Capítulo General OAR 2010 (6)

septiembre 14, 2010

.

Logotipo del Capítulo General 2010

.

54º Capítulo General

A UN MES…

.

“El capítulo general es autoridad suprema de la Orden y ha de ser signo de unidad en la caridad… Cometido suyo es examinar el estado de la misma y la actuación del gobierno general durante el sexenio, promover la unión y colaboración de todos los hermanos y provincias para el bien común, defender el patrimonio de la Orden e impulsar la acomodada (adecuada) renovación de la misma, revisar todo lo relativo a la formación, para mantenerlo siempre actual; tratar los asuntos más importantes y elegir al prior general y a los demás miembros de su consejo (Const. 336)

El capítulo general se reúne cada seis años. Es preciso prepararlo con sumo cuidado, ya que las cuestiones y asuntos que en él hay que tratar son de máxima importancia… A fin de que el capítulo obtenga copiosos frutos, todos los hermanos de la Orden eleven preces al Señor en el tiempo y forma establecidos por el prior general oído su consejo” (ib. 338)

.

La celebración de un nuevo capítulo general es como crear un nuevo escenario para que la Orden, en la expresión de los hermanos capitulares, presente su ser de “una familia religiosa, suscitada bajo el impulso del Espíritu Santo y aprobada por la autoridad de la Iglesia” (ib. 6). Una presencia que precisa de la ruptura con las prácticas que han podido generar rutina, superficialidad y conformismo; y a la vez, reforzar, renovar aquellos comportamientos o iniciativas que han posibilitado los avances que se perciben hoy en la Orden.

El escenario de un sexenio es siempre un proyecto de vida renovado que requiere el reconocimiento de gestos audaces de diálogo, de mucho diálogo en línea vertical y horizontal. Podríamos tomar como punto de partida una actitud en el contexto agustiniano: “la causa principal del error es el desconocimiento que el hombre tiene de sí mismo. Para conocerse necesita estar avezado a desconfiar de sus sentidos y a replegarse y vivir en comunión consigo mismo. Esto lo consiguen solo los que cauterizan con la soledad las llagas que causa la vida o los que las curan con la medicina de las artes liberales” (Del Orden 1, 1, 3).

Es un texto para leer e interpretar la responsabilidad que atañe a todos antes, en y después del capítulo, a fin de que no se realice ninguna lectura sesgada ni tampoco siendo meros clientes de internet que desean “estar al loro”, pero a la distancia correcta, de lo anecdótico que suceda en la sala capitular.

El punto de inflexión para un dinamismo vital del capítulo general no puede ser otro que un camino que haga frente a la “conservación”. Y, para esto hace falta un valor añadido desde los mismos religiosos de la Orden: querer ser libres de toda sospecha que pueda frenar el verdadero sentido de la renovación religiosa. Lo contrario sería precipitarnos un poco más en la ignorancia de las voces del “Espíritu que dirige a la Orden, que la rejuvenece con el vigor del evangelio y la renueva sin cesar…” (Const. 1).

No se trata de descubrir los errores de la Orden sino más bien de que cada uno de nosotros examine su complicidad en la gestación y legitimación de esas deficiencias. De otra manera: “todos los que separan de la unidad <en iglesia> son llevados a la división <en capilla>. Apartándose de la comunión de la unidad terminan en la desbandada de la dispersión” (Enarraciones sobre los salmos 106, 14).

Un tema para pensar es si la Orden se ha alejado de la realidad cotidiana  -entiéndase desde su identidad carismática, desde su fidelidad a la recolección, desde su presencia profética y desde su misión concreta-, para entrar en un “común denominador de unos hombres consagrados a Dios” pero sin llamar la atención desde su vida personal y comunitaria; sin impacto que anime, llame e inquiete.

Cuestiono: el capítulo general ¿es fiel a los hermanos con lo que señalan las Constituciones al respecto? Si lo que se pretende es alimentar un poco de ilusión de decir a los hermanos de la Orden que su voz se ha tenido en cuenta, podemos decir que sí. Pero si los capitulares se detienen a escuchar con fe las respuestas de los hermanos que “impulsados por un carisma colectivo, desean vivir con renovado fervor y nuevas formas…” (Const. 3), habrá que estrenar un silencio total para llenarse de Dios y para no echar en saco roto los gritos y las inquietudes que providencialmente existen en la Orden.

Basta con repasar las respuestas que los hermanos han dado al Cuestionario como para creer que, por encima de todo, hay fe profunda y deseos de que “Dios es de todos. Y a todos se da para ser gozado en unidad. Todo en todos. Y todo en cada uno” (Sermón 47, 29).

Hay que hacer frente a la tentación de un capítulo que no sea celebración en fe y en horizonte de búsqueda, ya que por aquí podría encontrar el sentido de la credibilidad. Ser punto de encuentro de la Orden en la fidelidad y una vida consagrada agustino-recoleta poniendo la “esperanza en el Dios vivo” sacude todo atisbo de penuria efectiva y afectiva, de miedos y de medias tintas.

Me viene el recuerdo de una cita constitucional sin apenas resonancia ni profundización por nuestra parte: “pongan todos los religiosos cuidadoso empeño en conservar la santidad de vida y la paz de los hermanos y en mantener a la comunidad como miembro sano de la Iglesia”  (Const. 497). Nada más adecuado y aplicable que a un capítulo general, ya que afecta a tres elementos básicos del carisma: “la plenitud infinita y eterna del Padre es, al mismo tiempo, fuente y término de la contemplación; por ésta, la Verdad inmutable y el Bien sumo se reflejan y se hacen presentes en la intimidad de la conciencia” (ib. 10), como una experiencia en el camino hacia la perfección; “la paz y concordia entre los hermanos son señal cierta de que el Espíritu Santo vive en ellos y constituyen nuestro testimonio en la Iglesia” (ib. 21), y esa paz propicia una salud humana y espiritual habitando unánimes en la casa y teniendo “una sola alma y un solo corazón dirigidos hacia Dios” (Regla 1, 2).

La referencia constitucional, además de ser una síntesis preciosa de identificación comunitaria, tiene como trasfondo las convicciones. No podemos dejar de lado el peligro de una cultura superficial de la comunión de vida, cultura comunitaria de lo aparente, rozando en ocasiones lo frívolo. La comunidad es para un agustino recoleto algo tan esencial que su desfiguración o su planteamiento unilateral multiplica las necesidades y favorece la cómoda tendencia a la superficialidad.

El capítulo general tiene que invitarse a hacer fácil el pensar en la realidad de la Orden y esto exige ganas y tiempo para no dejar de lado ninguna cuestión aunque parezca a primera vista difícil o inoportuna. Es el caso del Proyecto comunitario que debe superar los horarios o el conocimiento de las actividades realizadas por los hermanos (cf. Ordo Domesticus). Una profundización en el carisma agustino recoleto tiene un margen amplio y a la vez muy específico de modelo estructural, interno y externo, de la comunidad, siempre que la entendamos como comunión de vida y no como vida de comunidad.

No quisiera pensar que el Capítulo general se lance a exigir cumplimientos (Determinaciones) sin antes manifestar la riqueza del carisma agustino recoleto. Éste sería el marco propicio para responder a algo tan elemental y a la vez tan necesario como para definir la “estructuración” de la comunidad  a todos los niveles sin responder de un modo tangencial y sí desde de un modo transparente. El capítulo necesita acallar el entendimiento para que resplandezca la intuición y goce de la sabiduría del Espíritu. Algo así como la actitud callada, humilde, sencilla y capaz de trascender, poniéndose ante Dios en la desnudez del ser y en la humildad de la ignorancia.

Puede que así sobren las palabras y haya una experiencia afectiva y efectiva con Dios y con los hermanos y esto provoque una “pascua” para superar el miedo de las puertas cerradas y recibir en toda la Orden la paz del Señor y el mandato hacia una misión para que la “comunidad, según el carisma de la Orden y los dones de cada uno de sus miembros, continúe en el mundo la obra redentora de Cristo para la edificación de su cuerpo místico” (Const. 280).

La Orden tiene en este capítulo la llamada urgente a recuperar el carácter contemplativo para que las “comunidades puedan y deban ser centros de oración, recogimiento y diálogo personal y comunitario con Dios, ofreciendo generosamente iniciativas y servicios concretos en la línea de lo contemplativo y comunitario, para que el pueblo de Dios encuentre en nosotros verdaderos maestros de oración y agentes de comunión y de paz en la Iglesia y en el mundo” (ib. 283). ¿Se atreverá el capítulo general a presentar a la Orden, o al menos a exigir en tiempo oportuno, este programa de experiencia de Dios y responder así desde nuestro propio carisma a los desafíos de nuestro tiempo? Es un gran reto.

.


A %d blogueros les gusta esto: