Capítulo General OAR 2010 (5)

agosto 13, 2010

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54º Capítulo General OAR

A dos meses…


El capítulo general es la autoridad suprema de la Orden y ha de ser signo de unidad en la caridad. En él debe haber una adecuada representación de toda la Orden. Cometido suyo es examinar el estado de la misma y la actuación del gobierno general durante el sexenio, promover la unión y colaboración de todos los hermanos y provincias para el bien común, defender el patrimonio de la Orden e impulsar la acomodada (necesaria) renovación de la misma, revisar todo lo relativo a la formación, para mantenerlo siempre actual, tratar los asuntos más importantes y elegir al prior general y a los demás miembros de su consejo” (Const. 336). “Es preciso prepararlo con sumo cuidado, ya que las cuestiones y asuntos que en él hay que tratar son de máxima importancia” (ib. 338).

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Estamos a tiempo de leer e interpretar el Temario del capítulo general. O sea, profundizarlo personal y comunitariamente, ya que esta responsabilidad, quiero pensar, no atañe solo a los hermanos capitulares sino a toda la Orden. Y parece que el Temario, por encima de las cuestiones que a primera vista pueden parecer unilaterales, entra de lleno en la síntesis de una renovación total, fondo y forma, de la estructura de la Orden ya que estamos en el peligro de lo institucional secundario y no de la exigencia libre de lo institucional carismático. Es, pues, necesario y urgente un discernimiento abarcante de la realidad de la Orden ante su revitalización o su penuria significativa.

Desde esta visión de Orden el proceso de la reestructuración abarca unos niveles insospechados pues se toman como punto de partida los elementos esenciales en los que hay que poner el acento y no en tantas idas y venidas que, al fin, se condensan en una numeración de Determinaciones “más de lo mismo”. La vida consagrada agustino-recoleta no es una rutina sino un proceso de renovación interna y externa hasta la plenitud en Cristo.

Cuando los criterios son esenciales hay un orden según lo afirma Agustín: “la verdad se busca por medio de la discusión. Pero en ningún caso ha de buscarse la discusión a costa de la verdad” (Cuestiones sobre el Heptateuco, proemio). Lo que preocupa es que, a dos meses vista, el capítulo general no tenga margen cualitativo para que todos los hermanos (comunidades) se reúnan y unan en una conciencia capitular por medio de una oración más insistente al Espíritu para que ilumine el conocimiento y el corazón de los hermanos capitulares a fin de que “sean verdaderos profetas de tu reino y que, fieles a tu llamada, cumplan con la misión que les has confiado” (Preces Capitulares) y para que, congregados en nombre de Dios, realicen la “tarea de orientar e impulsar la vida de nuestra Orden” (ib. 6).

El don del Espíritu es algo hermoso pero también real. Por eso, algo nuevo quiere hoy el Espíritu cuando está entregando semejante don a la Orden. Remite todo ello a vivir con Cristo y como Cristo, proclamando con la vida y con la palabra la Buena noticia del Reino que es lo constitutivo de la identidad y la misión de la vida consagrada agustino-recoleta: “es la proclamación visible de la supremacía de los valores espirituales y trascendentes por la renuncia a ciertas realidades legítimas pero esencialmente ligadas a la condición terrestre. Este género de vida proclama que el reino de Dios merece todos los sacrificios y renuncias…” (Const. 34).

Los dos elementos, identidad y misión, hacen referencia a la única y misma realidad: “la vida consagrada es, en sí misma, evangelizadora y constituye el modo propio de evangelizar del religioso” (ib. 281); sin identidad no hay misión y la misión es la misma identidad en ejercicio. La Orden, por lo tanto, debe adoptar una forma de ser, sencillísima, que progresivamente va concretándose en unos procesos de cambio que ni ella misma sabe cuándo tendrán lugar ni en qué consistirán.

La talla espiritual de la Orden va modelándose así mediante una confianza en Aquel que rige la historia, y en un amor infinito al hombre. En esta línea la Orden tiene que recuperar la dimensión contemplativa y, en la medida en que lo logre, abarcará lo comunitario y lo apostólico; y también su real presencia en el mundo, sin ser del mundo, como el mismo Jesús.

En muchas ocasiones es necesario aceptar que en la orientación de nuestra vida agustino-recoleta hay algo importante que discernir: dar una respuesta, nunca oportunista, en la búsqueda de la identidad de la Orden para que encuentre el ámbito más idóneo para equilibrarse y dar de sí todo lo que sus propias inquietudes, se entiende las de todos los hermanos, permitan y favorezcan. Quizás el capítulo general no logre el equilibrio perfecto pero, si profundiza y clarifica la identidad, caminará hacia un equilibrio interior de la Orden sabiendo sacar lo “antiguo y lo nuevo”.

La misma Orden ha caminado y camina hacia replanteamientos importantes y siempre a tenor de lo que está viviendo la Iglesia y no solo en el aspecto de pensar que puede quedar en el furgón de cola, sino porque la realidad de la misma vida consagrada exige una actualización sin perder el sentido de la radicalidad. Una vez más, es necesario insistir en que no se pueden adoptar en el capítulo unos cambios que afectan a estructuras morales si antes no hay conciencia de una conversión en la estructura interna donde la conciencia y la misma vida se concreten en actitudes válidas desde la fidelidad a Dios en cada momento.

La Orden, como la Iglesia, no puede permanecer estática, fija en sus costumbres, sus tradiciones, sus obras, sus estructuras. Tras los pasos del capítulo de Toledo es arrastrada a una aventura donde debe reinar la libertad, la movilidad, la apertura a la acción del Espíritu para entrar en una constante presencia en el mundo de hoy. Llega el momento no solo de adoptar el evangelio sino también de sembrarlo en una tierra secularizada en todos los niveles, aceptando vivir la evolución de este tiempo, situados en una verdadera esperanza. Hay que sembrar el evangelio en las nuevas situaciones comunitarias y cambiar la estructura interna del corazón para no anquilosarse ni permanecer amarrados en las “seguridades” del puerto. Después de esta purga y desasimiento podremos remar mar adentro.

El capítulo general tiene que discernir no solo el sexenio sino también el pasado, luces y sombras, con realismo, para aprender del riquísimo patrimonio espiritual de la Orden (cf. Const. 7). San Agustín no guía en esta relectura de la historia: “alerta tu compromiso y manténlo hasta el final. Si tu madre la Iglesia pide tu cooperación, no trates de entregarte tan a fondo que te conviertas en víctima de tu orgullo, ni de responder tan a la ligera que te dediques sólo a cumplir. De la misma forma que debemos andar con tiento entre el fuego y el agua para evitar tanto la asfixia del humo como el ahogo del agua, así también debemos cuidar nuestros pasos entre la picota del orgullo y el abismo de la pereza” (Epístola 48, 2).

La Orden tiene urgencia de estructuración interna y externa y solo así puede expresar evangélicamente el desafío y la necesidad de una revitalización. Y solo así se llega al nuevo paradigma de vida consagrada que los signos de los tiempos están pidiendo. Toda revitalización en la vida consagrada parte de la tensión entre el carisma y las estructuras, tensión vivida a nivel de las formas de vida y también de la misión: “la comunidad, según el carisma de la Orden y los dones de cada uno de sus miembros, continúa en el mundo la obra redentora de Cristo para la edificación de su cuerpo místico” (ib. 280).

Optar por la fidelidad creativa es recrear y reformar y no tanto rechazar ni destruir. Ese es el camino que se asume en la vida consagrada cuando se recupera la radicalidad de la experiencia de Dios y del amor comunitario que se hace difusivo. La Orden tiene su tiempo, el de ayer y el de hoy, y ambos son significativos. Remitirse a un pasado no es solamente recodar los tiempos idílicos de un origen fundacional ni tampoco embeberse de páginas que solo hablan de una bella santidad de los hermanos que no quisieron “oponerse al Espíritu” (ib. 4); es precisamente volver al Espíritu que se hizo presente en ellos y que, a la vez, debemos transformarlo en respuesta a los interrogantes actuales.

Este es el reto que tiene el capítulo general pero que en el fondo es el reto de toda la Orden. Y ¿cómo vamos a responder?

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