Vivencias Pascuales 2011 (7)

abril 30, 2011

Les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado

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SÁBADO DE LA OCTAVA DE PASCUA


VÍSPERA DE LA BEATIFICACIÓN

DEL PAPA JUAN PABLO II


Imposible no mencionar siquiera el gran acontecimiento que estos días concita  la atención no sólo de la catolicidad sino del mundo entero: Mañana, Domingo de la Octava de Pascua, domingo de la Divina Misericordia será beatificado en Roma Juan Pablo II.

Millones y millones de creyentes y de gentes de buena voluntad vibran estos días al recordar a Juan Pablo II. Para los primeros representa un don maravilloso de Dios a la Iglesia y al mundo de hoy. Para los segundos es motivo de admiración y orgullo para nuestra generación.

Realmente estamos de fiesta porque recordamos las obras grandes que Dios hizo en él. Cierto que el Señor estuvo grande con Juan Pablo II. Y ahora con la beatificación, la Iglesia ratifica que Dios sigue y seguirá estando grande con nosotros. Por eso eleva a los altares a Juan Pablo II a fin de que sea un ejemplo de superación para todo ser humano en particular del creyente. 

Envidiamos a los que presenciarán en Roma la beatificación de Juan Pablo II. Pero nos contentamos encomendándoles que presenten a Dios nuestras intenciones y necesidades por su itercesión y valía en el cielo.

¡Beato Juan Pablo II, papa, intercede por nosotros! Amén.


Puedes consultar: 

http://www.juanpabloii.va/

http://www.zenit.org/0?l=spanish

http://www.aciprensa.com/noticias.php 




.LITURGIA DE LA MISA
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Oración sobre las ofrendas: Concédenos, Señor, darte gracias siempre por medio de estos misterios pascuales; y ya que continúan en nosotros la obra de tu redención, sean también fuente de gozo incesante. Por Jesucristo.
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Textos bíblico-litúrgicos.– Entrada: Sal 104, 43; 1era lectura: Hch 4, 13-21; Salmo: 117, 1. 14-16. 18-21; Aleluya; Evangelio: Mc 16, 9-15; Comunión: Gál 3, 27.
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Primera Lectura: Hechos 4, 13-21.- “No podemos callar lo que hemos visto y oído”

En aquellos días, los sumos sacerdotes, los ancianos y los letrados estaban admirados al ver la seguridad con que hablaban Pedro y Juan, que eran hombres sin instrucción ni cultura. Por una parte los reconocían como seguidores de Jesús, y al mismo tiempo veían de pie junto a ellos al hombre que había sanado, de modo que nada podían decir en su contra.

Entonces, los mandaron fuera del tribunal y comenzaron a discutir entre ellos: ¿Qué vamos a hacer con estos hombres? Todo Jerusalén sabe que han hecho un milagro clarísimo y no podemos negarlo. Entonces, los llamaron y les mandaron que de ningún modo hablaran o enseñaran en el nombre de Jesús.

Pedro y Juan les respondieron: «¿Vean ustedes mismos si está bien delante de Dios que les obedezcamos a ustedes antes que a él? No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído».

Entonces, insistiendo en sus amenazas, los dejaron en libertad ya que no hallaban la manera de castigarlos, a causa del pueblo; en efecto, todos glorificaban a Dios, por lo que había pasado.
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Salmo Responsorial: 117, 1. 14-16. 18-21.- “La diestra del Señor ha hecho maravillas.”

Den gracias al Señor porque es bueno, pues su bondad perdura para siempre. Al Señor yo lo cuento entre los que me ayudan, por eso yo desprecio a los que me odian.

El Señor es mi fuerza, y es por él que yo canto, ha sido para mí la salvación. Clamores de alegría y de victoria resuenan en las carpas de los justos: “La mano del Señor lo ha enaltecido, la mano del Señor hizo prodigios”.

Con razón el Señor me ha castigado, pero no permitió que me muriera. “Ábranme, pues, las puertas de justicia para entrar a dar gracias al Señor: Esta de aquí es la puerta del Señor, por ella entran los justos”. Te agradezco que me hayas escuchado, pues fuiste para mí la salvación.
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Aleluya. Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.
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Evangelio: Marcos 16, 9-15.- “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio”

Jesús, que resucitó en la madrugada del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete espíritus malos. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban tristes y llorando. Pero al oírle decir que vivía y que lo había visto, no la creyeron.

Después Jesús se apareció bajo otra figura a dos de ellos, cuando iban al campo. Estos volvieron a contárselo a los demás, pero tampoco los creyeron.

Por último, Jesús se apareció Jesús a los Once discípulos cuando estaban comiendo. Jesús los reprendió por su falta de fe y su porfía en no creer a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación”.

NOTA
Clave hermenéutica o de interpretación de la lectura evangélica

San Marcos hace una valoración muy crítica de los personajes principales. En este caso de los Once. Les echa en cara su incredulidad y dureza de corazón. Por el contrario presenta como modelos de fe a los personajes secundarios que, aquí, dan tetimonio de Jesús que se les ha aparecido y que está vivo. Los Once no les dan crédito.

Con este recurso, Marcos nos ofrece la posibilidad de identificarnos con las debilidades de los personajes principales, de los Once, para que crezcamos en la fe y nos sintamos acogidos por la misericorida de Dios, y la comprensión del Maestro. Porque éste sigue confiando en ellos. Más aún: los envía al mundo como testigos, aunque no tienen merecimientos. Se resalta así la total gratuidad de la vida cristiana y de la misión evangelizadora.

Hermano, agradece a Dios que sigue confiando en ti, que opta por ti, a pesar de tus debilidades y pecados, o precisamente por ellos. Su plan de salvación irá adelante, le pese a quien le pesare. Pide que tú seas de los más dóciles colaboradores de Cristo Resucitado que sigue salvando a los hombres de hoy con la fuerza de su Espíritu. Amén.
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Del comentario de san Beda el Venerable, presbítero,
sobre la primera carta de san Pedro

Raza elegida, Sacerdocio real

Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real. Este título honorífico fue dado por Moisés en otro tiempo al antiguo pueblo de Dios, y ahora con todo derecho Pedro lo aplica a los gentiles, puesto que creyeron en Cristo, el cual, como piedra angular, reunió a todos los pueblos en la salvación que, en un principio, había sido destinada a Israel.

Y los llama raza elegida a causa de la fe, para distinguirlos de aquellos que, al rechazar la piedra angular, se hicieron a sí mismos dignos de rechazo.

Y sacerdocio real porque están unidos al cuerpo de aquel que es rey soberano y verdadero sacerdote, capaz de otorgarles su reino como rey, y de limpiar sus pecados como pontífice con la oblación de su sangre. Los llama sacerdocio real para que no se olviden nunca de esperar el reino eterno y de seguir ofreciendo a Dios el holocausto de una vida intachable.

Se les llama también nación consagrada y pueblo adquirido por Dios, de acuerdo con lo que dice el apóstol Pablo comentando el oráculo del Profeta: Mi justo vivirá de fe, pero, si se arredra, le retiraré mi favor. Pero nosotros, dice, no somos gente que se arredra para su perdición, sino hombres de fe para salvar el alma. Y en los Hechos de los apóstoles dice: El Espíritu Santo os ha encargado guardar el rebaño, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con la sangre de su Hijo.

Nos hemos convertido, por tanto, en pueblo adquirido por Dios en virtud de la sangre de nuestro Redentor, como en otro tiempo el pueblo de Israel fue redimido de Egipto por la sangre del cordero. Por esto Pedro recuerda en el versículo siguiente el sentido figurativo del antiguo relato, y nos enseña que éste tiene su cumplimiento pleno en el nuevo pueblo de Dios, cuando dice: Para proclamar sus hazañas.

Porque así como los que fueron liberados por Moisés de la esclavitud egipcia cantaron al Señor un canto triunfal después que pasaron el mar Rojo, y el ejército del Faraón se hundió bajo las aguas, así también nosotros, después de hacer recibido en el bautismo la remisión de los pecados, hemos de dar gracias por estos beneficios celestiales.

En efecto, los egipcios, que afligían al pueblo de Dios, y que por eso eran como un símbolo de las tinieblas y aflicción, representan adecuadamente los pecados que nos perseguían, pero que quedan borrados en el bautismo.

La liberación de los hijos de Israel, lo mismo que su marcha hacia la patria prometida, representa también adecuadamente el misterio de nuestra redención: caminamos hacia la luz de la morada celestial, iluminados y guiados por la gracia de Cristo. Esta luz de la gracia quedó prefigurada también por la nube y la columna de fuego; la misma que los defendió, durante todo su viaje, de las tinieblas de la noche, y los condujo, por un sendero inefable, hasta la patria prometida (Cap. 2: PL 93, 50-51).


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