Domingo XXX del Tiempo Ordinario

octubre 24, 2010

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Dos hombres subieron al Templo a orar

 

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DOMINGO 24 DE OCTUBRE DEL 2010

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Primera lectura

Lectura del libro del Eclesiástico (35,12-14.16-18)El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor, y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia. 

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Salmo 33, 2-3.17-18.19.23

R/. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha 

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias. R/.

El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él . R/.

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Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (4,6-8.16-18)Estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. 

La primera vez que me defendí, todos me abandonaron, y nadie me asistió. Que Dios los perdone. Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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Evangelio Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,9-14)

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo” El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.” Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido»

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COMENTARIO AL EVANGELIO

Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm

 

OVIEDO, viernes 22 de octubre de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario al Evangelio del próximo domingo, 24 de octubre, XXX del tiempo ordinario (Lucas 18, 9-14), redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, administrador apostólico de Huesca y de Jaca.

 

Quien se ha encontrado con el Dios vivo alguna vez, ha frecuentado su amistad y ha saboreado el amor de Dios, nunca se tendrá por justo, porque justo sólo es Dios; y acercarse al solo Justo supone hacer la experiencia de comprobar nuestra desproporcionada diferencia con él. Saberse pecador, reconocerse como no justo, no significa vivir tristes, sin paz o sin esperanza, sino situar la seguridad en Dios y no en las propias fuerzas o en una hipócrita virtud.

Alguien que verdaderamente no ha orado nunca, seguirá necesitando afirmarse y convencerse de su propia seguridad, ya que la de Dios, la única fidedigna, ni siquiera la ha intuido. Y cuando alguien se tiene por justo, y está hinchado de su propia seguridad, es decir, cuando vive en su mentira, suele maltratar a sus prójimos, los desprecia “porque no llegan a su altura”, porque no están al nivel de “su” santidad.

Tenemos, pues, el retrato robot de quien estando incapacitado para orar por estas tres actitudes incompatibles con la auténtica oración, como el fariseo de la parábola, llega a creer que puede comprar a Dios la salvación. La moneda de pago sería su arrogante virtud, su postiza santidad. Hasta aquí el fariseo.

Pero había otro personaje en la parábola: el publicano, es decir, un proscrito de la legalidad, alguien que no formaba parte del censo de los buenos. Y al igual que otras veces, Jesús lo pondrá como ejemplo, no para resaltar morbosamente su condición pecadora, sino para que en ésta resplandezca la gracia que puede hacer nuevas todas las cosas.

Aquel publicano ni se sentía justo ante Dios, ni tenía seguridad en su propia coherencia, ni tampoco despreciaba a nadie. Ni siquiera a sí mismo. Sólo dijo una frase, al fondo del templo, en la penumbra de sus pecados: “Oh Dios, ten compasión de este pecador”. Preciosa oración, tantas veces repetida por los muchos peregrinos que en su vida de oscuridad, de errores, de horrores quizás también, han comenzado a recibir gratis una salvación que con nada se puede comprar.

Jesús nos enseña a orar viviendo en la verdad, no en el disfraz de una vida engañosa y engañada ante todos menos ante Dios. Tratar de amistad con quien nos ama, es reconocer que sólo él es Dios, que nosotros somos unos pobres pecadores a los que se les concede el don de volver a empezar siempre, de volver a la luz, a la alegría verdadera, a la esperanza, para rehacer aquello que en nosotros y entre nosotros, pueda haber manchado la gloria de Dios, el nombre de un hermano y nuestra dignidad.

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Carta de san Agustín a Proba (3)

octubre 23, 2010

 

Padre nuestro, que estás en el cielo

 

De la carta de san Agustín, obispo, a Proba

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Sobre la oración dominical

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A nosotros, cuando oramos, nos son necesarias las palabras: ellas nos amonestan y nos descubren lo que debemos pedir; pero lejos de nosotros el pensar que las palabras de nuestra oración sirvan para mostrar a Dios lo que ne­cesitamos o para forzarlo a concedérnoslo.

Por tanto, al decir: Santificado sea tu nombre, nos amonestamos a nosotros mismos para que deseemos que el nombre del Señor, que siempre es santo en sí mismo, sea también tenido como santo por los hombres, es decir, que no sea nunca despreciado por ellos; lo cual, ciertamen­te, redunda en bien de los mismos hombres y no en bien de Dios.

Y, cuando añadimos: Venga a nosotros tu reino, lo que pedimos es que crezca nuestro deseo de que este reino llegue a nosotros y de que nosotros podamos reinar en él, pues el reino de Dios vendrá ciertamente, lo queramos o no.

Cuando decimos: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, pedimos que el Señor nos otorgue la virtud de la obediencia, para que así cumplamos su voluntad como la cumplen sus ángeles en el cielo.

Cuando decimos: El pan nuestro de cada día dánosle hoy, con el hoy queremos significar el tiempo presente, para el cual, al pedir el alimento principal, pedimos ya lo suficiente, pues con la palabra pan significamos todo cuanto necesitamos, incluso el sacramento de los fieles, el cual nos es necesario en esta vida temporal, aunque no sea para alimentarla, sino para conseguir la vida eterna.

Cuando decimos: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, nos obli­gamos a pensar tanto en lo que pedimos como en lo que debemos hacer, no sea que seamos indignos de alcanzar aquello por lo que oramos.

Cuando decimos: No nos dejes caer en la tentación, nos exhortamos a pedir la ayuda de Dios, no sea que, pri­vados de ella, nos sobrevenga la tentación y consintamos ante la seducción o cedamos ante la aflicción.

Cuando decimos: Líbranos del mal, recapacitamos que aún no estamos en aquel sumo bien en donde no será posible que nos sobrevenga mal alguno.

Y estas últimas palabras de la oración dominical abarcan tanto, que el cristiano, sea cual fuere la tribulación en que se encuen­tre, tiene en esta petición su modo de gemir, su manera de llorar, las palabras con que empezar su oración, la re­flexión en la cual meditar y las expresiones con que ter­minar dicha oración.

Es, pues, muy conveniente valerse de estas palabras para grabar en nuestra memoria todas estas realidades.

Porque todas las demás palabras que podamos decir, bien sea antes de la oración, para excitar nuestro amor y para adquirir conciencia clara de lo que vamos a pedir, bien sea en la misma oración, para acrecentar su intensi­dad, no dicen otra cosa que lo que ya se contiene en la oración dominical, si hacemos la oración de modo con­veniente.

Y quien en la oración dice algo que no puede referirse a esta oración evangélica, si no ora ilícitamente, por lo menos hay que decir que ora de una manera carnal. Aunque no sé hasta qué punto puede llamarse lícita una tal oración, pues a los renacidos en el Espíritu solamente les conviene orar con una oración espiritual (Carta 130, 11, 21-12, 22: CSEL 44, 63-64).

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Carta de san Agustín a Proba (2)

octubre 22, 2010

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Práctica de la oración vocal

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De la carta de san Agustín, obispo, a Proba

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Debemos, en ciertos momentos,

amonestarnos a nosotros mismos

con la oración vocal

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Deseemos siempre la vida dichosa y eterna, que nos dará nuestro Dios y Señor, y así estaremos siempre orando. Pero, con objeto de mantener vivo este deseo, de­bemos, en ciertos momentos, apartar nuestra mente de las preocupaciones y quehaceres que, de algún modo, nos distraen de él y amonestarnos a nosotros mismos con la oración vocal, no fuese caso que si nuestro deseo empezó a entibiarse llegara a quedar totalmente frío y, al no renovar con frecuencia el fervor, acabara por ex­tinguirse del todo.

Por eso, cuando dice el Apóstol: Vuestras peticiones sean presentadas a Dios, no hay que entender estas pala­bras como si se tratara de descubrir a Dios nuestras peti­ciones, pues él continuamente las conoce, aun antes de que se las formulemos; estas palabras significan, más bien, que debemos descubrir nuestras peticiones a noso­tros mismos en presencia de Dios, perseverando en la ora­ción, sin mostrarlas ante los hombres por vanagloria de nuestras plegarias.

Como esto sea así, aunque ya en el cumplimiento de nuestros deberes, como dijimos, hemos de orar siempre con el deseo, no puede considerarse inútil y vituperable el entregarse largamente a la oración, siempre y cuando no nos lo impidan otras obligaciones buenas y necesarias. Ni hay que decir, como algunos piensan, que orar largamente sea lo mismo que orar con vana palabrería. Un cosa, en efecto, son las muchas palabras y otra cosa el efecto perseverante y continuado.

Pues del mismo Señor está escrito que pasaba la noche en oración y que oró largamente; con lo cual, ¿qué hizo sino darnos ejemplo, al orar oportunamente en el tiempo, aquel mismo que con el Padre, oye nuestra oración en la eternidad?

Se dice que los monjes de Egipto hacen frecuentes oraciones, pero muy cortas, a manera de jaculatorias brevísimas, para que así la atención, que es tan sumamente necesaria en la oración, se mantenga vigilante y despierta y no se fatigue ni se embote con la prolijidad de las palabras. Con esto nos enseñan claramente que así con no hay que forzar la atención cuando no logra mantenerse despierta, así tampoco hay que interrumpirla cuando puede continuar orando.

Lejos, pues, de nosotros la oración con vana palabrería; pero que no falte la oración prolongada, mientras persevere ferviente la atención. Hablar mucho en la oración es como tratar un asunto necesario y urgente con palabras superfluas. Orar, en cambio, prolongadamente es llamar con corazón perseverante y lleno de afecto a la puerta de aquel que nos escucha.

Porque, con frecuencia, la finalidad de la oración se logra más con lágrimas y llantos que con palabras y expresiones verbales. Porque el Señor recoge nuestras lágrimas en su odre y a él no se le ocultan nuestros gemidos, pues todo lo creó por medio de aquel que es su Palabra, y no necesita las palabras humanas (Carta 130, 9, 18-10, 20: CSEL 44, 60-63).

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Agustinas Recoletas en Kenia

octubre 21, 2010

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Monjas Agustinas Recoletas fundan en África

 

INAUGURACIÓN

DEL SEGUNDO MONASTERIO

DE MONJAS AGUSTINAS RECOLETAS

EN KENIA

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El 25 de septiembre del 2010 monseñor Patrick Harrington, obispo de la diócesis de Lodwar, inauguró el monasterio de San Agustín, ubicado en la parroquia de Nakwamekwi, diócesis de Lodwar, fundado por la Federación mexicana de Agustinas Recoletas.

El día 25 de septiembre la actividad empezó muy temprano para la pequeña comunidad de monjas agustinas recoletas con las oraciones de la mañana, el rezo de la liturgia de las horas, un breve tiempo de oración y un rápido desayuno, ya que a las siete de la mañana las monjas tuvieron que salir de Bethany House, en Lodwar de prisa hacia la parroquia de Nakwamekwi para preparar cuanto fuera necesario para la celebración.

Al llegar a Nakwamekwi, donde está ubicado el monasterio de San Agustín, había mucho movimiento de trabajadores y de las personas que habían sido invitadas para limpiar la iglesia, el coro y las partes que iban a bendecirse. Lo hacían con gusto, porque les habían explicado la importancia del acontecimiento y lo que significaba tener en aquel lugar un monasterio de monjas.

Poco a poco fueron llegando los sacerdotes que participarían en la concelebración: los padres combonianos Rafael Cefalo y Elías Ciapetti, italianos, que, juntamente con el comboniano mexicano padre Aarón Cendejas, serán los encargados de atender en la capellanía a la comunidad de monjas agustinas recoletas; el padre Francisco Andreo García y varios miembros de su Comunidad Misionera de San Pablo Apóstol; las religiosas de algunas congregaciones; los integrantes del coro; las alumnas del colegio anexo; un grupo de jovencitas vestidas con trajes típicos de vistosos colores y encargadas de cantar y bailar a la usanza keniana como parte de la celebración, y numerosas personas invitadas, que después llenarían la iglesia.

A la hora programada, a las 9:00 a.m. en punto, comenzó la celebración litúrgica de la dedicación y bendición del monasterio San Agustín. La procesión partió de la sacristía y se dirigió hacia fuera del convento. Se les abrieron las puertas a los que integraban la procesión: monaguillos, monjas fundadoras y acompañantes, diez sacerdotes concelebrantes y el señor obispo.

Estando ya todos en la puerta del templo monseñor Patrick Harrington dio la bienvenida a los presentes en inglés y en turkana, invitándolos a unirse a su invocación para pedir la bendición de Dios sobre la Iglesia y el monasterio que iba a estar dedicado a San Agustín, y pidiendo también de Dios la tranquilidad y renovación de espíritu para quienes acudieran a orar con confianza a esa iglesia.

El prelado bendijo el agua, con la cual roció la iglesia por fuera y la puerta, mientras que dos de los concelebrantes entraban a bendecir las dependencias construidas del monasterio. El mismo procedimiento se siguió con la incensación. Monseñor terminó rociando con el agua bendita al pueblo allí reunido.

Siguió la ceremonia de apertura de la puerta de la iglesia. Primeramente la madre Adoración Matamoros cortó el simbólico listón. El señor obispo entregó la llave, se quitó el candado, golpeó con su báculo la puerta de la iglesia en tres ocasiones y penetró en ella para bendecirla e incensarla. Terminado este rito al entonar el Gloria se dio paso a los ministros, a las monjas y al pueblo. Las monjas a través del presbiterio se dirigieron al coro.

Una vez recitada la oración de apertura, la madre Adoración Matamoros, presidenta de la Federación de Monjas Agustinas Recoletas de México, dio a conocer la Orden Religiosa a la que pertenecen las fundadoras, cuál es su carisma y misión específica en la Iglesia, de qué  nación procedían y el porqué de su presencia en la diócesis de Lodwar.

Las lecturas se proclamaron en inglés, español y turkana. Después de leído el evangelio, el padre Alfredo Arambarri Olarte, agustino recoleto, asistente religioso de la Federación de Monjas Agustinas Recoletas de México, leyó el Rescripto Prot. n. 20039/2010 de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, mediante el cual concedió “la licencia para iniciar la fundación de un nuevo Monasterio de Monjas Agustinas Recoletas en la ciudad y diócesis de Lodwar, Kenya, con las siguientes Monjas: sor Angelina M. Pérez Durán, sor M. Anita Ángel Avilés, sor Ana María Martínez Mata, sor Belén Josefina Ortiz Mondragón y sor Maricela González Escalona”, y otras gracias solicitadas en favor de la nueva comunidad. El mismo rescripto fue leído en inglés por el padre Francis Teo, MCSPA (Comunidad Misionera de San Pablo Apóstol), vicario general de la diócesis de Lodwar.

La homilía, pronunciada en inglés, se iba traduciendo al turkana. Al acabar ésta se cantó la letanía de los santos, se recitó la oración de la dedicación y se ungió e incensó el altar. Se colocó el mantel y se encendieron dos lámparas, cuya luz significaba a Cristo, luz del mundo y presente en quienes estaban reunidos en su nombre. El señor obispo recitó la correspondiente oración y después entregó las lámparas a dos de las monjas fundadoras, que las colocaron a cada lado del altar.

En la oración de los fieles otra monja agustina recoleta hizo una petición en español a favor de la diócesis de Lodwar y de los que la forman. Otras cuatro presentaron las ofrendas.

Después de la comunión el prelado bendijo el sagrario, colocó el copón con las formas consagradas y expuso por primera vez al Santísimo Sacramento, orientándolo hacia el coro monástico, en el que todos los días la comunidad acudirá a alabar al Señor en nombre de la Iglesia y a dirigirle su confiada plegaria de intercesión.

Recitada la oración de después de la comunión, el padre comboniano, encargado de la parroquia de Nakwamekwi, agradeció la presencia de los participantes en la celebración. Finalmente el señor obispo imparte a todos la bendición solemne.

Salieron de la iglesia el señor obispo, los concelebrantes y todas las personas y se dirigieron hacia el lado izquierdo de la misma, donde se había preparado una cepa y en la que se había plantado un pequeño árbol, un mango, en memoria del importante e inolvidable acontecimiento que acababa de realizarse.

Posteriormente varios de los invitados se trasladaron al Centro de Pastoral de la Diócesis “Santa Teresa del Niño Jesús”, donde se sirvió la comida. Monseñor Harrington y sus acompañantes compartieron la mesa con la comunidad fundadora. El obispo se mostró atento, condescendiente y cordial en todo momento. Al terminar invitó a las monjas a conocer las distintas partes del Centro de Pastoral y, concluido el recorrido, se despidió amablemente de ellas.

Las monjas volvieron a Lodwar, a Bethany House, lugar temporal de su alojamiento, y esperan allí el arreglo de algunos detalles de la parte habitable del monasterio San Agustín para trasladarse a él definitivamente.

Esta vez, con monjas mexicanas, Dios ha querido establecer un segundo monasterio de Agustinas Recoletas en Kenya, y éste ha empezado su caminar el día 25 de septiembre del 2010 en la parroquia de Nakwamekwi, diócesis de Lodwar. Él sostenga y lleve siempre adelante esta obra que es suya.

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Santa Magdalena de Nagasaki

octubre 20, 2010

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Santa Magdalena de Nagasaki, Patrona de la Fraternidad Seglar OAR

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SANTA MAGDALENA DE NAGASAKI,

VIRGEN Y MÁRTIR

Patrona de la Fraternidad Seglar Agutina Recoleta

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¡Felicidades a todos los Hermanos de la Fraternidad Seglar presentes en los 19 países donde está la Orden! Que el Señor les conceda la gracia de la fidelidad a la vocación. Santa Magdalena les alcance del Señor ser testimonio vivo del Evangelio y del Carisma agustino recoleto en la Iglesia y en el mundo.

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Magdalena nació en Nagasaki, Japón, el año 1611, hija de cristianos martirizados por su fe. Se consagró a Dios guiada por los beatos Francisco de Jesús y Vicente de san Antonio, agustinos recoletos, quienes, la recibieron en la Orden como terciaria.

En septiembre de 1634, con ánimo de sostener la fe vacilante de muchos cristianos ante la persecución, se entregó voluntariamente a las autoridades, proclamándose cristiana. Fue cruelmente torturada, pero permaneció firme en su fe.

Condenada al tormento de la fosa, aguantó más de trece días suspendida por los pies de una horca, que se alzaba sobre una fosa casi herméticamente cerrada, antes de morir ahogada por el agua que había llenado la fosa. Tenía 23 años.

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HIMNO

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Fueron sus padres mártires gloriosos

que dieron en común por Dios su vida,

y fue su fe pasión en ti tan viva

que hiciste de su gesto el tuyo propio.

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Brindaste en las montañas a tu Esposo

-pues Cristo te eligió su prometida-

toda tu juventud desnuda y limpia

en un volcán de amores sin resposo.

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Y nadie pudo quebrantar tu celo

-lunas y soles, lluvias, frío y llamas-

de anunciar con brío el Evangelio;

pues tanto ardió, de Cristo enamorada,

tu voluntad de levantar su Reino

que en voz y sangre fuiste su palabra.

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¡Salve, flor carmesí del Fujiyama,

paloma blanca de zureo ardiente,

que como estrella en el lejano Oriente

a Cristo proclamaste en cuerpo y alma!

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De los sermones de san Agustín, obispo

Los mártires prefirieron el amor a la vida feliz

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Sin embargo, amadísimos, puesto que hay dos vidas, una antes de la muerte y otra después, ambas tuvieron y tienen sus amantes. ¿Qué necesidad hay de describir cómo es esta breve vida?

Todos hemos experimentado cuán llena está de aflicciones y lamentaciones; cómo está rodeada de tentaciones y rebosante de temores, abrasada por las pasiones y sometida a los imprevistos; cómo la advesidad le causa dolor y la prosperidad temor; las ganancias la hacen saltar de gozo, y las pérdidas la atormentan.

Y aun en el mismo gozo de las ganancias tiembla ante el temor de perder lo adquirido y de que a causa de ello se lamente quien antes de tenerlo no se lamentaba. Verdadera la desdicha y falsa la felicidadad. El humilde desea ascender y el elevado teme descender. Quien no tiene, envidia a quien tiene; quien tiene, desprecia a quien no tiene.

Pasa, si te es posible, del amor de esta vida al amor de la eterna, la que amaron los santos mártires que despreciaron esta temporal. Os ruego, os suplico, os exhorto, no sólo a vosotros, sino también a mí mismo, a amar la vida eterna.

A pesar de que se merezca mayor amor, sólo pido que la amemos como aman la vida temporal sus amantes, no ya como la amaron los mártires, pues éstos no la amaron en absoluto o muy poco, y con facilidad le antepusieron la eterna.

No he mirado, pues, a los mártires cuando dije: “Amemos la vida eterna como se ama la temporal”; como aman la vida temporal sus amantes, así hemos de amar nosotros la eterna, de la que el cristiano se proclama amador. En efecto, no nos hemos hecho cristianos por esta vida temporal.

Eres cristiano y llevas en tu frente la cruz de Cristo, y este sello muestra lo que profesas. Cuando él colgaba de la cruz -la cruz que tú llevas en la frente no te deeita por ser un recuerdo del patíbulo, sino por ser testigo de quien de él pendió-; cuando él, repito, pendía de la cruz miraba a quienes se ensañaban contra él, soportaba a quienes el insultaban, oraba por sus enemigos.

Al morir él, el médico, sanaba con su sangre a los enfermos. Dijo en efecto: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. No fueron inútiles ni infecundas sus palabras. Miles de entre ellos creyeron luego en Cristo, a quien habían dado muerte y aprendieron a sufrir por quien sufrió antes por ellos y bajo ellos.

Por esta señal, hemanos, por este carácter que recibe el cristiano incluso al hacerse catecúmeno, a partir de una y otra cosa se comprende por qué somos cristianos: no en atención a las cosas temporales y pasajeras, sino para evitar los males que nunca pasarán, y para conseguir los bienes que no conocerán fin (Sermón 302, 2-3: BAC XXV, Madrid 1984, 402-405).

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Carta de san Agustín a Proba (1)

octubre 19, 2010

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Santa Mónica en oración

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DURANTE la experiencia capitular se hace muy necesario el recurso a la oración, porque estos días pretendemos conectar con la mente de Dios para ver y sentir la Orden como él la ve y la siente. Y es tarea de todos: cada uno a su manera y según sus posibilidades y vocación.

Por eso, voy a reproducir pasajes tomados de la Carta a Proba de nuestro padre san Agustín, que estos días nos ofrece la Liturgia de las horas. Esos textos nos ayudarán a renovar el espíritu de la recolección, que promueve la vida interior y la oración.

A la vez continuaré las entradas del Sermón sobre los Pastores. Estas entradas reforzarán la “misión”, el ímpetu evangelizador. Ambas realidades son parte integrante de nuestro carisma: la interioridad y la misión, hermanadas en la comunidad.

Sin quitar nada a los demás, me permite dedicar esta secuencia de textos agustinianos a las Madres Cristianas Santa Mónica, llamadas a convertirse en maestras de oración a favor de sus esposos y de sus hijos. Que el Espíritu les acompañe. como maestro interior, en su lectur ay meditación. Amén.

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De la carta de san Agustín, obispo, a Proba

Que nuestro deseo de la vida eterna se ejercite en la oración

¿Por qué en la oración nos preocupamos de tantas cosas y nos preguntamos cómo hemos de orar, temiendo que nuestras plegarias no procedan con rectitud, en lugar de limitarnos a decir con el salmo: Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo? En aquella morada, los días no consisten en el empezar y en el pasar uno después de otro ni el comienzo de un día significa el fin del anterior; todos los días se dan simultáneamente, y ninguno se termina allí donde ni la vida ni sus días tienen fin.

Para que lográramos esta vida dichosa, la misma Vida verdadera y dichosa nos enseñó a orar; pero no quiso que lo hiciéramos con muchas palabras, como si nos escuchara mejor cuanto más locuaces nos mostráramos, pues, como el mismo Señor dijo, oramos a aquel que conoce nuestras necesidades aun antes de que se las expongamos.

Puede resultar extraño que nos exhorte a orar aquel que conoce nuestras necesidades antes de que se las ex­pongamos, si no comprendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros deseos, pues él ciertamente no puede desconocerlos, sino que pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes, y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante. Por eso, se nos dice: Ensanchaos; no os unzáis al mismo yugo con los infieles.

Cuanto más fielmente creemos, más firmemente espe­ramos y más ardientemente deseamos este don, más ca­paces somos de recibirlo; se trata de un don realmente inmenso, tanto, que ni el ojo vio, pues no se trata de un color; ni el oído oyó, pues no es ningún sonido; ni vino al pensamiento del hombre, ya que es el pensamiento del hombre el que debe ir a aquel don para alcanzarlo.

Así, pues, constantemente oramos por medio de la fe, de la esperanza y de la caridad, con un deseo ininterrum­pido. Pero, además, en determinados días y horas, oramos a Dios también con palabras, para que, amonestándonos a nosotros mismos por medio de estos signos externos, vayamos tomando conciencia de cómo progresamos en nuestro deseo y, de este modo, nos animemos a proseguir en él. Porque, sin duda alguna, el efecto será tanto ma­yor, cuanto más intenso haya sido el afecto que lo hu­biera precedido.

Por tanto, aquello que nos dice el Após­tol: Sed constantes en orar, ¿qué otra cosa puede signifi­car sino que debemos desear incesantemente la vida di­chosa, que es la vida eterna, la cual nos ha de venir del único que la puede dar? (Carta 130,8,15.17- 9,18: CSEL 44, 56-57.59-60).

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Capítulo General OAR (y 18)

octubre 18, 2010

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Monjas Agustinas Recoletas en África

 

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OBSERVACIÓN

Por diversos motivos, que no es el caso explicar aquí, con esta entrada sobre el Capítulo General -(y 18)- interrumpo la enumeración de este tipo de entradas en el blog ismaelojeda. Es decir, ésta es la última, con este acápite. Pero el blog sigue, con temas capitulares u otros según los intereses de los destinatarios y lo que le parezca conveniente y prudente al autor del mismo. Espero no causarles desorientación y menos aún decepción. Muchas gracias por su comprensión.

 

AYER DOMINGO, comenzamos el día con la celebración eucarística y el rezo de Laudes que presidió el P. Rodolfo Pérez. Como estaba de cumpleaños oramos por su salud y sus intenciones, y al final le felicitamos cantando. También le cantamos feliz cumpleaños en el comedor, mañana tarde y noche, y en los distinos idiomas para que nada faltara.

Después del desayuno salimos en autobús para visitar La Alhambra y el Generalife. Nos ocupó íntegramente toda la mañana. El guía nos aseguró que el recorrido de la visita no bajaba de cinco kilómetros. Seguro que no exageró.

Disfrutamos con ilusión de una mañana especial recorriendo primero los Jardines del Generalife y después admirando la belleza de las construcciones de Carlos V y el ensueño de los Palacios Nazaríes de La Alhambra. Una visita inolvidable, unas vistas espectaculares, la grata compañía de los hermanos, el humor y el gracejo andaluz del guía. Una grata experiencia grabada en nuestra retina y en el corazón.

Regresamos a Monachil justo a la hora de la comida. La tarde quedó libre. Unos volverieron a Granada, otros pasearon por los alrededores, otros adelantaron trabajos o se pusieron al día en la correspondencia, otros prefirieron… En fin, tarde de domingo, de descanso, en el Día del Señor. Hoy, ya es otro día.

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HOY, lunes, nos ha presidido la celebración eucarística con las Laudes el P. Manuel Larrínaga. Justo este día cumple 54 años de profesión que, por cierto, hizo en este mismo convento.

La intención asignada por la Comisión de liturgia para este día es renovar nuestra relación con las Monjas Agustinas Recoletas, nuestras hermanas de nacimiento, en este caso carismático. Somos, por tanto, de familia.

El P. Manuel ha sabido unir perfectamente los dos motivos que inspiraban la celebración y que hemos llevado a Dios. Ha comenzado destacando la profesión religiosa que hizo, y que hemos hecho todos, como un don de lo alto: Dios nos ha dado hermanos con los que formamos una familia. En la profesión religiosa nos entregamos de corazón, libre y públicamente, a esta familia, para siempre.

Pero este don de Dios también supone una tarea: tenemos que construir la comunidad, la familia. Debemos sentirnos cada día más hermanos unos de otros, y convivir alegres y unánimes en la casa, en el convento, todos los días de nuestra vida. En realidad, la comunidad debe convertirse en una anticipación del cielo. La belleza y delicia de convivir los hermanos unidos adelanta a la tierra la felicidad que tendremos en el cielo para siempre.

Este don de los hermanos y este aprendizaje comunitario se extiende y abarca a las hermanas Agustinas Recoletas de clausura, a las Monjas. Con ellas debemos formar una verdadera familia dentro de la Iglesia: la familia agustino-recoleta.

Después, en la sala capitular hemos continuado los trabajos. Hemos completado el debate sobre formación, sobre identidad carismática y sobre apostolado, al hilo de las exposiciones preparadas con esmero por los encargados.

Termino recordando lo que he observado al comienzo de esta entrada: las noticias sobre el Capítulo las encontrarán puntualmente en el blog oficial de la Orden, cuyo enlace  está consignado en este sitio para su comodidad. Aclaro que yo no tengo esa responsabilidad ni soy su portavoz oficial. Seguiré colocando entradas en este sitio, sobre temas capitulares u otros, pero sin agruparlas ni numerarlas bajo el título de “Capítulo General”.

Muchas gracias, y hasta mañana, si Dios quiere.





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