Vivencias Cuaresmales 2011 – III Domingo

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¡Si conocieras el don de Dios!

19. DOMINGO TERCERO

DE CUARESMA CICLO A

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Textos bíblico-litúrgicos

Entrada: Salmo 24, 15-16

1era. lectura: Éxodo 17, 3-7

Salmo: 94, 1-2. 6-7-8-9

2da. lectura: Romanos 5, 1-2. 5-8

Aclamación: Juan 4, 42. 15.

Evangelio: Juan 4, 5-42

Comunión: Juan 4, 13-14

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TEMA: El Agua viva o el agua de la Vida.

Como en el desierto (A.T.), ahora Dios da vida; pero una vida superior. Es el mismo respirar del Espíritu Santo con nosotros (2da. Lectura) que en nuestro interior viene a ser como un manantial que siempre refresca y vitaliza nuestro obrar (Evangelio).

En la Eucaristía te alimentas del Cuerpo y de la Sangre de Cristo para robustecer la presencia de Dios en ti y en todas tus actitudes y comportamientos. Acude a conversar con Dios utilizando las oraciones y lecturas bíblicas de la liturgia eucarística.

En la primera lectura y en el Evangelio encontramos a los israelitas y a la mujer samaritana, representante de los no judíos, buscando y reclamando agua para apagar la sed. Esto nos indica que todo hombre, de cualquier raza, cultura y tiempo, desea satisfacer unas necesidades básicas. En una palabra: busca felicidad, placer, realización personal, plenitud, descanso. Todos los hombres sienten sed, aspiran a algo más, son eternos buscadores. En realidad, no sólo tienen sed, sino que son sed. Están hechos a la medida de Dios y sólo para Dios. No podía ser otro modo si Dios es el único Señor, único Dios.

Esta sed la ha puesto Dios mismo como la necesidad más elemental del hombre: ser feliz. Esa felicidad sólo la alcanzará en Dios. San Agustín después de muchos años de búsqueda, de tanteos y errores, encontró a Dios, se convirtió y se bautizó. Su experiencia de Dios la formuló y la resumió así para nosotros: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará siempre inquieto hasta que descanse en ti”. En un sentido complementario, también solía confesar humildemente: “Sólo sé una cosa: que fuera de ti me va muy mal”.

En la primera lectura, los israelitas se sienten agobiados por la necesidad inmediata, se olvidan de los prodigios obrados por Dios en su favor, se desesperan y se rebelan contra Dios y su profeta Moisés. Hasta dudan de la buena intención de Dios: los habría sacado de Egipto para exterminarlos en un inhóspito desierto. Como si dijeran: Si nos está dejando morir de sed, quiere decir que Dios ha tenido mala intención desde el principio, nos ha engañado. De ahí la pregunta: ¿Acaso está Yahvé en medio de nosotros, lo experimentamos como nuestro Dios poderoso y providente? Concluyen: No lo está porque no nos auxilia. Nos ha abandonado.

He ahí el pecado del pueblo contra Dios: paradigma de nuestro pecado, de nuestro pecado más frecuente y del que ahora en Cuaresma debemos arrepentirnos.

El salmista nos invita a superar la tentación de desesperación en la que cayeron los israelitas en el desierto: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón”(Salmo 94).

Más todavía: Nos insta a que aprendamos a vencer la tentación con toda determinación. Nos exhorta vivamente a que escarmentemos en cabeza ajena: “No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras”.

En el Evangelio aparece Jesús cansado de tanto buscar a la oveja perdida para ofrecerle el agua viva. El Camino se ha cansado buscando a los hombres. Y se ha sentado para esperarlos en aquel lugar preciso adonde vendrán torturados por la sed buscando salvación. Así espera Jesús a la samaritana. Veámoslo en el evangelio de hoy: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

Nos fijamos en una frase de Jesús que puede despertar nuestra conciencia en esta Cuaresma: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”. Si conociéramos, si sospecháramos siquiera la bondad y la belleza del plan de Dios sobre nosotros, sobre cada uno de nosotros. Si conociéramos con cuánta delicadeza y paciencia Jesús nos espera en este tiempo cuaresmal para entrar en nuestras vidas por la fe, por una sincera conversión y renovación de nuestra experiencia de Dios…

Como a los apóstoles en la última cena, Jesús nos dice en esta Cuaresma: He esperado con ansia este tiempo, esta oportunidad, para encontrarme contigo, para cenar contigo. Dichoso tú si le abres, porque él tiene reservado para ti algo tan especial que ningún ojo ha visto y ningún oído ha escuchado, ni nadie se lo ha podido imaginar. Si conocieras el don de Dios y quién es el que habla contigo, tú le pedirías y él no te defraudaría. ¿Cuál será tu respuesta?

Y para ser prácticos y no divagar, permíteme preguntarte:¿cuál está siendo tu respuesta a Jesús que, cansado de buscarte, te espera en el brocal del pozo de esta Cuaresma, día tras día, con una palabra nueva y liberadora para ti? Al principio de estas Vivencias quedamos en que esta Cuaresma podía ser la mejor de tu vida, hasta el presente. ¡Y esa meta está en tus manos! ¡Ánimo, merece la pena intentarlo! No estás solo en el intento. Permanecemos unidos en la oración a toda la Iglesia, esposa de Cristo, que se adorna para su Esposo.

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De los tratados de san Agustín, obispo,
sobre el evangelio de san Juan

Llega una mujer de Samaria a sacar agua

Llega una mujer. Se trata aquí de una figura de la Iglesia, no santa aún, pero sí a punto de serlo; de esto, habla nuestra lectura. La mujer llegó sin saber nada, encontró a Jesús, y él se puso a hablar con ella. Veamos cómo y por qué. Llega una mujer a Samaria a sacar agua. Los samaritanos no tenían nada que ver con los judíos; no eran del pueblo elegido. Y esto ya significa algo: aquella mujer, que representaba a la Iglesia, era una extranjera, porque la Iglesia iba a ser constituida por gente extraña al pueblo de Israel.

Pensemos, pues, que aquí se está hablando ya de nosotros: reconozcámonos en la mujer, y, como incluidos en ella, demos gracias a Dios. La mujer no era más que una figura, no era la realidad; sin embargo, ella sirvió de figura, y luego vino la realidad. Creyó, efectivamente en aquel que quiso darnos en ella una figura. Llega, pues, a sacar agua. Jesús le dice: “Dame de beber”. Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.

Ved cómo se trata aquí de extranjeros: los judíos no querían ni siquiera usar sus vasijas. Y como aquella mujer llevaba una vasija para sacar el agua, se asombró de que un judío le pidiera de beber, pues no acostumbraban a hacer esto los judíos. Pero aquel que le pedía de beber tenía sed, en realidad, de la fe de aquella mujer. Fíjate en quién era aquel que le pedía de beber. Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”. Le pedía de beber, y fue él mismo quien prometió darle el agua. Se presenta como quien tiene indigencia, como quien espera algo, y le promete abundancia, como quien está dispuesto a dar hasta la saciedad. Si conocieras -dice- el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo.

A pesar de que no habla aún claramente a la mujer, ya va penetrando poco a poco, en su corazón y ya la está adoctrinando. ¿Podría encontrarse algo más suave y más bondadoso que esta exhortación? Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú y él te daría agua viva. ¿De qué agua iba a darle, sino de aquella de la que está escrito: En ti está la fuente viva? Y ¿cómo podrían tener sed los que se nutren de lo sabroso de tu casa?

De manera que le estaba ofreciendo un manjar apetitoso y la saciedad del Espíritu Santo, pero ella no lo acababa de entender, y como no lo entendía, ¿qué respondió? La mujer le dice: “Señor, dame esa agua, así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”. Por una parte, su indigencia la forzaba al trabajo, pero, por otra, su debilidad rehuía el trabajo. Ojalá hubiera podido escuchar: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Esto era precisamente lo que Jesús quería darle a entender, para que no se sintiera ya agobiada; pero la mujer aún no lo entendía (Tratado 15, 10-12. 16-17: CCL 36, 154-156).

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ES DOMINGO, Día del Señor

Es domingo: una luz nueva resucita la mañana con su mirada inocente, llena de gozo y de gracia. Es domingo: la alegría del mensaje de Pascua es la noticia que llega siempre y que nunca se gasta.

Es domingo: la pureza no sólo la tierra baña, que ha penetrado en la vida por las ventanas del alma. Es domingo: la presencia de Cristo llena la casa; la Iglesia, misterio y fiesta, por él y en él convocada.

Es domingo: “Este es el día que hizo el Señor”, es la Pascua, día de la creación nueva y siempre renovada. Es domingo: de su hoguera brilla toda la semana y vence oscuras tinieblas en jornadas de esperanza.

Es domingo: un canto nuevo toda la tierra le canta al Padre, al Hijo, al Espíritu, único Dios que nos salva. Amén.

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TEXTO ILUMINADOR para la semana

Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque él dice: “En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vine en tu ayuda”; pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación (2 Co 6, 1-3).

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One Response to Vivencias Cuaresmales 2011 – III Domingo

  1. FRANCISCO JOSÉ AUDIJE PACHECO dice:

    Es muy actual lo que comenta, P. Ismael. Conozco personalmente varios casos de personas que reniegan de Dios porque las cosas no les marchan como ellos desearían. Las desgracias en las que nos vemos envueltos muchas veces, siempre tienen un sentido en la mente de Dios. Generalmente buscan nuestro progreso humano y también muchas veces el progreso humano de la gente que nos rodea. Por eso es difícil pero meritorio seguir confiando en Dios a pesar de todo. Jesucristo y su familia y amigos, no estuvieron libres de sufrir, ni mucho menos. Pero precisamente por eso nos entienden y nos aman, y son nuestra mejor esperanza de salvación. Son la verdadera agua que quita la sed.

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