Vivencias Cuaresmales 2011 (26)

abril 7, 2011
Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac

Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac

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30.- JUEVES

CUARTA SEMANA DE CUARESMA

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Textos bíblico-litúrgicos

Entrada: Salmo 104, 3-4

1era. lectura: Éxodo 32, 7-14

Salmo: 105, 19-20-21-22-23

Aclamación: Juan 3, 16

Evangelio: Juan 5, 31-47

Comunión: Jeremías 31, 33

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ILUMINACIÓN.- Moisés intercede por el pueblo: Dios aplaca su ira y se arrepiente de su amenaza contra Israel. A Cristo lo rechazan sus contemporáneos, y Moisés los acusa por su incredulidad. Cristo será el intercesor último y definitivo.

Ante la incredulidad del pueblo, Dios mismo prepara intercesores que recuerden sus promesas y que provoquen el amor propio de Dios. “Entonces Moisés suplicó al Señor su Dios: ¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con grande poder y mano robusta? ¿Tendrán que decir los egipcios: ‘Con mala intención los sacó para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra’? Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac, a quienes juraste por ti mismo diciendo: ‘Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo’. Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo” (Éxodo, 32, 11-14).

Escuchemos la primera lectura. El Señor dijo a Moisés: “Vuelve y baja, porque tu pueblo ha pecado.” En el evangelio, Jesús se encuentra con la incredulidad de sus propios paisanos. Ellos buscan en las Escrituras salvación pero no aceptan a Cristo, el único salvador enviado por Dios. No lo aceptan porque prefieren la gloria y el testimonio de los hombres al honor de Dios y al testimonio de las obras milagrosas que hace Cristo.

Comprobémoslo en el Evangelio de hoy. Jesús dijo a los judíos: “Si yo hago de testigo en mi favor, mi testimonio no vale nada.”

Jesús es testificado tanto por Juan Bautista como por su Padre, que lo acredita con los milagros “que nadie puede hacer a no ser que Dios esté con él”, como confesaba el ciego de nacimiento. Sin embargo, los judíos no creen. Va resaltándose más y más la oposición de los fariseos frente a Jesús. Ellos sólo creen en sí mismos y en lo que les conviene.

Jesús les dice claramente: “No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero si no dais fe a sus escritos, ¿cómo daréis fe a mis palabras?” (Jn 5, 45-47).

Frente a esa sinrazón de la pertinaz incredulidad, la antífona de comunión anuncia otra ley: la del Espíritu. La ley externa y fría, escrita en piedra, será eliminada para dar paso a la escrita en el mismo corazón del hombre gracias a la efusión del Espíritu de Dios. De esta manera, al hombre le será connatural actuar según Dios. “Meteré mi ley en su pecho y la escribiré en sus corazones y todos me conocerán” (Jeremías 31, 33).

En estos días concluyen las obras de Jesús, sus hechos portentosos, los signos, según Juan. Mañana comienza con toda claridad y solemnidad “la hora de Jesús”, la hora amarga de la persecución. La incredulidad de los impíos va a provocar y causar la muerte de Jesús. A partir de hoy comienza la “quincena de la muerte de Jesús”. Está acercándose, lenta pero inexorablemente, el poder de las tinieblas. Jesús es consciente de todo, y entiende que debe ir hasta el final, que debe cumplir toda justicia, todo el plan de su Padre. No sabe exactamente lo que eso le supondrá, pero sí tiene claro que no puede torcerse ni a izquierda ni a derecha, que debe permanecer fiel. Y también sabe que sea lo que sea, el Padre no le negará, no le abandonará.

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De los comentarios de San Agustín, obispo, sobre los salmos

Jesucristo ora por nosotros, ora en nosotros
y es invocado por nosotros.

No pudo Dios hacer a los hombres un don mayor que el de darles por cabeza al que es su Palabra, por quien ha fundado todas las cosas, uniéndolos a él como miembros suyos, de forma que él es Hijo de Dios e Hijo del hombre al mismo tiempo, Dios uno con el Padre y hombre con el hombre, y así, cuando nos dirigimos a Dios con súplicas, no establecemos separación con el Hijo, y cuando es el cuerpo del Hijo quien ora, no se separa de su cabeza, y el mismo salvador del cuerpo, nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es el que ora por nosotros, ora en nosotros y es invocado por nosotros.

Ora por nosotros como sacerdote nuestro, ora en nosotros por ser nuestra cabeza, es invocado por nosotros como Dios nuestro. Reconozcamos, pues, en él nuestras propias voces y reconozcamos también su voz en nosotros.

Por lo cual, cuando se dice algo de nuestro Señor Jesucristo, sobre todo en profecía, que parezca referirse a alguna humillación indigna de Dios, no dudemos en atribuírsela, ya que él tampoco dudó en unirse a nosotros. Todas las criaturas le sirven, puesto que todas las criaturas fueron creadas por él.

Y, así, contemplamos su sublimidad y divinidad, cuando oímos:  En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho; pero, mientras consideramos esta divinidad del Hijo de Dios, que sobrepasa y excede toda la sublimidad de las criaturas, lo oímos también en algún lugar de las Escrituras como si gimiese, orase y confesase su debilidad.

Y entonces dudamos en referir a él estas palabras, porque nuestro pensamiento, que acababa de contemplarlo en su divinidad, retrocede ante la idea de verlo humillado; y, como si fuera injuriarlo el reconocer como hombre a aquel a quien nos dirigíamos como a Dios, la mayor parte de las veces nos detenemos y tratamos de cambiar el sentido: y no encontramos en la Escritura otra cosa sino que tenemos que recurrir al mismo Dios, pidiéndole que no nos permita errar acerca de él.

Despierte, por tanto, y manténgase vigilante nuestra fe; comprenda que aquel al que poco antes contemplábamos en la condición divina aceptó la condición de esclavo, asemejado en todo a los hombres e identificado en su manera de ser a los humanos, humillado y hecho obediente hasta la muerte; pensemos que incluso quiso hacer suyas aquellas palabras del salmo, que pronunció colgado de la cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Por tanto, es invocado por nosotros como Dios, pero él ruega como siervo; en el primer caso, le vemos como creador, en el otro como criatura; sin sufrir mutación alguna, asumió la naturaleza creada para transformarla y hacer de nosotros con él un solo hombre, cabeza y cuerpo. Oramos, por tanto, a él, y hablamos junto con él, ya que él habla junto con nosotros (Salmo 85, 1: CCL 39, 1176-1177).


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