Vivencias Cuaresmales 2011 – V Domingo

abril 10, 2011

En la Cruz resplandece la gloria de la Trinidad

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33.- DOMINGO QUINTO

DE CUARESMA CICLO A

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Nota.- También ofrezco unas pinceladas sobre las lecturas del ciclo C.


Textos bíblico-litúrgicos

Entrada: Salmo 42, 1-2

1era. lectura: Ezequiel 37, 12-14

Salmo: 129, 1-2-3-4. 6-7-8

2da. Lectura: Romanos 8, 8-11

Aclamación: Juan 11, 25-26

Evangelio: Juan 11, 1-45

Comunión: Juan 11, 26

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TEMA ILUMIADOR.- Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí no morirá para siempre.

En la oración colecta se pide participar en el mismo amor que movió a Cristo a complacer al Padre y a salvar a los hombres. Ya no se trata sólo de contemplar el amor de Cristo como algo externo sino de interiorizarlo afectiva y efectivamente. El dolor parece que está acercando al justo a Dios. Ahora, en el sufrimiento parece que es más difícil rehuir a Dios. La presencia de Dios en el corazón y en la vida real se interaccionan con más fuerza y nitidez. Poco a poco se impone la única realidad: sólo Dios basta. Él todo lo llena. Si a él lo tengo, ¿qué me falta?; si él está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?;  ¿quién nos podrá separar del amor de Dios que está en Cristo Jesús?

La pasión va perfeccionando al justo. Dios perfeccionó a Jesús a base de sufrimientos. Lo hizo más humilde y lo llenó de su amor. Por eso puede someterse a los verdugos. Como cordero llevado al matadero. Sólo hay un actor, Dios mismo. Los demás actores del gran teatro del mundo se van diluyendo como niebla matinal, y se secan como hierba del campo. Dice el salmista: volví a pasar y ya no estaban. Y no se trata de verlo con los ojos de la carne, sino con los del Espíritu. Es decir, como los mira y los ve Dios mismo. La luz y la verdad se van imponiendo en todo su brillo y munificencia: precisamente en la pasión, en el dolor.

Por eso se ve como hermano aun al mismo adversario y aun al enemigo. Él no tiene culpa; no sabe lo que hace. El justo ya no se enreda en las mediaciones humanas, tratando de buscar culpables, hallar explicaciones: todo aparece con una especial claridad más allá de las cortinas puramente humanas.

Esta purificación del justo a través del dolor viene a ser como una “resurrección en vida”. Pues se accede a un tipo de existencia que permite al justo vivir permanentemente en un nivel de victoria, en una felicidad que resulta inaccesible e incomprensible para los pecadores, los hombres carnales. De ahí la oportunidad de las lecturas de hoy acerca de la resurrección del justo, y del poder de Jesús para resucitar muertos, gracias al poder que le ofrece el Padre Celestial. Veamos las lecturas de este domingo.

La resurrección prometida en el Antiguo Testamento Cristo la ha llevado a cabo en su propia persona antes y después de su muerte. La resurrección de Lázaro es un anticipo de la resurrección operada por Jesús en todo bautizado. El bautismo se nos da como don, gracias al cual entramos con comunión con las personas de la Santísima Trinidad, por la fe, la esperanza y la caridad. A la vez, nosotros asumimos el bautismo como una tarea que llevamos a cabo día a día con la ayuda constante del Espíritu Santo derramado en nuestros corazones.

El Espíritu que habita en nuestro interior lo sentimos como primicia de la resurrección definitiva en Cristo para gloria del Padre. Dios que nos creó de la nada nos recreará en Cristo por el poder del Espíritu. Se trata del poder de Dios: “Yo lo digo y lo pongo por obra”. Como lo ha demostrado en Cristo, también lo realizará en nosotros, para alabanza de su gloria.

Observa la perfecta comunión y solidaridad que se vive en la Trinidad, modelo de  toda comunidad, y contémplala con admiración. Maravillosa revelación de Jesús que ora en el Espíritu a su Padre hasta conmoverse interiormente: “Te doy gracias, Padre. Yo sé que siempre me atiendes.”

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De los sermones de san Gregorio de Nisa, obispo

Primogénito de la nueva creación

Ha comenzado el reino de la vida y se ha disuelto el imperio de la muerte. Han aparecido otro nacimiento, otra vida, otro modo de vivir, la transformación de nuestra misma naturaleza. ¿De qué nacimiento se habla?  Del de aquellos que no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

¿Preguntas que cómo es esto posible? Lo explicaré en pocas palabras.  Este nuevo ser lo engendra la fe; la regeneración del bautismo lo da a luz; la Iglesia, cual nodriza lo amamanta con su doctrina e instituciones y con su pan celestial lo alimenta; llega a la edad madura con la santidad de vida; su matrimonio es la unión con la Sabiduría; sus hijos, la esperanza; su casa, el reino; su herencia y sus riquezas, las delicias del paraíso; su desenlace no es la muerte, sino la vida eterna y feliz en la mansión de los santos.

Éste es el día en que actuó el Señor, día totalmente distinto de aquellos otros establecidos desde el comienzo de los siglos y que son medidos por el paso del tiempo. Este día es el principio de una nueva creación, porque, como dice el profeta, en este día Dios ha creado un cielo nuevo y una tierra nueva.  ¿Qué cielo? El firmamento de la fe en Cristo. Y, ¿qué tierra? El corazón bueno que, como dijo el Señor, es semejante a aquella tierra que se impregna con la lluvia que desciende sobre ella y produce abundantes espigas.

En esta nueva creación, el sol es la vida pura; las estrellas son las virtudes; el aire, una conducta sin tacha; el mar, aquel abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento de Dios; las hierbas y semillas, la buena doctrina y las enseñanzas divinas en las que el rebaño, es decir, el pueblo de Dios, encuentra su pasto, los árboles que llevan fruto son la observancia de los preceptos divinos. En este día es creado el verdadero hombre, aquel que fue hecho a imagen y semejanza de Dios. ¿No es, por ventura, un nuevo mundo el que empieza para ti en este día en que actuó el Señor? ¿No habla de este día el Profeta, al decir que será un día y una noche que no tienen semejante?

Pero aún no hemos hablado del mayor de los privilegios de este día de gracia: lo más importante de este día es que él destruyó el dolor de la muerte y dio a luz al primogénito de entre los muertos, a aquel que hizo este admirable anuncio: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.

¡Oh mensaje lleno de felicidad y de hermosura! El que por nosotros se hizo hombre semejante a nosotros, siendo el Unigénito del Padre, quiere convertirnos en sus hermanos y, al llevar su humanidad al Padre, arrastra tras de sí a todos los que ahora son ya de su raza (Sermón 1 sobre la resurrección de Cristo:  PG 46, 603-606, 626-627).

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De los sermones de san León Magno, papa

La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo

Que la predicación del Evangelio sirva para la confirmación de la fe de todos, y que nadie se avergüence de la cruz de Cristo, gracias a la cual el mundo ha sido redimido. Que nadie tema sufrir por la justicia, ni desconfíe del cumplimiento de las promesas, porque por el trabajo se va al descanso, y por la muerte se pasa a la vida; pues el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición, y, si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que él venció y recibiremos lo que prometió.

En efecto, ya se trate de cumplir los mandamientos o de tolerar las adversidades, nunca debe dejar de resonar en nuestros oídos la palabra pronunciada por el Padre: “Éste es mi Hijo, Amado, mi predilecto; escuchadlo” (Sermón 51, 3-4.8: PL 54, 310-311.313).

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33.- DOMINGO QUINTO DE CUARESMA CICLO C

Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás, corro hacia la meta


Textos bíblico-litúrgicos

Entrada: Salmo 42, 1-2

1era. lectura: Isaías, 43, 16-21

Salmo: 125, 1-2ab.2cd-3.4-5.6.

2da. Lectura: Filipenses, 3, 8-14

Aclamación: Amós 5, 14

Evangelio: Juan 8, 1-11

Comunión: Juan 11, 26

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Estimado amigo, sin querer queriendo, estamos llegando al final de la Cuaresma. Entramos en la última semana. El viernes pasado ingresamos a la quincena de la pasión: estamos a menos de quince días del Viernes santo, de la muerte de Jesús. Por tanto, la Iglesia, a través de la liturgia, se apresura a ofrecernos la manera de acompañar a Jesús en los últimos días de su vida mortal.

De ahí que debamos redoblar nuestros esfuerzos por conectar con los sentimientos del corazón de Jesús y con las preocupaciones de su mente. Como discípulos del Maestro somos invitados en este domingo a estrechar nuestros vínculos de amistad sincera con Jesús. Su figura, su personalidad irá tomando cada vez más relieve conforme avanzamos hacia su pasión y muerte.

Así, en la oración colecta suplicamos al Padre que nos conceda vivir siempre de aquel amor que movió a su Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. ¡Qué menos que tratar de sintonizar con Jesús en estos últimos días de su vida, tan azarosos, tan conflictivos, tan dolorosos!

Toda la liturgia eucarística de este domingo está orientada hacia la persona de Jesús. En el oficio de lectura de la liturgia de las horas se presenta la carta a los Hebreos. Merece la pena destacar su comienzo, pues no tiene desperdicio para la espiritualidad de estos días últimos de la Cuaresma, texto bisagra entre la muerte y resurrección del Señor:

“En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado” (1, 1-4).

En la segunda lectura de la misa, san Pablo nos confiesa que todo lo considera basura comparado con el conocimiento de Cristo Jesús. Por él lo ha perdido todo y ha dejado todo, con tal de vivir para Cristo y adquirir así la justicia de Dios, la que proviene de la fe, no de las obras de la ley. Jesús va más allá de la ley escrita en piedra, y concede el perdón a la mujer sorprendida en adulterio. Él ha venido, no a condenar, sino a salvar. ¿Nadie te ha condenado? Pues yo tampoco te condeno.

Jesús cumple la voluntad de Dios su Padre que es Dios de vivos y no de muertos, y que ha hecho al hombre para que viva. Ésa es su gloria: que el hombre sea feliz siguiendo su Palabra que le interpela constantemente y que no le permite ser del mundo. El hombre está en el mundo, pero no es del mundo. Debe permanecer siempre en el “desierto” donde permanentemente vive y experimenta la dependencia de Dios: quien sacia su sed, lo alimenta y le habla, le promete una tierra de bendición, y lo hace caminar hacia la Tierra que será en definitiva la comunión con él para siempre en la Patria celestial.

En este sentido el Dios Creador es el mismo que el Dios Salvador. Es decir, el hombre no está acabado. Dios lo va recreando constantemente y haciéndolo crecer a la estatura de Cristo, muriendo su misma muerte para gozar de una resurrección como la suya. La muerte que sufrimos con Cristo básicamente se reduce a entregar nuestra propia personalidad de pecadores para ser transformados en nuevas criaturas en Cristo, en hombres nuevos o espirituales, es decir, habitados y guiados por el mismo Espíritu de Cristo, el de filiación.

Esta vida nueva y victoriosa en Cristo en un don divino porque Dios ha estado y sigue estando grande con nosotros. Por eso se nos llena la boca de risas y nuestra lengua de cantares. Pero a la vez es logro de la fe, que siembra con dolor. Al ir, iban llorando llevando la semilla. Ésta es nuestra existencia terrenal, nuestra Cuaresma. Es preciso dejarse moldear por todo lo que permite el Señor que nos suceda en el mundo. Pero al volver, volveremos cantando llevando la semilla. El regreso, la  vuelta será definitiva en el Cielo. Y aquí en la tierra es medio definitiva y suficiente en la oración y sobre todo en la celebración eucarística, donde tocamos ya la Patria celeste. Por eso, debemos celebrar nuestra victoria en Cristo cada domingo. Necesitamos la celebración eucarística como necesitamos respirar o comer. Con la fuerza de ese alimento podremos, como Elías, continuar nuestro éxodo por el desierto de esta vida.

Sigue, hermano, este itinerario cuaresmal con renovada ilusión. Merece la pena. Es Señor mismo será tu consolación y tu premio.



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