, esta noche se consideró “la velada” o vigilia en que debe mantenerse despierto y vigilante el cristiano por el gran Paso de Dios. También los judíos debían permanecer atentos al Paso de Dios, a su Pascua: Éxodo 12, 42.

En este día Cristo pasó a su liberación, vencida la muerte. Cruzó el mar Rojo con todos nosotros y quedamos otra vez en posesión de la vida y con derecho al gozo de Dios. Hoy es el día de nuestro bautismo: porque en este sacramento nos unimos a Cristo y él nos comunica su vida divina, la que adquirió hoy al resucitar.

Hoy el creyente cristiano se debe sentir invitado a velar por las palabras de Jesús en el Evangelio: Estén con las luces prendidas, como sirvientes que esperan la llegada del Señor que regresa. Porque si los encuentra así, de servicio, será él quien se pondrá a servirles sentándolos a su mesa.

Liturgia de la luz: Jesús es “luz de luz, Dios de Dios” (Jn 1,1.4.9). Al resucitar, su vida humana se transfigura por la posesión de su vida divina y se hace luz de los hombres. El simbolismo del fuego que se comunica de cirio en cirio expresa lo anterior mediante una parábola en acción. La procesión y el pregón pascual explican y solemnizan esta verdad de la luz de Dios que se enciende en nosotros y nos transfigura.

Liturgia de la Palabra: Meditamos las maravillas de Dios con nosotros desde los comienzos de la historia. Esta síntesis se parece al temario de las dos primeras lecturas de los cinco domingos de Cuaresma. A cada tema bíblico (lectura y salmo) corresponde una oración final que expresa la experiencia cristiana. Profesamos fe y confianza en sus palabras y en sus promesas pues con la Resurrección todos estamos “pasando” a la vida de Dios. Hoy es también nuestra Pascua.

1era. Lectura: Génesis 1, 1-31; 2, 1-2: “Vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno”. En esta velada con Cristo, nuestra primera gratitud se dirige al Padre por habernos llamado a la existencia y por regalarnos todos los seres, que “son muy buenos”. “Al principio, Dios creó el cielo y la tierra. Dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Que mande a los peces del mar y a las aves del cielo, a las bestias, a las fieras salvajes y a los reptiles que se arrastran por el suelo. Y creó Dios al hombre a su imagen. Hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla. Y concluyó Dios para el día séptimo todo el trabajo que había hecho”.

Salmo 103, 1-2. 5-6. 10 y 12. 13-14. 24 y 35: “Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”.

Oremos: Oh Dios, que con acción maravillosa creaste al hombre y con mayor maravilla lo redimiste. Concédenos resistir a los atractivos del pecado guiados por la sabiduría del Espíritu, para llegar a las alegrías del cielo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

2da. Lectura: Éxodo 14, 15. 15, 1: “En aquellos días, dijo el Señor a Moisés: ¿Por qué sigues clamando a mí? Di a los Israelitas que se pongan en marcha. Y tú, alza tu bastón, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los Israelitas pasen en seco por en medio del mar. Que yo voy a endurecer el corazón de los egipcios para que los persigan, y me cubriré de gloria a costa del Faraón y de todo su ejército. Dijo el Señor a Moisés: Extiende tu mano sobre el mar, y vuelvan las aguas sobre los egipcios, sus carros y sus jinetes. Y extendió Moisés su mano. Aquel día salvó el Señor a Israel de las manos de Egipto. Entonces Moisés y los hijos de Israel cantaron al Señor”.

3era. Lectura: Ezequiel 36, 16-28: “Yahvé me habló de nuevo diciéndome: Hijo de hombre, los hijos de Israel habitaron en su tierra y la infestaron con sus acciones y sus costumbres. Y descargué sobre ellos mi indignación. Dice Yahvé: No hago esto por teneros lástima, sino para salvar el honor de mi nombre que a causa de vosotros ha sido despreciado en todas las naciones adonde habéis llegado. Derramaré sobre vosotros agua purificadora y quedaréis purificados. Os purificaré de toda mancha y de todos vuestros ídolos. Os daré un corazón nuevo, y pondré dentro de vosotros un espíritu nuevo. Os quitaré del cuerpo el corazón de piedra y os pondré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros para que viváis según mis mandatos y respetéis mis órdenes. Habitaréis en la tierra que yo di a vuestros padres. Vosotros seréis para mí un pueblo y yo seré para vosotros vuestro Dios”.

Salmo 41, 3. 5; 42, 3-4: “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío”.

Oremos: Oh Dios, poder inmutable y luz sin ocaso, mira con bondad a tu Iglesia, sacramento de la Nueva Alianza, y, según tus eternos designios, lleva a término la obra de la salvación humana; que todo el mundo experimente y vea cómo lo abatido se levanta, lo viejo se renueva y vuelve a su integridad primera, por medio de nuestro Señor Jesucristo, de quien todo procede. El cual vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

Terminadas las lecturas y oraciones sobre el Antiguo Testamento, comienza la estructura de la misa ordinaria.

Oración Colecta: Oh Dios, que iluminas esta noche santa con la gloria de la Resurrección del Señor, aviva en tu Iglesia el espíritu filial, para que, renovados en cuerpo y alma, nos entreguemos plenamente a tu servicio. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

1era. Lectura: Romanos 6, 3-11: “Hermanos: ¿Acaso no se han dado cuenta de que los que hemos recibido el bautismo de Cristo, hemos sido sumergidos con él para participar de su muerte? Así, pues, por el bautismo fuimos enterrados junto con Cristo para compartir su muerte, para que igual que Cristo, que fue resucitado de entre los muertos por la Gloria del Padre, asimismo nosotros vayamos a vivir una vida nueva. La muerte de Cristo fue un morir al pecado, y un morir para siempre; su vida ahora es un vivir para Dios. También vosotros consideraos como muertos para el pecado, y vivos para Dios en Cristo Jesús”.

Salmo: 117, 1-2. 16-17. 22-23: “Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Aleluya, Aleluya, Aleluya.

El corazón humano de Jesús lo cantó con pleno sentido al entrar al templo de los cielos con su cuerpo resucitado. Hoy tú lo cantas con la esperanza de acompañarlo como te acaba de recordar san Pablo.

Evangelio: Mateo 28, 1-10, Ciclo A: “En la madrugada del sábado al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. El ángel habló a las mujeres: “Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: HA RESUCITADO, como había dicho. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: “Alegraos”. Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: “No tengáis miedo; id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”.

Liturgia del Bautismo: El bautismo es la resurrección con Cristo, vivificador de nuestra vida. Por el bautismo pasamos a ser luz de Cristo, como él es luz del Padre. La presentación del cirio pascual en los bautismos simbolizará esta realidad invisible (Jn 8, 12). Renovemos con fe las promesas de nuestro bautismo, con las que en otro tiempo renunciamos a Satanás y a sus obras y prometimos servir fielmente a Dios en la Santa Iglesia Católica.

Oremos: Oh Dios, que has iluminado los prodigios de los tiempos antiguos con la luz del Nuevo Testamento; el mar Rojo fue imagen de la fuente bautismal; y el pueblo liberado de la esclavitud, imagen de la familia cristiana; concede que todos los pueblos, elevados por su fe a la dignidad de pueblo elegido, se regeneren por la participación de tu Espíritu. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.


¡FELICES PASCUAS DE RESURRECCIÓN!

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El Papa Benedicto responde en tv a los problemas de nuestro mundo

abril 23, 2011

Todo lo asumió, luego todo lo recreó

Respuestas del Papa a preguntas en un programa de televisión

Por primera vez, en una red italiana

He aquí las respuestas que ofreció Benedicto XVI a siete preguntas formuladas por personas de distintos países y sobre diversas situaciones y experiencia humanas al programa de la televisión pública italiana RAI “A su imagen”, emitido a las 14:10 de Roma con motivo del Viernes Santo.

–Santo Padre, quiero agradecerle su presencia que nos llena de alegría y nos ayuda a recordar que hoy es el día en que Jesús demuestra su amor de la manera más radical, muriendo en la cruz como inocente. Precisamente sobre el tema del dolor inocente es la primera pregunta que viene de una niña japonesa de siete años, que le dice: “me llamo Elena, soy japonesa y tengo siete años. Tengo mucho miedo porque la casa en la que me sentía segura ha temblado mucho, y porque muchos niños de mi edad han muerto. No puedo ir a jugar al parque. Quiero preguntarle: ¿por qué tengo que pasar tanto miedo? ¿por qué los niños tienen que sufrir tanta tristeza? Le pido al Papa, que habla con Dios, que me lo explique”.

–Benedicto XVI: Querida Elena, te saludo con todo el corazón. También yo me pregunto: ¿por qué es así? ¿Por qué tenéis que sufrir tanto, mientras otros viven cómodamente? Y no tenemos respuesta, pero sabemos que Jesús ha sufrido como vosotros, inocentes, que Dios verdadero se muestra en Jesús, está a vuestro lado. Esto me parece muy importante, aunque no tengamos respuestas, aunque permanezca la tristeza: Dios está a vuestro lado, y tenéis que estar seguros de que esto os ayudará. Y un día podremos comprender por qué ha sucedido esto.

En este momento me parece importante que sepáis que “Dios me ama”, aunque parezca que no me conoce. No, me ama, está a mi lado, y tenéis que estar seguros de que en el mundo, en el universo, hay muchas personas que están a vuestro lado, que piensan en vosotros, que hacen todo lo que pueden por vosotros, para ayudaros. Y ser conscientes de que, un día, yo comprenderé que este sufrimiento no era algo vacío, no era inútil, sino que detrás del sufrimiento hay un proyecto bueno, un proyecto de amor. No es una casualidad.

Siéntete segura. Estamos a tu lado, al lado de todos los niños japoneses que sufren, queremos ayudaros con la oración, con nuestros actos, y debéis estar seguros de que Dios os ayuda. Y de este modo rezamos juntos para que os llegue la luz cuanto antes.

–La segunda pregunta nos pone delante de un calvario, porque se trata de una madre que está junto a la cruz de un hijo. Es italiana, se llama María Teresa y le pregunta: “Santidad, el alma de mi hijo, Francesco, en estado vegetativo desde el día de Pascua del 2009, ¿ha abandonado su cuerpo, dado que está totalmente inconsciente, o está todavía en él?

–Benedicto XVI: Ciertamente el alma está todavía presente en el cuerpo. La situación es algo así como la de una guitarra que tiene las cuerdas rotas y que no se puede tocar. Así también el instrumento del cuerpo es frágil, vulnerable, y el alma no puede “tocar”, por decirlo en algún modo, pero sigue presente. Estoy también seguro de que este alma escondida siente en profundidad vuestro amor, a pesar de que no comprende los detalles, las palabras, etc., pero siente la presencia del amor.

Y por esto vuestra presencia, queridos padres, querida mamá, junto a él, horas y horas cada día, es un verdadero acto de amor muy valioso, porque esta presencia entra en la profundidad de esta alma escondida y vuestro acto es un testimonio de fe en Dios, de fe en el hombre, de fe, digamos de compromiso a favor de la vida, de respeto por la vida humana, incluso en las situaciones más trágicas.

Por esto os animo a proseguir, sabiendo que hacéis un gran servicio a la humanidad con este signo de confianza, con este signo de respeto de la vida, con este amor por un cuerpo lacerado, un alma que sufre.

–La tercera pregunta nos lleva a Irak, entre los jóvenes de Bagdad, cristianos perseguidos que le envían esta pregunta: “Saludamos al Santo padre desde Irak –dicen–. Nosotros, cristianos de Bagdad, somos perseguidos como Jesús. Santo Padre, ¿cómo podemos ayudar a los miembros de nuestra comunidad cristiana para que se replanteen el deseo de emigrar a otros países, convenciéndoles de que marcharse no es la única solución?

–Benedicto XVI: Quisiera en primer lugar saludar con todo el corazón a todos los cristianos de Irak, nuestros hermanos, y tengo que decir que rezo cada día por los cristianos de Irak. Son nuestros hermanos que sufren, como también en otras tierras del mundo, y por esto los siento especialmente cercanos a mi corazón y, en la medida de nuestras posibilidades, tenemos que hacer todo lo posible para que puedan resistir a la tentación de emigrar, que –en las condiciones en las que viven– resulta muy comprensible.

Diría que es importante que estemos cerca de vosotros, queridos hermanos de Irak, que queramos ayudaros y cuando vengáis, recibiros realmente como hermanos. Y naturalmente, las instituciones, todos los que tienen una posibilidad de hacer algo por Irak, deben hacerlo. La Santa Sede está en permanente contacto con las distintas comunidades, no sólo con las comunidades católicas, sino también con las demás comunidades cristianas, con los hermanos musulmanes, sean chiíes o sunníes.

Y queremos hacer un trabajo de reconciliación, de comprensión, también con el gobierno, ayudarle en este difícil camino de recomponer una sociedad desgarrada. Porque este es el problema, que la sociedad está profundamente dividida, lacerada, ya no tienen esta conciencia: “Nosotros somos en la diversidad, un pueblo con una historia común, en el que cada uno tiene su sitio”. Y tienen que reconstruir esta conciencia que, en la diversidad, tienen una historia común, una común determinación.

Y nosotros queremos, en diálogo precisamente con los distintos grupos, ayudar al proceso de reconstrucción y animaros a vosotros, queridos hermanos cristianos de Irak, a tener confianza, a tener paciencia, a tener confianza en Dios, a colaborar en este difícil proceso. Tened la seguridad de nuestra oración.

–La siguiente pregunta es de una mujer musulmana de Costa de Marfil, un país en guerra desde hace años. Esta señora se llama Bintú y envía un saludo en árabe que se puede traducir de este modo: “Que Dios esté en medio de todas las palabras que nos diremos y que Dios esté contigo”. Es una frase que utilizan al empezar un diálogo. Y después prosigue en francés:

“Querido Santo Padre, aquí en Costa de Marfil, hemos vivido siempre en armonía entre cristianos y musulmanes. A menudo las familias están formadas por miembros de ambas religiones; existe también una diversidad de etnias, pero nunca hemos tenido problemas.

Ahora todo ha cambiado: la crisis que vivimos, causada por la política, está sembrando divisiones. ¡Cuántos inocentes han perdido la vida! ¡Cuántos refugiados, cuántas madres y cuántos niños traumatizados! Los mensajeros han exhortado a la paz, los profetas han exhortado a la paz. Jesús es un hombre de paz. Usted, en cuanto embajador de Jesús, ¿qué aconsejaría a nuestro país?”

–Benedicto XVI: Quiero contestar al saludo: que Dios esté también contigo, y siempre te ayude. Y tengo que decir que he recibido cartas desgarradoras de Costa de Marfil, donde veo toda la tristeza, la profundidad del sufrimiento, y me entristece porque podemos hacer tan poco. Siempre podemos hacer algo: orar con vosotros, y en la medida de lo posible, hacer obras de caridad, y sobre todo queremos colaborar, según nuestras posibilidades, en los contactos políticos, humanos.

He encargado al cardenal Tuckson, que es presidente de nuestro Consejo de Justicia y Paz, que vaya a Costa de Marfil e intente mediar, hablar con los diversos grupos, con las distintas personas, para facilitar un nuevo comienzo. Y sobre todo queremos hacer oír la voz de Jesús, en el que usted también cree como profeta. Él era siempre el hombre de la paz.

Se podía pensar que, cuando Dios vino a la tierra, lo haría como un hombre de gran fuerza, que destruiría las potencias adversarias, que sería un hombre de una fuerte violencia como instrumento de paz. Nada de esto: vino débil, vino solo con la fuerza del amor, sin ningún tipo de violencia hasta ir a la cruz. Y esto nos muestra el verdadero rostro de Dios, y que la violencia no viene nunca de Dios, nunca ayuda a producir cosas buenas, sino que es un medio destructivo y no es el camino para salir de las dificultades. Es una fuerte voz contra todo tipo de violencia.

Invito apremiantemente a todas las partes a renunciar a la violencia, a buscar las vías de la paz. Para la recomposición de vuestro pueblo no podéis usar medios violentos, aunque penséis que tenéis razón. El único camino es la renuncia a la violencia, volver a entablar el diálogo, tratar de encontrar juntos la paz, una nueva atención de los unos a los otros, la nueva disponibilidad para abrirse el uno al otro.

Y este, querida señora, es el verdadero mensaje de Jesús: buscad la paz con los medios de la paz y abandonad la violencia. Rezamos por vosotros para que todos los componentes de vuestra sociedad sientan esta voz de Jesús y así vuelva la paz y la comunión.

–Santo Padre, la próxima pregunta es sobre el tema de la muerte y la resurrección de Jesús y llega desde Italia. Se la leo: “Santidad: ¿Qué hizo Jesús en el tiempo que separó a la muerte de la resurrección? Y, ya que en el Credo se dice que Jesús después de la muerte descendió a los infiernos: ¿Podemos pensar que es algo que nos pasará también a nosotros, después de la muerte, antes de ascender al Cielo?

–Benedicto XVI: En primer lugar, este descenso del alma de Jesús no debe imaginarse como un viaje geográfico, local, de un continente a otro. Es un viaje del alma. Hay que tener en cuenta que el alma de Jesús siempre está en contacto con el Padre, pero al mismo tiempo, este alma humana abraza hasta los últimos confines del ser humano. En este sentido baja a las profundidades, hasta los perdidos, hasta todos aquellos que no han alcanzado la meta de sus vidas, y trasciende así los continentes del pasado. Este descenso del Señor a los infiernos significa, sobre todo, que Jesús alcanza también el pasado, que la eficacia de la redención no comienza en el año cero o en el año treinta, sino que llega al pasado, abarca el pasado, a todas las personas de todos los tiempos.

Dicen los Padres de la Iglesia, con una imagen muy hermosa, que Jesús toma de la mano a Adán y Eva, es decir a la humanidad, y la encamina hacia adelante, hacia las alturas. Y así crea el acceso a Dios, porque el hombre, por sí mismo, no puede elevarse a la altura de Dios. Jesús mismo, siendo hombre, tomando de la mano al hombre, abre el acceso. ¿Qué acceso? La realidad que llamamos cielo.

Así, este descenso a los infiernos, es decir, a las profundidades del ser humano, a las profundidades del pasado de la humanidad, es una parte esencial de la misión de Jesús, de su misión de Redentor y no se aplica a nosotros. Nuestra vida es diferente, el Señor ya nos ha redimido y nos presentamos al Juez, después de nuestra muerte, bajo la mirada de Jesús, y esta mirada en parte será purificadora: creo que todos nosotros, en mayor o menor medida, necesitaremos ser purificados. La mirada de Jesús nos purifica y además nos hace capaces de vivir con Dios, de vivir con los santos, sobre todo de vivir en comunión con nuestros seres queridos que nos han precedido.

–También la siguiente pregunta es sobre el tema de la resurrección y viene de Italia: “Santidad, cuando las mujeres llegan al sepulcro, el domingo después de la muerte de Jesús, no reconocen al Maestro, lo confunden con otro. Lo mismo les pasa a los apóstoles: Jesús tiene que enseñarles las heridas, partir el pan para que le reconozcan precisamente por sus gestos. El suyo es un cuerpo real de carne y hueso, pero también un cuerpo glorioso. El hecho de que su cuerpo resucitado no tenga las mismas características que antes, ¿qué significa? ¿Y qué significa, exactamente, “cuerpo glorioso? Y en nuestra resurrección, ¿nos sucederá lo mismo?”

–Benedicto XVI: Naturalmente, no podemos definir el cuerpo glorioso porque está más allá de nuestra experiencia. Sólo podemos interpretar algunos de los signos que Jesús nos dio para entender, al menos un poco, hacia donde apunta esta realidad. El primer signo: el sepulcro está vacío. Es decir, Jesús no abandonó su cuerpo a la corrupción, nos ha enseñado que también la materia está destinada a la eternidad, que resucitó realmente, que no ha quedado perdido. Jesús asumió también la materia, de manera que la materia está también destinada a la eternidad. Pero asumió esta materia en una nueva forma de vida, este es el segundo punto: Jesús ya no vuelve a morir, es decir: está más allá de las leyes de la biología, de la física, porque los sometidos a ellas mueren.

Por lo tanto hay una condición nueva, diversa, que no conocemos, pero que se revela en lo sucedido a Jesús, y esa es la gran promesa para todos nosotros de que hay un mundo nuevo, una nueva vida, hacia la que estamos encaminados. Y, estando ya en esa condición, para Jesús es posible que los otros lo toquen, puede dar la mano a sus amigos y comer con ellos, pero, sin embargo está más allá de las condiciones de la vida biológica, como la que nosotros vivimos. Y sabemos que, por una parte, es un hombre real, no un fantasma, vive una vida real, pero es una vida nueva que ya no está sujeta a la muerte y esa es nuestra gran promesa.

Es importante entender esto, al menos por lo que se pueda, con el ejemplo de la Eucaristía: en la Eucaristía, el Señor nos da su cuerpo glorioso, no nos da carne para comer en sentido biológico; se nos da Él mismo; lo nuevo que es Él , entra en nuestro ser hombres y mujeres, en el nuestro, en mi ser persona, como persona y llega a nosotros con su ser, de modo que podemos dejarnos penetrar por su presencia, transformarnos en su presencia. Es un punto importante, porque así ya estamos en contacto con esta nueva vida, este nuevo tipo de vida, ya que Él ha entrado en mí, y yo he salido de mí y me extiendo hacia una nueva dimensión de vida.

Pienso que este aspecto de la promesa, de la realidad que Él se entrega a mí y me hace salir de mí mismo, me eleva, es la cuestión más importante: no se trata de descifrar cosas que no podemos entender sino de encaminarnos hacia la novedad que comienza, siempre, de nuevo, en la Eucaristía.

–Santo Padre, la última pregunta es sobre María. A los pies de la cruz, hay un conmovedor diálogo entre Jesús, su madre y Juan, en el que Jesús dice a María: “He aquí a tu hijo” y a Juan : “He aquí a tu madre”. En su último libro, “Jesús de Nazaret”, lo define como “una disposición final de Jesús”. ¿Cómo debemos entender estas palabras? ¿Qué significado tenían en aquel momento y que significado tienen hoy en día? Y ya que estamos hablando de confianza. ¿Piensa renovar una consagración a la Virgen en el inicio de este nuevo milenio?

–Benedicto XVI: Estas palabras de Jesús son ante todo un acto muy humano. Vemos a Jesús como un hombre verdadero que lleva a cabo un gesto de verdadero hombre: un acto de amor por su madre confiándola al joven Juan para que esté tranquila. En aquella época en Oriente una mujer sola se encontraba en una situación imposible. Confía su madre a este joven y a él le confía su madre. Jesús realmente actúa como un hombre con un sentimiento profundamente humano.

Me parece muy hermoso, muy importante que antes de cualquier teología veamos aquí la verdadera humanidad, el verdadero humanismo de Jesús. Pero por supuesto este gesto tiene varias dimensiones, no atañe sólo a ese momento: concierne a toda la historia. En Juan, Jesús confía a todos nosotros, a toda la Iglesia, a todos los futuros discípulos a su madre y su madre a nosotros. Y esto se ha cumplido a lo largo de la historia: la humanidad y los cristianos han entendido cada vez más que la madre de Jesús es su madre.

Y cada vez más personas se han confiado a su madre: basta pensar en los grandes santuarios, en esta devoción a María, donde cada vez más la gente siente: “Esta es la madre.” E incluso algunos que casi tienen dificultad para llegar a Jesús en su grandeza de Hijo de Dios, se encomiendan a su madre sin dificultad.

Algunos dicen: “Pero eso no tiene fundamento bíblico”. Aquí me gustaría responder con San Gregorio Magno: “En la medida que se leen -dice–, crecen las palabras de la Escritura.” Es decir, se desarrollan en la realidad, crecen , y cada vez más en la historia se difunde esta Palabra. Todos podemos estar agradecidos porque la Madre es una realidad, a todos nos han dado una madre. Y podemos dirigirnos con mucha confianza a esta madre, que para cada cristiano es su Madre.

Por otro lado la madre es también expresión de la Iglesia. No podemos ser cristianos solos, con un cristianismo construido según mis ideas. La madre es imagen de la Iglesia, de la madre Iglesia y confiándonos a María, también tenemos que encomendarnos a la Iglesia, vivir la Iglesia, ser Iglesia con María.

Toco ahora al tema de la consagración: los papas –Pío XII, Pablo VI y Juan Pablo II– hicieron un gran acto de consagración a la Virgen María y creo que , como gesto ante la humanidad, ante María misma, fue muy importante. Yo creo que ahora es importante interiorizar ese acto, dejar que nos penetre, para realizarlo en nosotros mismos.

Por eso he visitado algunos de los grandes santuarios marianos del mundo: Lourdes, Fátima, Czestochowa, Altötting …, siempre con el fin de hacer concreto, de interiorizar ese acto de consagración, para que sea realmente un acto nuestro. Creo que el acto grande, público, ya se ha hecho. Tal vez algún día habrá que repetirlo, pero por el momento me parece más importante vivirlo, realizarlo, entrar en esta consagración para hacerla verdaderamente nuestra.

Por ejemplo, en Fátima, me di cuenta de cómo los miles de personas presentes eran conscientes de esa consagración, se habían encomendado, encarnándola en sí mismos, para sí mismos. Así esa consagración se hace realidad en la Iglesia viva y así crece también la Iglesia. La entrega a María, el que todos nos dejemos penetrar y formar por esa presencia, el entrar en comunión con María, nos hace Iglesia, nos hace, junto con María, realmente esposa de Cristo.

De modo que, por ahora, no tengo intención de una nueva consagración pública, pero sí quisiera invitar a todos a unirse a esa consagración que ya está hecha, para que la vivamos verdaderamente día tras día y crezca así una Iglesia realmente mariana que es madre, esposa e hija de Jesús.


Vivencias Cuaresmales 2011 (y 40) – Sábado Santo, Triduo Pascual

abril 23, 2011

María, la nueva Eva, la Madre de los que viven

SÁBADO SANTO
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AMBIENTACIÓN.- Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando, consternada, su pasión y muerte. En este acto de piedad y santo temor de Dios, la Madre Iglesia vuelve los ojos a María, la Mujer creyente y hoy la Madre Dolorosa. Como siempre la Mujer Fuerte nos enseña muchas cosas con el recogimiento adolorido y la soledad serena de la Madre más tierna.

Nuestra fe católica nos invita a reflexionar sobre aquel “descenso a los infiernos”, al lugar de los muertos, que confesamos en el Credo. Ese descenso, por una parte, prolonga la humillación de la cruz, y, por otra, manifiesta claramente el realismo de la muerte de Jesús, cuya alma conoció en verdad la separación del cuerpo, para entendernos, y se unió a las restantes almas de los justos.

Pero el descenso al reino de la muerte es también el primer movimiento de la victoria de Cristo sobre la misma, como lo expresa magníficamente un autor desconocido de los primeros tiempos de la Iglesia, en la lectura elegida para este día en la Liturgia de las Horas.

Hoy no se celebra el sacrificio de la Misa ni se recibe la comunión, a no ser en caso de viático, aunque se reza la Liturgia de las Horas. El altar permanece, por todo ello, desnudo, hasta que, después de la solemne Vigilia o expectación nocturna de la resurrección, se inauguren los gozos de la Pascua, cuya exuberancia inundará los cincuenta días pascuales.

DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS

En la profesión de la fe afirmamos que Jesús crucificado, muerto y sepultado “descendió a los infiernos”. Y en esta frase se encuentra una enseñanza importante. “Los Infiernos” a que se refiere el Credo no representan el lugar de los condenados, sino el lugar de los muertos. En efecto, los judíos del Antiguo Testamento creían que todo aquel que moría iba a un lugar de oscuridad, silencio e incertidumbre. Por eso, Jesús, muerto en la cruz, también va a este lugar de oscuridad. Con esto se enseña que la muerte de Jesús es una muerte real y verdadera, como la de todo ser humano.

Pero esa afirmación fundamental de la muerte real y humana de Jesús, muy pronto dio pie, en la reflexión cristiana, a una nueva afirmación: Jesús, solidario en la muerte con todos los hombres, se encuentra, en el lugar de los muertos, con toda la humanidad que espera. Allí la toma de la mano y la conduce a la vida definitiva.

Por tanto, hermano, te invito a leer y saborear esta lectura patrística del descenso del Señor a los infiernos para liberar a los justos que esperaban la victoria de su Resurrección.

Jesús desciende a los infiernos y toma de la mano a Adán y se lo lleva con él: “porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona”. Adán y Eva. Es decir, toda la humanidad. Todos los hombres que no se nieguen a tomar la mano de Jesús, que no se nieguen a prenderse de la mano del Resucitado, primicia de los que duermen, y que serán despertados a una resurrección gloriosa. Todos ellos serán llevados por Cristo como trofeo de victoria a la presencia del Padre Celestial.

Ora, medita, estimado hermano, apreciada hermana, y aprende a poblar tu vida de la presencia de Dios. Precisamente tú, que vives en una sociedad ruidosa, extrovertida y superficial. El silencio del sábado santo junto al sepulcro: todo un signo profético para nuestro tiempo.
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De una homilía antigua sobre el grande y santo Sábado
El descenso del Señor al abismo

¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.

Va a buscar a nuestro primer padre como si éste fuera la oveja perdida. Quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y a Eva.

El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo, nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: “Mi Señor esté con todos”. Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: “Y con tu espíritu”. Y, tomándolo por la mano, lo levanta, diciéndole: “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz. Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: “Salid”, y a los que se encuentran en las tinieblas: “Iluminaos”, y a los que duermen: “Levantaos”.

A ti te mando: Despierta tú que duermes, porque no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona.

Por ti, yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti, yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti, yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti, me he hecho hombre, semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los Judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado.

Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen desformada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte del peso de los pecados, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.

Dormí en la cruz y la lanza atravesó mi costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te saca del sueño del abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso.

Levántate, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste. Te prohibí comer del árbol de la vida, que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti. Coloqué un querubín que fielmente te vigilara; ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva. El trono de los querubines está a punto, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos; se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes y el reino de los cielos está preparado desde toda la eternidad”.
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LA MADRE DOLOROSA

Dame tu mano, María, la de las tocas moradas; clávame tus siete espadas en esta carne baldía. Quiero ir contigo en la impía tarde negra y amarilla. Aquí, en mi torpe mejilla, quiero ver si se retrata esa lividez de plata, esa lágrima que brilla.

¿Dónde está ya el mediodía luminoso en que Gabriel, desde el marco del dintel, te saludó: “Ave, María”? Virgen ya de la agonía, tu Hijo es el que cruza ahí. Déjame hacer junto a ti ese augusto itinerario. Para ir al monte Calvario, cítame en Getsemaní.

Déjame que te restañe ese llanto cristalino, y a la vera del camino permite que te acompañe. Deja que en lágrimas bañe la orla negra de tu manto a los pies del árbol santo, donde tu fruto se mustia. Capitana de la angustia: no quiero que sufras tanto.

Qué lejos, Madre, la cuna y tus gozos de Belén: “No, mi Niño, no. No hay quien de mis brazos te desuna”. Y rayos tibios de luna, entre las pajas de miel, le acariciaban la piel sin despertarle. ¡Qué larga es la distancia y qué amarga de Jesús muerto a Emmanuel!

A ti, doncella graciosa, hoy maestra de dolores, playa de los pecadores, nido en que el alma reposa, a ti, ofrezco, pulcra rosa, las jornadas de esta vía. A ti, Madre, a quien quería cumplir mi humilde promesa. A ti, celestial princesa, Virgen sagrada María.- Amén


Vivencias Cuaresmales 2011 (39) – Viernes Santo, Triduo Pascual

abril 22, 2011

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VIERNES SANTO

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AMBIENTACIÓN.- Según costumbre antiquísima, la Iglesia no celebra sacramentos ni hoy ni mañana. Por tanto, hoy no se celebra la Eucaristía, sino una Acción Litúrgica en la tarde, sobre la hora en que se supone que murió nuestro Señor. La acción litúrgica de hoy consta de tres partes:

Liturgia de la Palabra hasta la Solemne Plegaria Universal, modelo de la oración de los fieles de cada domingo.

Adoración de la Cruz.- La Palabra de Dios nos ha explicado el poder salvador de la Cruz llevada con amor, como Jesús la llevó. Tu adoración de la Cruz será: gratitud a Cristo que sufrió por ti; promesa de amar el sufrimiento; compromiso de solidaridad frente al mal; fe en la victoria y resurrección. Al adorar o reverenciar la cruz ama a quien estuvo en ella. Ofrece gratitud y amistad a la persona de Jesús que hoy ofreció su vida por ti desde una cruz.

Comunión eucarística.– Desde la Cruz, levantado, Jesús atrae todas las cosas. Nuestra mejor adoración y amor a él será unirnos con él en su Eucaristía. Y al unirnos a él quedaremos reunidos todos los hombres y solidarios para siempre.

ORACIÓN COLECTA: Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; santifica a tus hijos y protégelos siempre, pues Jesucristo, tu Hijo, a favor nuestro instituyó por medio de su sangre el misterio pascual. Por el mismo Jesucristo.

O bien: Oh Dios, tu Hijo Jesucristo, Señor nuestro, por medio de su pasión ha destruido la muerte que, como consecuencia del antiguo pecado, a todos los hombres alcanza; concédenos hacernos semejantes a él. De este modo, los que hemos llevado grabada, por exigencia de la naturaleza humana, la imagen de Adán, el hombre terreno, llevaremos grabada en adelante, por la acción santificadora de tu gracia, la imagen de Jesucristo, el hombre celestial. Él que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Textos bíblico-litúrgicos.- 1era. Lectura: Isaías 52, 13-53, 12; Salmo: 30, 2 y 6. 12-13. 15-16. 17 y 25; 2da. Lectura: Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Aclamación: Filipenses 2, 8-9; Evangelio: Juan 18, 1-19, 42.

Las dos primeras lecturas y el salmo de meditación te ofrecerán la actitud de fe para interpretar los hechos de la Pasión. Estas tres lecturas ponen de manifiesto la unidad de toda la historia salvadora: Antiguo Testamento y Nuevo Testamento confluyen en Cristo y desde Cristo se entienden, e irradian la salvación en plenitud. Todo está dicho y realizado en Cristo, para siempre, para gloria de Dios su Padre y para salvación de los hombres.

DIÁLOGO DE JESUCRISTO CON EL PUEBLO ELEGIDO

Son las quejas de Jesús crucificado al pueblo predilecto, a los de su raza, a sus paisanos y compatriotas, a las personas que dedicó su vida y sus milagros; pero que lo rechazaron. Al meditar esa historia de Israel escúchale a Dios lo que te dice sobre tu propia historia personal. ¡Señor, ten piedad; Cristo, ten piedad; Señor, ten piedad!

¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? ¡Respóndeme!

Yo te saqué de Egipto; tú preparaste una cruz para tu Salvador. Yo te guié cuarenta años por el desierto, te alimenté con el maná, te introduje en una tierra excelente, tú preparaste una cruz para tu Salvador.

¿Qué más pude hacer por ti?

Yo te planté como viña mía, escogida y hermosa. ¡Qué amarga te has vuelto conmigo! Para mi sed me diste vinagre, y con la lanza traspasaste el costado de tu Salvador. Yo por ti azoté a Egipto y a sus primogénitos; tú me entregaste para que me azotaran. Yo te saqué de Egipto, sumergiendo al Faraón en el mar Rojo; tú me entregaste a los Sumos Sacerdotes.

Yo abrí el mar delante de ti; tú con la lanza abriste mi costado. Yo te guiaba con una columna de nubes; tú me guiaste al pretorio de Pilatos. Yo te sustenté con maná en el desierto; tú me abofeteaste y me azotaste. Yo te di a beber el agua salvadora, que brotó de la peña; tú me diste a beber vinagre y hiel.

Yo por ti herí a los reyes cananeos; tú me heriste la cabeza con la caña. Yo te di un cetro real; tú me pusiste una corona de espinas. Yo te levanté con gran poder; tú me colgaste del patíbulo de la cruz.

Estimado Hermano, apreciada Hermana: Se te invita a repasar tu vida personal en sus distintas etapas y experiencias para hacer una relectura de la misma a la luz de la fe. Trata de constatar los gestos de la misericordia de Dios contigo, sus gracias y consuelos, y a la vez, tu respuesta a Dios, tus esfuerzos de correspondencia sincera. Rechaza, una vez más, tu infidelidad; y ratifícate en lo bueno. Dale gracias a Dios por la paciencia que está teniendo contigo, y alábalo. Amor con amor se paga. Al que mucho se le perdonó, mucho amará.

MEDITACIÓN SOBRE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

Este canto expresa el amor admirativo y lleno de gratitud hacia Jesús en toda su trayectoria humana y divina a la vez. Las estrofas van narrando la historia de salvación desde Adán hasta el abrazo definitivo de Dios a la humanidad por medio de su Hijo en el Espíritu Santo.

¡Oh Cruz fiel, árbol único en nobleza! Jamás el bosque dio mejor tributo en hoja, en flor y en fruto. ¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza con un peso tan dulce en su corteza! Cantemos la nobleza de esta guerra, el triunfo de la sangre y del madero y un Redentor, que en trance de Cordero, sacrificado en cruz, salvó la tierra.

Adán.- Dolido mi Señor por el fracaso de Adán, que mordió en la manzana, otro árbol señaló, de flor humana, que reparase el daño paso a paso.

El perdón.- Y así el Señor: ¡Vuelva la Vida y que el Amor redima la condena! La gracia está en el fondo de la pena y la salud naciendo de la herida.

La Encarnación.- ¡Oh plenitud del tiempo consumada! Del seno de Dios Padre en que vivía, ved la Palabra entrando por María en el misterio mismo del Pecado.

El nacimiento.- ¿Quién vio en más estrechez gloria más plena y a Dios como el menor de los humanos? Llorando en el pesebre, pies y manos le faja una doncella nazarena.

La muerte.- En plenitud de vida y de sendero, dio el paso hacia la muerte porque él quiso. Mirad de par en par el paraíso abierto por la fuerza de un cordero.

Los dolores.- Vinagre y sed la boca, apenas gime; y al golpe de los clavos y la lanza, un mar de sangre fluye, inunda, avanza por tierra, mar y cielo y los redime.

El abandono.- Ablándate, madero, tronco abrupto de duro corazón y fibra inerte; doblégate a este peso y esta muerte que cuelga de tus ramas como un fruto.

El abrazo.- Tú solo entre los árboles, crecido para tender a Cristo en tu regazo; tú el arca que nos salva, tú el abrazo de Dios con los verdugos del Ungido. Al Dios de los designios de la Historia, que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza; al que en cruz devuelve la esperanza de toda salvación, honor y gloria.- Amén.

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De las catequesis de san Juan Crisóstomo, obispo 
El valor de la sangre de Cristo

¿Quieres saber el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que la profetizaron y recorramos las antiguas Escrituras. Inmolad -dice Moisés- un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. “¿Qué dices, Moisés? La sangre de un cordero irracional, ¿puede salvar a los hombres dotados de razón?” “Sin duda -responde Moisés- : No porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor”.

Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero cordero, huirá todavía más lejos.

¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza y le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la Eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero y yo recibo el fruto del sacrificio.

Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan grande misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado ambos del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.

Por esta misma razón, afirma san Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que Dios hizo a la mujer del costado de Adán, de igual manera, Jesucristo nos dio el agua y la sangre salida de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto.

Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre y con su leche a aquel a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con su sangre a aquellos a quienes él mismo ha hecho renacer.


Vivencias Cuaresmales 2011 (38) – Jueves Santo, Triduo Pascual

abril 21, 2011

¡Cúanto he deseado celebrar esta pascua con vosotros antes de morir!

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JUEVES SANTO

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AMBIENTACIÓN.- En este día se celebran dos misas, una en la mañana y otra en la tarde: la Crismal y la Cena del Señor, en latín “In Coena Dómini”. Es un día sagrado y lleno de misterio: Jesús manifiesta su última voluntad y culmina la entrega de su vida.

En la misa Crismal, el obispo reúne a sus inmediatos colaboradores para celebrar la misericordia de Dios que les encomendó prolongar en el mundo su sacerdocio. En efecto, Jesús en la Última Cena, celebra su primera y única Eucaristía y encarga a los apóstoles “repetirla” en su nombre: “Haced esto en conmemoración mía”.

Durante la Misa, los sacerdotes renuevan, ante su obispo y ante el Pueblo santo de Dios, las promesas que formularon el día de su ordenación. El obispo bendice los óleos de los enfermos y de los catecúmenos y consagra el santo crisma que se usará en los sacramentos del bautismo, confirmación y orden sagrado.

Con la Eucaristía de esta tarde inauguramos el Triduo Pascual, que abarca el Viernes Santo, el Sábado Santo y la Vigilia Pascual del Domingo de Resurrección. En este Triduo celebramos el misterio central de todo el año litúrgico para los cristianos: la Muerte y Resurrección de Jesús, su Pascua, su “paso” a través de la muerte a la nueva existencia. Jesús, antes de ir a la cruz, quiso anticipar sacramentalmente su entrega en la Última Cena. Nosotros iniciamos este Triduo Santo celebrando su donación eucarística.

Hoy celebramos: 

La institución de la Eucaristía. 
El mandato de la caridad fraterna. 
El origen del sacerdocio.

Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Gálatas 6, 14; 1era. lectura: Éxodo 12, 1-8. 11-14; Salmo: 115, 12-13. 15-16-17-18; 2da. lectura: Corintios 11, 23-26; Aclamación: Juan 13, 34; Evangelio: Juan 13, 1-15.

Hoy comienza el Triduo Pascual. Es el corazón del año litúrgico, el centro de toda celebración, el resumen del misterio de Cristo, Dios y Hombre a la vez. El Triduo Pascual es el punto de referencia por antonomasia, culmen y fuente de toda la vida cristiana.

Durante el Triduo Pascual se realiza la gran transformación que afectará a Jesús y a todos los hombres por compartir con él la misma naturaleza humana. Hasta ahora Jesús ha encarnado de forma única e intransferible la salvación preparada por Dios desde toda la eternidad. Jesús, lleno de la gracia y del poder de Dios, ha pasado por el mundo haciendo el bien. Y a partir de ahora esa novedad de Cristo es confirmada mediante su muerte y resurrección y a la vez, y por eso precisamente, transferida a todos los hombres, mediante el Espíritu Santo.

Jesús se convierte en el Cristo de la salvación. Jesús es constituido como Salvador, se hace Universal por la fuerza del Espíritu Santo: lo que se ha dado en Jesús durante su vida es transferido como maravillosa posibilidad a todos los que crean en él.

Los discípulos que hasta ahora no entendían, que no podían expulsar a los demonios, que negaron a su adorable Maestro a la hora de la pasión, desde ahora serán revestidos del poder de lo alto para realizar las mismas obras que Jesús hacía en su vida mortal y aun mayores, como él mismo dijo.

Todo esto se manifestará y se realizará durante este Triduo; a partir de él se establecerá el Domingo sin ocaso, la victoria definitiva de Cristo y de su Iglesia para siempre sobre todo mal. El Domingo de Pascua es anticipación del Cielo y desembocará en la Jerusalén Celestial.

Durante los cuarenta días de la Cuaresma, nos hemos preparado para celebrar el Triduo Pascual: la Muerte y Resurrección de Cristo. La Iglesia celebra gozosamente la victoria de Cristo durante los cincuenta días de Pascua que culminan en la fiesta de Pentecostés. Son noventa días que constituyen la esencia del año litúrgico: la celebración más completa y nuclear de la vida cristiana.
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De los tratados de san Agustín, obispo,
sobre el Evangelio de San Juan.

La plenitud del amor

El señor, hermanos muy amados, quiso dejar bien claro en qué consiste aquella plenitud del amor con que debemos amarnos mutuamente, cuando dijo: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Consecuencia de ello es lo que nos dice el mismo evangelista Juan en su carta: Cristo dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos, amándonos mutuamente como él nos amó, que dio su vida por nosotros.

Es la misma idea que encontramos en el libro de los Proverbios: Sentado a la mesa de un señor, mira bien qué te ponen delante, y pon la mano en ello pensando que luego tendrás que preparar tú algo semejante. Esta mesa de tal señor no es otra que aquella de la cual tomamos el cuerpo y la sangre de aquel que dio su vida por nosotros.

Sentarse a ella significa acercarse a la misma con humildad. Mirar bien lo que nos ponen delante equivale a tomar conciencia de la grandeza de este don. Y poner la mano en ello, pensando que luego tendremos que preparar algo semejante, significa lo que ya he dicho antes: que así como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos.

Como dice el Apóstol Pedro: Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas.  Esto significa preparar algo semejante. Esto es lo que hicieron los mártires llevados por un amor ardiente; si no queremos celebrar en vano su recuerdo, y si nos acercamos a la mesa del Señor para participar del banquete en que ellos se saciaron, es necesario que, tal como ellos hicieron, preparemos luego nosotros algo semejante.

Por esto, al reunirnos junto a la mesa del Señor, no los recordamos del mismo modo que a los demás que descansan en paz, para rogar por ellos, sino más bien para que ellos rueguen por nosotros, a fin de que sigamos su ejemplo ya que ellos pusieron en práctica aquel amor del que dice el Señor que no hay otro más grande. Ellos mostraron a sus hermanos la manera como hay que preparar algo semejante a lo que también ellos habían tomado de la mesa del Señor.

Lo que hemos dicho no hay que entenderlo como si nosotros pudiéramos igualarnos al Señor, aun en el caso de que lleguemos por él hasta el testimonio de nuestra sangre. Él era libre para dar su vida y libre para volverla a tomar, nosotros no vivimos todo el tiempo que queremos y morimos aunque no queramos; él, en el momento de morir, mató en sí mismo a la muerte, nosotros somos librados de la muerte por su muerte; su carne no experimentó la corrupción, la nuestra ha de pasar por la corrupción, hasta que al final de este mundo seamos revestidos por él de la incorruptibilidad; él no necesitó de nosotros para salvarnos, nosotros sin él nada podemos hacer; él, a nosotros, sus sarmientos, se nos dio como vid, nosotros, separados de él, no podemos tener vida.

Finalmente, aunque los hermanos mueran por sus hermanos, ningún mártir derrama su sangre para el perdón de los pecados de sus hermanos, como hizo él por nosotros, ya que en esto no nos dio un ejemplo que imitar, sino un motivo para congratularnos. Los mártires, al derramar su sangre por sus hermanos, no hicieron sino mostrar lo que habían tomado de la mesa del Señor. Amémonos, pues, los unos a los otros, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros (Tratado 84, 1-2: CCL 36, 536-538)


Vivencias Cuaresmales 2011 (37)

abril 20, 2011

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Me levantaré, volveré junto a mi padre y le diré: He pecado

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MIÉRCOLES SANTO
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Textos bíblico-litúrgicos.- Entrada: Filipenses 2, 10. 8.11; 1era.lectura: Isaías 50, 4-9Salmo: 68, 8-10. 21-22- 31. 33-34;Evangelio: Mateo 26, 14-25Comunión: Mateo 20, 28. 

TEMA: Al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el cielo, en la tierra, en el abismo-, porque el Señor se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz; por eso Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Reza con toda decisión y agradecimiento la Oración Colecta: Oh Dios, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz; concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

Los pasos del siervo son decididos, el Señor le da fuerzas. Isaías 50, 4-9: “Tengo cerca mi abogado, ¿quién pleiteará contra mí? Vamos a enfrentarnos: ¿quién es mi rival? Que se acerque”.

Aclamación: Salve, Rey nuestro, solamente tú te has compadecido de nuestros errores. Gracias, Señor, pues tú eres el único que me entiende y me toma en serioMil gracias, Señor. Tú seas bendito. Amén.

Sin embargo, él no recibe el mínimo de comprensión y consolación de nuestra parte: Espero compasión y no la hay. Salmo 68, 8 34.

Terrible pecado el de Judas, y pensar que Jesús lo eligió con amor de predilección y durante días, meses y años lo siguió embelesado y hasta le confiaron un servicio delicado en el grupo de los discípulos: administración de las limosnas de la bolsa común. Pero Judas comenzó a falsearse en pequeños asuntos, en detalles insignificantes, y se fue haciendo mañoso; y el que falló en lo poco se fue haciendo indigno de lo grande, y llegó hasta lo impensable, lo inaudito. Quién lo iba a decir, si eran nimiedades. Y sin embargo, el fallo final es muy severo: “más le valdría no haber nacido”.

Escuchemos el relato evangélico. Piensa en tu honestidad, ante tu propia conciencia, ante Dios. ¿A qué das importancia? En cuestión de amor todo tiene su importancia; nada es despreciable. Es muy peligroso comenzar a trampear, porque no sabemos a dónde nos puede conducir.

Repite hoy una y otra vez la oración sobre las ofrendas, pídelo de corazón: “Que consigas todos los frutos de la pasión de Cristo”.Comienza por escuchar reverentemente la descripción de sus padecimientos: 1era. lectura.

Con la oración poscomunión pide “sentir profundamente” la salvación, experimentar. Que toda tu personal quede marcada, seducida por el Señor. Que puedas decir con Job: Antes te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos. Lo que aprovecha es el Espíritu, la carne no sirve de nada; si no naces de arriba no puedes ver el reino de Dios.
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PREPARACIÓN PARA TU RECONCILIACIÓN INTEGRAL Y, POR TANTO, SACRAMENTAL

CONFESIÓN SACRAMENTAL

¿Cuál es la razón profunda de esta praxis eclesial de confesar también  los pecados leves o veniales? La razón está, por un lado, en una vivencia gradual cada vez más intensa de la gracia del Bautismo. Un irnos conformando continuamente a la muerte de Cristo, para que se manifieste en nosotros la vida de Cristo. Con ello el penitente se toma en serio el carácter combativo de la vida cristiana: el esfuerzo cristiano por alcanzar la salvación, pues el Reino de Dios exige entrega y laboriosidad de nuestra parte.

La segunda razón para recomendar la práctica frecuente del sacramento de la penitencia, sin pecados graves, la expresa de este modo Juan Pablo II: “Hay que subrayar el hecho de que la gracia propia de la celebración sacramental tiene una gran virtud terapéutica y contribuye a quitar las raíces mismas del pecado”(Reconciliación y Penitencia 32).

EL ARREPENTIMIENTO

¿Qué es el arrepentimiento? No significa sólo que una persona reconozca haber actuado mal, y que anhele reparar el mal hecho, asumiendo responsablemente las consecuencias de pecado. Arrepentimiento no es solamente tener voluntad de mejorar. El arrepentimiento no se agota en esto. Es mucho más.

Arrepentirse significa apelar al Dios viviente. Dios es el único santo, inaccesible y que no transige ante la injusticia; pero, a la vez, es el Amor y el Creador, capaz no sólo de dar origen al hombre para que exista, sino de algo incomparablemente más hermoso: recrear, hacer nueva en toda su belleza original, la persona humana manchada por la debilidad y la culpa.

El arrepentimiento es un clamor que se hace al misterio más profundo del poder creador de Dios. Con la verdad de sus hechos se presenta el hombre ante Dios para decirle: “Señor, confieso mi culpa. Acepto tus juicios. Estoy delante de ti y me declaro reo. Quiero que ganes en el juicio y que tu voluntad prevalezca sobre la mía porque yo sé que tú eres el único santo. Te amo con todo mi ser. Tú tienes toda la razón, aunque sabes que soy de barro. Contigo me juzgaré a mí mismo. Pero tú eres amor y apelo a tu compasión. No pretendo, Señor, de ninguna manera, sustraerme al rigor de tu justicia, porque tú eres siempre gracia y misericordia”.

Es decir, al hombre le toca arrepentirse, a Dios tener misericordia. Es un misterio en que se relacionan dos vidas para realizar una vida única de santidad: la vida del Dios amoroso que perdona y la vida del hombre creyente, capaz de arrepentirse. Por eso, el arrepentimiento es un don de Dios. Yo, arrepintiéndome de mis pecados, no sólo no le oculto nada a Dios sino que vuelvo a la vida, me siento nuevo, y recomienzo. Casi diría, me rehago de nuevo. Cuanto estamos expresando es un misterio grande que únicamente el Dios viviente nos puede hacer comprender y, sobre todo, experimentar.

PERDÓN DE DIOS

En el perdón, Dios continúa la creación, sigue atrayendo al hombre hacia sí y hacia su creación, con la intención de que se sumerja en lo inefable de su fuerza viviente y vivificadora.

Más todavía, Dios introduce al hombre en el misterio de su poder creador, que no es únicamente dar la vida a lo que no existe sino hacer inocente lo que ha sido culpable. Se realiza entonces una nueva creación: Dios introduce al hombre y su pecado dentro de sí mismo, en un misterio de amor inefable. De allí el hombre sale nuevo e inocente. Dios ya no tiene que quitar su vista de este hombre, porque su culpa no existe. Tampoco nuestra conciencia tiene necesidad de desviar su mirada de nuestra persona porque la culpa ya no existe.

LA EXPERIENCIA DEL PERDÓN DE DIOS

Esta experiencia supone todo un proceso de conversión y  vivificación. “Si nos acusa el corazón, Dios es más grande que nuestro corazón, y él lo sabe todo” (1Juan 3,20).  El texto habla de una “acusación del corazón”, que parece no referirse únicamente a lo que diga la razón (“En esto fallaste”), o a lo que diga la conciencia (“En esto pecaste”).

Ambas acusaciones pesan mucho sobre el hombre. Pero la acusación del corazón pesa más todavía: Es algo que viene de las raíces de la vida. Es la vida misma la que te acusa diciendo: “Has sido injusto conmigo”. Y en esta acusación late la tristeza de la juventud perdida; es también la sensación de haber perdido algo que ya no se puede recuperar; es el amor que no ha llegado a plenitud y que nos produce dolor; palpita igualmente la inquietud de una desolación indecible porque la vida reclama a gritos lo infinito, y pasa irremediablemente veloz.

Pero quien realmente y en el fondo nos acusa cuando el corazón acusa es Dios mismo. Es a él a quien hemos ofendido con nuestro pecado. Hemos ofendido la tierna y sana vida que él ha despertado en nuestro corazón. Hemos defraudado la sagrada confianza que él había establecido con sus hijos. Así aparece el pecado en el Salmo 50. Es a una persona a la que hemos ofendido, a un Padre, que espera todos los días por si el hijo vuelve, al que llena de besos, a pesar de que quizás no vuelve muy arrepentido, sino más bien por interés.

Pero Dios es más grande que nuestro corazón. Si san Juan hace en su primera carta esta afirmación es que ahí está el remedio.Todo el bien que se haya podido perder es grande, pero Dios es todavía más grande. El amor que ha sufrido una injusticia pesa muchísimo, pero Dios es un mar sin confines y en él se hace liviano lo pesado, por más grande que sea. Es muy grande la injusticia hecha a la vida por nuestros pecados, pero Dios es la vida, la gracia, el dador de la vida. Él es más que todo.

Por eso, Dios en el perdón de los pecados nos dice: Dales a estas cosas toda la seriedad que quieras, pero es a mí, tu Dios, al que le toca medirlas. Y sucede lo que siempre sucede cuando Dios se pone al frente de sus criaturas: que se esclarecen ellas mismas porque pierden lo que en ellas mismas había de limitación. Pero en Dios todo llega a su plenitud. Porque “él lo sabe todo”.

Este saber es tan luminoso como el sol y deja ver en su verdad la existencia de las cosas. Es un saber hondo como el mar. En él se hunde todo, y él lo abarca todo en su inmensidad. Es como el amor en el que se resuelven todas las cosas,  pues “Dios es Dios”. “Yo soy Dios, el Viviente”. Ésta es la respuesta para todo y que lo abarca todo.

¡Quiera Dios concedernos la gracia de conocer verdaderamente quién es él!

San Agustín pedía: “Conózcame a mí, conózcate a ti”. “Tú, Señor, cancelaste todos mis malos merecimientos, para no tener que castigar a estas manos mías con las que me alejé de ti. Previniste todos mis méritos buenos para premiar a tus manos, con las que me hiciste” (Confesiones 13, 1).
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De las instrucciones de san Doroteo, abad
La causa de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo.

Tratemos de averiguar, hermanos, cuál es el motivo principal de un hecho que acontece con frecuencia, a saber, que a veces uno escucha una palabra desagradable y se comporta como si no la hubiera oído, sin sentirse molesto, y en cambio, otras veces, así que la oye, se siente turbado y afligido.  ¿Cuál, me pregunto, es la causa de esta diversa reacción? ¿Hay una o varias explicaciones? Yo distingo diversas causas y explicaciones y sobre todo una, que es origen de todas las otras, como ha dicho alguien: “Muchas veces esto proviene del estado de ánimo en que se halla cada uno”.

En efecto, quien está fortalecido por la oración o la meditación tolerará fácilmente, sin perder la calma, a un hermano que lo insulta. Otras veces soportará con paciencia a su hermano porque se trata de alguien a quien profesa gran afecto. A veces también por desprecio, porque tiene en nada al que quiere perturbarlo y no se digna tomarlo en consideración, como si se tratara del más despreciable de los hombres, ni se digna responderle palabra, ni mencionar a los demás sus maldiciones e injurias.

De ahí proviene, como he dicho, el que uno no se turbe ni se aflija, si desprecia y tiene en nada lo que dicen. En cambio, la turbación o aflicción por las palabras de un hermano proviene de una mala disposición momentánea o del odio hacia el hermano. También pueden aducirse otras causas. Pero si examinamos atentamente la cuestión, veremos que la causa de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo.

De ahí deriva toda molestia y aflicción, de ahí deriva el que nunca hallemos descanso; y ello no debe extrañarnos, ya que los santos nos enseñan que esta acusación de sí mismo es el único camino que nos puede llevar a la paz. Que esto es verdad, lo hemos comprobado en múltiples ocasiones; y nosotros, con todo, esperamos con anhelo hallar el descanso a pesar de nuestra desidia, o pensamos andar por el camino recto, a pesar de nuestras repetidas impaciencias y de nuestra resistencia en acusarnos a nosotros mismos.

Así son las cosas. Por más virtudes que posea un hombre, aunque sean innumerables si se aparta de este camino, nunca hallará el reposo sino que estará siempre afligido o afligirá a los demás, perdiendo así el mérito de todas sus fatigas (Instrucción 7, sobre la acusación de sí mismo, 1-2: PG 88, 1695-1699)


Vivencias Cuaresmales 2011 (36)

abril 19, 2011

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Mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios

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MARTES SANTO

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Textos bíblico-litúrgicos

Entrada: Salmo 26, 12; 1era.lectura: Isaías 49, 1-6; Salmo: 70, 1-2-3-4-5-6. 15 y 17; Evangelio: Juan 13, 21-33. 36-38; Comunión: Romanos 8, 32.

TEMA.- Una certeza definitiva: en medio de las vicisitudes el Padre lleva adelante su salvación.

Lo más nuclear de nuestro pecado nos resulta muy difícil percibirlo, por eso no solemos pedir perdón. Pues bien, la Oración Colecta de hoy pide: Dios todopoderoso y eterno, concédenos participar tan vivamente en las celebraciones de la pasión del Señor, que alcancemos tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo.

Es decir, el perdón de nuestro pecado por haber rechazado al enviado de Dios y haberle dado muerte cruel, no sólo en el pasado, sino cada día, con nuestros pecados personales y sociales. Cristo fue entregado por un discípulo, que Jesús mismo eligió; fue traicionado por su propio amigo, quien lo entregó con un beso. Con san Pedro nosotros le porfiamos a Jesús que nunca cometeremos tal desfachatez, pero Jesús nos advierte y nos pregunta para aquilatar nuestra decisión y nuestra querencia: ¿Tú, dar la vida por mí?

Escuchemos el relato evangélico. Cuando salió Judas, Jesús se sintió un tanto liberado. Cada hecho, cada acontecimiento, por más inusitado y perverso que parezca es un paso hacia el pleno cumplimiento del plan de Dios. Déjalo, aún no ha llegado mi hora. El Padre sigue actuando.

Son admirables las palabras de Cristo conmovido, emocionado, confirmado en su fe, decidido a seguir adelante hasta el fin, creciendo de fe en fe, sacando fuerzas de su debilidad: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él; pronto lo glorificará”. Permítele al Padre glorificar a su Hijo en ti. Trata de aceptar agradecido su perdón y dile que, con temor y temblor, quieres cumplir su voluntad. Pide la valentía, la fortaleza, el poder de la alabanza.

Reza con la mayor sinceridad y agradecimiento la oración sobre las ofrendas: Mira, Señor, con bondad las ofrendas de esta familia tuya a la que invitas a tomar parte en tus sacramentos; concédele alcanzar la plenitud de lo que ellos significan y contienen. Por Jesucristo nuestro Señor.

Confírmate en la vivencia del sacramento siempre igual y siempre nuevo. Puede servirte la oración de la poscomunión: Señor, tú que nos has alimentado con el cuerpo y la sangre de tu Hijo, concédenos que este mismo sacramento que sostiene nuestra vida temporal, nos lleve a participar de la vida eterna. Por Jesucristo.

Escuchemos: La primera lectura nos abre a los planes de Dios en medio de las borrascas de la existencia terrena; todo está bien, todo funciona bien, nada está perdido. Existe un Dios que lo ve todo, lo trasciende todo. En él todo es luz y vida, aunque estemos rodeados de problemas, aunque nos sintamos en un túnel; pero pasando por él.

Dale, hermano, un voto de confianza a la esperanza, a Jesús que cargó con tus pecados. En sus heridas hemos sido sanados. Su debilidad nos conforta y nos salva. El justo sigue viviendo de la fe, avanza de fe en fe, como Jesús. Por la Cruz a la Victoria. Dios no se muda.
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De los sermones de san Agustín, obispo

Gloriémonos también nosotros
en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

La pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es una prenda de gloria y una enseñanza de paciencia. Pues ¿qué dejará de esperar de la gracia de Dios el corazón de los fieles, si por ellos el Hijo único de Dios, coeterno con el Padre, no se contentó con nacer como un hombre entre los hombres, sino que quiso incluso morir por manos de los hombres, que él mismo había creado?

Grande es lo que el Señor nos promete para el futuro, pero es mucho mayor aún aquello que celebramos recordando lo que ya ha hecho por nosotros. ¿Dónde estaban o quiénes eran los impíos cuando por ellos murió Cristo? ¿Quién dudará que a los santos pueda dejar el Señor de darles su vida, si él mismo les entregó su muerte? ¿Por qué vacila todavía la fragilidad humana en creer que un día será realidad el que los hombres vivan con Dios?

Lo que ya se ha realizado es mucho más increíble: Dios ha muerto por los hombres.

Porque ¿quién es Cristo, sino aquel de quien dice la Escritura: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios? Esta Palabra de Dios se hizo carne y acampó entre en nosotros. Porque no habría poseído lo que era necesario para morir por nosotros, si no hubiera tomado de nosotros una carne mortal. Así el inmortal pudo morir, así pudo dar su vida a los mortales; y hará que más tarde tengan parte en su vida aquellos de cuya condición él primero se había hecho partícipe. Pues nosotros, por nuestra naturaleza no teníamos posibilidad de vivir, ni él, por la suya, posibilidad de morir. Él hizo, pues, con nosotros este admirable intercambio: tomó de nuestra naturaleza la condición mortal, y nos dio de la suya la posibilidad de vivir.

Por tanto, no sólo no debemos avergonzarnos de la muerte de nuestro Dios y Señor, sino que hemos de confiar en ella con todas nuestras fuerzas y gloriarnos en ella por encima de todo: pues al tomar de nosotros la muerte, que en nosotros encontró, nos prometió, con toda su fidelidad, que nos daría en sí mismo la vida que nosotros no podemos llegar a poseer por nosotros mismos. Y si aquel que no tiene pecado nos amó hasta tal punto que por nosotros, pecadores, sufrió lo que habían merecido nuestros pecados, ¿cómo, después de habernos justificado, dejará de darnos lo que es justo? Él, que promete con verdad, ¿cómo no va a darnos los premios de los santos, si soportó, sin cometer iniquidad, el castigo que los inicuos le infligieron?

Confesemos, por tanto, intrépidamente, hermanos, y declaremos bien a las claras que Cristo fue crucificado por nosotros: y hagámoslo no con miedo, sino con júbilo, no con vergüenza, sino con orgullo.

El Apóstol Pablo, que cayó en la cuenta de este misterio lo proclamó como un título de gloria. Y, siendo así que podía recordar muchos aspectos grandiosos y divinos de Cristo, no dijo que se gloriaba de estas maravillas -que hubiese creado el mundo, cuando, como Dios que era, se hallaba junto al Padre, y que hubiese imperado sobre el mundo, cuando era hombre como nosotros-, sino que dijo: Dios me libre de gloriarme sino es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Sermón Güelferbitano 3: PLS 2, 545-546).


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