Carta de san Agustín a Proba (1)

octubre 19, 2010

.

Santa Mónica en oración

.

 

DURANTE la experiencia capitular se hace muy necesario el recurso a la oración, porque estos días pretendemos conectar con la mente de Dios para ver y sentir la Orden como él la ve y la siente. Y es tarea de todos: cada uno a su manera y según sus posibilidades y vocación.

Por eso, voy a reproducir pasajes tomados de la Carta a Proba de nuestro padre san Agustín, que estos días nos ofrece la Liturgia de las horas. Esos textos nos ayudarán a renovar el espíritu de la recolección, que promueve la vida interior y la oración.

A la vez continuaré las entradas del Sermón sobre los Pastores. Estas entradas reforzarán la “misión”, el ímpetu evangelizador. Ambas realidades son parte integrante de nuestro carisma: la interioridad y la misión, hermanadas en la comunidad.

Sin quitar nada a los demás, me permite dedicar esta secuencia de textos agustinianos a las Madres Cristianas Santa Mónica, llamadas a convertirse en maestras de oración a favor de sus esposos y de sus hijos. Que el Espíritu les acompañe. como maestro interior, en su lectur ay meditación. Amén.

.

De la carta de san Agustín, obispo, a Proba

Que nuestro deseo de la vida eterna se ejercite en la oración

¿Por qué en la oración nos preocupamos de tantas cosas y nos preguntamos cómo hemos de orar, temiendo que nuestras plegarias no procedan con rectitud, en lugar de limitarnos a decir con el salmo: Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo? En aquella morada, los días no consisten en el empezar y en el pasar uno después de otro ni el comienzo de un día significa el fin del anterior; todos los días se dan simultáneamente, y ninguno se termina allí donde ni la vida ni sus días tienen fin.

Para que lográramos esta vida dichosa, la misma Vida verdadera y dichosa nos enseñó a orar; pero no quiso que lo hiciéramos con muchas palabras, como si nos escuchara mejor cuanto más locuaces nos mostráramos, pues, como el mismo Señor dijo, oramos a aquel que conoce nuestras necesidades aun antes de que se las expongamos.

Puede resultar extraño que nos exhorte a orar aquel que conoce nuestras necesidades antes de que se las ex­pongamos, si no comprendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros deseos, pues él ciertamente no puede desconocerlos, sino que pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes, y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante. Por eso, se nos dice: Ensanchaos; no os unzáis al mismo yugo con los infieles.

Cuanto más fielmente creemos, más firmemente espe­ramos y más ardientemente deseamos este don, más ca­paces somos de recibirlo; se trata de un don realmente inmenso, tanto, que ni el ojo vio, pues no se trata de un color; ni el oído oyó, pues no es ningún sonido; ni vino al pensamiento del hombre, ya que es el pensamiento del hombre el que debe ir a aquel don para alcanzarlo.

Así, pues, constantemente oramos por medio de la fe, de la esperanza y de la caridad, con un deseo ininterrum­pido. Pero, además, en determinados días y horas, oramos a Dios también con palabras, para que, amonestándonos a nosotros mismos por medio de estos signos externos, vayamos tomando conciencia de cómo progresamos en nuestro deseo y, de este modo, nos animemos a proseguir en él. Porque, sin duda alguna, el efecto será tanto ma­yor, cuanto más intenso haya sido el afecto que lo hu­biera precedido.

Por tanto, aquello que nos dice el Após­tol: Sed constantes en orar, ¿qué otra cosa puede signifi­car sino que debemos desear incesantemente la vida di­chosa, que es la vida eterna, la cual nos ha de venir del único que la puede dar? (Carta 130,8,15.17- 9,18: CSEL 44, 56-57.59-60).

.


A %d blogueros les gusta esto: